Creando Juegos en el Futuro - Capítulo 9
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9: Capitulo 9 9: Capitulo 9 —Lisa, proyecta la película —ordené.
—Entendido, Alex.
De inmediato, una luz vibrante trepó por la pared principal, las luces de la estancia se atenuaron y una melodía suave y optimista comenzó a llenar el silencio.
En el centro de la pantalla, un Totoro enorme y esponjoso caminó pesadamente con una sonrisa contagiosa; al instante, una versión animada de Melissa corrió hacia él para abrazar su gran barriga.
—¡Mamá, mamá, mira!
¡Soy yo!
—gritó mi hermana, señalando la pantalla con entusiasmo.
—¡¿Eh?!
—Katarina se inclinó hacia adelante, asombrada—.
Realmente se parece a ti…
Mi madre no podía ocultar su sorpresa.
En este mundo, usar escaneos 3D para replicar la apariencia de alguien es algo cotidiano, pero nadie se había molestado en hacerlo en animación 2D tradicional.
Capturar la esencia de una persona a través del dibujo a mano era algo que simplemente no se veía en las producciones modernas.
Poco después, un avatar que me representaba a mí apareció en escena y abrazó a Totoro por el otro lado.
La música animada se desvaneció suavemente hacia el silencio; la pantalla se oscureció un segundo y, con el eco de una nota delicada, se escuchó el traqueteo de un pequeño camión en movimiento.
De repente, la imagen estalló en color: un paisaje rural de una belleza sobrecogedora.
Nubes blancas algodonosas sobre un cielo azul profundo, bosques de un verde esmeralda brillante, caminos de tierra y un pequeño camión cargado de muebles avanzando entre los campos.
Jade, que había estado observando con ojo crítico, dio un respingo de pura sorpresa.
Sus ojos estaban abiertos de par en par y su boca formaba una “O” perfecta de asombro.
A su lado, yo bajé lentamente mi pulsera holográfica para que no notara que estaba grabando su reacción en primer plano.
(Jajaja, mira esa expresión…
Ahora entiendo perfectamente por qué a los mayores les gusta tanto tomarles del pelo a los niños), pensé con una satisfacción que me recorría el cuerpo.
—¿Hm?
Espera…
Ese hombre se parece a mí.
Alex, ¿cómo demonios lo has hecho?
—preguntó mi padre, asombrado.
Todos en la sala compartían su sorpresa.
Aunque no entendían los tecnicismos de la animación, sí podían apreciar que se requerían unas habilidades de dibujo excepcionales para crear un personaje humano en 2D con tanto realismo.
Y Alex había logrado replicar la apariencia de cuatro personas en el primer minuto de la película.
—¡Shhhhh!
Silencio.
Mirad la película —interrumpí, sin apartar la vista de la proyección.
(¡Shh!
Ese mocoso…
Si yo callara a mi padre, me rompería las piernas en el acto.
Miradlo, no tiene ni un ápice de respeto).
Mark, de hecho, guardó silencio, pero en su mente ya había tomado una decisión irrevocable: duplicar el entrenamiento de Alex a partir de mañana.
En la pantalla, la familia llega a su nuevo hogar.
El padre elogia a los vecinos, pero la cámara se centra en los niños observando a la niña que cosecha heno, avergonzándola con su mirada curiosa.
—Jeje, la señorita Jade estaba completamente avergonzada —se burló Melissa.
—No soy yo…
—replicó Jade, roja como un tomate—.
Es solo un personaje que se me parece.
La película continuó.
La familia llega a la antigua casa de campo y los niños, desbordantes de energía, empiezan a jugar y a explorar cada rincón.
Al ver a los hermanos correr alegremente por las habitaciones, una leve y sincera sonrisa apareció en los rostros de todos los presentes, relajando la tensión habitual de sus expresiones militares.
Explorando el lugar, los niños abren una puerta y, en ese preciso instante, una enorme cantidad de pequeñas bolas negras con ojos salen volando y desaparecen rápidamente en la oscuridad.
—¡¿Ehhhh?!
—exclamó Melissa, pegada a la pantalla—.
¿Qué era eso?
Parecen algún tipo de criaturas, pero no conozco nada parecido.
Katerina observaba con genuina curiosidad, sorprendida por lo pequeñas y curiosas que resultaban esas bolas de hollín.
—No tengo ni idea —murmuró Mark, frunciendo el ceño—, pero está claro que hay algo extraño en esa casa.
Mi padre intentó buscar en su memoria algún registro biológico o militar que encajara con lo que veía, pero no encontró nada.
Los amigos de la familia, que hasta hace un momento charlaban en voz baja al fondo de la sala, guardaron silencio de golpe.
Casi sin darse cuenta, todos en la habitación habían quedado hipnotizados por el ritmo de la película.
En la pantalla, las niñas seguían explorando la casa.
La pequeña Meli lograba atrapar a una de las escurridizas criaturas y corría escaleras abajo para enseñársela a su padre, pero terminaba encontrándose con una anciana desconocida.
Era la vecina que había ayudado a limpiar la casa, quien les dedicó una sonrisa llena de sabiduría antigua a los niños.
—Lo que visteis son “conejitos de polvo” —explicó la anciana en la pantalla.
—¿Conejitos de polvo?
—preguntó la Satsuki animada—.
¿Hablas de esas canicas negras que vuelan por la casa y desaparecen en el techo?
—Sí.
Viven en las casas abandonadas y las cubren por dentro con polvo y hollín.
Yo también los vi cuando era niña.
—No pueden ser fantasmas…
¿verdad?
— —No son fantasmas, así que no hay nada por lo que temblar —sentenció la anciana—.
Si tenéis miedo, simplemente reíd.
Cuanto más os divirtáis, antes se marcharán.
Esa frase cayó como una bomba silenciosa en la sala.
Los adultos, acostumbrados a resolver los miedos con armas y entrenamiento, se quedaron procesando la idea: combatir lo desconocido con risas.
El ambiente era eléctrico; ya fuera por la energía de los niños corriendo en pantalla o por los paisajes tan hermosos que cortaban la respiración, había logrado algo imposible: que un grupo de soldados se olvidara de la guerra para mirar a unos duendes de polvo.
En la pantalla, la familia de tres disfruta de un baño al atardecer.
Al escuchar los extraños ruidos del viento y el bosque, los niños se tensan, asustados.
Al notar su miedo, el padre estalla en una carcajada vibrante; pronto, el hermano mayor se une a las risas.
Meli los observa, confundida, hasta que se contagia del valor.
—¡No tengo miedo!
—exclama la pequeña Meli en la cinta.
—¡Jajaja!
—ríen los tres al unísono mientras el hermano mayor le hace cosquillas, transformando el pavor en un juego ruidoso.
—Aquí está…
—murmuró mi padre en el sofá, con una sonrisa de suficiencia—.
Alex ha captado perfectamente mi esencia.
Soy increíble.
—Deja de soñar, Mark —le soltó mi madre sin apartar la vista de la pantalla—.
Salvo por el físico, no hay nada de ti en ese personaje.
¡Él es mucho más tierno!
—¿Cómo puedes decir eso, Kat?
Es obvio que es una representación fiel de mi personalidad —replicó él, aunque nadie le hizo caso.
La trama avanzó hasta el momento en que el hermano mayor se marcha al colegio, dejando a la pequeña Meli explorando los alrededores de la casa.
—Parece que está muy ocupada jugando sola…
¿Eh?
¿Qué es eso?
—susurró Katerina.
Mi madre observaba con el cuerpo tenso cómo Meli se abría paso entre los arbustos, persiguiendo a una criatura extraña, trepando por raíces retorcidas hasta que, de pronto, tropezaba y caía por un túnel natural.
—¡Cuidado!
—exclamó mi madre en voz baja, apretando los puños.
En la película, Meli aterriza sobre el enorme y suave vientre de una criatura colosal.
Al ver la gigantesca boca de Totoro abriéndose en un bostezo, Katerina sintió un nerviosismo inexplicable.
Aunque su lógica le decía que no pasaría nada, ver la absoluta inocencia de Meli interactuando con ese ser desconocido hacía que su corazón de madre latiera con fuerza.
Yo sonreí, observándola con una expresión indescifrable.
Esa es la magia de Totoro: transmite emociones distintas según la edad de quien la mira.
Un niño solo ve diversión y juegos; un adulto, en cambio, siente la vulnerabilidad de la infancia frente a lo inmenso.
Meli no mostraba rastro de temor.
Se dedicaba a reír y a molestar al enorme Totoro hasta que, finalmente, se quedaba dormida sobre su pelaje con una expresión de paz absoluta.
—¡Vaya, qué mono es!
—gritó uno de los gemelos invitados—.
¡Mamá, yo también quiero abrazarlo!
—¡Sí, yo también!
¡Quiero dormir así de cómodo!
—añadió el otro.
A los gemelos les brillaban los ojos; si pudieran, habrían saltado dentro de la pantalla.
—¡Ni lo penséis!
—los frenó su madre, alarmada—.
No podéis ir abrazando animales solo porque parezcan “monos”.
—Pero mamá…
—¡Shhh!
Mirad la película y luego hablamos, ¿vale?
—sentenció ella, aunque ella misma no podía dejar de mirar.
(Vais a ir un poco más despacio de lo que creéis), pensé divertido.
(Mañana estaréis rogando por tener un Totoro en casa).
En ese preciso instante, Lydia, la madre de los gemelos, no tenía ni idea de que terminaría gastando una pequeña fortuna encargando peluches de Totoro a tamaño real solo para que sus hijos dejaran de suplicar.
En la pantalla, el padre y el avatar de Alex encuentran a la pequeña Meli durmiendo en el corazón del bosque.
Ella, excitada, intenta explicarles su increíble aventura mientras corren entre los arbustos, pero ellos solo ríen ante lo que parece una fantasía infantil.
—¡Dejad de reír!
¡No miento!
—protesta la Meli animada, inflando los mofletes.
—No decimos que mientas, pequeña —responde el padre con una ternura que dejó a Mark pensativo—.
Es solo que has tenido mucha suerte.
Has conocido al “Señor del Bosque”.
Pero que lo hayas visto una vez no significa que puedas encontrarlo siempre que quieras.
El padre sube a Meli sobre sus hombros y caminan hacia el enorme árbol milenario para presentar sus respetos.
La audiencia observaba hipnotizada; la idea de dar las gracias a la naturaleza antes de marcharse era un concepto casi alienígena en una sociedad donde el medio ambiente se considera un obstáculo logístico o una fuente de recursos.
Durante décadas de conflicto, la humanidad se centró en la eficiencia.
Existen planetas enteros dedicados exclusivamente a la producción industrial de alimentos, mundos de metal y asfalto donde es imposible encontrar un bosque virgen.
Por eso, estos paisajes de verdes vibrantes y cielos limpios actuaban como un bálsamo hipnótico tanto para los niños como para los oficiales veteranos presentes.
La escena cambió hacia la tarde lluviosa.
Los hermanos, empapados, reciben un paraguas de parte del personaje de Jade.
El salón se llenó de sonrisas cómplices; la timidez de Jade al ofrecer ayuda y la alegría genuina de los hermanos al agradecerle el gesto transmitían una humanidad que no necesitaba diálogos.
En este mundo de protocolos rígidos, ver una interacción tan pura y desinteresada resultaba impactante.
Y entonces, llegó el momento.
Totoro aparece bajo la lluvia y despliega su propio paraguas.
Los adultos, viendo la cercanía de los niños con esa criatura colosal y cómo manejaban lo sobrenatural con una inocencia tan natural, solo pudieron compartir un único pensamiento: “Ojalá el mundo fuera así de amable.” —¿Pero qué…?
¿Eso era un gato?
—¿Mitad felino, mitad vehículo?
—Estoy seguro de que tal criatura no existe en los registros biológicos…
Los adultos no pudieron evitar romper el protocolo para comentar ante la aparición del Gatobús, mientras los niños observaban con una fascinación absoluta.
En la pantalla, la magia se volvía cada vez más densa, moviéndose en esa línea ambigua donde nunca queda claro si lo que ocurre es real, un sueño o la pura imaginación de los hermanos.
El ambiente en la sala cambió drásticamente cuando la trama entró en su etapa final.
La enfermedad de la madre —que en la ficción compartía el nombre de Katerina— y la noticia de que no recibiría el alta médica tiñeron el salón de una tristeza pesada.
Ver la discusión entre los hermanos, tan unidos hasta ese momento, causó un nudo en la garganta de los presentes.
Katerina, que sostenía a Melissa en su regazo, frunció el ceño al ver a la Meli animada corriendo sola por los campos con una mazorca de maíz entre las manos.
—¿Qué estás haciendo?
—susurró Katerina a la pantalla—.
Vuelve a casa…
Mark se tensó.
Como militar, su instinto le decía que una niña tan pequeña sola en un entorno sin balizas de rastreo era una receta para la tragedia.
—¿Qué pasa, mami?
—preguntó la Melissa real desde su regazo—.
Le llevo la verdura al hospital; la abuela dijo que eso puede curarlo todo.
A Katerina no le hizo ninguna gracia la inocencia de su hija en ese momento.
(Mi niña es demasiado ingenua…
tendré que vigilarla el doble a partir de ahora), pensó con una punzada de ansiedad.
La tensión estalló cuando el avatar de Alex descubre que su hermana ha desaparecido.
La imagen del chico corriendo frenéticamente por caminos de tierra, con el crepúsculo cayendo y sus zapatillas rompiéndose hasta quedar descalzo, mantuvo a todos pegados al asiento.
Entonces, apareció la escena de la sandalia en el lago.
—¡No, no, no…
tiene que ser una broma!
—exclamó Katerina.
Al ver la animación de su hijo corriendo hacia el agua con el corazón latiendo a mil por hora, Katerina abrazó a Melissa con una fuerza inconsciente.
En la pantalla, la anciana rezaba junto al lago mientras los hombres buscaban un cuerpo en el agua.
Katerina sintió que la sangre se le enfriaba; no experimentaba ese pavor desde sus días más oscuros en el frente.
—No es de Meli —dijo el Alex animado, sin aliento.
La anciana se desplomó al suelo, aliviada.
En la sala, el aire volvió a los pulmones de los invitados.
Katerina soltó un suspiro tembloroso; sus manos aún vibraban ligeramente.
Ver a personajes con los rostros de sus propios hijos en esa situación límite la había golpeado más que cualquier batalla.
Finalmente, la película alcanzó su clímax: Alex pedía ayuda a Totoro y, gracias al Gatobús, encontraba a su hermana.
El final, con la mazorca de maíz entregada a la madre, fue un bálsamo de paz.
Sin embargo, Katerina permaneció sumergida en sus pensamientos.
A veces dudaba de si haber dejado el ejército fue la decisión correcta, pues amaba la lucha.
Pero hoy, al comprender el vacío abismal que supondría perder a uno de sus hijos, el miedo la hizo temblar.
Desde su rincón, Alexander observó la reacción de su madre.
(Parece que esta película ha sido incluso más efectiva de lo que imaginaba), concluyó con satisfacción sabiendo que ha tocado la fibra adecuada.
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