Danmachi: Entre monstruos y dioses - Capítulo 10
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- Capítulo 10 - 10 Capítulo 10-Elfas y conejas
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10: Capítulo 10.-Elfas y conejas 10: Capítulo 10.-Elfas y conejas —El camino de la espada no es fácil.
Una silueta avanzó con pasos suaves y bien medidos.
—No es un simple camino, es un estilo de vida que marca toda tu vida.
Una hoja plateada cortó el aire, cortando limpiamente la cabeza de un Goblin.
La sangre chorreo segundos después, como si no procesara que tenía que escurrir hacia afuera.
—Que dramático —pensó Mufasa.
Mufasa escuchó la lección de vida de Mojima, el Renard de su escuadrón, y prestó atención.
Ambos se encontraban en el segundo piso del calabozo.
Miro a Mojima.
Mojima se cubrió con una armadura roja hecha de piezas.
Una armadura samurai, con un casco que deja salir sus orejas.
—Cuando tomes tu espada, trátala bien.
Ella responde siempre que estés en peligro, no te abandona, permanece fiel —Mojima continuó, su tono de voz parecido al de un viejo monje.
—¿Y ahora qué tontería dice?
—Mufasa permaneció en silencio, formando una línea con su boca.
Decidió guardarse sus pensamientos para sí mismo.
Miró la espada en sus manos.
Una Gladius para Pallums.
Técnicamente, a ojos del gremio, era un niño.
Su tamaño era un poco superior al de los Pallums normales.
Investigo un poco en su tiempo libre.
Los hombres león, en su mayoría, construyen cuerpo de acero, con músculos como rocas y la altura de una montaña.
La idea de ser un gigante le gusto.
Regresó su atención al Gladius en su mano.
Era una espada que, en su vida anterior, fue el arma favorita de las legiones romanas.
Los Romanos lucharon confiando en sus espadas, alzándose como uno de los ejércitos más poderosos de la historia humana.
Y ahora, Mufasa contaba con una de las claves de su poder.
Una espada Gladius.
La espada era sencilla.
Hoja plateada y una esfera al terminar su empuñadura.
Perfecta para cortar, perfecta para apuñalar, una espada perfecta para un novato.
—¿Entiendes?
—pregunto Mojima, levantó su espada e hizo un suave movimiento para eliminar la sangre de su espada.
—Si —mintió Mufasa.
Se giró y confrontó al Kobolt que se acercaba mientras emite gruñidos.
Levantó su Gladius, calmó su respiración y replicó la imagen de Collin en su mente.
Aquella mujer que, antes de morir, le mostró la manera correcta de apuñalar.
Su espada atravesó el espacio entre el Kobolt y él.
La hoja, de forma puntiaguda, atravesó el ojo de la criatura.
El Kobolt se quedó quieto, tembló levemente y luego se desplomó como un muñeco sin cuerdas.
La sangre se derramó desde la perforación en su ojo.
—Nada mal.
Se acerco al siguiente monstruo.
Ahora, trazó un arco desde abajo.
Su espada silbó débilmente antes de alcanzar el pecho del Goblin.
Un profundo corte se abrió en un instante, dejando que órganos y sangre se derramaran.
La hoja quedó manchada de sangre.
—No es tan difícil.
—No es que sea fácil, tu tienes una facilidad para aprender —Mojima avanzó y se colocó a su lado—.
Dijiste que nunca habías usado una espada, ¿Verdad?
Mufasa asintió.
—Entonces eso significa que tienes talento.
—¿Talento?
Saboreo la palabra.
Nunca se había considerado una persona extraordinaria o especial.
Siempre estudió, se esforzó, no pudo hacer algo, lo estudió y lo intentó de nuevo.
Prueba y error.
Repeticiones continuas.
Pero esforzarse no entregaba siempre resultados positivos.
El lo sabía, había cosas que sin importar cuánto entrenara, estudiara o lo intentara, jamás tendría el talento para hacerlo.
No tuvo talento para el fútbol.
Las matemáticas no eran su fuerte, pero estudió ingeniería a base de esfuerzo y llorar mucho por no entender nada.
Pero terminó pasando.
Esfuerzo, perseverancia, resiliencia.
Miró de nuevo su espada.
¿Su talento nunca fue estudiar…
sino una espada?
¿Tal vez luchar era su talento?
¿Por eso nunca encontró algo que lo llenara por completo?
Nunca encontró eso que lo llenara por completo.
Jugó voleibol porque le pareció divertido, pero no lo llenó.
Jugó miles de horas en su consola y computadora, pero nunca se sintió lleno del todo.
Siempre existió una pequeña insatisfacción.
Como si no estuviera haciendo lo que debería.
¿Era este su camino?
Una gota cayó desde la punta de su espada.
¿Encontró su camino?
Ciertamente se divertía matando monstruos, luchando como si su vida dependiera de eso.
Esforzarse por no morir, vencer a otro y alzarse como el más fuerte.
Eso era divertido.
Le pareció muy divertido.
—Tal vez esto sea lo mío —murmuró con una sonrisa.
Su sonrisa se extendió.
—¡Vamos, Mojima!
¡Busquemos más monstruos!
– – – —Tu espada siempre debe estar bien cuidada.
—¿Esto se hace todos los días?
—Si, todos los días se debe limpiar para evitar que el metal se dañe.
Mufasa paso un paño por la hoja plateada de su Gladius, removiendo sangre seca, polvo y basura.
La hoja brilla cuando la suciedad desaparecio de su hoja.
—Una espada bien cuidada es una espada confiable —Mojima, aún limpiando su katana, siguió hablando—.
Limpiar, afilar y mantener.
Ambos se encontraban en el patio de la casa, patio el cual Mufasa no sabía que existía.
Mojima se inclinó y mantuvo la hoja de su katana a una distancia prudente de la llama, sin colocarle encima.
—El calor ayuda a que la hoja no se oxide.
La llama se reflejó en las pupilas de ambos.
Mufasa se maravillo con el compromiso que Mojima tenía con su espada.
Le pareció un arte.
Incluso por momentos, parecía referirse a ella como si fuera su amante.
Luego, le enseñó a colocar grasa sobre la hoja para crear una capa protectora contra la humedad y el óxido.
Con un paño, colocó suavemente la grasa.
—Cuidas mucho tu espada —comento impresionado.
Él sabía que una espada debía tener mantenimiento constante, pero la delicadeza con la que lo hacía Mojima era otro nivel.
—Por supuesto que lo hago.
He estado al borde de la muerte en muchas ocasiones, y ella —levantó su katana—, siempre me ha salvado la vida.
Sus ojos verdes brillaron mientras recordaba los viejos tiempos con su espada.
—Eres del Lejano Oriente, ¿Verdad?
Desde que lo conoció, Mufasa había estado sospechando algo, pero por respeto no lo mencionó.
Pero la curiosidad le quemaba por dentro.
¿Sería casualidad?
China = Lejano Oriente.
Samurai y katana = China = Lejano Oriente.
Vio las conexiones obvias.
Ahora la pregunta era…
—Si.
No es muy difícil de adivinar.
Pero me fui hace mucho tiempo.
—¿Decidiste buscar una aventura?
Mojima permaneció en silencio, mirando fijamente el fuego, como si eso fuera a borrar sus recuerdos.
Sus pupilas, verdes, reflejaron la suave llama que iluminaba el patio.
—No fue exactamente eso.
El hombre suspiró pesadamente.
—Existen muchas personas que desearían tener una familia, padres que los hubieran cuidado…
yo los odiaba.
Odiaba a mis padres.
Para mi, eran solo cadenas.
Sujeto con más fuerza su espada.
Imágenes antiguas, de tiempos que el mismo había destruido con su espada.
—¿Qué sentido tiene aprender a usar una espada si no la voy a usar?
Mis padres no entendían eso.
Un eco de gritos fantasmales volaron por su mente, arrojando recuerdos dolorosos.
Una espada que buscaba alcanzar la perfección.
Una deidad que sometió el Lejano Oriente y a su familia.
Un hombre anciano parecido a él gritando.
Una delicada chica llena de ilusiones.
Él lo desecho todo.
Borro todo con su espada.
Ese día, manchó su espada para siempre.
Abandonó su hogar para jamás regresar.
Esa fue su elección, su decisión final.
—Decidí seguir mis deseos.
Y mi deseo, es manejar una espada hasta el final de mis días.
Mufasa permaneció en silencio.
La silueta del Renard, ahora sin su armadura, parecía solitaria y llena de arrepentimientos.
Habló con su corazón, señaló su deseo y su camino.
Pero parecía estar en conflicto con ello.
¿Su pasado aún le atormentaba?
—Mojima —comenzó, con palabras suaves y medidas—.
¿Eres de la familia Sanjou?
Los ojos de Mojima se abrieron con sorpresa.
Pero esa sorpresa desaparecio y en su lugar aparecio hostilidad.
Su figura se volvió un borrón.
—¿Cómo sabes eso?
En un instante, la figura de Mojima se desvaneció y derribó a Mufasa con un sólido golpe.
Barrio sus piernas y coloco la punta de su katana sobre el cuello del niño león.
—Agh…
no necesitabas hacer eso —se quejó.
—Responde.
—Uh..
bien.
Conocí a alguien en el pasado del Lejano Oriente.
Él me contó sobre las familias de ese lugar.
Tu…
tienes las características que me dijeron sobre la familia Sanjou.
Mintió, con todo su descaro.
Desde el primer momento que lo vio, lo pensó.
Pensó en maneras de abordar el tema, solo por su curiosidad.
Pero pensó en las consecuencias, y por eso, pensó en una mentira creíble.
¿Sería creíble para Mojima?
No tenía idea.
Los ojos verdes de Mojima se entrecerraron con sospecha.
Por unos momentos, Mufasa pensó que su aventura realmente había terminado.
Pero la katana retrocedió.
—No se lo cuentes a nadie.
—¿Eh?
¿Así de fácil?
—No soy un asesino despiadado.
Además, cualquiera con un poco de conocimiento del Lejano Oriente, puede descubrirlo.
Pero la mayoría lo ignora.
Con un movimiento suave, guardó su espada en su funda.
—Pivot probablemente ya lo descubrió, pero no dirá nada.
Los demás…
no les importa.
—Ya veo.
Con un soplido, se incorporó.
Examinó a Mojima y no vio hostilidad en su postura.
Por ahora, estaba a salvo.
—Esto me pasa por metiche.
—Mufasa —lo llamo.
—¿Qué?
—¿Por qué no elegiste a las elfas?
Su tono se volvió anormal.
—¿Ah?
¿A qué viene esa pregunta?
—Es que no entiendo tu elección.
Las elfas son claramente mejores que las mujeres conejo.
Mufasa permaneció con la boca abierta, sin entender los pensamientos de Mojima.
Primero lo amenaza de muerte con su katana y al momento siguiente habla de elfas y mujeres conejo.
Sintió ganas de reir.
Todo era absurdo.
Aun así respondió.
—Las elfas son más hermosas, eso no lo negaré.
Pero las mujeres conejo son el fetiche de muchos hombres.
Mojima arrugó las cejas, claramente en contra de eso.
—Como sea, te llevaré a un lugar para que entiendas la diferencia entre lindo y divino.
—La verdad prefiero ir al calabozo…
—Por cierto —ignorándolo, Mojima cambio el tema en un instante—.
Durante todo el día vi tu desempeño con tu espada.
Aplicadas demasiada fuerza en tus cortes, y ni hablemos de tus estocadas, son prácticamente inexistentes.
Mufasa se rasco la cabeza con duda.
¿Que tenía que ver con ir al calabozo?
Aún estaba aprendiendo, con el tiempo mejoraría y lo haría.
—Creo que una espada Gladius no es lo mejor para ti.
No rotas mucho el filo pese a tener dos, y tu defensa es muy brusca.
Recibes todo el impacto.
—¿Entonces?
¿Me debería cambiar a un hacha?
—No, no me refería a eso —negó con la cabeza suavemente—.
Una espada de un filo te servira mas.
—¿Algo como una Katana?
Un destello de anhelo brillo en sus ojos plateados.
Usar una katana era el sueño de cualquier persona que hubiera visto anime.
Usar bankai, disparar cortes locos como Zoro, usar la respiración del agua, o mejor aún, cortar todo como Takamura de Sakamoto Days.
¿Conseguiría una magia de espada como Kaguya?
La emoción brotó desde su pecho.
—Una Katana no.
Usas demasiada fuerza en tus golpes, además, los hombre león no pueden manejar Katanas.
—¿Ah?
¿¡Y por qué no puedo!?
—Mufasa rechino los dientes.
¿Por qué le arruinaba su ilusión?
—Porque tienen demasiada fuerza física.
Suelen usar armas más grandes.
Son como los elfos, jamás verás a uno blandiendo un martillo de guerra, un hacha de batalla o un espadón.
Es cuestión de tu raza.
—Entonces, ¿Qué recomiendas?
—a regañadientes, aceptó que no podría manejar una katana.
Su ilusion, ahora destrozada, fue pisoteada sin piedad por un Renard obsesionado con elfas.
Adios Zampakuto.
Adiós Bankai.
Adiós cortes de One Piece.
Adiós respiraciones.
Adiós farmear aura como Takamura.
Sintió un fuerte deseo de hacer un alboroto, pero se contuvo.
En su lugar, busco algo que le sirviera.
—Bueno, se me ocurren algunas armas —Mojima tomó una pose pensativa, luego comenzó a levantar dedos—.
Un sable, un Dadao, un Alfanje, una Cimitarra, un Bracamarte.
Cualquiera de ellos te puede servir.
—Humm, supongo que buscaré uno cuando consiga dinero.
Su situación económica no era la mejor.
Había roto el cuchillo que Mans le había regalado.
Ahora, era un trozo inutil de metal que tenía que mandar a fundir para forjar uno nuevo.
Tenía que reemplazar piezas de su armadura.
Tenía armas para luchar: su Gladius y sus puños.
Las armas no eran baratas, y las armaduras tampoco.
Podria buscar armas baratas en el mercado negro, tomar alguna con un emblema y luego buscar un herrero dispuesto a borrar la marca.
¿Costaría mucho dinero?
Tal vez.
Mojima lo interrumpió.
—Solo tómalo de la armería.
La cabeza de Mufasa giro cómicamente.
—¿Qué armería?
¿La familia Osiris tiene una armería?
—¿Qué?
No.
—Mojima lo miro como si fuera un estúpido, levanto su mano y señalo a la puerta en el otro extremo del patio—.
Allí está la armería.
—¿Desde cuándo hay una armería?
—Desde antes que llegaras.
¿No revisaste la casa?
En ese momento, con Mojima mirandolo fijamente, Mufasa se sintio un idiota.
¿De verdad había una armería?
Pese a ver la puerta y tener la confirmación de su superior, se negó a creerlo.
—Debo explorar este lugar.
Con pasos lentos, se acercó a la armería.
Abrió la puerta y entró.
Numerosas armas se extendieron a lo largo de la habitación.
Espadas, hachas, martillos, mazas, lanzas, armaduras de baja calidad.
Una armería en toda regla.
Grandes espadas se colocaron en soportes de roble, acomodadas meticulosamente.
El samurai entró tras él.
—Ahí está la maza que la jefa te regalo.
Mojima señaló la maza que Poppy le había obsequiado, cosa la cual Mufasa no sabía.
Aquel día, hace casi una semana, Poppy le había enseñado lo básico para usar una maza.
Tras lograr bestificarse por primera vez, luchó contra ella y fue brutalmente apaleado.
Tras ser derrotado, regresó a la superficie y dejó la maza tirada en la entrada tras entrar al edificio.
Desde ese día no volvió a ver la maza.
—¿Puedo tomar lo que quiera?
—preguntó con cautela.
No era especialmente descarado, pero si le dieran luz verde, no dudaría en tomar lo que quisiera.
El Renard asintió.
—Para eso está la armería.
La jefa usualmente usa sus martillos de guerra duales, pero en realidad es buena con todo tipo de armas.
Así que ella usa la mayoría.
—Quién lo diría.
Con luz verde, Mufasa avanzó con un rostro codicioso.
Realmente necesitaba tomar armas.
Su pechera de cuero estaba bastante desgastada, su espada tenía leves fisuras por culpa de su habilidad, y sus antebrazos habían desaparecido días atrás.
Viendo las numerosas armas, pensó en tomar todas.
Pero se tranquilizo.
Su espada de novato no estaba mal, pero no se le acomodaba completamente.
Además, el uso descuidado de su habilidad había dañado el núcleo de la espada.
Haoshoku era una habilidad poderosa, con un potencial idéntico al de Avenger de Aiz, pero con un detonante diferente.
Al igual que el Avenger de Aiz, la habilidad dañaba las armas por la potencia tan extrema.
Con eso en mente, se acercó a las repisas.
Observó una lanza.
Un palo largo de madera y una cuchilla corta de acero.
No le gusto.
Una lanza le daría más alcance para atacar, pero era un arma demasiado acrobática para su gusto.
Paso al siguiente.
Un hacha de una mano.
—No está mal.
—Solo la jefa sabe usar hachas, y ella jamás te enseñara.
Primero se cortaria ambas manos antes de aceptar ser tu tutora.
—¿De verdad?
—Si.
—Bien, tomaré otra cosa.
Paso a la siguiente arma.
Una variedad de espadas de diferentes tipos.
Espadones, sables, alfanjes, mandobles, cimitarras, estoques, y diversos estilos que nunca había visto.
—¿Esto qué es?
—Un Khopesh.
Es ideal para desarmar.
—Suena demasiado técnico.
Dejó el arma egipcia y pasó a la siguiente.
—Tal vez deberías probar por estas —dijo Mojima, avanzando a un lado para señalar una sección con espadas curvas—.
Una espada curva que se adapte a tu fuerza y estilo.
—Humm.
No se ven mal.
Sus ojos plateados recorrieron los diferentes tipos de espadas curvas.
Algunas las conocía, como el sable, otras no, como el Dadao de hoja gruesa.
—Iré con un sable de momento.
—Para comenzar está bien.
Siguió vagando por la armería, decidiendo tomar su maza y tomar un poco de protección para su cuerpo.
Tomó piezas de cuero para sus antebrazos, muslos y para sus espinilleras.
Atando todo, salió.
– – – – – – —Entonces, ¿ese bastardo te hizo cambiar de bando, eh?
Un martillo de guerra cortó el aire con fuerza bruta, borrando la distancia entre el martillo y las piernas de un niño león.
Las piernas del niño se tensaron un segundo, acto seguido saltó y equipo por poco el martillazo.
Retrocede unos pasos y se estabilizó.
—¡No cambie de bando!
Solo me hizo entender que las elfas son cosa seria.
Acomodando su postura, habló entre respiraciones.
Los ojos de Yamamoto se entrecerraron, con un destello de ira brillando furiosamente.
—¡Entonces debo corregirte!
Yamamoto, totalmente armado, con un enorme escudo redondo en su mano izquierda y un martillo de guerra en su mano derecha, avanzó con pasos atronadores.
Su escudo, redondo y gris, se agrandó desde la perspectiva de Mufasa.
Pisando con fuerza, cerró la distancia.
Una embestida en toda regla.
Mufasa desenvainó su sable con un movimiento ya práctica tras semanas usándolo, luego atacó.
¡Clank!
La hoja curva del sable chocó contra el escudo, rebotando hacia atrás y desestabilizando a Mufasa.
—¡Mala decisión!
Yamamoto no perdonó la traición.
Hace unos días, Mojima había arrastrado a Mufasa a un restaurante único para elfos.
Entró con una confianza absoluta, gritando a todo pulmón que estaban en el paraíso.
Naturalmente, fueron apaleados y echados a la fuerza.
Lo más surrealista de ese día, fueron las palabras finales de Mojima antes de volver a ser apaleado por elfas.
“¿Viste?
¡Las elfas son lo máximo!” Cuando Yamamoto se enteró, se montó en cólera.
Agarró su escudo y martillo y comenzó a luchar como un lunático.
Ignoró palabras y arrastró a Mufasa al pequeño campo en la parte trasera de la casa.
Levantó su escudo y blandió su martillo de guerra como un lunático.
—¡Imperdonable!
Yamamoto avanzó como un toro rabioso, con los ojos rojos y el rostro torcido por la ira.
—¡Te corregire!
¡Primero te golpearé y luego te llevaré a un FurryClub!
—¿Ah?
¡Deja de decir tonterías!
—¡Uuuuuuuuooooooooooohhhh!
La figura de un niño león voló y rodó por el aire durante horas.
Ese día, con su sable impotente y abrumado, Mufasa fue aplastado por un toro rabioso, pisoteado, golpeado y tratado como un saco de papas echadas a perder.
Al final, fue llevado al abismo.
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