Danmachi: Entre monstruos y dioses - Capítulo 11
- Inicio
- Danmachi: Entre monstruos y dioses
- Capítulo 11 - 11 Capitulo 11-El campeón de Zeus
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
11: Capitulo 11.-El campeón de Zeus 11: Capitulo 11.-El campeón de Zeus Para Mufasa, su nuevo estilo de vida era muy divertido.
Todos los días era algo nuevo que aprender, un reto por desafiar y superar.
Paso del simple novato incapaz de usar bien un simple cuchillo, a un novato capaz de atravesar todo lo que encontrara.
Su camino era lento pero constante.
No estaba desesperado por volverse más fuerte “Todo a su tiempo” Ese fue su pensamiento.
*Crack* Dos espadas chocaron con fuerza, soltando chispas y empujándose la una a la otra.
Pero el duelo, pese a estar cargado de intensidad, por lo menos para Mufasa, no fue igualitario.
El sable, antaño un arma confiable, exhibió numerosas grietas a lo largo de su hoja.
—Tu sable llegó al final de su vida útil.
Mojima observó el sable agrietado desde el filo hasta el núcleo del arma y negó con la cabeza.
El era un experto en espadas pese a solo manejar una katana.
Naturalmente, entendió que la espada era inservible para seguir explorando el calabozo.
Las palabras provocaron una amargura en Mufasa.
—Yo creo que aún puede servir.
Digo, mientras pueda cortar, sirve —dijo Mufasa, con un claro rechazo por la idea de reemplazar su confiable sable.
El samurai, un Renard experto en espadas, negó con la cabeza.
—El sable está por romperse.
Para demostrar su punto, desenvaino su espada y atacó con una velocidad aterradora.
Mufasa reaccionó y levantó su sable, enfrentando el acero de Mojima con el suyo.
¡Crack!
El cuerpo de Mufasa fue empujado hacia atrás, provocando que cayera de espaldas al enfrentar una fuerza claramente superior.
El sable se quebró por la mitad con un sonido seco.
Una larga grieta se extiende por todo el largo de su hoja, antes de separarse por completo.
—Ya no sirve —declaró Mojima con simplicidad.
—¡Bastardo!
¡La espada todavía servía!
El espadachín puso los ojos en blanco.
—Te estoy haciendo un favor.
—Como sea —Mufasa arrojó el sable destrozado a un lado y se dio media vuelta—.
Tomaré uno nuevo del almacén.
Ya había tomado una del almacén, tomar otra espada no sería ningún problema.
O eso creía él.
—No puedes tomar más armas del almacén.
Mufasa parpadeo confundido, por lo que Mojima continuo.
—Necesitas comenzar a buscar un arma que se adapte completamente a ti.
Además, tienes que gastar tu dinero.
No puedes tomar todas las armas de la jefa.
—Deje mi Gladius en el almacén.
—No lo dejaste —dijo Mojima, interrumpiendolo—, lo intercambiaste por el sable de la jefa.
—¿Qué?
Nadie me dijo sobre eso.
Ante su molestia, el Renard simplemente se encogió de hombros.
—Tu problema.
Había usado mucho el sable, cazando todo monstruo que encontrará en el calabozo.
Goblins, Kobolts, Dungeon Lizard y Frog Shooter perecieron bajo el filo de su sable.
Desprenderse de él, aunque con un movimiento casual al arrojarlo, era una molestia.
Pero en el fondo sabía que ese no era el motivo.
El problema era…
¡Que es un bastardo tacaño!
Desde el día 1 que llegó a la casa, había mendigado comida y pociones para poder ahorrar todo lo posible.
Y había otro problema, su habilidad potenciadora.
Era increíblemente poderosa, sobre todo cuando se emocionaba.
Pero tenía un coste.
Usarla dañaba su sable, por lo que tuvo que limitarla hasta que tuviera suficiente dinero para estar reparando su arma.
La otra habilidad, Nemea, su poderosa Beatificación, no era algo que usará a menudo.
Aun tras practicar mucho contra Mojima, era difícil de activar.
No se trataba de un fallo en la habilidad, sino en la mentalidad.
Según Poppy, era como si Mufasa no fuera un Hombre León real.
Y no se equivocaba.
Mufasa no era el dueño original del cuerpo, sino un ladrón que lo tomó.
Sus instintos no como hombre león eran difíciles de controlar.
—Haz ahorrado todos los Valis que consigues desde hace semanas.
Es hora de usar tu dinero.
La declaración lo dejó con un mal sabor de boca.
¿Por qué tenía que gastar su dinero?
¿No podían ser generosos y comprarle el arma ellos?
—Pero las familias Goibnu y Hefesto cobran mucho dinero.
—No todos son grandes herreros.
Al igual que tu, hay algunos que son novatos.
—Pero no quiero una espada mal hecha.
Suspirando por la terquedad del niño (hombre), Mojima envaino su katana y comenzó a caminar.
—Sígueme.
Te llevaré a la familia Kagutsuchi —le dijo.
Una ceja blanca se levantó con intriga.
—¿Es una familia que hace préstamos?
¡No me interesa sacar un crédito!
¿Un crédito?
¡Imposible!
Había tenido suficiente en su vida con las tarjetas de crédito y los préstamos.
—¿Qué?
No se dedican a eso.
—¿Entonces?
—Es una pequeña familia de herreros.
—¿De verdad?
Pensé que solo existían dos familias dedicadas a la herrería.
Ambos atravesaron el patio y salieron de la casa.
Caminaron por el camino pavimentado y tomaron rumbo.
—No son las únicas.
Son las más conocidas y usadas por las familias más fuertes, pero existen más familias.
La familia Kagutsuchi es una familia que reside en Solingen, donde su dios patrón reside.
Solingen, la ciudad de las espadas.
Una ciudad muy lejos al este de Orario, donde familias herreras de muchos estilos se reúnen para forjar espadas.
En el futuro, sería esa misma ciudad donde Astrea comienza de nuevo su familia.
Mufasa se sintió intrigado.
La explicación de Orario y sus familias era muy limitada, centrándose únicamente en los personajes principales.
La familia Kagutsuchi era una familia desconocida para Mufasa.
Tomaron un desvío y caminaron en dirección a la zona comercial.
—¿Entonces a dónde vamos es una clase de embajada?
—preguntó Mufasa, claramente intrigado.
El Renard asintió.
—Exactamente.
Manejan precios más baratos y forjar un contrato con ellos es conveniente para algunos aventureros de bajo nivel como nosotros.
Mientras caminaban, una multitud tapó las calles principales que conectan a la torre de Babel.
—¿Qué ocurre?
Mufasa se paró de puntilla intentando ver qué causaba conmoción, pero su baja estatura hizo imposible que lograra ver.
Estiró el cuello e intentó ver el evento que atrajo la atención.
A su lado, su amigo amante de elfas habló.
—Es la familia Zeus.
—¿Zeus?
La familia Zeus, la legendaria familia que todo fan de Danmachi esperaba conocer más a fondo.
Su capitán, Maxim, se cernía como el aventurero definitivo de Orario pese a ser un nivel inferior a la capitana de la familia Hera.
Ese simple hecho dejaba en claro su supremacía.
Otro miembro destacable fue Zald, el destructor que arrasó Orario durante la era oscura y uno de los personajes más queridos de la obra.
Empujó a varios espectadores y avanzó hasta el frente.
Al llegar los vio.
Un grupo desorganizado de hombres bien armados con armas y armaduras.
Su formación era errática y mal hecha, pero irradiaba confianza absoluta.
Todos, absolutamente todos los hombres de la formación, irradiaban una sensación de poder, alarmando los sentidos de Mufasa.
El aire se volvió pesado, pero las sonrisas de los hombres que avanzaban rompió esa tensión.
El ruido de la multitud pareció desvanecerse cuando sus ojos plateados se detuvieron en el hombre al frente de la formación.
Un hombre alto y fornido, de piel bronceada y músculos tallados y abundantes.
Su cabello rojo caía hacia atrás como un río de sangre, salvaje y majestuoso, mientras una capa carmesí ondeaba tras él.
El dorado en su armadura reflejaba la luz como si proyectara divinidad, y en su rostro apuesto, una barba corta delineaba una expresión relajada.
En su brazo libre cargaba un yelmo de guerrero con cresta roja.
El era Maxim, el campeón de Zeus.
Era extraño.
El aire mismo parecía reconocer a Maxim, el todopoderoso de Orario.
Por donde pasaba, las miradas de respeto y admiración aparecían, aumentando la imagen del hombre.
Mufasa observó todo desde la distancia.
Nadie noto su presencia entre la multitud.
Pero algo dentro de él se encendió como una llama intensa.
Miro a Maxim.
Su sola presencia era como un muro enorme, majestuoso e imposible de superar.
¿Importo?
Para nada.
Quería escalar el muro y superarlo.
Más al centro de la formación, vio otra figura que reconoció.
Un hombre totalmente vestido de negro, pero no de ropa, sino una armadura negra de cuerpo completo con una capa roja.
Ojos grises y cicatrices de guerra en el rostro, marcadas con gloria y poder.
Cargaba una gran espada sobre el hombro, como si quisiera demostrar su enorme poder.
¿Tembló de miedo ante su presencia?
En lo absoluto.
Abandonó la multitud y se acercó corriendo a Mojima, quien todo el tiempo permaneció hasta atras como un mero espectador.
—¡Mojima!
¡Vayamos al calabozo!
—rugió, todavía eufórico por ver las figuras legendarias de la obra—.
¡Jajaja!
—Espera.
La mano de su compañero se extendió y lo tomó del cuello de su camisa, evitando que saliera corriendo.
—Aun no tienes un arma, idiota —regaño Mojima, con voz seca y mirada extraña.
—Oh…
Mufasa se desinfló de inmediato.
…
[Embajada de la Familia Kagutsuchi] La embajada de la familia Kagutsuchi, a diferencia de las sedes principales de las familias principales de herreros, era modesta.
Un pequeño edificio conectado a decenas de talleres de tamaño mediano.
El dúo de animales, león y Renard, avanzaron hasta la puerta, donde un enano aburrido los recibió con indiferencia.
—Bienvenido a la Forja del Acero Valkan —dijo el enano, inclinándose ligeramente para no estar recostado en su puesto.
—Nos gustaría hacer un pedido joven.
Ante la mención de la palabra “joven” el enano asintió y les hizo una seña para que lo siguieran.
El enano los guió a través de la sede de la Forja del Acero Valkan.
El interior de la sede estaba perfectamente distribuido, con grandes puertas de madera para que las razas más grandes logren pasar.
Decenas de herramientas de forja se colocaron sobre vitrinas, estantes y muebles especiales.
Grandes hornos con herreros de diferentes especies se alinearon uno tras otro.
—La mayoría son enanos —pensó Mufasa mientras seguía al enano.
La mayoría de los herreros eran enanos, levantaban sus martillos y golpeaban el metal con fuerza, compactando el acero para evitar que los poros de las espadas se agrieten.
Todos estaban concentrados en sus respectivas armas, otros con planos y otro más examinaban materiales.
Entraron en una habitación apartada.
El enano señaló el interior y luego salió.
—¿Hum?
¿Buscan algo en especial?
Una enana emergió del fondo del taller, con ropa adecuada para la forja.
Los miro y pregunto directamente.
Una mujer directa, sin palabras de más.
—Una espada de un solo filo.
Mufasa dio un paso adelante y habló.
Él era el comprador, por lo que Mojima se limitó a observar en silencio en el fondo.
—Eres solo un niño.
Pero no es mi problema —la enana se encogió de hombros y preguntó—.
¿Quieres comprar directo o hacer una orden?
—Uh…
¿Cuál es más barata?
—preguntó mientras se rascaba la nuca.
La enana levantó una ceja, pero estaba demasiado acostumbrada a tales cosas.
Aventureros con poco dinero que buscaban armas baratas.
—Comprar directo es más barato —dejó el martillo sobre una mesa de trabajo y camino hacia una pared.
La pared estaba llena de espadas de diferentes tipos.
Espadones, espadas curvas, estoques y estilos que Mufasa nunca había visto antes.
—Escoge cualquiera de estos —dijo la enana, se apartó y se dejó caer sobre un banquito.
Mufasa se acercó a la pared.
y observó las armas con atención.
Cada una necesitaba un estilo diferente para usarla.
Rápidas, pesadas, fluidas, fuertes.
Todas eran diferentes.
Vio filos anchos y pesados, hojas delgadas diseñadas para apuñalar.
Pasó sus dedos sobre las empuñaduras, examinando el equilibrio de cada una sin necesidad de desenvainarlas del todo; un truco que Mojima le enseñó.
—Demasiado fina —murmuró al examinar un estoque—.
demasiado corta.
Descartó de inmediato las espadas finas y demasiado cortas.
En su lugar, paso directo a las espadas de un solo filo.
Su mirada se detuvo en una hoja de filo único, curvada con delicadamente hacia adelante.
La tomó con cuidado y la alzó para verla mejor.
Era un alfanje.
El alfanje tenia una hoja ancha que se estrechaba en la punta, lo bastante curvada para dar tajos profundos y mortales, pero no tanto como para perder la precisión.
Media casi un metro de largo y su peso estaba bien equilibrado hacia el frente, dándole un golpe con más fuerza que una espada recta.
La empuñadura era simple; cuero negro enrollado y una guarda de acero sin adornos.
Todo en ella era funcional, sin decoros, directo; como la enana que la forjó.
Mufasa la sostuvo con ambas manos y dio un par de cortes al aire.
El sonido del filo partiendo el aire fue limpio, pesado, con una fuerza que se sentía en la muñeca.
—Tomaré está —dijo finalmente.
La enana asintió.
—Una alfanje, una gran elección —dijo, con aprobación clara en su voz.
Se levantó de su banquito y caminó hacia la espada, luego la tomó—.
Su precio es de 12,000 Valis.
—Es un buen precio —añadió Mojima desde atrás.
El, como persona que entrenaba más con Mufasa, conocía el claro disgusto del niño por gastar dinero.
Temiendo la ira de la enana y un aumento en el precio, decidió hablar antes que el niño.
—Se la llevara —aseguró el Renard.
Mufasa se giró lentamente, dándole una profunda mirada a su compañero.
¿Por qué hablaba por él si primero le dice que tiene que hacer sus cosas?
Temiendo la ira de la enana y un aumento en el precio, decidió hablar antes que el niño.
—Se la llevara —aseguró el Renard.
Mufasa se giró lentamente, dándole una profunda mirada a su compañero.
¿Por qué hablaba por él si primero le dice que tiene que hacer sus cosas?
¡BUM!
En ese momento, la puerta se abrió de golpe, mostrando a un pequeño Pallum con un yukata rojo y una máscara de Tengu.
El Pallum examinó la habitación y habló en voz alta.
—¡Rogelia, estoy aburrido!
¡Vamos a beber!
Rogelia, la enana dueña del taller donde Mufasa escogió su nueva arma, arrugó las cejas y suspiró audiblemente.
—Texco-sensei…
que usted esté encaprichado y decida no trabajar más, no significa que los demás no lo hagan —sus palabras fueron lentas y medidas, con respeto, pero mostrando su molestia—.
Como podrá ver, tengo clientes.
Texco, el pequeño Pallum vestido con un yukata rojo y una máscara de Tengu, bufo.
Señaló a Mufasa y Mojima y se burló.
—Son un montón de porquería.
Yo le creaba armas a un verdadero guerrero, ¡A un dios!
—Lo sé, lo sé.
Ahora déjame cerrar el trato.
La enana parecía cansada, como si la escena se repitiera de manera seguida, para su gran molestia.
—Hump, como sea.
De todas formas no quería beber contigo.
Texco se dio media vuelta y desapareció.
—Lo lamento —se disculpó la enana, visiblemente mortificada por las palabras graves de su maestro—.
Como gesto de buena fe, les daré un descuento.
Los ojos de Mufasa brillaron.
—¿De cuánto estamos hablando?
En un instante, apareció junto a la enana, frotando sus manos y soltando pequeños “jeje”.
Mufasa era extremadamente tacaño, por lo menos mientras no tuviera suficiente dinero.
—Les dejaré el Alfanje en 10,000 Valis.
¿Qué les parece?
—¡Trato hecho!
Un herrero, en Orario, debe buscar aventureros con los cuales poder hacer contratos de exclusividad.
De esa forma, los herreros mantenían una ganancia constante.
La familia Kagutsuchi era pequeña, apenas una pequeña embajada en Orario.
Como pequeña familia herrera, tenía que competir duramente contra familias más grandes como Hefesto y Goibnu.
Y ahora, el maestro de Rogelia arruino la primera impresión con un potencial comprador a futuro.
Se sintió ligeramente amargada.
Pero viendo los ojos brillantes del niño, sintió que descubrió un gran secreto a su favor.
—Es tacaño —noto.
Tomó el alfanje y lo guardó en su vaina, luego se lo extendió a Mufasa.
Mufasa tomó el arma y volvió a sentir el peso.
Satisfecho, tomó su dinero y pagó.
—Por favor, considere volver a nuestra familia.
—Claro.
.
.
.
—Oye, Mojima.
—¿Humm?
Mientras ambos caminaban de regreso a su pequeño y acogedor hogar, Mufasa habló.
—¿Quién era el enmascarado?
La imagen del pequeño Pallum seguía en su mente.
No era particularmente especial, pero su aspecto era peculiar.
Después de todo, no era común ver a un hombre con máscara.
—Es Texco Masamune.
Mojima noto la mirada perdida de Mufasa.
—¿Qué?
—Lo dijiste como si fuera algo obvio —Mufasa puso los ojos en blanco.
Ahora fue el turno del Renard de darle una mirada rara.
Parecia decirle idiota en su mente.
—Porque es algo obvio —señaló secamente—.
Texco Masamune es una leyenda en el mundo de la herrería.
Es quien le hacía armas al antiguo capitán de la Familia Zeus.
—¿Al antiguo?
¿Quién es el actual?
La mirada de Mojima emporo.
¿De verdad el niño a su lado era idiota?
—El capitán actual es Supremo, Maxim.
El antiguo capitán era Hércules.
Texco era el herrero personal del hombre desde hace décadas.
Por algo es considerado el mejor herrero de la ciudad.
Pero se retiró desde que murió.
—¿De qué murió?
—Era demasiado viejo para seguir comandando a su familia.
Como no quería morir postrado en cama, decidió lanzarse solo a las profundidades del calabozo.
Toda información sobre la familia Zeus era escasa, apenas migajas que Oomori dejó para que la comunidad se cayara.
Pero ahora, podía preguntar todo lo que quisiera.
—Esto es cultura general ¿Sabes?
deberías saberlo.
Además, pasó hace muy poco.
—Perdón por no saberlo —Mufasa puso los ojos en blanco y bufo.
El no sabía nada fuera de la novela del mundo de Danmachi.
.
.
.
Continuara…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com