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Danmachi: Entre monstruos y dioses - Capítulo 16

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16: Capitulo 16.-Porque me da la gana 16: Capitulo 16.-Porque me da la gana —¡Aquí debe ser!

En medio de la oscuridad del calabozo, donde los humanos y los monstruos luchan a diario, un grupo de tres personas irrumpió directamente en un campo desolado.

El hedor a sangre llenó la habitación.

—Esperen.

Quien lideraba, un hombre bestia, levantó la mano para detener al trío.

Su sentido del olfato estaba abrumado por el asqueroso olor de la sangre.

Inspeccionó la cámara y se quedó congelado, los ojos convertidos en meros puntos.

Cuerpos ensangrentados, extremidades mutiladas, cráneos rotos, ojos sin vida.

Tantos cuerpos que era imposible contarlos.

¿Quién hizo tal masacre?

La respuesta llegó en forma de risa.

—Vaya.

Parece que llegaron los refuerzos.

Dos orbes de plata se iluminaron en la oscuridad, ignorando el desastre que lo rodeaba.

Una inquietante sonrisa, tan fuera de lugar, adorno su hermoso rostro.

El niño, más joven que los tres aventureros, dio un paso adelante.

—Supongo que conoces a este hombre.

Dijo, acercándose a un cuerpo sin cabeza.

Los tres aventureros se quedaron mudos.

Aquel cuerpo sin cabeza…

lo reconocieron.

¡Era su capitán!

El hombre todopoderoso capaz de vencerlos, ahora estaba muerto.

Un simple niño se paró con indiferencia a su lado.

—Entonces, ¿qué harán?

Como si no se diera cuenta de su creciente miedo, ignoró todo y comenzó a caminar hacia ellos.

El hombre bestia trago saliva por reflejo.

Apretó los puños y rugió.

—¡Póngase en formación!

Ante su rugido, sus dos camaradas apretaron sus mandíbulas y se movieron al frente.

Un enano sostuvo un escudo cuadrado de madera al frente, actuando como el tanque del equipo.

A su lado, un hombre delgado con una lanza lo flanqueo, asegurándose de apuñalar cualquier aventura.

Atrás de ambos, el hombre bestia desenvainó dos cimitarras mientras gruñía.

—No creas que saldrás ileso, mocoso.

Mufasa simplemente se encogió de hombros, tomó una poción y se la bebió toda de golpe.

El líquido rojizo desaparecio en un instante, trayendo una ola de calor por todo su cuerpo maltrecho.

—Hah~ eso realmente me ayudó —dijo, sonriendo y tomando su espada con ambas manos.

La tensión en el aire aumentó a medida que el niño león se acercaba con su inquietante sonrisa.

—¿Saben?

Hace unos momentos todavía dudaba sobre matar a otra persona…

pero luego conocí a tu capitán.

Conocerlo me hizo darme cuenta que simplemente hay personas que merecen morir.

Sus botas hicieron un avance lento pero constante.

—Pero no me malinterpreten.

No pienso actuar como un héroe que busque castigar a los manos.

Eso no me incumbe.

Agitó ambas manos con fuerza.

Se detuvo y dejó que un brillo peligroso se grabará en sus ojos plateados.

—Quiero decir, no pienso quedarme de brazos cruzados mientras ustedes secuestran inocentes.

¿Entienden eso?

—Hablas demasiado —el hombre tigre gruñó con voz ronca.

Toda la situación le parecía surrealista.

¿Cómo había muerto exactamente su capitán?

La habitación estaba llena de monstruos y aventureros muertos.

Pero juzgando el cuerpo, fue un humano y no un monstruo.

¿Pero el niño?

Poco probable.

Veía más probable que uno de los aventureros que emboscaron a su capitán lo haya matado.

Luego, los monstruos aparecieron a los supervivientes.

Eso sonaba más razonable en su mente.

—Primero esos temblores y ahora este niño.

Este día no puede ser peor.

El niño león dio un paso al frente, agitó su alfanje un poco y luego avanzó.

Su figura avanzó como un furioso ariete de asedio.

—¡Levanta una línea!

—grito el hombre bestia en la parte trasera.

El enano levantó inmediatamente su escudo, clavando sus pies en el suelo con fuerza.

Mufasa no se inmuto por el escudo.

Continuo, como si ellos no fueran más que una simple molestia a quitar.

El lancero, incapaz de soportar la presión, tomó la iniciativa para atacar y romper la tensión del aire.

Levantó su lanza y apuñaló directo al cuello del niño.

Un movimiento limpio.

Rápido y fugaz.

Pero la lanza atravesó el aire.

Mufasa giró la cabeza apenas unos milímetros, lo justo para dejar pasar el filo sin rasgar su mejilla.

—Casi.

Su voz sonó sincera, como si realmente lo felicitara.

El lancero palideció al ver que se dejó expuesto.

Un destello plateado apareció en su visión.

Rápido, asesino y preciso.

Sin movimientos innecesarios, sin apertura para continuar luchando.

Un objeto cayo al suelo.

No, no era un objeto lo que sus ojos siguieron.

Era su mano.

—¡Aaaarrggggghhhhh!

El lancero retrocedió con fuerza mientras sujetaba su muñón ensangrentado.

—¡Retrocede!

El enano avanzó con un rugido.

Levantó su escudo y avanzó como una bola de demolición.

La madera se expandió en la visión de Mufasa, pero este no entró en pánico.

En lugar de defenderse, avanzó.

El niño pisó el suelo con fuerza, impulsando su cuerpo hacia adelante.

Su cuerpo entero se volvió una flecha.

Un rayo negro aparecio junto al destello.

¡Crack!

El escudo emitió un crujido cuando la espada lo hizo retroceder a la fuerza.

Una onda de fuerza hizo retroceder al enano hacia atrás, haciendo que se desestabilizara.

Se quedó incrédulo.

¿Un niño lo acaba de empujar con fuerza?

¿A él?

¿Un robusto enano?

¡Absurdo!

Busco al niño con la mirada y lo vio sobre él, su alfanje cortando directamente hacia su cuello.

El alfanje, como si fuera un par de colmillos de un depredador, mordieron con fuerza.

¡Clank!

Una cimitarra intervino justo a tiempo para salvar al enano.

Un hombre bestia irrumpió el combate, desviando el alfanje con una de sus cimitarras.

Desvió los colmillos del león y retrocedió de nuevo a la seguridad del escudo del enano.

—Ten cuidado, tiene una extraña habilidad —dijo, reocrdando el rayo negro en la hoja.

Como humano bestia no tenía una fuerte afinidad a la magia, pero el mismo tenía una.

Entendió el concepto más básico de la misma, así que podía detectar cuando se usaba.

Aquel rayo negro poderoso…

no era magia.

Si no era magia, entonces era una poderosa habilidad de fortalecimiento.

—Tal vez usa mente para fortalecer su estadística de fuerza —pensó, apretó el agarre de sus cimitarras y entrecerró los ojos.

No conocia una habilidad capaz de manifestar algo en la realidad, algo tan visible como aquel rayo negro.

—Eso debió causar la muerte del capitán.

Mufasa no lo dejó terminar su pensamiento.

Impulsandose de nuevo, los alcanzo.

El enano apenas tuvo tiempo de levantar su escudo.

Plato los pies con todas sus fuerzas, dejó que sus músculos se tensaran en anticipación y apretó los dientes.

—¡No pasarás!

—rugió.

Levantó tanto el escudo, tan seguro de detenerlo, que bloqueó su visión.

Los segundos pasaron, pero el impacto no llegó.

Una silueta pasó a su lado.

Dos orbes de plata observaron el escudo por un momento, luego, le devolvieron la mirada al hombre bestia.

Otro destello de plata.

—¡Aaaaaahhhhh!

Una pierna fue mutilada por una cuchilla de plata con un rayo negro.

El enano, confiando en su fuerte cuerpo, no llevaba armadura en todo su cuerpo.

En su lugar, solo coloco una pechera de cuero en su torso y un casco en su cabeza.

Su pierna cayó al suelo con un golpe seco.

El enano abrió los ojos como platos.

Mientras gritaba, se desplomó de costado, chocando su pesado cuerpo contra el suelo con un estruendo sordo.

La sangre broto a borbotones, manchando el escudo y empapando el suelo.

—¡Gorim!

—el hombre bestia se impuso hacia adelante.

Mufasa no le dio más atención al enano.

Su cuerpo giró como si danzara entre la sangre, aprovechando el impulso para deslizarse hacia el hombre bestia con una sonrisa depredadora.

El hombre bestia, apretando los dientes con fuerza, bajo su centro de gravedad.

Sus espadas chocaron.

Un estruendo metálico llenó el cuarto cuando las cimitarras golpearon el alfanje del niño león.

Chispas saltaron, una lluvia tan brillante en medio del infierno que había encontrado en lugar de su capitán.

El impacto obligó al hombre bestia a retroceder un paso.

Fue solo un paso, pero fue suficiente para que su corazón se hundiera.

Su estadística de fuerza no era la más alta, pero tampoco era su estadística más baja.

Entonces, ¿por qué el niño lo hacía retroceder con su fuerza física?

Los hombres bestia por naturaleza son fuertes, algunas razas más que otras.

En especial, los hombre leon, los hombre tigre y los Boaz.

Todos ellos eran conocidos por poseer grandes capacidades físicas dentro de los hombres bestia.

Entonces, lo entendió.

Incluso sin su extraña habilidad potenciadora, la fuerza del niño león ya era superior a la suya.

Su estadística de fuerza, ya había sido superada por el niño.

No era especialmente talentoso, de hecho, no tenía talento; por eso seguía en el nivel uno tras tantos años.

¿Pero que un niño lo supere en fuerza?

—El mundo es tan injusto.

Ese fue su pensamiento mientras un destello de plata brillaba.

Cayo de rodillas al suelo, con una gran herida en su pecho.

Sangre oscura salió de su pecho abierto.

—Hah…

hah…

hah…

—respiro con dificultad.

Levantó la mirada y vio al niño.

Estaba rematando al enano, cortando su garganta mientras este trataba de detener la hemorragia de su pierna.

Al fondo, el lancero vertía un líquido rojizo sobre su muñón sangrante.

Se había acabado para él.

—Entonces, así acaba todo…

—murmuró en voz baja, levantando la mirada para ver el techo.

—Si, así acaba.

Mufasa, frente al hombre bestia, no dudo.

En sus ojos brillaba una fría certeza.

Ellos no eran buenas personas, secuestraban personas.

Como alguien del mundo moderno, donde el crimen azotaba su país, vivía a diario con el miedo y la frustración de ver gente inocente ser levantada.

Acabar con un par de ellos no rompería su consciencia.

Si lo dejara pasar, su consciencia pesaría.

No se consideró un justiciero, simplemente hizo lo que le dio la gana.

Su espada cayó como una sentencia, terminando con la vida del hombre bestia.

Regresó su mirada al lancero.

El lancero palideció cuando sus miradas se encontraron.

Aun si cerrar por completo su herida, retrocedió hacia atrás con torpeza, desesperado por alejarse del maldito niño que los había masacrado.

—Tranquilo —susurro el niño—, todavía no voy a matarte.

El lancero trago saliva, asustado.

Un instinto visceral, primitivo, le gritó que ya no estaba lidiando con un simple niño.

Nunca fue un niño en primer lugar.

En su lugar, parecía estar bajo la mirada de un depredador.

Mufasa giró su arma lentamente, dejándola descansar sobre su hombro.

—Puedo considerar dejarte vivo si me dices donde está la chica que secuestró a tu capitán.

Respirando con dificultad, el lancero jadeo histérico.

Temblaba como una hoja en medio de una tormenta furiosa.

La sangre no dejaba de escapar de su muñón, dejando su rostro pálido como una vela.

—Y-yo…

—balbuceo.

Su voz era un hilo roto, estrangulándolo por el miedo que sentía.

—¿Tu?

Mufasa inclinó el rostro, sin dejar de mirar los ojos del lancero.

Una calma peligrosa, eso sintió el lancero.

El lancero tragó saliva de nuevo.

Su espalda tocó la pared rocosa del calabozo.

Comprendió que ya no tenía lugar al que correr.

Una mala respuesta y estaba muerto.

—L-la chica…

—su voz comenzó como un susurro tembloroso.

—Si, ella, ¿dónde está?

—insistió Mufasa, avanzando un paso.

Ese único paso hizo que el lancero entrara en pánico.

—¡Está en la sede!

Mufasa parpadeo con lentitud, como si no le creyera.

—¿Seguro?

El lancero asintió frenéticamente con la cabeza.

—¡Si!

El…

él se llevó a la chica a su cuarto.

N-no hemos sabido más desde entonces.

La desesperación brotaba en cada palabra, junto a la sangre que aún manaba de su muñón.

—Ya veo…

—Mufasa asintió—.

¿De qué familia eres?

—D-de la familia Anali.

—Comprendo.

Mufasa lo observó por unos segundos en silencio.

El niño león no parecía enfadado, tampoco decepcionado.

Solo lo miraba.

Luego bajó la mirada un instante, como si meditara las opciones que tenía.

Un rayo de esperanza apareció para el lancero.

Era diminuto, pero existía.

—Bien, lo he decidido —dijo de repente, apretando el puño con decisión—.

Iré por esa chica.

¿Sabes?

Estaba pensando en solo reportar la situación, pero no tengo muchas ganas de explicar nada.

El lancero quiso hablar, pero un rugido lo silenció.

Nuevos monstruos corrían desesperados.

—Ya que me diste la ubicación, no te mataré.

La mirada del lancero se iluminó con esperanza.

—Trata de redimirte y ser una mejor persona ya que estas —dijo con simpleza, dándose media vuelta y levantando una mano en despedida—.

Nos vemos.

—¡Espera!

¡No me dejes aquí!

Su voz se apagó entre los temblores del calabozo.

Mufasa tomó todas las cosas de valor, pociones, armas y piedras de monstruos.

Luego, abandonó el lugar como si nunca hubiera estado ahí en primer lugar.

—¡Buena suerte!

El lancero miro la figura de Mufasa desvanecerse, desapareciendo como si el viento se lo llevara.

Giró la cabeza, con pánico escrito en la cara, y miró a la oscuridad acercarse con sed de sangre.

—¿Este…

este es mi fin?

…

De regreso en la superficie, Mufasa escuchó los murmullos de los aventureros que junta a él, salían del calabozo.

—¿Los viste?

¡No puedo creerlo!

—Te lo puedo asegurar —una amazona aseguro con seriedad—.

Vi a uno de los bastardos de Zeus luchar a la par con un Tuerto loco.

La lucha era brutal, apenas podía ver sus figuras desvanecerse cuando ya estaban reventando el calabozo con sus espadas.

—Entonces si es el Tuerto —pensó Mufasa.

Sostuvo una gran bolsa en su espalda, completamente cargada de armas y piedras mágicas recolectadas de los cadáveres.

Ignoro las miradas y camino directo a la casa de su escuadrón.

Al entrar, la mirada de un elegante elfo se clavó en sus heridas.

—Parece que has estado divirtiéndote.

Una sonrisa salvaje apareció en el rostro del niño.

—Por supuesto que sí.

Dejó caer la bolsa en la sala de estar, donde el elfo leía tranquilamente un libro.

Sentado en un sillón de cuero, sostuvo su libro en una mano y una taza de té humeante en la otra.

Le dio una última mirada a Mufasa antes de bajar la mirada de regreso a su libro.

—Deberías bañarte —sugirió, sin levantar la vista del libro.

—Lo haré después, tengo algo más importante que hacer.

—Ya veo.

Sin molestarse en preguntar que era más importante que lavarse la sangre y la mugre del cuerpo, además de curar su heridas, se limitó a seguir con su lectura.

Mufasa tomó algunas posiciones del almacén y se las bebió de golpe.

Todas sus heridas, que no eran mortales, se cerraron sin interrupción.

Curado, se volvió a equipar por completo.

—¿Huh?

Acabas de volver, ¿De verdad regresaras al calabozo?

Mojima asomo la cabeza por el pasillo, observando la sangre y todo el equipo que Mufasa se volvía a colocar con cuidado.

—No iré al calabozo.

—¿Entonces?

—su mirada recorrió la pequeña figura, una ceja se levantó con curiosidad—.

Parece que vas a una guerra.

—A eso voy —Mufasa terminó de equiparse con pociones, ajustó su armadura y limpió su espada, levantó la cabeza y le dedicó una gran sonrisa al Renard—.

Voy a una guerra contra la familia Anali.

Mojima se quedo unos segundos en silencio.

¿Hablaba en serio?

Decidido a llegar al final de la conversación, preguntó.

—¿Contra quién?

—La familia Anali.

—No los conozco.

Tomando en cuenta que irás tú solo, no deben ser una gran familia —dijo Mojima, uniendo las piezas en su mente—.

Supongo que tienes tus razones, pero…

¿Por qué de repente te lanzas a una guerra?

—Tienen a una persona secuestrada.

Ire a salvarla.

—Ya veo —Mojima asintió—.

Buena suerte.

Giro todo su cuerpo para irse, sin interés en acompañarlo, pero Mufasa habló antes de que abandonara la habitación.

—Puede que encontremos elfas capturadas.

—¡Vamos de inmediato!

La silueta del Renard se convirtió en la de un fantasma, desapareciendo tan rápido que sus palabras sonaron después de que desapareciera.

—Jaja —no pudo evitar reírse.

Se detuvo.

Una persona se colocó detrás de él en silencio.

Volviendo la cabeza hacia la silueta, vio un monóculo observando con intensidad.

—No pude evitar escuchar su interesante conversación.

Secuestrar a una persona, que acto tan vil —la voz de Pivot se volvió fría—.

Por favor, permíteme acompañarte.

—Claro, como quieras.

El trío salió tras alistarse por completo.

Caminaron por las calles hasta toparse con un dúo que Mufasa conocía.

—Oh, ¡es èl pequeño bebedor!

Una estridente voz resonó por todo el distrito, acompañado por una carcajada atronadora.

Dos sombras enormes se pararon frente a Mufasa con grandes sonrisas.

Equipo de cuero, grandes armas, dos Boaz bien desarrollados y bien equipados.

—Yo, Kotobuki, Tokita.

Mufasa saludo a ambos Boaz con una sonrisa amistosa.

Desde el día en que uno de los gemelos Boaz lo había salvado, habían salido a beber juntos.

Sorprendió a todos, bebiendo tanto que algunos se cuestionaran si realmente era un niño.

Después de todo, ¿cómo podía un niño beber más que un adulto?

Mufasa había sido un gran bebedor en su vida pasada, tomando trago tras trago en fiestas y reuniones.

Sin alcohol, no podía entrar en ambiente.

Un mal hábito, pero disfrutaba beber.

Tokita, con la cabeza hacia abajo para ver al trío, miro la sangre en el cuerpo de Mufasa.

Una expresión de confusión se grabó en su rostro tosco.

Se giró y miró la torre de Babel detrás de él.

—Que raro, se supone que yo vengo de Babel —dijo, rascándose la cabeza.

—Si, se supone que si —Kotobuki confirmó la declaración de su hermano gemelo—.

¿Cómo es que vienes lleno de sangre si vienes de la dirección contraria al calabozo?

—Es una larga historia que les contaré cuando volvamos a beber juntos.

Se encogió de hombros con indiferencia.

¿Su aspecto?

Un poco de sangre, nada peligroso.

Su misión era más importante.

Ya lo había decidido, ahora lo llevaría hasta el final; hasta terminarlo.

—Voy a destruir a la familia Anali.

Ambos Boaz parpadearon confundidos.

Luego se echaron a reír.

—¡Entonces vayamos juntos!

Mufasa levantó una ceja.

—¿Los conocen?

—En lo absoluto —Tokita negó.

—Pero suena divertido —Kotobuki continuó.

Ambos hermanos se divirtieron con la naturalidad con la que Mufasa hablaba de destruir una familia.

Si para él era fácil, ¿entonces por qué no acompañarlo?

Naturalmente, ambos hermanos preferían luchar si no podían ponerse a beber.

Al escuchar la declaración tan audaz de su pequeño amigo bebedor, no dudaron en acompañar.

Así, el grupo de cinco partió de inmediato.

.

.

.

Continuara…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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