Danmachi: Entre monstruos y dioses - Capítulo 4
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Capítulo 4: Capitulo 4.-La vida sigue
Mufasa soñó con un hermoso lago.
Su mirada vagó por el hermoso lago, pasando por alto las personas que una tras otra pasaban. Pronto, una figura se acercó con una sonrisa cálida.
—Hijo, ven para tomarnos la foto.
—Voy mamá.
Algo no cuadraba.
Se levantó del banco en el que se encontraba, siguió a la mujer a la que llamaba mamá y juntos se acercaron a un grupo que charlaba casualmente.
El grupo se acomodo bajo la guía de su papa.
Una persona que pasaba se ofreció a tomarles la foto.
Algo era raro.
Las sonrisas calidad de sus padres lo llenó de una calidez sin precedentes, llenando un hueco que llevaba mucho tiempo vacío.
Así era la familia.
Así era su familia…
Su padre se acercó con una sonrisa, pasándole una lata de cerveza con un gesto amistoso.
—¿Por qué tan serio? —preguntó tras un sorbo.
—Solo… Me siento raro. Como si algo no cuadrara en todo esto.
—Deja de preocuparte, estás de vacaciones.
Su padre le dio unas palmaditas en la espalda, instándolo a relajarse y dejarse llevar por el ambiente.
¿Extrañaba esa calidez?
Claro, ahora lo comprendía.
Era un sueño.
Un sueño del que no quería despertar.
¿Regresaría a la cueva?
No quería regresar a ser Mufasa.
Su madre se acercó con una sonrisa que solo una madre podría darle a un hijo, llena de amor y apoyo incondicional.
Le dijo algo, pero no pudo escucharlo.
En el momento en que comprendió que era un sueño, despertó.
…
—Ahhh….
Un suspiro escapó de su boca cuando abrió los ojos y vio el techo rocoso y primitivo, lleno de enredaderas por todas partes.
Se incorporó en silencio, aun sintiendo la presencia de sus padres junto a él.
Su realidad había cambiado, para su disgusto.
—Mamá, papá…
El recuerdo parecía lejano, pero sabía que aquello en el sueño nunca había pasado. Nunca había ido a un lago con su familia, pero como deseaba que fuera real, que estuviera en ese preciso momento junto a ellos.
—¿Un mal sueño?
Giró la cabeza y vio a Rof.
El hombre descansaba casualmente sobre un montón de hojas y enredaderas, rascando casualmente su descuidada barba.
Se encogió de hombros.
—Fue un gran sueño.
Así lo sintió.
Rof asintió, sin indagar más.
Mufasa examinó el lugar. Sin duda estaban dentro de una cueva, pero no parecía estar hecha de forma natural. Había picos y palas por el lugar, así como muebles de madera en mal estado.
El mismo estaba acostado sobre una mesa de madera que crujía ante el mínimo movimiento.
Noto que sus heridas estaban vendadas. Rof probablemente había tratado sus heridas con las provisiones que cargaba.
—¿Dónde estamos? —preguntó en voz baja.
—En un refugio de la época de mi abuelo —extendió su mano, como señalando el lugar—. Se usaba cuando mi abuelo aún era un niño, cuando había más monstruos que ahora. Cada vez que monstruos grandes y peligrosos se acercaban a la aldea, todo el pueblo era evacuado a este lugar. Pero ya no se usa, Orario exterminó una enorme cantidad de monstruos en las últimas décadas.
Orario era la ciudad de los héroes, la ciudad con el único laberinto del mundo.
Naturalmente, era la ciudad más poderosa del mundo, donde personas de todo el mundo se reúnen para enfrentar los peligros del calabozo.
Para Orario, exterminar los monstruos “fuertes” del exterior no representaba ningún desafío.
Como centro del mundo y encargados de enfrentar la mazmorra, aceptaban peticiones de exterminio de monstruos en lugares cercanos y en raras ocasiones, lejanos.
—Ya veo.
Se levantó pesadamente de la mesa, sintiendo el agotamiento tras haber enfrentado decenas de monstruos.
Si bien eran las cosas más débiles que un aventurero podría encontrar en el laberinto, para personas comunes y corrientes como él, eran grandes desafíos.
Además, estaba en el cuerpo de un niño, aunque por su raza de hombre león, era más grande y fuerte de lo normal.
Rof por su parte parecía, bien, décadas de trabajo pesado fortalecieron su cuerpo.
—Ya no pareces tan desanimado.
Rof se encogió de hombros.
—La vida sigue. Mi hermano vivió sin arrepentimientos toda su vida, eso hace el duelo más llevadero —descarto su actitud anterior, tan rápido que Mufasa se preguntó si de verdad había estado triste.
Decidió no seguir con el tema.
—¿Qué pasó con Collin?
Ante la mención de la mujer que los había estado acompañando, Rof arrugó el rostro, con sus ojos oscureciendo ligeramente.
—Probablemente esté muerta.
Collin era la más fuerte de los tres gracias a su experiencia y el falna.
Ahora, se topó con un monstruo que no podía vencer a menos que subiera de nivel.
No pudo evitar pensar en Bell matando al Minotauro, un monstruo con poder equivalente al Bugbear.
Sin embargo, el que enfrentó Bell era más fuerte que un Minotauro normal. Había sido entrenado por Ottar, eso ya decía mucho.
¿Así de fuerte era el protagonista?
Apretó el puño, deseando poder alcanzar ese tipo de fuerza.
Ahora estaba en un mundo de fantasía, donde todo podía ser posible.
Bell había logrado una hazaña legendaria, una hazaña que ningún nivel uno debería poder lograr. Y sin embargo, lo consiguió.
Un fuerte deseo de superarse y alcanzar esa cima surgió de su pecho, explotando como un maremoto embravecido por una tormenta.
Quiso salir y enfrentar a ese Bugbear, pero su lado razonable intervino y lo devolvió a la realidad.
Jamás vencerá a ese monstruo, no mientras no tenga una bendición.
—Parece que ya estás mejor, así que salgamos de aquí.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Como cinco horas.
Cinco horas era un tiempo considerable, tomando eso en cuenta, era un milagro que no se hubiera roto el cráneo por el golpe.
¿Tendría hemorragia interna?
Lo descarto.
Bajo la guía de Rof, ambos salieron de la cueva a través de túneles mal construidos, hechos mal de manera intencional para que se pasara con mucho esfuerzo.
Tuvieron que dejar la mochila, optando por tomar solo lo que pudieran cargar en manos y bolsas.
Pronto salieron a la superficie, asomando sus cabezas con cautela.
—Es probable que el Bugbear se haya alejado, pero podría aparecer en cualquier momento si no nos damos prisa.
—¿Entonces hacia dónde corremos?
—Hacia allá —señaló con su dedo—. Pero tendremos que pasar por la zona donde ocurrió la batalla.
Rof ajustó la tela donde descansaban los restos de su hermano y corrió con grandes zancadas, Mufasa lo siguió por detrás.
Ignoraron la mayoría de monstruos, avanzando entre los gruesos árboles que tapaban el sol.
Sus botas aplastaron las hojas secas y las ramas, cortando solo a los monstruos que estorbaran.
Pronto llegaron al lugar del combate.
La madriguera hecha por un desastre natural del pasado ya no existía. Una fuerza monstruosa la desbarató.
—Probablemente trató de refugiarse en la madriguera para ganar más tiempo —razonó Rof.
Mufasa examinó el terreno con sus ojos plateados, acercándose para encontrar cualquier cosa.
Un brillo plateado llamó su atención.
Sobre el césped manchado de sangre, una espada con forma de alfiler descansaba en silencio. La hoja estaba empapada de sangre.
Se agachó y tomó la espada.
—Ya sabemos que sucedió.
—Regresemos.
Reanudaron su camino, con Mufasa cambiando su cuchillo curvo por la espada aguja.
Corto fácilmente a los monstruos que se le acercaban, ya fuera con cortes profundos o estocadas veloces que arrebatan vidas sin piedad.
La espada era ligera, con un color plateado hermoso y sin ninguna decoración, solo cuero en la parte baja para asegurar un buen agarre.
La espada era ligera, con forma de aguja, y la empuñadura, estaba cubierta por cuero para asegurar un buen agarre. Era de color plateado.
Un arma perfecta para luchadores que confiaban en su velocidad y agilidad.
La balanceo sin problemas.
. . .
Mufasa se paró a dos metros de Rof, esperando pacientemente a que el hombre terminara el funeral de su hermano.
Entendía que Rof se estaba despidiendo de su hermano para toda la eternidad.
Cruzó los brazos y esperó en silencio.
Habían logrado escapar con vida del bosque tras encontrar el arma de Collin, desgraciadamente no encontraron rastros de la mujer en su regreso.
Mufasa decidió quedarse con su espada en memoria de ella.
Además, necesitaba un arma más decente que su cuchillo curvo.
Cuando Rof terminó su improvisado funeral, llevó a Mufasa a su casa.
—Necesitas una guarda para esa espada.
Fue lo que dijo mientras entraba a su casa.
Tomó una guarda de cuero que ya tenía y la ajustó para que coincidiera con la cintura de Mufasa. Le agrego con un poco de cuero una sección para que colocara la espada.
Ahora podría desenvainar fácilmente y envainar cuando no la necesitara.
—Ahora, sobre tu recompensa.
Mufasa prestó atención cuando su recompensa salió a la luz. Llevaba unas horas esperando, un poco impaciente por el hecho de que Rof no sacara el tema.
Pero por respeto a su difunto hermano, decidió esperar.
—Como prometi, te llevare a Orario. Pero será mañana, ya que descansemos un poco.
El resto del día pasó sin problemas.
Rof le permitió a Mufasa quedarse en su casa, incluso lo invitó a comer como agradecimiento.
. . .
A la mañana siguiente, Mufasa se subió a una pequeña carreta de madera tirada por un caballo. Era pequeña, con el solo espacio suficiente para poder llevar un animal del tamaño de un venado.
En el camino, Mufasa repitió en su mente sus días desde que había llegado a Danmachi.
Los primeros días se centraron en asimilar el hecho de que había transmigrado a otro mundo.
Luego presenció un ataque de una horda de monstruos.
Masacro una docena al entrar en un trance en medio de la fusión de ambas mentes.
Se perdió en medio de la nada.
Llegó a un pueblo donde aceptó una misión.
Estuvo a punto de morir por un Bugbear.
La mujer, Collin Pepper, se sacrificó para conseguirles algo de tiempo.
Conoció parte de la historia de los alrededores de Orario que no se mencionaron en la novela. Como la generación del abuelo de Rof se escondía en cuevas para mantenerse seguros.
Consiguió un arma nueva para usar.
Y ahora, se dirige a Orario, el lugar donde empezará su aventura.
Sonrió un poco ante la idea.
Estaba un poco emocionado.
En su mente repitio una y otra vez las batallas que enfrentó para sobrevivir en el bosque. Corto, desgarro, apuñaló y destrozó a todo monstruo que se interpuso en su camino.
Su cuchillo curvo le había salvado la vida.
Le debía su vida a la generosidad de Mans y el mayordomo principal.
¿Cómo se llamaba? No lo recordaba.
Ensayo una y otra vez las escenas en su mente, imaginando sus movimientos uno tras otro.
Buscaba una manera de mejorar, de aplicar lo que Collin le había dicho antes de su muerte.
—Parece que tenemos compañía.
—Humm?
Mufasa salió de su trance mental y levantó la mirada.
Un monstruo más grande que los que había matado se acercó mientras emite gruñidos.
Un Dungeon Lizard, un monstruo lagarto con piel marrón escamosa y ventosas en sus patas.Saco su lengua a forma de amenaza, acortando la distancia entre ellos a paso veloz.
—Es hora de poner en marcha lo aprendido —pensó mientras la carreta se detenía.
—¿Puedes solo?
—Si, dejamelo a mi.
—Bien.
Salto de la carreta y aterrizó pesadamente.
Avanzó al monstruo, desenvainando su espada aguja con un movimiento torpe y lento. Aún no se acostumbraba a desenvainar el arma.
El lagarto rugió audiblemente.
Pero Mufasa lo ignoró y trazó en su mente la forma de matarlo.
Tenía cuatro patas y no podía usar su patrón de ataque habitual, subirse a las paredes y lanzar ataques sorpresas.
—¡Ghaaaa!
Mufasa dio un paso a un lado y dejó que el mordisco se cerrará en el aire.
Presionó su pie con fuerza, y con un movimiento explosivo que surgió desde sus pies, luego su cadera y finalmente su brazo, disparó una estocada directo a su cabeza.
La hoja atravesó la piel escamosa del lagarto, rompiendo el hueso con un sonido seco, y emergió por el otro lado de la cabeza.
El Dungeon Lizar se estremeció, convulsionó un par de segundos y luego se desplomó, muerto.
Mufasa respiro lentamente, dejando que la sensación se disipara en su mente.
Un silencio repentino envolvió su mente, ahora tranquila.
Se sintió bien.
Sintió la clara mejora.
Con un esfuerzo breve, retiró la espada, la sangre oscura escurriendo de la hoja hasta gotear en la tierra.
Observó el cadáver inerte.
—Una sola estocada —murmuró por lo bajo, examinando la hoja de su espada.
Por primera vez, no había tenido la necesidad de luchar desesperadamente ni lanzar cortes erráticos para sobrevivir.
Un solo vasto para acabarlo.
Un movimiento preciso y limpio.
Se quedó en silencio, mirando sus manos, el arma y finalmente el cuerpo del monstruo. Repaso en su mente el movimiento, pensando en varias maneras de mejorar el movimiento, la explosividad y la distribución de su peso.
—Es un pequeño paso.
Una extraña mezcla de orgullo lo llenó, recorrió su pecho y lo hizo sonreír.
Avanzó, estaba seguro.
Para muchos podría no ser nada, pero para Mufasa, quien no tenía conocimiento ni experiencia, se sintió como un enorme paso en su camino hacia su deseo.
Envainó lentamente la espada y regresó hacia la carreta.
Rof lo miraba desde la carreta, con su hacha lista en sus manos.
Chiflo de asombro y guardó el hacha, sin decir nada. No sintió la necesidad de hacerlo.
El niño no dejaba de sorprenderlo.
La primera vez que lo vio penso que era un niño tonto, con algun deseo de muerte.
Pero durante la misión, sus cortes mejoraron significativamente.
Paso de cortes imprecisos y erráticos, carentes de una fuerza de verdad. Pero ahora, había lanzado un buen golpe, matando al monstruo con una facilidad aterradora.
Mufasa se limitó a subir, limpiándose el sudor de la frente. La carreta volvió a ponerse en marcha.
El cadáver del lagarto quedó atrás, inerte en el camino, como una prueba más de que él estaba avanzando y que ese avance lo estaba moldeando en algo en su destino.
Estaba satisfecho.
Las puertas de Orario pronto aparecieron a la vista, junto a las grandes murallas.
—Parece que aqui nos separamos.
Rof detuvo al caballo y se giró para mirar a Mufasa.
—Eso parece.
Mufasa no sintió la necesidad de una despedida emotiva. Se levantó en silencio y saltó de la carreta, ajustó su cinturón y comenzó a caminar.
—Chico.
—¿Qué?
—Toma esto —le arrojó una bolsa de cuero con una sonrisa un poco burlona—. Asegúrate de no morir tan rápido.
Mufasa también sonrió.
—No lo haré.
Con eso, Rof guió al caballo y se marchó en silencio. Mufasa permaneció viendo la espalda del hombre hasta que este desapareció en la distancia.
Cuando la silueta de Rof y la carreta desaparecieron en la distancia, Mufasa se dio media vuelta y se formó en la fila para entrar en Orario.
Por fin miraba las altas murallas, pero sobre todo, miraba la enorme y colosal torre en el centro de la ciudad.
La torre era tan alta que se perdía en las nubes, desaparecieron para las personas con una vista promedio.
La entrada no fue tan rigurosa como en la novela.
¿Quién entraría a causar problemas cuando los monstruos de las familias Zeus y Hera reinaban libremente?
Pensar en eso lo dejó perplejo.
Luego lo captó de inmediato.
¡Las familias Zeus y Hera aún seguían con vida!
Eso significaba que estaba al menos quince años antes del inicio de la novela.
Los hombres y mujeres que aplastan a la generación de Ottar como si fueran cucarachas aun seguían con vida.
La idea lo emocionó.
Conocer a las leyendas de las familias Zeus y Hera era algo que todo fan de Danmachi quería. Y ahora, él sería quien los conocería.
Pero lo dejo para después.
Primero necesitaba conseguir una familia.
¿Ya estaría la familia Loki establecida?
Tras completar el registro en la entrada con un par de preguntas, logró entrar en la ciudad.
Las calles estaban abarrotadas de personas.
Numerosas tiendas ofrecían productos diversos.
Había restaurantes, hoteles, hogares con chimeneas, todo lo que uno pudiera esperar de una ciudad medieval.
—Luego vagó por la ciudad.
No perdió mucho el tiempo en admirar la hermosa ciudad que solo había podido imaginar a través de texto y dibujos.
Mientras vagaba sin rumbo, vio las diferentes razas.
Había Pallums, enanos pequeños pero musculosos, hombres bestia de todos los colores y sabores, mujeres de piel oscura con ropas atrevidas, y hermosas elfas.
Sin duda las elfas eran hermosas.
Una frunció el ceño cuando duró mucho tiempo mirándola. Escupió en su dirección y se fue.
—Vaya. Eso… ¿Me gustò?
Se estremeció.
Negó rápidamente con la cabeza y preguntó por las sedes de diferentes familias.
A través de numerosas preguntas, logró dar con la primera familia. Era una casa de dos pisos, perteneciente a una pequeña familia de rango F.
La familia era la Familia Ogma, una familia en la que en un futuro estaría el mejor amigo de Bell Cranel y su mayor admirador: ¡Mord Latro!
Toco la puerta un par de veces y esperó pacientemente.
Con un crujido, la puerta de madera se abrió.
Una mujer asomó la cabeza perezosamente.
—¿Qué quieres?
—¡Hola! Estoy buscando una familia a la cual unirme —se emocionó un poco ante el pensamiento de conseguir el falna.
Los ojos de la mujer lo recorrieron de arriba a abajo y luego bufó con desdes.
—Eres solo un mocoso en pañales. Mejor regresa con tu mami, pequeño.
Sin darle oportunidad de dialogar, la mujer cerró la puerta con fuerza. Escucho el sonido del seguro gracias a sus sentidos mejorados por las orejas de león.
Mufasa se quedó con las palabras en la boca.
Frunció el ceño y se rasco su melena blanca con desgana.
—Tsk, ni siquiera me escuchó la desgraciada.
Murmuró un par de maldiciones antes de alejar.
—Ahora te entiendo, Bell.
Bell Cranel en la novela intentó unirse a varias familias cuando llegó a Orario, pero todas y cada una de ellas lo rechazó de manera rotunda. Un chico de pueblo sin entrenamiento no tenía ningún valor.
Nadie quería llevar al niño a una muerte prematura.
¿Y Mufasa?
Se veía aún peor.
Tal vez su apariencia pareciera exótica, pero seguía siendo un niño. No un palo, sino un niño.
¿Quien, aparte de la familia Loki al adoptar a Aiz por sus orígenes, acepta a un niño?
Freya.
Pero esa diosa estúpidamente hermosa y estúpidamente loca se fijaría primero en su alma.
¿Su alma le gustaría a Freya? No tenía ni idea de donde encontrarla, y la verdad no tenía muchas ganas de conocerla.
—Bueno, tal vez de lejitos.
Vago por las calles con un mejor humor. Ser rechazado nunca era algo bueno, sin importar que.
Por ahora, necesitaba encontrar un lugar donde pasar la noche.
Entre su propio dinero y el que Rof le entregó apenas tenía dinero.
No quería gastar lo poco que tenía en una habitación, no sin poder encontrar otro lugar donde no gastara.
Nada le garantiza que encontraría una familia antes de que se terminara su dinero.
Lo mejor era esperar antes de gastarlo.
Además, no tenía nada de equipamiento.
Compro un poco de comida en el camino.
Durante horas preguntó casualmente si lo aceptarían en su familia, pero en cada ocasión fue rechazado.
Mientras se frustraba, el sol comenzó a desaparecer, con la luna asomando lentamente.
Mientras buscaba donde caer rendido para descansar, encontró un edificio en una zona remota de Orario, donde la gente escaseaba.
Se adentro lentamente en el edificio, analizándolo.
—No sabe tan mal —pensó entre bocados.
Masticaba sin mucho ánimo los trozos de pan que había comprado en un pequeño puesto. Recargo su espalda sobre una pared descarapelada y disfruto en silencio su comida.
Había buscado algo barato de comer tras cansarse de buscar familia.
La luz de la luna entraba por los ventanales en la parte superior del edificio. Paredes hechas de ladrillos amenazaban con desmoronarse ante el mínimo impacto.
Las puertas estaban torcidas, como si una fuerza en el pasado las hubiera destrozado con fuerza bruta.
El edificio era un desastre. Mesas, sillas, estanterías, todo estaba destruido.
Entonces el lugar tras vagar por horas, viéndolo como un lugar óptimo para descansar una noche.
La gente no pasaba mucho por la zona destruida.
Pudo alquilar una habitación, pero el dinero no le sobraba y prefería gastarlo en comida.
—Niño —llamó una voz desde la oscuridad.
Mufasa giró la cabeza en silencio hacia el lugar de donde provenía la voz.
En un rincón del edificio, sentado sobre un montón de escombros, un silueta descansaba pacíficamente mientras lo observaba. Su rostro estaba oscurecido por la ausencia de luz, pero estaba seguro que lo estaba mirando a los ojos.
Dos orbes grises lo miraron desde la distancia.
—¿Qué hace un niño como tú en un lugar tan deprimente como este?
—Trato de pasar la noche.
Se encogió de hombros como si no fuera la gran cosa.
—Je…
El silencio perduró por varios minutos.
Mufasa no tenía demasiadas ganas de hablar con el hombre desconocido. Supuso que era un vagabundo, que al igual que él, buscaba un refugio para la noche.
—¿Sabes? Deberías estar agradecido conmigo —su voz sonaba burlona.
—¿Por que debería?
Entrecerró los ojos con desconfianza.
Su mano instintivamente agarró el mango de su espada aguja. Se inclinó ligeramente hacia adelante, listo para desenvainar y apuñalar al hombre.
No conocía a nadie, naturalmente desconfío del hombre al que no podía ni mirar correctamente por la oscuridad.
—¿Intenta robarme?
Dejó lentamente la barra de pan que casi terminaba, apretó el agarre en el mango de la espada y miró fijamente la silueta del hombre.
Su manejo con la espada no era el mejor, pero no dudaría en usarla para defenderse.
Balancear, cortar, bloquear, apuñalar, los conceptos estaban claros en su mente.
—Oh… un niño valiente. Me agrada eso —no podía verlo, pero estaba seguro que estaba sonriendo—. Si agarras tu arma, significa que estás dispuesto a morir.
—¡…!
Mufasa se congeló.
La voz que venía de la lejanía, donde la figura del hombre estaba reposando, ahora sonaba detrás de su oreja.
—Que rígido. Solo te estaba enseñando la ley suprema que rige a Orario. Si tomas tu arma, se tomara como un desafío —se quejo el hombre.
Los ojos grises como el acero de Prometeo lo encontraron de nuevo en aquellos escombros, con la luz de la luna iluminando un poco su rostro.
—¿Quién eres? ¿Quieres robarme?
Mufasa reaccionó por instinto, su cuerpo moviéndose antes de que su cerebro registrará por completo la información.
Su mano voló velozmente a su cintura, tomó la empuñadura de su espada y la desenvainó en un movimiento brusco. Dio un paso hacia adelante y giró todo su cuerpo sobre su pie, luego apuñaló.
La espada atravesó el aire en línea recta, transportando toda la fuerza de su portador.
Aunque cortó el aire, lo único que atravesó fue una brumosa oscuridad.
Retrajo el arma con los ojos aun abiertos de sorpresa, examinando a su alrededor en busca del hombre.
—Que rígido —su burló la voz desde la oscuridad.
Los ojos plateados de Mufasa escanearon el gran salón en ruinas, buscando la silueta del hombre.
Sus orejas de león se movieron de un lado a otro de manera involuntaria, captando cualquier sonido.
—¿Quién eres? ¿Estás buscando robarme?
Su lengua afilada no paró de bombardear con preguntas.
Desde la oscuridad resonó un bufido lleno de desdén.
—Esas dos armas son una enorme basura —se burló—. Incluso si lo vendiera, solo me alcanzaría para pagar el baño público.
Inseguro, Mufasa dio un paso hacia atrás hasta que su espalda tocó la pared.
No era un genio de la guerra, pero su mente ya no era la de un niño de cinco años. Era mayor, y como persona mayor tenía una mente capaz de pensar de manera lógica.
Así como enfrentó su nueva situación con calma, decidió afrontar la posibilidad de un ataque por la espalda con calma.
La velocidad del hombre era aterradora, se movía más rápido de lo que era capaz de percibir.
—Que aterrador —pensó—. Debe ser al menos nivel 2.Tal vez nivel 3.
Medir la velocidad de un aventurero a través de letras siempre había sido un gran desafío, pero medirla en persona era un mundo aparte.
¿Cómo era exactamente la velocidad de un nivel 3?
—Una buena decisión —elogió la voz ronca—. Pero eso limita tus opciones para defenderte. No puedes retroceder si ataco de frente, y si ataco a tu costado será fácil determinar tu ruta de escape.
Comenzó a enumerar los diversos errores que cometió.
Una gota de sudor se deslizó por su frente. El hombre podía matarlo en cualquier momento, y eso lo aterraba.
Pero pese a que tenía miedo del poder del hombre, su pecho ardia con una ardiente llama.
Algo dentro de él quería enfrentar al hombre.
Recorrió la gran sala donde se encontraba, buscando una salida óptima.
Entre los escombros del gran salón en ruina, vio tres salidas potenciales.
La primera opción era demasiado obvia. Era la puerta del gran salón.
—Me decapitara antes de que llegue.
La segunda opción era la ventana, qué hora no contaba con su antiguo cristal.
—Está demasiado lejos.
La tercera era la que más posibilidad de éxito tenía. Un agujero lo suficientemente grande para que su figura pasará con apenas dificultad.
Estaba cerca de su posición, y el hombre sería incapaz de pasar por él.
—Ese será.
El hombre permanecía sentado en los escombros con indiferencia, como si toda la situación fuera solo un pequeño espectáculo que no tenía nada que ver con él.
Mufasa dio un paso hacia adelante con vacilación, con la inseguridad de marcando su rostro.
Miró al hombre, aun sentado en los escombros, demasiado desinteresado en su plan de escape.
—¿Vas a huir como un maldito cobarde? Pensé que eras más interesante, niño. Ver que tomabas el arma me hizo pensar que tienes agallas, pero veo que me equivoque.
Mufasa apretó los dientes.
Aquello lo golpeó directo en su orgullo.
No era un cobarde. Solo trataba de sobrevivir en su nuevo mundo. Un mundo lleno de monstruos y personas que en su mundo serian considerados dioses.
—Solo trato de sobrevivir —escupió tras reunir coraje.
—Si, eso dicen siempre. Los cobardes no tienen otra excusa.
Sus botas, que estaban en medio de su movimiento de escape, se detuvieron. Toda su figura se detuvo ante las palabras del hombre.
Era un tonto por tirar su unica oportunidad de escapar.
Pero no era un cobarde, no estaba escapando por falta de agallas.
Conocía sus límites, y sabía que no era rival para el hombre.
Pero… ¿A eso se dedicaría? Escaparía siempre que la situación lo superara, corriendo para mantenerse con vida. ¿Eso quería?
El hombre tenía razón. Parecía un cobarde.
—No vine a este mundo para ser un cobarde.
Su pecho ardió con su voluntad, encendiendo una llama poderosa que rápidamente se propagó por todo su cuerpo.
Sus ojos ardieron.
Sus manos apretaron su espada.
Apretó los dientes.
—¡No soy un cobarde!
Era un humano normal, sin poderes.
Enfrentar grandes amenazas no era algo común, menos aún con el cuerpo de un niño y contra un enemigo que claramente lo superaba por mucho.
Retroceder garantiza que viviera un día más.
Pese a saberlo, se detuvo para encarar al hombre.
Si hoy corría… ¿Qué haría mañana? ¿Volvería a correr hasta que todo le favoreciera?
Lo negó.
Jamás se alineará todo para que avanzara.
—No soy un cobarde… —carraspeo con el ceño fruncido.
Aquello era infantil, pero era algo que ardilla desde su interior.
No quería retirarse.
Encararía el problema de frente.
La ceja del hombre se levantó en la oscuridad con expectación.
Apretó el agarre sobre su espada. Su mandíbula se apretó y sus ojos ardieron con intensidad.
No había vuelta atrás.
—Interesante —escucho al hombre susurrar desde la lejanía.
Algo se movió en la oscuridad, un escombro cayó desde una dirección aleatoria. El impacto envió un fuerte sonido por todo el salon derruido por los años.
Giró la cabeza bruscamente en el momento en que sus orejas de león captaron el ruido sordo.
—Una decisión tonta, pero llena de coraje.
La voz volvió a sonar cerca de Mufasa, pero esta vez a su lado.
Mufasa reaccionó balanceando su hoja, cortando la nada.
—Entonces, ¿Te armaste de coraje?
Esta vez fue delante de él.
—Tsk!
Volvió a moverse, pero esta vez una gruesa mano empujó su espada hacia abajo. No fue un empuje, fue más como si el hombre presionara suavemente su mano contra su arma.
Sin embargo, para Mufasa fue como si una montaña cayera sobre sus manos.
Fue imposible levantarla.
—Qué lento eres.
Soltó la empuñadura y desenvainó su cuchillo curvo.
—Oh…
El cuchillo silbó por el aire con intención de conectar, pero de nuevo, para su molestia, no cortó nada.
Una ceja se levantó con curiosidad.
Extendió una mano y atrapó el cuchillo en el aire antes de que volviera a cortar.
—Esa fue una gran respuesta. Lamentablemente para ti, te enfrentas a una fuerza muy superior—. Además, estas dudando.
Apretó la mano de Mufasa con su fuerza superior, lo levantó y dejo que sus ojos se cruzaran.
Ojos grises como el acero.
Mufasa por un momento pensó que miraba a una bestia.
Sus ojos grises reflejaban un aire lleno de brutalidad.
—Cada golpe debe llevar la intención de matar. Así es como funciona —con un movimiento casual, mando a volar a Mufasa por el aire.
Su figura voló por el aire antes de estrellarse contra el suelo con adoquines destrozados. Su pequeño cuerpo rodó un poco antes de detenerse cuando chocó contra un escombro.
El polvo se levantó y envolvió su cuerpo.
—Uh…
Levantó la cabeza y miró al hombre.
Pensó en el movimiento tan casual con el que lo arrojó a varios metros.
Aquella fuerza sobrehumana era monstruosa. Una simple sacudida y era capaz de arrojar a un niño a rodar algunos metros.
Su pequeño cuerpo voló por los aires antes de caer pesadamente contra el suelo. Rodó varios metros antes de chocar contra una mesa medio destruida que frenó su cuerpo. El polvo y la suciedad ensuciaron aún más su ropa ya sucia.
—¡Ufff!
Miró conmocionado al hombre.
—¿Qué pasó? ¿Te estás rindiendo?
El hombre dio un paso casual y apareció frente a él.
Sus ojos captaron antes la aparición del hombre que la corriente de aire provocada por su aceleración.
El apareció frente a él y le dedicó una mirada aburrida.
¿Eso era todo? ¿Se le acabó el coraje?
Mufasa permaneció en silencio.
El… ¡Él quería ser así de fuerte!
El hombre notó el inusual y ardiente brillo en los ojos del niño.
Un brillo tan intenso que incluso el hombre se sorprendió brevemente.
—Esa es la mirada que siempre deberías tener.
Con esa declaración, se dio media vuelta y se alejó en silencio.
Todo aquel alboroto no le importo realmente, solo estaba matando el tiempo para saciar su aburrimiento.
Era un niño, no un monstruo que representara un desafío.
No mataría a un niño solo por aburrimiento.
Lo golpearía un poco antes de soltarlo.
—No te iba a matar, niño. Eres un poco paranoico —regresó a su lugar en los escombros y se dejó caer pesadamente—. Como sea. Quédate si quieres, vete si lo deseas, me da igual.
Mufasa se levantó lentamente, mirando al hombre con cautela.
Dijo que no lo mataría. ¿Pero quién le aseguraba que no le estaba mintiendo?
Tomó su espada y regresó en silencio a su rincón solitario, donde su pedazo de pan ya estaba sucio.
La pequeña confrontación termino tan rapido como comenzo.
Pero Mufasa no dejo de pensar en la fuerza del hombre.
¿El también podría conseguir esa fuerza y velocidad?
¡Realmente quería tener esa fuerza!
—¿Quién eres?
—Una persona.
—Eso… —vaciló por la respuesta del hombre—. ¿Cómo te llamas?
—Como me puso mi madre.
—Tu…
—¿Acaso importa quien soy?
—No, en realidad no.
No vio motivo para insistir en el tema, así que lo descarto.
Tomó su espada y la abrazo, luego se tumbó en los escombros y cerró los ojos. Estaba cansado y quería dormir.
¿Y el hombre?
Dejó de preocuparse por el
Si el hombre quisiera, lo mataría aunque estuviera despierto y totalmente alerta.
Mientras trataba de dormir, abrió la boca aun con los ojos cerrados.
—Yo me llamo… Mufasa.
—¿Qué pasa con esa pausa dramática? Es como si aceptaras de corazón el nombre. Suena patético. ¿Qué pasa? ¿Tienes una historia oscura de fondo?
—Tiene una lengua afilada —pensó con una pequeña sensación de fastidio.
—Eso es-
—No me importa realmente —lo interrumpió descaradamente mientras se rascaba la oreja.
Mufasa sintió la fuerte necesidad de levantarse y atacarlo.
Permanecieron en silencio de nuevo, con su espalda recargada sobre la pared y su espada descansando entre sus manos.
Sin mas que decir, cerro los ojos.
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Continuara…
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