Denji (No) es un Niño Parte 2 - Denji is (Not) a Child Part 2 - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Culpable de ser inocente
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20: Culpable de ser inocente 20: Culpable de ser inocente —Hecho —Yoru se palmeó las manos, satisfecha—.
Asa, puedes tomar el control.
Yoru miró a la chica, quien observaba la sombra de Yoru con una cara perdida.
La chica temblaba ligeramente, sus ojos desenfocaban y enfocaban a cada instante, mientras poco a poco, una sensación sofocante en el pecho de Yoru comprimió cada sentido de guerra.
—Asa, contrólate…
—Yoru habló, su voz sonaba más ronca que de costumbre—.
Mira, me iré a un lugar seguro y luego podrás llorar, ¿Sí?
Estamos en campo abierto, le ganamos a un demonio.
Si hay más, estaremos en peligro si no puedo…
—No me importa…
—Asa comenzó a hiperventilar, sus ojos llenándose de lágrimas—.
No me importa nada.
¿Por qué querría seguir viva?
¿Inocente?
¿Inocente de qué?
—Asa, espera…
—Yoru le habló, intentando calmarla, pero la sensación de que estaba siendo vista le impidió moverse—.
Nos están vigilando, hay otro demonio cer…
Una sensación escalofriante hizo que Yoru se paralice, sus ojos abriéndose con una sorpresa que no tenía razón de ser.
Su cuerpo se puso rígido, y el ominoso presentimiento de que estaban cerca de algo muy peligroso le inundó.
Quiso moverse, pero poco a poco empezó a perder el control del cuerpo.
—¡Asa, no!
—Yoru le intentó llamar, pero era tarde, porque ahora ella estaba en el lugar de Asa, y Asa había tomado su posición—.
¡Espera Asa, estamos en peligro!
—No, no soy inocente, no puedo serlo…
—Asa comenzó a encogerse, sentándose, hiperventilando, las lágrimas recorrían su rostro, una prisión hecha de su propia carne obligaba a su cerebro a estrujarse—.
Yo los maté, yo los maté, yo los maté, yo los maté…
—¡Asa!
—Yoru miró al cielo, abriéndose con asombro—.
Mierda…
Una enorme presencia se había hecho presente a unos cuantos kilómetros del colegio.
Yoru pudo sentirla plenamente, y Asa, en su estado, también fue golpeada.
Pero Yoru sabía que esta presencia no le estaba haciendo tanto daño a Asa como saber que, por palabras de la Justicia, era inocente.
Yoru sintió como las lágrimas de sus ojos le terminaban por nublar la vista.
Intentó, desesperadamente, limpiarlas y aclarar su visión.
Sus mangas se humedecían al contacto, y poco a poco comenzó a perder fuerzas.
Yoru miró a Asa, y pronto, pudo verle al rostro.
La chica estaba desconsolada, desamparada en un mundo donde todo lo que se movía era hostil.
—Asa, por favor, levántate…
—Yoru habló, sorprendida de su propia fragilidad—.
Nos van a matar…
—Que lo hagan…
—Asa enterraba su cabeza en sus manos, cubriéndose del mundo—.
No quiero seguir viviendo.
No puedo vivir con lo que ella me dijo.
—¿De qué hablas?
—Yoru se le acercó, sus piernas temblaban y tambaleó, cayendo de rodillas frente a Asa—.
Asa, vamos a morir.
Todo lo que he hecho por ti va a ser en vano.
Todo lo que has vivido va a ser en vano.
No puedes dejarte morir así.
—Si puedo…
Ya lo he hecho…
—Asa estaba desesperada, mirando al suelo en una cúpula de su propio cuerpo—.
Levantarme no cambiará nada.
—¿Es por lo que te dijo Justicia?
¿Te duele verdad?
¿Te duele saber que no eres la culpable de nada?
—Yoru le habló, un tono que quería ser amenazante, pero solo lograba invitar a la empatía—.
Asa, vamos a morir.
¿No recuerdas las palabras de aquel chico?
¿Crees que tus papás hubieran querido verte así?
¿Les habría encantado verte morir?
¿Crees que si te vieran rendirte tras ellos haberse sacrificado por ti, estarían felices?
—Es lo que mereces…
—Eres una abominación…
—Tú causaste nuestra muerte, eres la culpable…
Yoru miró a todos lados, y pronto todo fue oscuro.
Cabezas flotantes aparecieron, cientos de miles de ellas.
Algunas ni siquiera tenían rostro, otras poseían voces muy iguales.
Pero las más cercanas eran las de los padres de Asa.
Verles el rostro inundó a la guerra de un pavor y una sensación de melancolía abrumadoras.
—¿Qué?
—Susurró Yoru, mientras esas cabezas se acercaban a gritarle.
—¡Engendro!
—¡Monstruo!
—¡Criatura!
—¡Fútil!
—¡Desdichada!
—¡Deforme!
—¡Imbécil!
—¡Idiota!
—¡Basta!
—El grito de Yoru no fue como los de siempre, y ahora carecía de aquella severidad militar que había subyugado a las voces, asemejándose mucho a la de la propia Asa—.
¡Basta!
—¡Eres una desgracia!
—¡Eres un error!
—¡Naciste mal hecha!
—¡Eres el peor de los males!
—Basta…
—Yoru lloraba, mirando a Asa, intentando sacudirlas—.
Asa, por favor, despierta.
Vamos a morir, vamos a morir…
Yoru se oía desesperada, mirando la inacción de Asa con una rabia que perdió poder pronto.
Observó aquellas cabezas, y ante ella, incluso cuando no quiso, recuerdos teñidos de rojo aparecieron.
Fue difícil verlos, pues no entendía nada.
Lo poco que miraba eran ceños fruncidos, ojos apagados, miradas fugaces a su pierna.
—Asa, por favor, despierta de una vez…
—Yoru sollozó, cubriéndose la boca al instante con un horror en sus facciones—.
Mi voz…
¿Por qué suena así?
¿Qué es todo esto?
¿Qué es esta mierda?
¿Qué está sucediendo?
No, no puedo caer así…
¡Yo soy la guerra!
¡Soy la más destructiva!
¡Soy la segunda más poderosa!
¡Yo soy el Jinete del Apocalipsis!
¡Soy quien derrote al Rey del Terror!
Yoru se intentó poner de pie, para luego caer de bruces al suelo.
Yoru miró hacia atrás, y tenía una pierna más corta que la otra.
Sus ojos se abrieron con miedo, y al alzar la mirada, aquellas cabezas tenían los ojos fijos en ese detalle.
Tres centímetros de diferencia.
Yoru sentía un miedo que le paralizó el cuerpo.
Intentó esconder su pierna por reflejo, sus lágrimas intensificándose.
—Eres decepcionante…
—Das lástima…
—Realmente eres un error, ¿No es así?
—¡N-No!
—Yoru gritó, sus ojos teñidos de una culpa impropia—.
¡No lo soy!
—Lo eres…
—¿Por qué peleas?
—¿Por qué resistes?
—No mereces ni la muerte…
—¡Basta!
—Esta vez, un sollozos desesperado inundó con el eco más poderosamente desgarrador el espacio oscuro, Yoru temblaba con una tristeza rabiosa—.
¡No más!
¡Paren!
—Estarías mejor dejando de existir…
—Deberías intentar lanzarte por el techo…
—Quizás de esa manera nazcas sin errores…
—Pero conociendo tu alma…
—Incluso si mueres y renaces…
—Estarás maldita para siempre…
—Porque maldita eres entre todas las mujeres…
—Y asquerosa fuiste entre todas las criaturas…
—¡Paren, maldición!
—Yoru se golpeó la cabeza, sin lograr nada más que sufrir incluso más—.
¡Salgan de mi mente!
¡Yo no soy así!
¡Yo no pienso así!
—Lo has hecho siempre, ¿No, Asa?
—¡No soy Asa!
—Lo eres.
Mírate…
—Igual de marcada…
—Con esa pierna, ¿Cómo no podrías ser Asa?
—¡No lo soy!
¡No estoy marcada!
—Lo estás…
—Y lo estarás siempre…
—Paren, por favor, paren…
—Yoru se agarró la cabeza, gritando con una suplica silenciosa.
—Será así eternamente…
—Morirás para vernos castigarte en el infierno…
—No, no lo voy a hacer…
—Pensó Yoru, su voz interna corroída por la pena, culpa, el trauma, la futilidad, el insoportable peso de Ser—.
No voy a hacerlo.
Nunca lo he hecho.
Nunca lo hice…
No voy a hacerlo ahora.
Me niego.
Me niego.
No, no, no…
—Ríndete ahora.
—Es lo mejor para ti.
—Seguir viva es seguir respirando.
—Respirar es un desperdicio.
—El aire que inhalas está contaminado.
—Pudres lo que tocas.
—Matas lo que quieres.
—Odias lo poco que te ama.
—No mereces nada de lo que tienes.
—Incluso lo que eres es indigno de existir.
—Por favor…
—Yoru susurró, una suplica que vibraba con la intensidad de una brizna, un sueño con fiebre del cual no parecía despertar—.
Que alguien…
Alguien…
Por favor…
Que alguien me…
—Mitaka-San…
—La voz de Denji deshizo aquella oscuridad, y Yoru pudo ver las cabezas esfumarse—.
¿Estás bien?
Asa tenía los ojos apagados, llorando de forma desconsolada en la tierra.
Su ropa estaba maltrecha por el marrón del suelo, las fisuras en ella a causa del combate dejaban expuesto parte de su ropa interior, algo de lo que nunca se percataron gracias a fijarse en el resultado.
—D-Denji…
Denji-San…
—Asa sollozó, el aire le faltaba, susurrando murmullos vagos.
Denji se puso a su altura, mirando un segundo su cuerpo, preocupado.
Yoru estaba en el suelo, yaciendo con el mismo pavor que la chica.
Ella miró su mano acercarse y, al unísono, ambas se encogieron.
Denji se paralizó al ver esto.
Yoru se miró a sí misma con horror, y Asa le veía a él con miedo.
—Entiendo…
—Denji murmuró, lentamente quitándose la casaca del colegio, colocándola sobre Asa—.
No te tocaré si no quieres.
Solo quiero ver si estás a salvo.
Asa le miró, hecha un atroz revoltijo de negatividad.
Ella no pudo dejar de llorar, y al ver esto, Denji apretó los puños con una rabia que estaba escondida tras la fachada de gentileza que despedía su cuerpo de gigante.
Nobleza, preocupación, calidez.
Hacía tanto tiempo que había olvidado estos conceptos, ¿Por qué ahora han de aparecer?
Le suelen suceder cosas buenas inmediatamente tras las malas, y a esas les siguen cosas peores.
—Por favor, no me ayudes…
—Asa se cansó de llorar, sus ojos apáticos y destrozados por el ardor del llanto—.
No lo merezco.
Concéntrate en otros.
Soy culpable de sus muertes, de las muertes de todos.
Soy la única culpable, ¿Por qué vendrías a por mí?
¿Por qué me cubrirías?
Déjame morir de una vez.
—Asa…
—Susurró Yoru, su ceño fruncido reemplazado por una contorsión dolorosa de sus cejas.
—Yoshida ha eliminado a los demonios de los alrededores.
Lamento haber llegado tarde…
—Denji le habló con suavidad y un tono bajo, diferente al de su hablar cotidiano—.
Por favor, permíteme ayudarte.
No puedes quedarte aquí.
Es peligroso.
Asa no respondió, escondiendo su cara con su cabello.
Denji esperó una palabra, y Yoru sintió que era el momento oportuno para aparecer.
Quiso tomar el control, pero no podía.
Ella estaba impotente, su mano estirada hacia el joven.
—Maldición…
—Yoru tomó su brazo, irritada y enfurecida.
—Discúlpame por lo que voy a hacer…
—Denji la cargó con cuidado, llevándola en brazos mientras ella se dejaba cargar sin oponer resistencia—.
Lo que sucedió acá ya ha pasado.
Denji caminó hacia donde los médicos, quienes esperaban a los estudiantes en la entrada del colegio.
El rubio miró el edificio destruido con la mirada ensombrecida, sus ojos fijos en la chica entre sus brazos.
—Denji-San…
—Yoshida miró a la chica en sus brazos, serio—.
¿Ella está bien?
—Lo está —Denji la puso en la camilla con cuidado, observándola, pareciendo dormida—.
Pero le ocurrió algo.
—¿Debo encargarme?
—Yoshida preguntó con seguridad y severidad.
—No, de esto me encargo yo —Denji le miró con serenidad—.
Ya has hecho suficiente, Yoshida.
Ve a descansar.
—Pero…
—Yoshida, es una orden —Denji miró al chico parpadear, un rastro de impotencia cruzando sus ojos apacibles, para luego suspirar y sonreír como siempre.
—Si me lo ordena mi Sempai, entonces no puedo hacer nada, ¿Verdad?
—Yoshida se dio la vuelta y se marchó, Denji observándole la espalda con una mirada compleja.
—Querido viejo, hoy ocurrió algo que me ha preocupado mucho…
—Kishibe leía la carta entre sus manos, serio—.
Atacaron muchos frentes.
Gran parte de Japón fue atacada al unísono.
Logramos reducir daños gracias a los clase especial dispersos en todo el país, y Yoshida logró matar a muchos demonios débiles que rondaban el área.
Más allá de eso, vi algo que me pareció inquietante.
Kishibe dejó su whiskey a un lado.
En una nueva oficina, veía un documento al lado de la carta, mientras él sopesaba la situación actual.
—Una de mis compañeras tenía una mirada marcada por algo que puedo reconocer.
Ella debió ver algo, algo horrible.
No sé que fue, pero no parece ser bueno.
Ella está bien, pero, haber visto esta ciudad ser atacada me hace pensar cosas que nunca creí pensar tras mi retiro.
Además, mi inquietud va más allá de los ojos de mi compañera…
—Kishibe cerró los ojos al ver la siguiente línea—.
Nayuta…
Ella derrotó a un demonio por su cuenta.
Su primaria fue atacada.
Nayuta veía al demonio con miedo.
Una libélula voladora grande, del tamaño de un gran danés.
El demonio se acercaba a la clase, habiendo sobrevolado el área.
Nayuta, en su frenético miedo y con la adrenalina al tope, miró al demonio y, de repente, los ojos anillados dorados de la niña parpadearon con una estela etérea.
—Cuando llegué a verla, ella estaba llorando.
Dijo que de un momento a otro, el demonio explotó frente a ella.
La maestra me dijo que, cuando parecía querer atacarla, ella alzó la mano y de repente, el demonio murió tras una sola palabra de Nayuta…
—Kishibe observó nuevamente el documento al lado de su escritorio, una mirada indescifrable surcando sus viejos rasgos—.
Bang.
—”Solicitud para la reincorporación de Hayakawa Denji” —susurró Kishibe, sus ojos estaban clavados en la hoja.
—Tengo el miedo constante de que, al levantarme, Nayuta ya no sea ella.
Han sido meses maravillosos a su lado, anciano.
En verdad, te agradezco el haberme otorgado el privilegio de tener a quien cuidar.
Nayuta es la niña más increíble que he visto nunca.
Es casi como Power y Aki juntos.
Pero tras ese incidente, no sé, tengo miedo a algo más…
—La carta estaba por terminar, y Kishibe sintió una ligera presión en sus cienes—.
Tengo el miedo de que, si llega a regresar, no pueda hacer lo mismo que antes.
Así que, creo…
Creo que es hora de que salga del retiro.
Te envié mi solicitud para volver a ser un caza demonios.
Incluso si debo abandonar mi vida, si debo dejar la escuela, si debo dejar de lado la vida que ellos dos querían para mí…
No puedo dejar que Laplace regrese.
—Denji…
—Kishibe susurró, sacando un sello de su escritorio, asegurándose de que tenga suficiente tinta y aporreándolo contra la hoja de solicitud—.
Mi muchacho…
—Y si debo volver a ser el monstruo que asesina a su propia familia con tal de ver al mundo libre…
Que así sea.
Lo dejo en tus manos, Kishibe-Sensei.
—Lamento que tengas que ver esto.
Pero, no confié en ti por tu fuerza…
—Kishibe alzó el sello de la hoja, con un brillo de realización en sus ojos—.
Confié en ti porque, habiendo atravesado el mayor de los infiernos, nunca te volviste un demonio.
Rechazado.
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