Denji (No) es un Niño Parte 2 - Denji is (Not) a Child Part 2 - Capítulo 23
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- Capítulo 23 - 23 Calisto I
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23: Calisto I 23: Calisto I —Hermana —la voz de una chica se oyó, distorsionada—.
Ella está por nacer.
—Sí, lo sé —la voz de otra chica se oyó, serena—.
¿Qué nombre le pondrás?
—No lo sé…
—¡Mendevere!
—Otra chica habló, enérgica—.
¡Que ese sea su nombre!
—No suena mal —la chica serena habló con calma—.
Dime, Calisto.
¿Qué nombre quieres ponerle?
—Yo quisiera llamarle…
—Laplace —la voz de una mujer se oyó por el lugar, obligando a las tres figuras a girar para verle.
Como si de un agujero negro se tratase, un vórtice obscuro emergía desde el centro del jardín.
Las plantas a su alrededor cesaron todo movimiento, y todo lo que había por mirar, fue consumido por la magnitud de la fuerza.
—Ese es mi nombre —dos ojos dorados emergieron desde la oscuridad, con anillos concéntricos negros en el iris, y miraron fijamente a los fucsia de la mayor, los rojos de la que estaba al lado, y los azul celeste de la tercera.
Yoru abrió los ojos con sorpresa, levantándose de golpe de la cama.
Ella sudaba frío, mirando los alrededores con sus alarmas encendidas.
Miró hacia un costado y ahí estaba Asa, durmiendo.
La chica tenía un rostro angustiado entre sueños, mientras Yoru le contemplaba con sus ojos penetrantes casi perforándole la cabeza.
—Eso…
—Yoru miró a Asa, quien negaba ligeramente con la cabeza—.
¿Fue un sueño?
¿Una pesadilla?
Yoru sudaba, mirándose.
La ropa desgarrada que poseía Asa la tenía ella, y al verse todavía sucia, ella frunció el ceño, una rabia comenzó a mesurarse por todo su cuerpo.
—Yo nunca he tenido un sueño, mucho menos una pesadilla…
—El recuerdo de las cabezas gritándole llegó a su mente, mirando su pierna y confirmando que era simétrica—.
Yo nunca había tenido una crisis.
Yo nunca me había sentido tan mal en mi existencia.
Sus ojos volvieron a ver a Asa, con una sed de sangre que rozaba lo enfermo.
Brillaron con una intensidad nuclear que despedía ansiedad.
Su rostro era una amalgama de resentimiento, rabia y anticipación.
—Todo esto es su culpa.
Es culpa de esta mocosa.
Es culpa de su cerebro…
—Yoru alzó su mano, acercándolo a la cabeza dormida de Asa—.
Ya no me importa si soy descubierta.
Ya no me importa si Laplace está por ahí.
No me importa si el motosierra aún tiene mis armas.
Voy a matar a Laplace ahora mismo.
Voy a hacerme con el control de este cuerpo.
Voy a matar…
La mano de Yoru se puso sobre la cabeza de Asa, sus ojos inyectados en sangre visualizaban el hermoso y patético rostro de la chica.
Su poder comenzó a activarse, sintiendo a través de su tacto cómo la estructura cerebral de Asa se arremolinaba, lista para ser deformada.
Emitió la orden mental, asegurándose de tomar el control de la otra mitad del cerebro, deshaciéndose de la pelinegra.
—A Asa Mitaka…
Voy a matarla.
Yo voy a…
—Yoru comenzó a perder el brillo asesino de sus ojos, mientras sus ojos furiosos vislumbraban las lágrimas recorrer las mejillas de la chica dormida—.
matarla…
Yoru perdió sus fuerzas, lentamente su mano tembló al estar en la frente de la chica.
Lo que debió haber sido un agarre firme y dispuesto a someterla, pronto la traspasó.
Yoru aflojó el agarre, su transmutación desactivándose y volviéndola una ilusión en la cabeza de Asa.
Ella miraba a Asa, un conflicto naciendo en la guerra.
—¿Por qué?
Fue como recibir una mancuerna en el pecho.
Un yunque que aprisionaba su caja torácica.
Su cabeza bajó, el pelo le cubría el rostro y se volvió estática.
Sus dedos tamborilearon el aire, señal de que algo estaba sucediéndole.
Sus piernas comenzaron a perder fuerza, y por reflejo fue a parar a la cama, evitando caer al piso.
Yoru tenía la cara enterrada en el colchón, y su espalda demostró temblar junto a sus hombros.
Una respiración agitada se hacía presente, acompañada de una voz que no emitía más juicios que el propio.
—¿Qué me está pasando?
—Yoru susurró, su voz temblaba y se desgarraba—.
¿Por qué no puedo matarte?
¿Por qué no puedo hacerte desaparecer?
Yo te odio…
Eres la causa de que esté sufriendo tanto…
¿Por qué mi habilidad se niega a transmutarte?
¿Por qué me obligas a mantenerte viva?
Yoru pareció hablarle a la pelinegra, sacando su cara de la almohada, dirigiéndola hacia la chica.
Su lado derecho del rostro le veía, aquel que más se asemejaba al de la dueña del cuerpo.
El ojo de Yoru derramaba lágrimas, el ceño fruncido con un odio animal que, más allá de intimidar, invitaba a la reflexión.
—Yo soy la guerra.
Yo soy cruel.
Yo soy inhumana.
Soy la causa de todas las luchas, la causa de todos los conflictos.
Soy la única que trae muerte, hambre, control y destrucción.
¿Por qué no puedo matar a una simple mocosa de dieciséis años?
—Yoru acercó nuevamente su mano a la cabeza de Asa—.
Te odio, Asa.
Te odio con toda mi alma.
La mano de Yoru se posicionó nuevamente en la frente de la chica.
Su habilidad volvió a surtir efecto, volviendo a tocarla.
En ese instante, Asa comenzó a despertar de su sueño, uno de sus ojos se abría con lentitud.
Yoru observó aquel azul ultramar en sus ojos, y de repente, aquella mano que pretendía asesinarla, la acarició con suavidad.
En la cara de Asa se superpuso otra.
Los ojos de Asa, azul ultramar profundo, adquirieron anillos concéntricos blancos, y pronto, aquella tristeza que emanaba de la chica fue reemplazada por una alegría infantil que comprimió el pecho de Yoru.
Asa sintió el suave toque de la mano de Yoru, dirigiendo lentamente su mirada a ella.
—¿Yoru?
—Asa miró a la guerra acostada, con la cara enterrada en la almohada.
Su mano traspasaba la cabeza de Asa, y la chica pudo oírle roncar muy suavemente, de forma tierna, tal y como ella solía hacerlo de vez en cuando.
Asa parpadeó, confundida y afligida por un mal sueño del que no recordaba nada.
—Tal vez me lo imaginé.
Debo estar quedándome loca…
—Asa murmuró, cerrando los ojos y dándose la vuelta, de espaldas a Yoru—.
Quizás más de lo que ya estaba.
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