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Denji (No) es un Niño Parte 2 - Denji is (Not) a Child Part 2 - Capítulo 30

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  3. Capítulo 30 - 30 Azúcar nuez y chocolate
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30: Azúcar, nuez y chocolate 30: Azúcar, nuez y chocolate —¿Te parece bien si compramos algún café antes de entrar?

—Denji le preguntó a Asa, mirando el edificio del acuario cerca de la plaza en la que se encontraban.

—¿Un café?

—Asa preguntó, ladeando la cabeza—.

¿Tienes hambre?

—Bueno, un poco…

—Denji sonrió de forma algo torpe, mientras Asa hacía lo propio—.

¿Tú no tienes hambre?

—Bueno, comí algo ligero por la mañana…

—Asa mencionó de forma descuidada, rascándose la mejilla con suavidad.

—Entonces, ¿Te parece bien si tomamos un café antes de entrar?

No te debes preocupar por el dinero, yo invito —Denji habló con calma, mientras Asa asentía lentamente.

—B-Bueno, entonces me parece bien.

Caminaron juntos hacia un pequeño café que estaba cerca, mientras la gente les miraba.

Era normal, pues notaron a una chica más alta que el promedio femenino, y a un hombre gigante a su lado.

Sumado al atractivo de estos dos, que parecían modelos de pasarela y revistas artísticas de vanguardia, no era menos su extravagancia.

—Oye, ¿Ya viste?

Esa chica está muy buena…

—El susurro llegó a oídos de Asa, quien tragó saliva, bajando un poco la cabeza y mirando sus pies.

—Incluso con falda tiene tremendo…

—Yo sí, ¿Y tú?

—le preguntó aquel chico a su acompañante, y aunque Asa no pudo verles, sabía que estaban de acuerdo en lo que decían el uno al otro.

—Además tiene una cara muy tierna.

—¿Viste su fleco?

Es muy adorable.

—A ella si me gustaría verle la cara mientras lo hacemos.

—Oye, en cuatro debe tener un bello corazón.

—Oye, pero tiene novio.

—Sí, no creo que una chica así te haga caso.

—Hey, soñar no cuesta nada.

Además, imagínala brincando encima tuyo.

—¿Oíste cómo le habló a ese rubio?

—La oí.

Imagina cómo debe ser oírla gemir en tu oído.

Susurros, meros suspiros bajos que corrían de boca a oído.

Nadie más los oía, ¿Por qué ella debía?

Era el objeto de sus deseos, ¿Por qué no podía simplemente mantenerse en la ignorancia?

Quería estar ajena a esta clase de comentarios que le despertaban una sensación de suciedad y asco inexorables, aunque en su lugar, le fue otorgada la habilidad de escucharles como si estuviera a su lado.

—¿Ya viste al rubio?

—Asa parpadeó, escuchando otra voz.

—Sí, ya lo vi.

Es muy alto y bastante guapo.

—Oye, sus ojos son bellísimos.

—Y sus manos, son muy grandes y se ven fuertes.

—Sus dedos son larguísimos.

—Además se viste bien.

Ese suéter de cuero y esa camisa blanca se ven bastante geniales.

—Oye, sus pantalones le quedan bien.

—¿No crees que le quedan algo holgados?

Normalmente los vaqueros son más estrechos.

—Supongo que es para que no se le marque la entrepierna.

—Si es así de alto, ¿Qué tan grande crees que sea?

—Oye, no seas así de sucia y corriente.

—Oye, nadie nos oye.

¿Cuánto le calculas?

—No voy a seguirte la corriente.

—Yo le calculo unos veinte centímetros.

—¿Tanto?

Oye, está alto y guapo, pero, ¿Y si es pequeño?

—No, no puede ser pequeño.

Con esas manos y altura, pequeño es mi cuerpo.

—Oye, que sucia…

—Vamos, piensa, al menos dime un número.

—Bueno, si lo pones así…

Creo que al menos quince o dieciséis…

—¿Viste?

Sigue siendo grande.

—Oye, eso es mediano.

—¿Qué?

¿Quién dijo eso?

—Asa miró a las chicas por el rabillo del ojo, alzando un poco la cabeza y entrando al restaurante junto a Denji, quien tenía una cara serena—.

¿Mujeres?

¿De verdad?

¿Hablando así de un chico?

Asa pensó en la clase de comentarios que habían llegado a sus oídos.

La nueva capacidad auditiva que le otorgaba su cuerpo de híbrido no fue menor, sino mayor a la de otros semejantes.

Yoru no hablaba en broma.

Cuando salía a la calle, debía condenarse a escuchar los alaridos horripilantes y espantosos de los hombres; no obstante, ¿Quién le preparó para oír a las mujeres expresarse de tal forma de un simple chico de preparatoria?

—Bueno, Hayakawa-San no tiene nada de simple…

—Asa se sentó en una mesa, Denji recorrió su asiento y, cuando ella agradeció, él la empujó suavemente, asegurándose que se pusiera cómoda, sonrojándola—.

Incluso es muy caballeroso y gentil.

Ciertamente, es un chico excepcional.

—¿Ya viste cómo trata a su novia?

—Ay, es muy lindo.

—Se ven tan lindos juntos…

—Yo quisiera que me traten igual…

Un nuevo coro de voces estremeció a la pelinegra, tiñendo de escarlata sus mejillas.

La sangre subía a su cabeza en un torrente vertiginoso.

Una espiral emotiva que le calentaba el corazón, apaciguando el invernal clima que predominaba en un día tan austero y primaveral.

Denji se puso enfrente suyo, sonriéndole y pasándole la carta del café.

—¿Qué planeas ordenar?

—Incluso me deja ordenar primero —Asa miró al menú entre sus manos, sonriendo de forma torpe y muy fina, escondiendo la mitad inferior de su rostro con el objeto entre sus manos—.

Creo que puede gustarme un poco…

—Buenas tardes, ¿Desean ordenar algo?

—Un hombre llegó, sonriéndoles y dirigiéndose hacia Asa—.

El día de hoy tenemos un menú especial por el inesperado frío del exterior.

—¿Qué contiene este menú especial?

—Denji preguntó cortésmente, el chico se giró a verle, sonriendo.

—Crepas bañadas en chocolate, frutos rojos y de bebida especial tenemos, con este frío, una malteada de café, nuez y cacao, caliente y completamente decorada con unas chispas de chocolate.

Los ojos de Denji brillaron, sonriendo de forma suave y mirando a la pelinegra.

La chica le miró, sus ojos encontrándose un breve instante.

Fue una simple mirada para los demás; sin embargo, ella sintió que todo a su alrededor se ralentizaba enormemente.

—Esta mirada, esta sensación…

—Asa tuvo un dejo de nostalgia extraño y ajeno a su infancia, pero que podía sentir casi suya, reflejada en los brillos que destellaban dentro de aquellos ojos ámbar exuberantes—.

Es casi como si un niño hubiera probado un dulce por primera vez.

—¿Planeas pedir algo más?

Quizás uno almuerzo ligero, snack o…

—Denji preguntó de forma amable, pero aquel brillo en sus ojos no pudo sino provocar una pequeña sonrisa cálida en el rostro de esta bella azabache.

—Tomaré el menú especial de hoy.

—Entonces yo tomaré lo mismo que la dama —Denji habló, y Asa devolvió el menú al chico, quien lo sostuvo y miró a la pelinegra, concentrado en los ojos ultramar que solo reflejaban al rubio enfrente suyo.

—Volveré pronto con sus ordenes —el mesero se fue a la cocina, su rostro invisible para estos dos.

—Entonces, Hayakawa-San —Asa habló, un poco más ligera que de costumbre—.

¿Trabajaste como Cazador de Demonios alguna vez?

—Sí, lo hice —Denji asintió—.

¿Por qué?

Creí que ya lo habías deducido.

—Es curiosidad.

¿Por qué te retiraste?

¿Fue por lo que me contaste?

¿Acaso la venganza te enseñó que no valía la pena estar dentro de aquel sitio —Asa parecía más curiosa y atrevida que de costumbre, Denji lo notó y sonrió ante esta apertura al diálogo de su parte.

—Bueno, realmente descubrí que la pelea no es lo mío —Denji cruzó los brazos y entrelazó las manos, Asa pudo observar el reloj en su muñeca izquierda—.

Pelear no me resultaba algo placentero.

Es una forma de, ya sabes, enfrentar la muerte.

Cara a cara con ella, nadie puede sentirse verdaderamente pleno.

—Ya veo.

Es como decía Nietzche —Asa afirmó, Denji ladeó la cabeza.

—¿Ni qué?

—Denji no pudo pronunciar la palabra, confundido.

—Quien lucha contra monstruos debe tener cuidado de no convertirse en uno.

Es una frase célebre de aquel autor —Asa hablaba en un tono bajo, mirando al rubio con serenidad y concentración—.

Es una verdad bastante común en estos días.

Hayakawa-San, debo decir que…

Gracias.

—¿Gracias?

Ha sido un verdadero…

—No, no debes decir nada —Asa lo interrumpió de forma suave, el rubio alzó una ceja—.

No es un “Gracias, espero y te hayas sentido bien tras hacerme el favor”.

Es un “Gracias, porque sin saberlo, me evitaste seguir sufriendo”.

Denji le miró, sus ojos concentrados en el ultramar de la chica.

Cuando aquellas palabras salieron de la boca suavemente roja de la chica, Denji juró que todo a su alrededor se pintaba con una gama de colores nítidos y de alta resolución, como el cine vanguardista de los americanos.

—Tenías toda la razón al respecto.

En realidad, haber aceptado esta cita fue algo difícil, y fui yo quien la propuso —Asa bajó la mirada, sus mejillas estaban coloradas y, sin embargo, una pequeña y torcida sonrisa bailaba en su cara—.

Y, no te mentiré, Hayakawa-San.

Estuve a punto de cancelar.

No me sentía del todo segura saliendo de casa.

Denji apoyó su mentón sobre la palma de su mano, observando a la chica con atención.

Sus ojos registraron como sus brazos bajo la mesa parecían delatar un jugueteo con sus pulgares.

Denji sonrió de forma paciente, esperando que ella continúe.

—Y, en verdad, siento que no había razón para regalarme esta ropa, ni pagar esto.

Por eso, quiero pedirte que me esperes hasta el próximo pago de mi mesada.

Una vez que el gobierno me suelte el dinero, juro que voy a darte al menos la mitad de todo lo que gastes hoy en mí…

—Mitaka-San —Denji le habló de forma suave, mientras ella se congelaba—.

Eres realmente algo, ¿No?

—¿Eh?

—Asa se confundió, su mirada lentamente subió para ver la de Denji, quien sonreía mientras apoyaba su mentón sobre su palma, aquella sonrisa era suave y algo divertida.

—Por favor, solo asegúrate de terminar tu comida y de disfrutar este día —Denji miró que el mesero se acercaba con sus pedidos, sus ojos nunca abandonaron los de Asa, todo fue por medio del rabillo del ojo y su amplio rango de visión.

—Pero…

—Sí, sí, luego hablaremos sobre eso —Denji la tranquilizó, sentándose recto y mirando sus platillos sobre la mesa, mientras el mesero sonreía.

—Buen provecho —el mesero le sonrió a la pelinegra, alejándose.

Denji miró que el platillo de Asa estaba asombrosamente decorado.

Fresas, cerezas cortadas en cubos, bayas silvestres de tonalidades rojizas y anaranjadas casi fosforescentes.

Su crepa tenía una cara sonriente dibujada con chocolate, figuras de malvavisco que no parecían figurar en la descripción dada por el mesero, y su bebida caliente se decoraba con caramelo moscado y algo de espuma azucarada en la superficie.

—Luce bien —Denji miró su platillo, que era una simple crepa bañada en líneas de chocolate, café y con el relleno sin descubrir, además de unas cuantas tajadas de fresa y su bebida, que aunque caliente, se alejaba bastante de la que Asa poseía.

—Parece que se les acabó el producto al hacer la tuya —Asa se sintió mal, observando este detalle—.

Hayakawa-San, puedes tener mi bebida si así lo deseas.

—No, es tuya —Denji le señaló su bebida con la mano, sonriendo sin darle mucha importancia—.

Lo tuyo es tuyo, lo mío es mío.

Así que, disfrutemos.

Denji y Asa recogieron los cubiertos, comenzando a comer.

La chica pudo vislumbrar los modales de Denji, quien además de manejar con maestría el tenedor y el cuchillo, se tomaba el tiempo y la modestia de hablarle tras acabar sus bocados, tragarlos y tener completamente libre la boca de cualquier residuo de comida.

—Entonces, ¿Sabes sobre los animales del acuario?

¿O debo pedirle a un guía que nos ilustre?

—Denji dijo de forma retadora, burlesca y, en última instancia, algo cínica, comiendo otro bocado de su crepa.

—Empiezo a creer que me has traído aquí para que te ayude a mejorar tus exposiciones —Asa siguió la corriente, comiendo con calma y señalándolo con un dedo—.

¿Es por eso que gastas tanto en mí?

¿Quieres que te muestre cómo es que expone la mejor de la escuela?

—Me atrapaste —Denji alzó las manos en derrota, pero su sonrisa delataba una complicidad alegre e infantil—.

La verdad es que no soy tan bueno como usted, sempai.

—No te atrevas a llamarme así —Asa contuvo una carcajada, ligeramente ruborizada—.

Tenemos la misma edad, Hayakawa-San.

No soy tu sempai.

—Claro que sí.

Tienes las mejores notas del colegio, ¿No?

Cualquiera está debajo de usted, Mitaka-Sempai.

—¡Para!

—Asa se ruborizó más, cubriéndose la cara y dejando sus cubiertos sobre la mesa, suave y de forma controlada.

—Lo siento, lo siento —Denji se burló, y mientras los dos reían, Asa negó con la cabeza.

—Parece que eres más confiado de lo que aparentas.

—¿Preferías verme serio?

—No, la verdad es que me comenzaba a aburrir un poco de tu personalidad oficinista —Asa dijo, comiendo con cuidado, tragando y dando un sorbo a su malteada—.

Casi te mando a sacar copias.

—Oye, no soy esa clase de trabajador —Denji frunció el ceño, ofendido de forma cómica—.

Yo soy el que manda a sacar copias.

—¿Eres jefe de oficina?

—Soy el jefe de jefes —Denji dijo con orgullo.

—No pareces.

—Oye, que mala eres…

Los dos terminaron sus alimentos mientras reían un poco.

Sus diversiones fueron controladas y bastante bajas, pero inevitablemente llamaron la atención de quienes estaban cercas.

Más que murmullos, esta vez fueron miradas las que notó la pelinegra.

Miradas que se aseguraban de hacerle saber lo mucho que estaban siendo vistos, y lo bien que se la estaban pasando.

—Aquí tiene la cuenta —el mesero se acercó y puso el ticket sobre la mesa, mientras Denji sacaba su billetera y pagaba, sonriendo.

—Guarda el cambio —Denji miró a la chica, quien vislumbró la cantidad de dinero en el papel, que no era mucha, sino un poco más que lo figurado en el papel—.

¿Lista para darme una clase de vida marina?

—¿Clase?

¿Vas a pagarme el día?

—Asa se burló, dándole el último sorbo a su malteada.

—Te acabas de terminar tu pago —Denji señaló la malteada, mientras la chica se encogía de hombros.

—Entonces sí, estoy lista.

—Bien, andando —Denji y ella se marcharon, dejando el restaurante y al mesero, quien los observó irse y entrar al acuario a unos metros del café.

—Desearía…

—El chico miró con un poco de anhelo en los ojos, una opresión ligera y envidia al rubio—.

Poder ser como él, y tener a alguien como ella.

—Eh, cuidado…

—Una chica pelinegra pasó cerca suyo, llevando platos en una bandeja, de forma ordenada y bastante precisa—.

Aquí tiene su orden.

El chico miró a su compañera, parpadeando.

La chica giró, encarando al joven castaño enfrente suyo.

Ella era bajita, delgada, una figura promedio.

Pero su peinado sostenido con dos clips rojos que descubrían un lado de su frente, y esos ojos café claro con una iris blanquecina, extravagantes, fueron capaces de hacerle sonreír.

—Eh, Oreki-San, ¿Sucede algo?

—la chica lucía nerviosa, mientras el castaño negaba, caminando junto a ella.

—No es nada, Kobeni-San —él le revolvió suavemente el pelo, causando un nerviosismo mayor en él—.

No es nada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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