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Denji (No) es un Niño Parte 2 - Denji is (Not) a Child Part 2 - Capítulo 31

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  3. Capítulo 31 - 31 Acuarium - Un epílogo del prólogo
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31: Acuarium – Un epílogo del prólogo 31: Acuarium – Un epílogo del prólogo Para entrar al acuario hacía falta solamente caminar, pero para estar realmente dentro de él, debías sumergirte con seguridad dentro de sus aguas.

El tremendo y laberíntico pasillo era, cuanto menos, emocionante.

La cantidad de ozono en el aire podía diferenciarse de la que había en el exterior, pues los cristales no podían impedir que la fresca sensación de estar rodeado por el agua fuera casi como estar remojado en ella.

Los cristales eran traslucidos, apenas y brillantes.

Ojos agudos notarían la inminente y grosa nubosidad que separaba al hombre del agua.

Finas luces de baja intensidad, colores soleados por el intenso y profundo espectro ultramarino.

Las luces estaban en las esquinas del pasillo, filas con al menos medio metro de separación.

No resplandecían, sino que parecían atenuar la oscuridad con una fina capa semejante al humo, visible bajo los reflectores que asemejaban rayos del sol.

Asa se maravilló en la entrada.

Lo que figuró una puerta de malla con largos brazos de tres centímetros de grosor, seccionado con articulaciones que columpiaban por el movimiento de los visitantes, eran más iguales a los tentáculos de las medusas.

Cruzó la malla, la sensación era agradable, incluso haciéndola sonreír con algo de admiración.

Giró a ver a Denji, quien cruzó tras ella, y se maravilló con la cima de la puerta, donde se conectaban aquellos tentáculos cortina a una figura de cartón de un enorme cnidario anillado.

—Guau…

—Ella suspiró, sus ojos brillaron con anhelo al cartón de anillos bioluminiscentes en su resplandor verdoso.

—Es genial —Denji pareció sorprenderse de la capacidad para decorar el lugar, observando los detalles a su alrededor—.

Y apenas es la entrada.

—Ya quiero ver las demás salas —Asa habló con un entusiasmo infantil, su voz suave era un contrapunto perfecto a la grave bajeza del rubio—.

¿Podemos verlos todos?

—Bueno, cierran a las siete —Denji dijo, sonriendo—.

No veo por qué no podríamos.

Siempre que sepas explicarme todos y cada uno de ellos, claro.

—Entonces es un trato —Asa sonrió, aquellas perlas en su boca parecían provenir de ostiones recién cultivados.

—Bien, no me decepciones, Sempai —Denji se burló, provocando la risa ligera de la pelinegra.

—Bien, adelante, Kouhai —Asa caminó frente al rubio, su ritmo acelerado le hizo estremecer, a punto de caerse hacia adelante.

—Cuidado —Denji la sostuvo con delicadeza por los hombros, recomponiéndola y mirándola con algo de diversión—.

Creo que pisaste un alga.

—¿Alga?

—Asa parpadeó, su vergüenza pasó a una diversión liberadora, suspirando—.

Creo que pisé musgo.

—Musgo, es lo mismo.

—No, no es lo mismo —Asa le instruyó, caminando juntos al primer tramo del recorrido—.

Las algas y musgo son, aunque parte de la flora, diferentes en su conjunto.

Una sirve como parte de la flora marina exclusiva del mar, y el musgo puede crecer en la humedad de cavidades rocosas y sedimentarias, indiferente de su es bajo o sobre cuerpos de agua.

Una es unicelular, el musgo es multicelular, comportándose como una planta no vascular, por ello carece de raíces como las demás plantas.

—Bueno, eso es una explicación bastante interesante —Denji pensó un segundo, absorbiendo los conocimientos con cuidado—.

Mira, esos peces ahí son bastante bonitos.

Llegaron a una sección del acuario con un gran tanque rectangular.

En él habían constructos calcáreos con formas cónicas, mismos que servían como un parque de diversiones para los peces.

Aquella fauna marina se maravillaba atravesando ciertas secciones libres del tanque, pegándose al suelo artificial, hecho de piedras de río y unas que otras piedras de calcio.

Peces amarillos con un desvanecido entre el naranja y tonos dorados en sus escamas eran visibles, pequeños y de aletas diminutas, con crestas superiores como gallos, eran como triángulos flotantes en el agua.

Otro de los peces contenía rayas en la parte posterior a sus ojos, franjas violetas que, al pasar por encima del brillo de los faroles encima del tanque, emitían un brillo rosado.

Otro de los peces en el estanque se divertía atravesando aquellos construcciones de calcio, ingresando por un cilindro amarillento, su figura perdiéndose dentro de los multicolores que conformaban a la réplica de esponja marina.

Asa observó esto con detenimiento, observando cinco posibles salidas para el pez.

—Apuesto lo que quieras a que va a salir por el de la derecha —Denji había seguido la mirada de la chica, sonriendo.

—No, va a salir por el del medio —Asa afirmó con certeza—.

El conducto por el que entró parece bifurcarse entre esos cinco agujeros, pero es probable que siga la corriente que ingresa y fluye hasta el medio como principal punto de salida.

El pez hizo exactamente lo que Asa dijo, haciéndola sonreír con victoria.

Ella miró a Denji, quien se encogió de hombros, derrotado.

—Creo que me debes algo, Kouhai —Asa se burló, aquella sonrisa divertida parecía más inocente de lo que Denji creyó posible.

—Oh, Mitaka-Sempai actúa muy ruda con este lindo y gentil Kouhai suyo —Denji se lamentó con descaro y teatralidad dramática, haciéndola sonrojar.

—O-Oye, no digas eso —Asa lo intentó detener, frunciendo el ceño con vergüenza—.

No hables así, me provocas algo de terror.

—¿Oh?

—Denji ladeó la cabeza, cínico—.

Creí que esto era lo que querías, Sempai.

—Detente ahí —Asa negó, volviendo a ver los peces—.

No voy a seguir este juego tan vergonzoso.

Ve los peces.

—Bien, bien —Denji se burló, librándose de su deuda.

—Aún me debes algo, no creas que se me va a olvidar —Denji la miró, casi torciendo su cuello por inercia.

La sonrisa que veía en la comisura de los labios de Asa fue maravillosamente malévola.

Dentro de lo que cabía, esta chica no parecía querer algo más allá de ser escuchada.

Él lo supo, y no podía estar más de acuerdo con este requisito tácito.

Miraron a los peces un poco más, mientras el rubio se maravillaba con la vista ante sus ojos.

Pero los colores de su mundo no le permitían observar este espectáculo con la misma gracia que la pelinegra lo podía vislumbrar.

Aquello que estaba en su rango de visión estaba forzado a ser filtrado en un bajo espectro colorimétrico, una radiante atípica para estándares humanos.

Denji juró que el brillo en las escamas de los peces podía sentirse como ver diamantes bajo el sol abrazador de verano.

Provocan reflejos destellantes y divididos cual estrellas en el firmamento.

Más de una vez debió desviar la mirada de las aletas, colas y escamas de ellos, concentrándose en el intento de esponja, la cual no podía provocarle tales destellos por su porosa y desgastada estructura carente de elementos reflejantes.

—¿Te parece si vamos más adelante?

—Asa habló, sonriendo con una felicidad que hizo a Denji cerrar los ojos con aprecio.

—Guíeme, sempai —Denji se inclinó cortésmente, mientras la chica apresuraba el paso, tropezando y recomponiéndose rápidamente.

—D-Deja de decirme así…

—Asa susurró, irritada y avergonzada.

Denji caminó por los pasillos junto a ella, estos se mantenían oscuros hasta llegar al próximo espectáculo.

La gente a su alrededor no les miraba, estaban demasiado concentrados observando los peces y criaturas que, inevitablemente, les hicieron sentir que esta paz estaba siendo ganada a pulso.

Él la miró, viendo su andar más pausado y reflexivo de lo que mostró antes.

Sus manos no buscaban torpemente juguetear con sus dedos, sino que estaban sueltos en el aire a sus costados.

Danzaban suavemente con el ritmo de su andar, y ella, sin darse cuenta aún, exudaba un aire de maestría y total autoridad dentro del sitio.

La mirada vanidosa de otros no podía permitirse dentro de este espacio.

Los susurros lascivos que escuchó hacía rato en el café no podían ser emitidos en este santuario.

Era su hogar, era su casa, su espacio y hábitat.

No podía dejar que nadie, ni siquiera ella misma, arruine el primer momento de verdadero confort que había visto en su ser.

—Bien, este es un buen lugar —Asa se detuvo frente al pequeño acuario, más angosto y menos variado que el anterior, pero no por ello más aburrido que los demás—.

Si no mal recuerdo, este se llama pez león.

—¿Pez león?

—Denji ladeó la cabeza, observando la estructura del pez enfrente suyo.

Espinas conformaban su cuerpo rayado, rojizo y blanquecino, con secciones café y algunas que otras teñidas de rayas crema muy finas.

Su cuerpo estaba repleto de lo que parecían enormes espinas de puercoespín, alargadas y listas para el combate.

Blindado y vestido en lo que parecía un vestido de batalla, Denji encontró un parecido al león en base al rostro del pez, que se cubría con una multitud de estas decoraciones punzantes y desproporcionadas a su cuerpo.

—Este pez es un gran depredador, muy territorial y bastante agresivo.

Es dominante en su cadena trófica, carnívoro, alimentándose de camarones, peces más pequeños que él y algunos crustáceos diminutos.

Estas espinas sirven como método de defensa y combate, son venenosas.

Viene del Océano índico, es, como ves en el tanque, solitario por naturaleza.

Se comería a sus semejantes y esto sería un espectáculo de marisquería, más que de vida marina.

También es…

Asa se detuvo un instante, sonrojándose por un instante al parpadear.

Su vista estaba fijada en las antes del pez, escaneando su estructura corporal y no notó que, por un instante, estaba actuando como si estuviera en clase.

Su cara era seria, pero al darse cuenta de su desliz técnico, sus facciones adquirieron la gracia del nerviosismo.

—Eh, lo siento mucho, Hayakawa-San —Asa se giró, bajando la cabeza y hablando bastante rápido—.

E-En verdad lo lamento.

Me distraje y c-comencé a recitar la información del pez sin parar.

Se me olvidó que estábamos en una…

—Continúa.

Una simple palabra de Denji le bastó para alzar la cabeza, sus ojos brillantes por la pátina cristalina ante la vergüenza social hicieron que sus ojos, grandes, almendrados y ligeramente ovalados como los de un ciervo, con sus pestañas alargas y espesas, parecieran un espectáculo de arbusto obscuro entre la maleza diurna, con frutos profundamente marinos asomándose cual canicas concéntricas.

—¿C-Continúa?

—Asa preguntó, su incredulidad fue baja como su voz, un tono susurrante y que parecía decirse a sí misma—.

¿Q-Quieres que yo…

—Sí —Denji le interrumpió con calma, él le observaba con una focalización bastante atípica en lo que ella suponía era la mirada de un adolescente un poco más maduro que los de su edad—.

Continúa.

—¿N-No te estoy a-aburriendo?

—Asa preguntó nuevamente, sus ojos eran incluso más brillantes, aquella película protectora se hacía más espesa en sus córneas, como burbujas a punto de salir del aro enjabonado—.

¿No q-quieres que m-me de-detenga?

Denji asintió, girándose para ver al pez león enfrente suyo.

Denji señaló al solitario y flotante ente, que se vislumbraba cual maravilla biológica como en un museo lo son las estatuas.

Asa siguió su mirada, llegando al pez.

—También es…

—Denji habló con suavidad, y Asa recordó en qué parte de su discurso se había quedado.

—T-También…

T-También e-es…

—Asa murmuró.

El aire le hacía falta.

De repente, la cantidad de ozono y oxígeno en el ambiente disminuyó para ella.

Sus pulmones no podían sino comprimirse en una angustia que parecía liberarla de una carga que se había auto impuesto segundos atrás en su descuido.

Ella parpadeó varias veces, pasó su mano por sus ojos, tallándolos suavemente, aclarándose la garganta y recomponiéndose un poco.

—También es un pez que se reproduce muy rápido.

Más de once mil huevos para ser fertilizados por el macho en época de apareamiento.

Los cigotos son liberados en el agua, una fecundación externa que…

—Asa continuó hablando, pero su voz era ronca, un poco grave y bastante ataviada en su ritmo que se volvía un poco más lento de lo usual.

Denji miró por el rabillo del ojo la manga derecha que Asa había pasado por sus ojos, donde manchas húmedas teñían la tela con su invisible textura acuosa, imposible de vislumbrar por ojos normales, apenas notados por la dañada percepción del rubio.

No dijo nada, sus oídos prestándole completa atención a la chica.

—¿Quieres ir a la otra sala?

Oí que es la mejor —Denji le habló con suavidad, mirando que ella se detenía sin más información que aportar—.

¿O prefieres que descansemos un poco?

¿Quieres un agua, Sempai?

Asa no parecía sentirse divertida esta vez ante la burla del rubio.

Sus ojos seguían fijos en el pez león, mismo que danzaba rítmicamente en el agua, de un lado al otro, dando vueltas dentro de su propio eje y siempre dedicando uno de sus ojos a la pareja de adolescentes espectadores del otro lado del vidrio.

—Vamos…

—Asa murmuró, un alarido roto y poco agraciado.

Aquella voz suave parecía estar siendo sometida ante una presión inmensa de la cual Denji no podía cuantificar el daño.

Eso le hizo activar sus alarmas, creyendo que había dicho algo malo.

Quizás la chica estaba queriendo quedarse en este lugar para seguir diciéndole algo, capaz que tenía más información y esa breve pausa fue para agarrar aire y recordar lo que sabía, pero él la cagó al preguntarle si quería marcharse.

—¿Quizás cree que me aburrí de escucharla?

—Se cuestionó a sí mismo el rubio, preocupado.

—Quiero ver la otra sala —ella afirmó con un poco más de volumen, caminando con calma y un rostro de piedra, forzado en su normalidad, con el rubio caminando detrás suyo.

—Mitaka-San, si dije algo malo, yo lo…

—No —Asa negó, de espaldas a él—.

No dijiste nada malo.

—Entonces…

—No sucedió nada.

Solo quiero…

—Asa respiró muy hondo, sus hombros tensos no se relajaban, y ocultarle el rostro a Denji no servía de mucho—.

Solo quiero guardar un poco de silencio.

—Mitaka-San, no pienses que me aburro de escucharte.

Solo creí que…

—Hayakawa-San —Asa giró suavemente su rostro, mostrándole un lado de su cara al chico, por encima del hombro.

Denji miró que los ojos de Asa temblaban con esa pátina cristalina.

Su sonrisa era suave y muy alegre, pequeña y apenas más que un gesto de labios.

Pero en esos labios había un temblor constante y creciente, su nariz estaba enrojecida tenuemente y, con la luz que le llegaba por el reflejo distante del farol en el estanque del pez león, Asa tenía un tono ultramarino en su rostro pálido, a juego con sus bellos ojos del mismo color.

—Realmente eres algo, ¿No?

—Ella tembló en su voz, continuando su camino, ese alivio hizo que Denji le observe caminar.

No miró su retaguardia como los demás, aunque pudo fácilmente haberlo hecho.

No le observaba, no se daría cuenta.

Pero en su lugar, él miró esa baja cola de caballo que sostenía su cabello suave, brillante, profundamente azabache y controlado con la gracia que solo ella podía transmitir con su aire de intelectualidad.

Denji sonrió un poco, caminando detrás de la chica, quien cruzó las manos detrás de su espalda, y cuando él miró sus dedos, estos le estaban incitando a seguirla, un gesto que pedía a gritos tomarla como el guía a cargo del lugar.

Ambos caminaron por los oscuros pasillos, rumbo a la atracción principal.

De repente, los lugares se asemejaban a cavernas antiguas.

Era oscuro, deformado en una curva que conducía al siguiente nivel de la atracción acuífera, pero que a su vez, impedía el paso de la luz por donde ellos estaban.

Denji comparó esto con estar ante el Demonio de la Oscuridad, pero esta vez había algo blanco a su alrededor, un farol que le estaba guiando.

Asa se vislumbraba con un tenue resplandor etéreo en todo su cuerpo.

El sonido del agua era antinatural, sumamente relajante y le hizo recordar a las piscinas.

Esa piscina donde estuvo con Reze fue igual a esta.

—Esta sensación…

—Denji tuvo un dejo de nostalgia con su voz interior, imposible de borrarse ante la somatización de uno de sus recuerdos más preciados—.

La conozco…

Asa caminaba con gracia, alejada completamente de la torpeza que presentaba en sus momentos de debilidad.

Incluso fue mejor que cuando había tomado el mando al entrar a este recinto.

Era otra persona.

No, eso no era correcto.

Era, por primera vez en todo este tiempo, verdaderamente ella.

Una vuelta en la curva hizo que sus cuerpos comiencen a recibir tenuemente la refractaria luminiscencia.

Los colores no podían ser otros que turquesa.

Las ondas bañaban las paredes y techo, que eran oscuros aparentemente dentro del lugar.

No habían focos en los alrededores, todo lo que brillaba, lo hacía gracias a que este estanque producía una capacidad de atraer los fotones con su propia gracia.

Era más diverso, muy enorme, abarcando un pasillo completo, dividido en tres secciones que formaban un póster cinematográfico dividido, conectado en su interior, separado ante los ojos de los demás.

Mantarrayas, peces medianos y grandes, algunos eran grisáceos, otros eran de colores alarmantemente bellos.

Rosa, verde, rojo, amarillo, anaranjado, café, fucsia, violeta, púrpura.

Y las estructuras calcáreas no estaban atrás.

Tubos diminutos con formas de esponja por donde se resguardaban crustáceos, pequeños langostinos de múltiples combinaciones turquesa, fosforescentemente verdoso y, en su conjunto, sumamente bello.

Asa lo observó con las mismas ansias que un niño ve regresar a sus padres a casa tras una larga jornada laboral.

Esta sensación de paz y alegría era incapaz de ser transmitida por medios convencionales.

Era un ejercicio de introspección hecha al exterior del ser.

Era vislumbrarte en uno de estos seres, elegirlo con la misma precaución que uno elegía a sus amigos, y decidir que, lo que le pase a este en el tanque, te pasará a ti.

Y esta vez, ambos parecieron encontrarse atraídos por todo el interior del gran tanque, abarcando la totalidad de esta vida en una sola mirada.

Denji, a su lado, miró por un instante a la chica que le acompañaba.

Ella estaba a tan solo unos centímetros de él, a su lado.

La sensación de estar cerca de alguien, con un lugar tan reflexivo y conmemorativo como lo eran los lares acuáticos que acaudalaban sus recuerdos más preciados era, sencillamente, espectacular.

—Ella no es Reze.

Esto no es la piscina de la escuela, y este no es el año pasado…

—pensó Denji, y en un acto de verdadera valentía, su mano temblorosa acurrucó la de Asa, únicamente entrelazando sus meñiques, y ella abrió los ojos de sobremanera un instante.

Todos los peces revolotearon en perfecta sincronía dentro del estanque.

Formaron una aurora con su danzar, apoyándose de la luz que se filtraba por encima del tanque, reflejada en sus escamas de gama muy variada.

Pasaron varias veces cerca del cristal, formando diferentes figuras amorfas que, en última instancia, enviaban el mismo mensaje.

La vida es bella, está ceñida a esta clase de momentos y vale la pena vivirse.

Dentro de todos ellos hallarás lágrimas, encontrarás sonrisas, ubicarás tristezas y descubrirás colores.

Denji lo aprendió en ese instante.

Había vivido rodeado de nada, creció teniéndolo a tan solo una infinidad de distancia.

Nada de esto era suyo, no le pertenecía, no había nacido con el derecho de obtenerlo.

Pero aquí estaba él, aferrándose a la idea de que esto podía ser posible.

Cruzó el infinito y más allá con tal de obtener esto.

Si había de pagar algo, que no fueran esta clase de momentos, sino, la manera en que llegó a obtenerlos.

Pero el pago era demasiado caro a veces, y esta vez, solo por esta vez, no se le fue cargado a su cuenta.

Asa apretó su meñique con el suyo, él pudo sentir aquel temblor en la articulación de ella.

Mientras los peces danzaban y giraban dentro de aquel cuerpo masivo frente a sus frentes, ella acercó su mano a la de él.

Lentamente, entrelazó los dedos con los suyos, un torpe intento de conectar.

Denji pudo sentirlo, quiso ayudarla, pero sabía que había hecho suficiente.

Finalmente ella entrelazó sus manos.

Él pudo sentir que ella sudaba por las palmas, y eso no le importó.

¿Qué iba a hacer en estos casos sino apreciar la valentía escondida en el hecho de simplemente sostenerle la mano al otro?

¿Cómo iba a reaccionar sino sonriendo ante esta victoria?

La visión de Denji se bañó en acuarelas que pintaban todo con la tinta más fina de caracoles mediterráneos.

Los peces, en sus movimientos, se dibujaban con contornos de tinta china, en múltiples kanji con muchos significados distintos, sinónimos de un antónimo a su vida: Felicidad.

La visión de Denji volvió a ganar la vivides que no podía obtener por su cuenta.

Asa estaba compartiendo con él, por medios no convencionales para ninguno de los dos, lo que significaba vivir este momento desde su perspectiva.

Todo era más bello, era más hermosa.

Era ver un dibujo de Doré pintado por Goya, estructurado con Miguel Ángel y proporcionado por Velázquez.

Lo bizarro se untaba en lo magnífico, dando como resultado este simple minuto de silencio entre los dos.

No compartieron miradas, palabras, ni siquiera compartieron sonrisas.

Estaban ahí, serenos, desapegados el uno del otro.

Vivían en este sitio, dentro del tanque.

Estaban seguros ahí adentro.

Estaban vivos, y eso fue, en cierto sentido, mejor que haberse dicho “Te quiero” el uno al otro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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