Denji (No) es un Niño Parte 2 - Denji is (Not) a Child Part 2 - Capítulo 32
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Capítulo 32: Vacuo por fuera
—¿Por qué? —una mano recogía cuantas lágrimas podía, temblaba y se ponía de rodillas.
La figura de rodillas observó en el pasillo oscuro. Sus ojos estaban fijos en su mano, húmeda. La chica era tenuemente iluminada por la luz ultramarina que se filtraba desde el espectáculo acuífero a unos cuantos pasos de distancia. Ella alzó la mirada, revelando sus ojos carmesí. Estos contenían un brillo etéreo, pesado y bastante disonante de su cicatriz fiera.
El resto de sus palabras cayeron en el mismo vacío que se encontraba. Cuando intentó ver algo más que la curva del pasillo, identificó con éxito una figura en uniforme de preparatoria. Esa era una chica, una auténtica belleza de otro mundo. Parecía un cadáver andante, si los cuerpos de los fallecidos incrementaran su porte al irse de este plano.
—¡Hermana! —Ante la aparición de esta chica, Yoru abrió los ojos y se puso de pie.
—Hola —enfrente suyo estaba la muerte, con una cara distante y un tono para nada agradable, incluso aburrido—. ¿Cómo has estado, Calisto?
—¿Qué haces aquí? —Calisto parpadeó, pero su voz distaba mucho de llegar a ser eufórica—. ¿Has venido para llevarme a casa?
—No —negó con la cabeza—. He venido a platicar un rato contigo.
—¿Conversar? —Yoru se oía afligida, su voz estaba quebrada, las lágrimas no dejaban de bajar por los surcos de sus ojos y tampoco se miraba en un buen estado—. ¿Conversar de qué?
—Primero que nada, respira —le aconsejó, con una calma protectora—. Inhala, exhala.
—¿Q-Qué? —Yoru se confundió, y al instante siguiente, le hizo caso.
Lentamente el pecho de Yoru comenzó a subir y bajar, su estado de ánimo no mejoraba, pero definitivamente se encontraba en mejores condiciones que hacía un rato. El sentimiento de calor en su pecho fue algo que no se pudo ir, imposible retirarlo. Muerte miró esto ladeando la cabeza, curiosa del estado de su hermana.
—Así que, ¿Ella te hizo esto? —Preguntó con una duda colándose por su fina voz—. ¿Ha sido Asa Mitaka quien te ha hecho llorar?
—N-No, yo…
—No te había visto llorar en años —le interrumpió la chica de pendientes triangulares, su voz cargada de vacío y lejanía—. Ven, vamos afuera. Te hará bien un poco de aire.
—Pero…
—Ni siquiera lo notará. ¿De verdad creíste que podías escaparte de su flujo de consciencia por cuenta propia? —la muerte le tocó el hombro y, acto siguiente, Yoru sintió que sus piernas pesaban.
La sensación de existir en el plano físico fue un espasmo inexplicable. Estaba acostumbrada a este cambio cuando ella tenía el control, pero esto era sumamente diferente. La sensación de tener un cuerpo físico en un plano que normalmente debería ser ilusorio para cualquiera menos Asa.
—¿Quieres un helado?
De repente estaban en una terraza, observando el acuario con una serenidad fraternal. Yoru sostenía un cono de helado de frutos rojos, una textura que asemejaba al Red Velvet. Sus instintos afilados le protegieron de soltar el helado, y cuando giró su cabeza para ver a su hermana, le observó comer tranquilamente una replica exacta del suyo.
—¿Qué pasa? ¿No te gusta ese sabor? —Preguntó, parpadeando—. ¿Quizás quieres de Vainilla?
El cono en la mano de Yoru había cambiado su textura y color, de acuerdo a lo pronunciado por la Muerte. Yoru no se sorprendió de esto, su cara era incluso más tranquila y analítica. No miró más a su hermana, sabía que todo esto debía ser una obra suya. En su lugar, miró al acuario, y la duda se incrustó en ella.
—Entonces, ¿Tú permitiste que me distancie de ella?
—Sí —muerte respondió, lamiendo su helado—. También permití que ella tenga esa cita de manera que no intervinieras. Darte tu espacio fue vital. Claro que separarte de ella es tu decisión, pero, no podría haber sido posible sin mi ayuda.
—Estoy condicionada al campo de visión inmediato, recuerdo fugaz y la periferia en su rango visual —comentó Yoru, dándole un bocado a su helado, cerrando los ojos y saboreando con dulzura.
—Sí, ya lo sé —muerte hizo lo propio, pero su cara no cambiaba, aunque un destello de calidez habitaba sus ojos cuando observó a Yoru estar saboreando su helado—. Si quieres más solo dímelo.
—Créeme que te lo diré —Yoru mascó, su boca estaba manchada y, ante esto, Muerte sostuvo un papel en su mano, pasándolo suavemente sobre la cara de la chica pelinegra con cicatrices, de forma delicada.
—Aún no aprendes modales humanos —comentó Muerte, un tono sereno y tranquilo—. Si llega a verte comer, vas a espantarle el novio a la chica.
—Perdón —Yoru murmuró, mirando al acuario con intriga.
—Entonces, ¿Por qué me has traído aquí? ¿Qué te hizo vigilarnos? —Yoru le miró por el rabillo del ojo, una duda en sus bellas facciones—. ¿Él va a morir hoy?
—No —su hermana negó con lentitud, y Yoru asintió en comprensión—. Pero, definitivamente necesitabas mi presencia.
—¿Necesitaba tu presencia? —Yoru, más que ofendida, parecía sorprendida—. ¿Qué iba a suceder hoy?
—Nada, no iba a suceder nada —Muerte giró la cabeza para ver los ojos de Yoru, y cuando estos se conectaron, la mirada fría de la peli rosada se hizo suave—. Pero sentí que estabas triste, y cuando supe que estabas llorando, corrí para ayudarte.
Yoru miró los ojos de su hermana, aquella calidez le hizo sentir una sensación de alivio muy familiar. Yoru bajó un poco la cabeza, sintiendo el peso en las palabras. Su pecho fue oprimido, no por lo que Asa sentía, que se había esfumado en cuanto abandonaron el acuario; sino porque las palabras de su hermana mayor penetraban su armadura sin apenas intentarlo.
—Muchas gracias, hermana —Yoru fue muy sincera, su tono de voz bajo denotaba una clara vergüenza, atípica en la personalidad ruda que siempre mostraba.
—Siempre vas a contar conmigo, Calisto —Muerte sonrió de forma muy suave, una tierna y amigable sonrisa que rompía la fachada fría, que volvió a instaurarse un segundo después—. Pero, no es solo eso por lo que vine.
—¿Qué más? —Yoru alzó la cabeza, su tono era casual.
—Laplace —Yoru se estremeció, un escalofrío recorrió desde la punta de sus pies hasta el último de sus cabellos, erizándolos uno a uno por un momento—. Ella, nuestra hermanita, ha despertado sus poderes.
—¿L-Laplace? ¿S-Sus poderes? —Yoru estaba nerviosa, una anticipación guerrera instaurándose en sus facciones.
—Espera, escúchame atentamente, Calisto —Muerte le pidió de forma amable, y Yoru se tuvo que contener, su anticipación revelaba una matiz profundamente trastocada de su psique—. Esta Laplace es, como sabes, una reencarnación.
—Sí, lo sé —Yoru asintió en confirmación—. Alguien logró vencerla.
—Sí.
—Lo sabías, ¿No?
—Claro que lo sabía —la peli rosada le confirmó, suave—. Lo sé todo.
—Entonces, ¿Por eso no actuaste?
—Escucha antes de preguntar, Calisto —Muerte le puso una mano sobre la de ella, sintiendo el temblor en los dedos de su hermana menor—. Laplace no ha regresado como tú la conociste.
—Pero si despertó sus poderes…
—Mírate —Muerte sostuvo un espejo desde su otra mano, acercándolo a la cara de Yoru y enseñándole sus facciones.
Yoru abrió los ojos ante esos ojos que observaron su reflejo. Devolvían una solemnidad que se aproximaba más a la cautela miedosa que a la anticipación de la guerra. Sus cejas se arqueaban ligeramente hacia arriba, sus facciones no parecían querer salirse de la mueca de disgusto en sus labios y nariz.
—¿Puedes verte? —Preguntó la Muerte, y cuando la pelinegra asintió con lentitud, forzando sus rasgos a instaurar su ferocidad, Muerte volvió a hablar—. Multiplica todo ese miedo y terror que sientes por sus poderes, en al menos, un millón de veces.
Yoru casi se quebraba el cuello al mirar a su hermana mayor, sus ojos revelaron una sorpresa que casi los desorbitaba.
—Laplace ha despertado su primer poder —continuó la muerte, el espejo se perdió tras que ella lo arroje al aire—. Su control espacial. La capacidad de distorsionar las variables físicas para crear ataques devastadores a corto, mediano y largo alcance. Ese famoso…
—Bang… —Yoru culminó, y al pronunciar aquellas palabras, el escalofrío regresó.
—Sí, eso —Muerte volvió a mirar al acuario—. Pero esta Laplace es, simplemente, diferente. Hace unos días me presenté cerca de ella. La vi, pude observarla con mis propios ojos.
—¿Y qué viste? —Yoru le cuestionó con severidad.
—No pude ver ni el más mínimo rastro de mi hermanita —el tono en la voz de la muerte se oía, extrañamente, melancólico—. No había ni siquiera un rasgo suyo, aparte de sus ojos. Esa pequeña… Esa niña, no era mi hermanita.
—Entonces, ¿Finalmente has entendido?
—Esa niña era suya —las palabras de la muerte cortaron la ronda de preguntas de Yoru.
La pelinegra miró la espalda de su hermana, que parecía estarse preparando para volver a pronunciar palabras. No respiraba, ni siquiera se molestaba en emitir los latidos de un corazón. Pero eso no le hacía menos sentimental que la persona detrás suya, la cual le comprendía con una capacidad envidiable.
—Laplace murió, Calisto. No hace falta que sigas con tu plan —Muerte se giró, mirándola con ese estoicismo alienígena—. No hace falta que sigas dedicando el resto de la vida de esta chica a convertirla en una guerrera.
—¿Qué? —Yoru frunció el ceño, y más que enojo, había confusión—. Pero sus poderes…
—La posibilidad de que ella regrese es nula —habló muerte, serena—. Vive tu vida, Calisto. Vive la vida de esta forma. ¿Pudiste verlos? ¿Pudiste sentirlo? Eso que te ocurrió hace rato no fue envidia, mucho menos odio hacia Asa. Eso que sentiste y te derrumbó, Calisto, fue la vida misma en su estado más glorioso.
Muerte lucía ajena, girándose para ver el panorama completo. Su semblante no cambiaba, incluso cuando podía recitar las palabras más dulces, poéticas y líricas jamás escritas en papel de aire, con tinta de aliento.
—Te has aventurado a mil guerras, Calisto. Has poseído innumerables nombres a lo largo de la historia. Cuando los dinosaurios existían, tú ya estabas ahí. ¿Lo recuerdas? Ni siquiera sabías por qué eras tan diferente de ellos. No comprendías por qué nosotras nos comunicábamos de formas tan distantes a las suyas. Sus rugidos y cantares no eran como nuestras palabras y preguntas.
—Lo recuerdo bien —una mirada nostálgica parpadeó en Yoru, quien se acercó a la barandilla y, recargándose en ella, observó el acuario con un tono melancólico—. ¿Cómo no recordarlo? Si para ese entonces aún éramos tres.
—Y ahora somos cuatro, Calisto —le habló su hermana con suavidad—. Cuando Astride llegó al mundo, ¿Qué acaso tú no estabas feliz de tener una hermanita? ¿No te sentías alegre de tener con quién jugar?
Una pequeña sonrisa figuró en el rostro de Yoru, quien imaginó aquella escena. El campo tan verde, frondoso y hermoso, rellenado con la figura de una pequeña niña de cabellos blancos, ojos azules anillados con líneas blancas y una iris blanquecina. Eran dos cielos, escarchados con nubes por el reflejo del norte que siempre vislumbraba, con una alegría e inocencia tiernas, adictivas para Yoru.
—Laplace es como Astride en este momento —Muerte le puso una mano sobre la suya, nuevamente en tono cálido—. Incluso si sus poderes regresan, ella no es la misma hermana que planificó contra todas nosotras.
—¿Por qué? —Yoru miró al acuario, las aves sobrevolaron el lugar y, ante esto, Yoru desvió su mirada, siguiéndolas con cautela—. ¿Por qué la proteges tanto? ¿Por qué pareces tan empeñada en que no haga nada contra ella? Laplace intentó borrarnos, planificó una eternidad en contra nuestra. Nunca le hiciste nada, incluso cuando sus maquinaciones apenas y tomaban forma. Siempre nos detuviste, alegando que lo hiciéramos por ti. Astride quería alejarse de ella, yo quería asesinarla. ¿Por qué?
—Porque ella, al igual que ustedes, es mi hermanita —una simple frase calló para siempre a Yoru, la cual ni siquiera se atrevió a cuestionar aquel axioma.
El silencio reinó, una cautela que crecía en Yoru. Observaba en los cables de los postes de luz cercanos, donde las aves se posaban. Buscó en ellos rastros del control de Laplace. Esperaba verles viéndole, escuchándole, prestándole atención o siguiéndole la mirada, tal y como Laplace solía usar a los animales para espiar a la gente. Esa misma táctica se usaba siempre. Cuando un objetivo necesitaba ser vigilado, hacía que las mascotas y los animales de la calle le vieran, le ladraran o se acercaran en son de paz.
—Dime, Calisto —Yoru le miró, observando la figura de su bella y poderosa hermana—. Si te dijera que Laplace no va a volver nunca, ¿Serías capaz de dejar este camino en búsqueda de poder?
—No lo sé —la franqueza en la respuesta de Yoru no sorprendió a muerte, quien seguía mirando al acuario.
—Si te dijera que no volverá a ser lo que era antes, ¿Serías capaz de llevarte bien con esa chica? Quizás ayudarla a que sea un poco más feliz. Dejar que ella tenga novio, motivarla y sacarla de ese vacío tan propio de los que llegan a mí, cuando aún está con vida.
—No lo sé —Yoru habló, una vacilación en su voz, haciéndola mirar al acuario con incertidumbre solemne.
—Si yo te jurara que, si a partir de este momento, te comprometes a intentar comprender la belleza de la vida que tanto arrebato, me aseguraré de que Laplace nunca regrese de la forma en que la conoces… —Muerte le miró con esa calidez en su mirada fría, dual y, aún así, fraternal—. ¿Serías capaz de hacer eso?
—Yo… —Yoru miró al acuario, una fuerza propia de su interior le hacía querer mirar a su hermana a los ojos, pero se forzó a seguir observando al acuario.
—Si te dijera que, si haces todo eso, serás incluso más feliz que cuando estábamos en ese jardín —los labios de muerte se abrieron, y una sorpresa muda se coló por todo el cerebro de la ahora físicamente visible Yoru—. ¿Podrías creerme? ¿Serías capaz de hacer todo lo posible por ser feliz en compañía de esa chica?
—Yo no sé si…
—¿Podrías hacerlo… —la mirada de Yoru pasó del acuario a la calle, de la calle a los autos, de ahí a la acera bajo el edificio, siguiendo por el barandal y culminando en sus zapatos—. Por mí?
Yoru parpadeaba cada vez más rápido. Aquella titánica capacidad innata para poder realizar las ejecuciones más limpias, los movimientos de lucha más perfectos, la sincronía motriz más envidiable, y desplegar la estrategia bélica con la facilidad de respirar, fue simplemente oprimida con una pregunta de su hermana.
—Por ti… —Yoru lentamente alzó su mirada, sus ojos estaban cristalinos, llenos de una completa y vulnerable etapa desconocida en su psique original—. Yo sería capaz de incluso erradicar a todos los demonios del infierno.
—Entonces está hecho —Muerte asintió, una sonrisa suave y tierna adornó sus rasgos angelicales—. Durante los próximos siete meses no habrán ataques de demonios poderosos en las inmediaciones cercanas a ustedes. Te daré siete meses, Calisto. Siete meses para que puedas experimentar en carne propia la belleza de la vida. Pero, después de esos siete meses, el primero de noviembre de este año, no contarás más con mi ayuda.
—Si quieres hacerme feliz, ¿Por qué no has de evitar que más demonios poderosos se aparezcan durante la vida de Asa? —Preguntó Yoru, muy curiosa—. Puedes hacerlo.
—Puedo, pero entonces, ¿Qué sentido tendría la vida si soy capaz de erradicar los males que azotan al mundo? —Muerte lentamente dejó de sonreír, su cara era serena y luego estoica, sin una pizca de malicia o de aburrimiento por la pregunta de su hermanita—. Uno no puede comprender la vida si no experimenta el miedo a morir al menos una vez en su existencia. Asa Mitaka ya ha comprendido esto, ¿Pero tú? Eres demasiado poderosa como para siquiera morir en tu estado más débil.
Una pequeña sonrisa brilló en Yoru, quien se sonrojó levemente ante el halago sincero de su hermana mayor.
—Por lo mismo, todo esto debe continuar. Sería tan fácil cerrar las puertas del infierno, pero entonces, todos olvidarían que este mundo nació para existir en caos, no en armonía. Si yo los libero de todo, ¿No sería eso igual a concretar el plan de Laplace?
—Tienes razón —Yoru asintió, sus ánimos renovados—. Como dices, soy muy fuerte para morir. Entonces, si vas a dejar que tras estos siete meses venga algo grande, lánzalo.
—Eso no depende de mí, Calisto. El azar es algo que dejo existir y atacar. Pero te aseguro algo —Muerte miró el acuario, serena—. Cuando estos siete meses pasen, tú, la Guerra misma, encargada de la aniquilación de incontables vidas, que extingues culturas y arrebatas la paz a cualquier civilización que pise la tierra… Valorarás hasta el verde de las hojas que alguna vez has teñido de rojo.
—Pues entonces, que así sea —Yoru no mostró renuencia ante la petición de su hermana, mirando el acuario con una sonrisa.
—Por cierto, esto inicia tras la cita —Muerte dijo sin tanta importancia—. Un demonio está por atacar el acuario.
—Oh, ya veo —Yoru parpadeó, sin sorprenderse tanto—. Si lo que dices es cierto, entonces, Asa podrá con ello.
—Confías mucho más en ella tras mis palabras —Muerte se giró, viéndola con curiosidad, ladeando la cabeza.
—No, es solo que —Yoru se señaló con un pulgar, y una sonrisa arrogante se asomó en sus bellos rasgos—. Estoy orgullosa de mi creación.
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