Denji (No) es un Niño Parte 2 - Denji is (Not) a Child Part 2 - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Donde todos somos azules
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4: Donde todos somos azules 4: Donde todos somos azules —¿Por qué?
¿Por qué le mintió a Aome?
—Asa miraba al techo del orfanato, acostada en su colchón delgado que permitía sentir los resortes en su espalda—.
¿Por qué me protegería?
—No lo esperabas, ¿Verdad, engendro?
—Incluso un demonio puede ser más humano que tú.
—Vaya, pero que sorpresa.
La criatura fue más cruel que un demonio.
—Que vergüenza saber que te di a luz…
—Tú querías que te delate, ¿Verdad?
—Oh, ya entendí.
Ella quería que la delate con Aome para que se lo dijera a todos, la condenen, la acosen y así tener una excusa para dejar la escuela, ¿Verdad?
—Y si dejaba la escuela, el estado no le daría más sustento.
—Y si el estado no le daba más sustento…
—Moriría.
—Asa, Asa, Asa…
¿De verdad crees que no nos damos cuenta?
—¿Subestimas a quienes te cuidaron por dieciséis años?
—¿Tan egocéntrica eres?
Vamos, recuerda que por más planes que hagas, nunca puedes ponerlos en marcha…
—Con trabajo y puedes ponerte en marcha…
—Y cuando lo haces, caminas mal.
—Que odiosa y asquerosa eres, repugnante engendro.
—Gally, Asa va a cuidarte, ¿Sí?
—Tanaka habló, sonriente.
—Profesor —Aome alzó la mano, mientras el hombre le miraba—.
¿Podría cuidarlo?
—¿Perdón?
—Asa-Chan va a la azotea a comer, y a Gally no le gustan las alturas.
Se marea.
¿Podríamos jugar con él en su lugar?
—¡Es verdad!
—un alumno habló—.
Ayer jugamos y Gally estuvo con nosotros.
—Fue divertido.
—A decir verdad, no esperaba que una gallina jugara tan bien al futbol.
—Juega incluso mejor que Ryu.
—Oye, yo soy bueno en natación, no en futbol.
—Claro que sí, chico sirena, claro que sí.
—Entiendo, entiendo.
Entonces, Asa…
—¿Profesor?
—¿Podrías intentar integrarte al grupo esta vez?
—Profesor, no…
—Vamos, yo sé que puedes —Aome le sonrió, mientras Asa parpadeaba—.
¿Crees que no puedes?
—No, no puedo…
—¿Lo has intentado?
—De hecho…
—No lo has intentado lo suficiente, Asa-Chan.
¿Por qué has de frenarte?
¿Por qué no has de intentarlo?
—Es verdad —un compañero asintió.
—Mitaka-San, ¿De verdad crees que por tu cojera no puedes hacerlo?
—Hay pianistas de una sola mano…
—Existen pintores sin brazos.
—Asa-Chan —Aome se paró, mientras el timbre sonaba—.
Dime, ¿Por qué te crees tan ajena a nosotros?
Incluso Gally, que es un demonio sin cabeza, jugó ayer.
¿Acaso tú no puedes?
—Yo…
—¿Vas a dejar que te derrote esto?
¿En verdad la mejor calificación del colegio va a dejarte vencer por una gallina decapitada?
—¿Qué?
—Gally se sintió ofendido.
—¿Vas a dejar que todo el esfuerzo y empeño en estos dos años, se vayan al caño porque no puedes patear una pelota?
—Sí…
—Asa-Chan…
—Gally habló, y Asa le miró con sorpresa—.
¿Por qué no vamos y jugamos?
—Gally…
—Asa le miró, confundida, incrédula—.
¿Por qué te rindes así?
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué?
—Gally voló hasta ella con un salto, cayendo sobre su pupitre y señalándola con un ala, estremeciendo a la pelinegra y haciéndola recorrer su silla hacia atrás—.
Asa, lo hago porque…
La clase entera le miró, sonrisas danzaban en sus rostros.
Muchos se pararon, y uno sacó una pelota.
Gally parecía más alegre, su voz brillaba, y su cola se meneaba con un entusiasmo infantil.
—Porque eres una gran persona.
—¿Gran persona?
—Las pupilas en sus ojos se encogieron, y su respiración dio un vuelco momentáneo.
—Incluso si no sabes por qué; incluso si no comes; incluso si no quieres…
Asa-Chan, sigues viviendo.
Sigues viva.
Sigues en el colegio.
Sigues viniendo.
Sigues haciendo tarea.
Puedes negarlo todo lo que quieras, pero, en el fondo de tu alma y corazón…
—Gally tocó su pecho, mientras la chica abría los ojos aún más—.
Tú quieres vivir.
Una explosión de calor inundó el cuerpo de la pelinegra.
Sus ojos brillaron por un segundo.
Un destello que emanó tantos colores como el arcoíris le permitía al rocío.
La clase comenzó a corear su nombre, los vítores en aliento no se hicieron esperar y, tan pronto sucedió, ella se levantó con Gally en brazos.
—Sí…
—Asa sonrió de forma suave, con un pequeño rubor en sus mejillas y unos ojos que miraban al pescuezo de Gally—.
Lo haré.
Comenzaron a salir uno por uno, siempre alentando a la chica.
—Gally, ahora te entiendo.
Entiendo por qué no me delataste.
Fue por esto, ¿Verdad?
Creíste que podías salvarme de mí misma, ¿Verdad?
—Asa miró el patio del colegio tan cerca, el brillo la cegó, pero cojeó de forma segura hasta allí, con Gally en brazos—.
En verdad, ¿Es posible para mí seguir viviendo?
La imagen de ella pateando la pelota, anotando goles, celebrando con todos y con Gally de arbitro cruzó su mente.
El profesor Tanaka la miró con un brillo en los ojos, y Aome, cerca suyo, frunció el ceño ante este gesto.
—¿Lo hacías porque te compadecías de mí?
No, mejor dicho…
¿Lo hiciste porque somos iguales?
Gally, en verdad perdón.
Las voces de mi cabeza tenían razón.
Incluso un demonio como tú es más humano que yo.
Pero, no tiene por qué seguir siendo así, ¿Verdad?
Todavía puedo seguir viviendo, incluso si me odio, ¿Verdad?
Un paso más hacia el patio y, de repente, todo fue vertiginoso.
La multitud detrás suyo fue sorprendida por un estremecimiento colectivo que reunió los alaridos de todos en una incrédula cacofonía.
—Siempre me caigo en los momentos más importantes de mi vida.
Nunca pude llevar mi propio pastel de cumpleaños a la mesa porque, la primera vez que lo intenté, se me cayó.
Tampoco pude caminar bien.
Fue la razón del por qué nunca practiqué baile.
Me encantaba el baile.
Me pasaba horas imaginándome bailar, de la mano con un chico que me amase.
Asa se encontraba girando en una pista de baile, con un hermoso vestido de noche que asentuaba su belleza.
Su pelo suelto y, sin embargo, brillante con la libertad de las golondrinas sobrevolando el cielo, otorgaban una verdadera belleza al mundo con su mera existencia.
—Siempre quise aprender a bailar.
Cuando tenía mi cuarto, solía intentarlo a escondidas.
Caía y me lastimaba.
Es la razón del por qué mis rodillas están tan dañadas y truenan, y por qué me duelen en invierno.
Pero, siempre lo intenté.
Incluso con mis zapatos especiales no lo conseguía.
Y entonces, entendí que siempre me caigo en los momentos más importantes de mi vida.
Asa caía con lentitud al suelo, su rostro adoptando sus diferentes años en una fracción de segundo.
—Me caí cuando recogí mi diploma como mejor estudiante de preescolar, de la primaria y de la secundaria.
Me caí cuando iba a entregarle los regalos del día de las madres y del padre.
Me caí cuando vine a inscribirme al colegio, y cuando iba a comprar, y también me caí ese día en la nieve.
Y ahora…
También me estoy cayendo.
Hoy es como todos esos días.
Asa cayó sobre Gally, y el lento tronido gutural resonó en el lugar.
—Ese día en la nieve, mis zapatos resbalaron porque la suela de mi pie más pequeño estaba más desgastada.
Resbaló con el suelo nevado y húmedo.
Ese día, tanto como hoy, quería vivir.
Quería salir con vida, escapar y seguir con mi comodidad.
Quería, con todas las ganas del mundo, seguir viviendo.
Pero es igual a ese día, porque cuando me digno a hacer algo de provecho…
La cabeza de Asa rebotó contra el suelo, mareándose por el impacto.
—La vida me recuerda que no nací para ser feliz.
Yo nací para espectar la felicidad.
Nací para habitarla en otras pieles, desde la lejanía que me blindaba la mía.
Nací para ser parte del viento que roza a los demás en sus momentos más luminosos.
No seré la razón del sonreír de otros.
Seré la razón del por qué todos me dicen lo mismo cada que me caigo.
Un soplido molesto, condescendiente, que repite la misma frase.
—¡¿Qué has hecho?!
—El grito de Aome sacudió a la clase, y cuando Asa miró bien, debajo suyo había un festival sanguinolento.
Las vísceras y sangre de Gally estaban esparcidas por todo el suelo.
Se habían sujetado a su overol-falda negro, manchando las camisa blanca debajo de su uniforme.
Se puso de rodillas y, con lentitud, acercó su mano hacia su rostro.
Cuando tocó su rostro, la viscosidad le otorgó la más cálida bienvenida.
Miró su dedo y, al verlo cubierto del contrastante de sus ojos, ella no pudo más.
—Pero…
—Asa se perdió en la inconsciencia, con el hedor a entrañas y hierro inundando sus fosas nasales—.
¿Qué he hecho?
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