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Denji (No) es un Niño Parte 2 - Denji is (Not) a Child Part 2 - Capítulo 8

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  3. Capítulo 8 - 8 Una vida más egoísta
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8: Una vida más egoísta 8: Una vida más egoísta —Esta es mi casa —Aome señaló una vivienda de dos pisos, grande y de madera—.

Vamos.

Asa la miró, un reflejo de su antigua casa.

Sus pies se negaron a moverse, sus ojos enfocados en la estructura y las pupilas contraídas.

De repente todo se volvió blanco alrededor de la casa, y Asa estaba tirada en el suelo, llorando y gritando no querer morir mientras su padre era borrado, y de su madre solo quedaban los pies en el suelo.

—¿Asa?

—Aome le llamó, y Asa volvió a la realidad.

—Sí, ya voy —Asa tragó saliva y se dirigió junto a Aome a su casa.

—Ponte cómoda —Aome le indicó a Asa que se siente, ella yéndose a por agua—.

Asa, dime, ¿Crees que realmente eres tan desdichada como para creer todo eso?

—¿De qué hablas, Iritsuka-San?

—Obvio que me refiero a que crees no merecer nada —Aome le miró desde la cocina, seria—.

Asa, ¿De verdad?

Dime, ¿Qué te ha hecho pensar aquello?

—Iritsuka-San, yo…

—Aome, dime por mi nombre.

—Iritsuka-San, no quiero…

—¿No quieres qué?

—Aome preguntó, confundida—.

Te intento ayudar.

—No quiero tu ayuda…

—Asa negó de forma cohibida—.

En verdad no quiero hablar de eso.

¿Podemos cambiar el tema?

—¿De verdad?

—Aome le miró, paciente.

—De verdad.

Todo eso me trae muy malos recuerdos.

—Si, me lo imagino…

—Aome suspiró, bebiendo agua—.

Debe ser duro recordar lo sucedido con tus padres.

—Sí…

—Y la vida en el orfanato, sin ellos, sin nada de tu antigua casa más que la ropa de aquel día…

—Sí…

—Y recordar cómo es que todos te dedicaban las miradas empáticas, mientras tú los odiabas porque al verte así, recordabas cuando eras tan feliz siendo quien regalaba víveres, en lugar de recibirlos.

—¿Eh?

—Y pensar cada día de tu vida en que fuiste la culpable de la muerte de tus padres, todo a causa de tu pierna más larga que la otra por tan solo tres centímetros, misma que causó que te cayeras en aquel día de la nieve, mientras huían del Poseído Pistola…

—¿Aome?

—Asa abrió los ojos, sudando frío.

—No me debo imaginar la angustia que debes sentir al recibir la lástima y atención de todos, Asa.

Saber que eres la culpable de la muerte de tus dos padres, que naciste maldita por tu pierna.

Que eres una deforme, una auténtica abominación que tan solo ocupa espacio en este planeta que es de nosotros, los sanos.

—¿Presidenta?

—Y la muerte de Gally.

Oh, Gally…

No se merecía haber estado debajo tuyo.

Ese día, Asa, mientras te caías a causa de tu deformidad, realmente debió ser al revés.

Quien debió haber muerto aplastada eras tú, no el estúpido gallo sin cabeza.

—¿Qué mierda te pasa?

—Asa se paró, su ceño fruncido—.

¿Quién te crees para hablarme así?

—¿Oh?

¿De repente tienes ganas de combatir?

—Aome ladeó la cabeza, alzando una ceja—.

¿No es que acaso tú misma afirmas ser culpable de todos esos sucesos trágicos en tu vida?

Vamos…

—¡Cállate!

—Asa gritó, con los ojos húmedos—.

¡No me conoces!

¡No sabes de qué carajo hablas!

—¿No?

—No —Asa temblaba, su respiración agitada mientras sus ojos eran nublosos por las lágrimas arremolinándose cual huracán en sus ultramares esferas—.

No sabes nada de mí.

No tienes ni la más mínima idea de quién soy, de qué he sufrido, ni de cuánto he aguantado.

—Asa, Asa, Asa…

—Aquellas palabras la paralizaron, mientras caía de trasero al suelo y veía a Aome.

Aome estaba detrás del mostrador en la cocina y, al segundo siguiente, ya estaba frente a Asa.

Asa retrocedió asustada y sorprendida por la aparición de la chica enfrente suyo.

Los ojos de Aome, alguna vez amarillos, ahora parecían más brillantes que de costumbre, más dorados.

Había un matiz antinatural en ellos, y claro, los cambios comenzaron a ser más visibles.

—¿Quién crees que eres para hablarme así?

¿La mejor de la clase?

Tonterías.

Eras la mejor porque yo lo permití —Aome le pateó de forma suave y, con ello, la mandó a estrellar hasta la pared trasera—.

Pero me he cansado de aquello.

Me pregunto, ¿Por qué el mundo parece tan obsesionado contigo?

En una simple paria deforme.

—Ayuda…

—Asa susurró, sin aire—.

Por favor, ayuda…

—Me pregunto, ¿Por qué sonreías tanto aún cuando Dios te hizo de manera tan extraña?

Parecías tan contenta siendo el centro de atención.

Me pregunté, ¿Qué se sentiría ser ella?

No una, ni muchas.

No tienes idea de cuántas veces quise ser tú, Asa.

Y ahora que tengo lo que tú, me digo a mí misma, ¿Realmente valió la pena compararme contigo?

Asa se arrastraba hasta la puerta cercana, conectando al patio trasero.

El aire no regresaba, y una extraña pesadez se ceñía sobre su espalda.

—Asa, Asa, Asa…

¿Por qué el profesor siempre me ignoró mientras a ti te ponía hasta un sufijo tan íntimo con tu nombre?

Y tú dirás, ¿Me gustaba el profesor Tanaka?

—Aome se burló—.

¿Gustarme?

¿El viejo rabo verde de Tanaka?

Por favor.

Si me hubiera gustado, me lo habría follado en los baños.

¿Sabes algo, Asa?

Le gustabas tanto incluso en este estado.

Más hueso que piel, más calcio que carne.

Aome llegó donde ella y, antes de que Asa pudiera salir por la puerta, la arrastró.

Otra patada en el abdomen le hizo ahogar el grito que estaba por soltar.

Aome le miró, seria.

—En su computadora descubrí tantas fotos tuyas, de otras alumnas y compañeras que, francamente, me repugnaron.

Fotos mientras hacíamos deporte, mientras nos íbamos a cambiar, o cuando algunas entraban a la piscina del colegio.

Que asqueroso ser humano.

Por supuesto, le hice lo mismo que estoy por hacerte a ti.

—Déjame ir…

—Asa suplicó, lágrimas escapando de sus ojos—.

Por favor, no me mates.

No te he hecho nada.

—No, no lo has hecho —Aome sonrió de forma sincera—.

Pero no es por mí, sino por los muertos.

—¿Qué?

—Por tus padres, por Gally, por todos los que alguna vez viste con lástima al ayudar de manera desinteresada…

—¿De verdad van a matarme por ello?

—Estúpida…

—Finalmente…

—Ha llegado la hora de que mueras, abominación…

—No, no puede ser por ello.

¿Cómo sabe tanto?

¿Cómo es posible?

Un pájaro se posó por la ventana tras de Aome.

El pájaro miró la situación, ladeando la cabeza con curiosidad.

Aome sintió una presencia, girando y, al hacerlo, no había nada.

—Deben ser los pájaros.

Siempre se asoman los imbéciles —Aome suspiró—.

Asa, tu muerte será contemplada por los únicos animales que tanto te identifican.

¿No es así, mi pequeña ave de ala rota?

Asa abrió los ojos, horrorizada.

—¿Cómo lo sabe?

¿Puede leerme la mente?

—Aome se burló, mientras Asa recuperaba el aire en sus pulmones y amenazaba con gritar—.

Eso es porque lo sé todo, Asa-Chan.

Otro golpe la hizo escupir saliva, retorciéndose y agarrándose el estómago.

Asa lloraba, vomitando el ramen que habían comido horas atrás.

Su sufrimiento no causó nada en Aome, aunque cuando Asa le miró, un brillo satisfactorio apareció en los ojos dorados de la rubia.

—Puedes cometer el crimen, pero no evadir la condena.

Nada es así de fácil, Asa-Chan.

¿Por qué tanta maldad en el mundo?

Porque nadie la erradica.

¿Por qué tanto criminal?

Porque nadie los elimina.

¿Sabes a lo que le tiene más miedo la gente como tú, Asa?

A la justicia.

Quieren redimirse, pero no quieren que nadie los castigue por sus acciones.

—Justicia…

Fuerza sobrehumana, ese brillo en sus ojos, esa sensación extraña de la escuela y mi mal presentimiento…

—Asa pensó, sus ojos abriéndose—.

Justicia…

Justicia…

—Vivimos en un mundo donde lo sobrenatural es cotidiano, Asa-Chan.

Te daré el privilegio de…

—Demonio…

—Aome se paralizó, mirando a Asa—.

De la Justicia…

—¿Qué has dicho?

—Aome miró a Asa, sus ojos dorados haciéndose pequeños ante el incremento de su pupila que consumió casi todo el dorado de sus iris.

—Demonio de la justicia…

Hiciste un pacto, ¿Verdad?

—Asa le miró, apenas respirando—.

No eres la justicia…

Nunca lo serás…

—¿Estás tan segura de aquello, Asa?

—Me tienes envidia…

—Asa le miró, con miedo—.

Todo esto es por envidia.

Si era por justicia, ¿Por qué no acabaste con quienes me hicieron bullying?

¿Por qué no atacaste al motosierra por haberme dejado huérfana?

Si es por la razón que dices, ¿Por qué nunca atacaste a todos a mi alrededor?

Todos cometemos pecados, todos cometemos errores…

¿Por qué a mí primero?

¿Por qué solo al profesor?

¿Por qué no a todos?

—Cállate…

—Es eso, ¿Verdad?

—Asa se sentó, a punto de gritar.

—¡Que te calles!

Asa miró el ave tras la ventana a espaldas de Aome.

Dicho ave le miró, y era negro.

Tenía ojos extraños, con patrones de anillos en esos iris del color de la sangre.

Ese ave y ella compartieron mirada, y al hacerlo, Asa supo que su muerte había llegado.

Aome se quitó el dedo meñique de la mano derecha, y al hacerlo, hubo un cambio inmediato.

Su cabeza fue cubierta por un velo blanco que le tapaba los ojos y dejaba su cabello, ahora amarrado en una trenza hacia atrás, descubierto.

Su ropa fue intercambiada por una toga griega blanca.

En su mano izquierda había un báculo con una serpiente alrededor, y en la parte superior un mazo.

En su mano derecha había un guante con el cromado del acero, y cuyas uñas crecieron como garras bestiales de color hueso.

—¡Culpable!

—Aquel guante en la mano derecha de Aome fue tan rápido que la propia Asa no pudo siquiera saber en qué momento ocurrió.

Sus ojos estaban observando las vendas de Aome, que se veía tan diferente, majestuosa y, sin embargo, no terminaba de eliminar la rabia en sus expresiones.

—Oh, ya veo…

Entonces Aome me tenía envidia por lo inteligente y feliz que era…

Asa sintió un pequeño ardor en el lado izquierdo de su cara, cerca de su pómulo y sobre el puente de su nariz.

—Entonces, había gente que me envidiaba.

Había gente que, incluso si era enfermizo, pensaba que yo era linda.

Había gente que realmente me notaba.

Había gente que deseaba ser como yo.

Había gente que, genuinamente, me veía como alguien a quien superar por lo increíble que era.

Líneas rojas aparecieron sobre la zona que ardía en la cara de Asa.

Aquellas líneas fueron fisuras que empezaron a resquebrajar su cráneo, con su demacrado rostro aún incrédulo observando a Aome.

El hueso comenzó a volar, la carne fue partida, y sus sesos aparecieron.

—Nunca creí que, de entre todos, yo sería a quien odiarían por ser ella misma.

Siempre me vi como un paria, un monstruo deforme que mató a sus padres.

Y pensar que habían quienes genuinamente estaban al pendiente de mí.

Asa fue empujada hacia la derecha, mientras el interior de su cráneo se exponía por la fisura que deformaba su rostro, y la sangre salía a borbotones, con su ojo izquierdo saliéndose de su cuenca y desparramándose cual helado derretido en verano.

—De haber sabido que habían quienes me miraban así, quizás, tan solo quizás, podría haberme esforzado por vivir mejor.

Me habría dedicado a seguir adelante, con todo y el miedo que me causaba la idea de hacerlo.

Quizás habría ido a una buena universidad.

Podría…

Podría haber tenido incluso un novio.

Uno tan guapo como el chico del lunar que me quiso llevar a casa.

Asa cayó, y sus sesos estaban dispersos cerca de su cabeza, con los últimos gramos de consciencia aferrándose a la lucidez de sus lapsos pensamientos póstumos a su deceso.

—Podría haber tenido una familia, una que no corra con la misma suerte que la mía.

Pude haber tenido un amado esposo, una hija tan hermosa como mi mamá, y sin mi defecto, libre de mi pecado.

Su ojo derecho, desparramado en el suelo, registró el ojo del ave que volaba hacia el cable eléctrico cerca de la casa de Aome.

En ningún momento le quitó los ojos de encima al cadáver de Asa, pareciendo acecharlo.

Una lágrima se escapó de las cuencas destrozadas de Asa, quien lloraba incluso muerta.

Saladas, mezcladas con culpa y arrepentimiento, fueron sus últimas lágrimas en este mundo.

—Habría dado todo de mí por conseguirlo.

Tan solo desearía…

Desearía haber tenido una vida más egoísta.

—Concedido.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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