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Despertar de Rango SSS: Solo Puedo Invocar Bestias Míticas - Capítulo 453

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  3. Capítulo 453 - Capítulo 453: La 6.ª invocación
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Capítulo 453: La 6.ª invocación

El suelo temblaba bajo las botas de Damien mientras el aire se ondulaba por la presión del maná. Toda la zona era un caos: los restos destrozados de los árboles y los cadáveres de las bestias brillaban débilmente allí donde su esencia había sido drenada.

Por encima de todo, la Puerta aún se cernía como una herida viviente en el aire, su superficie ahora cubierta por una red de grietas de opaca luz carmesí que palpitaban al ritmo de los latidos del General Ivaan.

A Damien le ardían los pulmones. Su abrigo estaba rasgado y sus nudillos sangraban, pero se negaba a retroceder. Cada uno de sus sentidos le gritaba que si no detenían a Ivaan en ese momento, el continente entero lo pagaría.

—¡Ivaan! —la voz de Damien atravesó la tormenta de maná—. ¡Detén esto! ¡Lo destrozarás todo!

Pero el General ni siquiera se inmutó. Ahora sus ojos eran vacíos de luz negra y las venas le palpitaban en las sienes mientras la sangre seguía manando de sus fosas nasales.

Seguía cantando —su voz gutural, como el idioma de algo que no estaba destinado a las lenguas humanas—. El aire se espesaba con cada palabra, y la esencia vibraba violentamente en respuesta.

Cuando la última sílaba abandonó sus labios, una columna de energía negra y carmesí estalló hacia el cielo, desgarrando las nubes en su ascenso. Los árboles se doblaron hacia fuera por la presión y los animales, a kilómetros de distancia, se dispersaron aterrorizados.

Y entonces… silencio.

Ivaan se tambaleó hacia delante, jadeando pesadamente. Su armadura colgaba hecha jirones, pero sus ojos brillaban con un triunfo maníaco. —Se está agrietando —siseó—. Después de tanto tiempo… después de todo… Por fin puedo arreglarlo.

La mirada de Damien se endureció. —¿Arreglarlo? ¿A liberar algo que está sellado ahí detrás lo llamas arreglar las cosas?

El General se giró lentamente, con los ojos inyectados en sangre, pero con una mirada decidida. —No lo entenderías. Nunca estuviste allí.

—Pues haz que lo entienda —espetó Damien—. ¡Dime por qué estás haciendo esto!

Por un instante, Ivaan casi volvió a parecer humano. La furia se atenuó, reemplazada por el agotamiento y algo parecido a la pena. Levantó la vista hacia la Puerta, con la voz baja.

—Vine del Continente Oriental de Shirefort. Hace más de un año, lideré una guarnición contra cierta grieta. La Grieta de Rulva.

—Era una anomalía no muy distinta a esta Puerta. Pensé que podríamos contenerla. —Apretó los puños—. Pero fallamos. Mis hombres fueron consumidos, mi ciudad borrada del mapa. Y tiempo después, me di cuenta de algo: la misma energía existía aquí, en los bosques de Delwig. Un patrón de sello más fuerte, pero similar.

Se giró hacia Damien, con los labios curvados en una sonrisa sombría. —¿Sabes lo que significa perder todo lo que amas y te importa, muchacho? ¿Ver cómo el mundo se desmorona porque no actuaste lo bastante rápido?

Damien no respondió.

Ivaan conocía su respuesta. Después de todo, sabía del trasfondo de Damien como el hijo exiliado de la familia Terrace.

El heredero caído de la familia, de quien se pensaba que había muerto hacía tiempo, y algunos incluso especulaban que su talento le había sido concedido a su hermano gemelo.

Casi todo Shirefort sabía de esto, y el que Ivaan viniera de Shirefort solo le sirvió a Damien para entender cómo había llegado a conocer su trasfondo.

Eso aún no explicaba cómo sabía Ivaan que era él, pero al menos explicaba cómo conocía la historia.

Ivaan continuó, con la voz temblorosa pero resuelta.

—¡¿Rompiendo el sello?! —ladró Damien—. ¡Matarás a todos en Delwig! Borrarás la ciudad de la faz de la tierra.

La respuesta de Ivaan llegó en un susurro gélido: —Si puedo romper este sello y controlar a la entidad que hay dentro, podré vengarme de quienes causaron mi destrucción y la de mi ciudad. De quienes abrieron la grieta. Empezaré aquí, usando esta ciudad para anunciar mi regreso.

Fue en ese momento cuando Damien supo que era imposible hacerlo entrar en razón.

Retrocedió débilmente, exhalando entre dientes. Apenas podía caminar, pero se forzó a hacerlo.

Su núcleo se encendió instintivamente, la Esencia Mágica ardiendo, caliente y azul. —Has perdido la cabeza —masculló—. Así que hasta ahí llegarás para sentirte un salvador.

Ivaan rio roncamente. —Hablas como si fueras diferente. Solo tienes miedo de admitir lo que eres: otra arma construida para destruir.

Damien no respondió. La verdad caló más hondo de lo que quería admitir.

El suelo se agrietó bajo ellos mientras el resto de la energía de Ivaan se reunía en una esfera condensada sobre su palma. —Acabaré con esto, Damien —dijo el General, con la voz quebrada—. Y si para ello debo acabar contigo… ¡que así sea!

La explosión de poder que siguió envió una onda de choque que arrasó el claro. Damien apenas logró protegerse con esencia de sombra, y sus botas derraparon por la tierra.

Podía sentirlo: a su cuerpo le quedaban las últimas reservas. La lucha, la persecución, el interrogatorio y ahora esto… le habían consumido más resistencia de lo que se había dado cuenta. Pero peor era la verdad que le corroía el pecho: no podía matar a Ivaan. No sin perderse a sí mismo por completo.

Aun así, no le quedaba otra opción.

Le susurró a su Sistema: —Convierte tres cuartas partes de mi Fuerza Vital restante en Esencia Mágica.

El ya tan familiar panel apareció en su campo de visión.

«¡Convirtiendo 33 450 unidades de Fuerza Vital en Esencia Mágica!»

«¡+334 500 unidades de Esencia Mágica!»

La oleada lo golpeó como un rayo. Le ardieron las venas, su corazón vaciló y, por un fugaz segundo, su visión se tornó blanca y borrosa. Pero entonces… poder. Poder en bruto, sin filtrar, asfixiante. Su aura se expandió hasta que el propio aire pareció ceder.

Ivaan se quedó paralizado a medio paso, y la incredulidad parpadeó en su rostro. —Esa… esa cantidad… —Parpadeó, con los ojos como platos—. No eres humano.

La expresión de Damien no cambió. —Quizá ya no.

Levantó una mano, y la energía a su alrededor se arremolinó en una corona de intensa luz azul que crepitaba y chillaba como una llama viviente.

Por primera vez, Ivaan vaciló. Pero su vacilación se convirtió rápidamente en codicia. Su expresión se transformó en algo feral. —Así que así es como lo has estado haciendo… Tu núcleo puede contener tanto poder.

Deshizo su propio hechizo y se abalanzó sobre Damien como un depredador. —¡Entonces lo tomaré para mí!

Se movió más rápido de lo que la mayoría de los ojos podían seguir. Pero Damien ya había previsto el movimiento. Pivotó ligeramente, dio un paso al lado y adelantó la palma de la mano.

Por un instante, sus energías chocaron: dos tormentas en colisión. La explosión resultante arrancó el suelo, agrietó los árboles y lanzó a ambos hombres hacia atrás. El abrigo de Damien quedó hecho jirones por la fuerza; el brazo de Ivaan colgaba inerte y sangrando, pero aun así, el hombre no paraba de reír.

—Ya no puedes detenerlo —escupió Ivaan, mirando de reojo a la Puerta—. ¡Los sellos se están rompiendo! ¡Aunque muera aquí, ya es demasiado tarde!

La mirada de Damien se desvió hacia la Puerta y, en efecto, las grietas carmesí habían crecido, y una luz tenue se filtraba a través de ellas como si algo en su interior estuviera respirando.

Apretó los dientes. Ya no podía contenerse más.

—Sistema —dijo con voz rasposa—, invoca a la sexta Bestia Mítica.

«Invocando una Bestia Mítica aleatoria…»

«¡-258 000 unidades de Esencia Mágica!»

Las palabras resonaron en su mente e, inmediatamente, el mundo pareció aquietarse. Un pesado silencio reemplazó al caos, como si el propio bosque estuviera conteniendo la respiración. Entonces, con un crujido ensordecedor, un portal azul se abrió ante él.

El viento arrasó el claro. El olor a ozono llenó el aire. Aquila, Fenrir, Luton… todos ellos habían sido titanes por derecho propio, pero este portal se sentía diferente. La esencia que se filtraba de él no era solo poder, era propósito. Algo antiguo. Algo que elegía a su portador.

Ivaan detuvo su avance, protegiéndose los ojos del resplandor. —¿Qué estás…, qué estás invocando, Damien?!

Damien no respondió. Sus rodillas casi cedieron mientras la Invocación drenaba la poca energía que le quedaba, con su Fuerza Vital parpadeando como una vela en el viento.

Miró fijamente el círculo brillante que flotaba en el aire, esperando otro coloso: un sabueso imponente, un dragón o tal vez incluso un fénix. Algo que estuviera a la altura de la cantidad de esencia que acababa de gastar.

Pero el portal no se ensanchó. Siguió siendo pequeño, de apenas un metro de diámetro. La luz se atenuó hasta convertirse en un pulso constante y, desde su interior, algo se movió.

Una silueta tenue. Pequeña. Esbelta. Casi humanoide.

El aire se aquietó. Incluso el retumbar de la Puerta pareció vacilar.

La mano de Damien se apretó instintivamente alrededor de su arma. El sudor le corría por la sien. Lo que fuera que estuviera saliendo no era enorme, pero la presión que emanaba de ello era asfixiante.

Ivaan dio un cauto paso atrás, con sus instintos gritándole a pesar de su arrogancia. —¿Qué… qué es eso?

La respuesta llegó en silencio. El portal azul se onduló una vez, y el leve sonido de un latido resonó por el claro; uno tan pesado que el suelo se agrietó bajo sus pies.

Los labios de Damien se separaron con incredulidad al sentirla: una resonancia. El mismo tipo de energía que la propia Puerta exudaba, pero no era malévola. Equilibrada. Controlada.

Relámpagos azules crepitaron a través del círculo, iluminando la pequeña forma en su interior.

No podía decir si había obrado un milagro o cometido un error.

—Vamos —susurró, con la voz ronca—. Por favor, que valga la pena.

El portal palpitó una vez más, más brillante que nunca, hasta que el claro entero fue engullido por su luz.

Y entonces…

Un único paso resonó cuando el ser de su interior por fin lo cruzó.

Damien apenas logró levantar la cabeza. La expresión de Ivaan estaba congelada entre el asombro y el terror.

Lo que fuera que emergió era pequeño —de estatura infantil—, pero la sombra que proyectaba se extendía por todo el claro, vasta e infinita. Sus ojos se abrieron, brillando con un rojo y negro serenos e infinitos.

Damien exhaló de forma temblorosa, con cada nervio gritando por el esfuerzo.

Susurró las únicas palabras que su mente pudo articular.

—… Tienes que estar de broma.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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