Destino equivocado - Capítulo 10
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10: capitulo 10:El juicio de los espíritus 10: capitulo 10:El juicio de los espíritus Adriel caminaba rápido por los pasillos, todavía ansioso y confundido por lo ocurrido en el Salón Sagrado.
Las miradas de los estudiantes lo recorrían de pies a cabeza, curiosas, temerosas, susurrantes.
No le importó.
Solo tenía una cosa en mente: encontrar a Aisha.
Mientras tanto, Aisha avanzaba decidida hacia su habitación.
Necesitaba contarle todo a Estela, ordenar sus pensamientos, entender qué acababa de despertar en ella.
Pero antes de llegar, una presencia incómoda la obligó a detenerse.
Hades Valdemar apareció a su lado, observándola de reojo.
—No podrías ser más rara —dijo con una sonrisa torcida—.
Una Ravenwood… pensé que serías mejor en esto.
Pero parece que solo eres otra de esas raritas sin valor.
Aisha se giró lentamente, con los ojos encendidos.
—Déjame en paz —escupió—.
¿No te bastó con que te humillara el otro día?
El gesto de Hades se endureció.
—Eso no fue una humillación —respondió—.
Fue una tontería.
Algo que se olvida.
Te juro que yo te— No terminó la frase.
De pronto, una mano firme tomó el brazo de Aisha y la apartó de él.
Adriel había aparecido detrás, su expresión seria, peligrosa de una forma distinta a la de su hermana.
Miró a Hades sin interés alguno.
—Lo que sea que esté pasando entre ustedes dos —dijo con voz fría— me importa una mierda.
Luego se volvió hacia Aisha.
—Vámonos.
El director nos espera.
Sin darle oportunidad a Hades de responder, Adriel la guió lejos de allí.
Y por primera vez, Aisha sintió que no estaba sola en esa noche que había cambiado todo.
Mientras caminaban por los pasillos, Aisha rompió el silencio.
—¿Tú también obtuviste tres dones?
—preguntó, mirándolo de reojo.
Adriel asintió despacio.
—Sí.
Y no sé por qué… pero presiento que esto es un peligro para el colegio.
Hay algo que no encaja.
Siento que el director nos oculta cosas.
Aisha frunció el ceño.
—Podríamos investigar más adelante.
Son nuestros primeros días y ya estamos causando demasiado revuelo.
—Tienes razón —respondió Adriel—.
Pero camina más rápido.
No quiero seguir con esta sensación… parece una pesadilla.
Aceleraron el paso hasta llegar frente a la sala del director.
Las puertas se abrieron solas y, al entrar, el director Enzo los observó con gravedad.
—Por favor, siéntense.
Ambos obedecieron.
El director comenzó a caminar de un lado a otro de la sala, como si buscara las palabras correctas.
Finalmente habló: —Esto es extremadamente peligroso.
Son muy jóvenes y no están preparados para cargar tanta magia.
Tener tres dones, controlarlos y manipularlos… puede destruirlos.
Y no solo a ustedes.
También al equilibrio de la academia.
Aisha y Adriel intercambiaron una mirada inquieta.
—El comité y yo —continuó— hemos tomado una decisión preliminar: retirarles los dones.
El aire se volvió pesado.
—Pero —añadió— no lo haremos sin antes consultar a los espíritus encargados de otorgarlos.
Mañana por la mañana tendremos una respuesta.
Si aceptan… o no.
Aisha no pudo evitar hablar.
—¿Por qué sería tan malo usarlos?
¿Qué ocurriría si los utilizáramos?
El director la miró con seriedad absoluta.
—Sería devastador.
Existen rituales antiguos para sellar y retirar dones excepcionales, pero incluso esos rituales son peligrosos.
Tres dones en una sola persona rompen las leyes de la academia… y ustedes son los primeros en décadas en manifestarlos la misma noche.
Adriel no dijo nada.
Solo miró a Aisha, claramente preocupado.
—Por ahora —continuó el director—, regresen a sus habitaciones.
No usen sus dones.
No los fuerzen.
Descansen.
Al amanecer, sabrán la decisión final.
Los hermanos se levantaron y caminaron hacia la puerta.
Justo antes de salir, Adriel escuchó al director murmurar, casi para sí mismo: —Si esto se descontrola… el colegio entero podría pagar el precio.
Aisha no lo oyó; estaba demasiado nerviosa.
Adriel guardó esas palabras en silencio.
Y juntos abandonaron la sala, sin saber que ya nada volvería a ser normal.
Esa misma madrugada, cuando la academia dormía y el silencio pesaba más que nunca, el director Enzo descendió solo a la Cámara de Invocación.
Era un lugar antiguo, anterior incluso a la fundación de la escuela.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos erosionados y nombres que nadie se atrevía ya a pronunciar.
En el centro de la sala, trazó un círculo con polvo de obsidiana y sal blanca, y encendió siete velas negras.
—Que los custodios del don escuchen —murmuró—.
Que los espíritus del fuego y del umbral respondan.
El aire se volvió helado.
Las velas temblaron… y una a una se apagaron, excepto dos: una dorada y una negra.
Las sombras comenzaron a moverse por las paredes como si tuvieran vida propia.
Entonces, las voces llegaron.
No una, sino muchas.
Superpuestas.
Antiguas.
Furiosas.
—¿POR QUÉ NOS LLAMAS?
—NO TE CORRESPONDE DECIDIR.
—EL FUEGO YA ELIGIÓ.
El director cayó de rodillas, con dificultad para respirar.
—He venido a preguntar —dijo con voz firme, aunque temblaba—.
¿Debo retirarles los dones a los hermanos Ravenwood?
El círculo vibró violentamente.
El fuego negro se elevó como una columna viva.
—NO.
—QUITARLOS SERÍA TRAICIÓN.
—ROMPERÍAS EL PACTO ANTIGUO.
La llama dorada brilló con fuerza, casi cegándolo.
—PERO TENERLOS TAMBIÉN ES PELIGROSO —susurró una voz más profunda—.
—EL EQUILIBRIO EXIGE UN PRECIO.
El director apretó los dientes.
—¿Qué precio…?
Hubo un silencio absoluto.
Luego, las voces hablaron al unísono: —ELLOS SERÁN LA SALVACIÓN.
—CUANDO EL VELO CAIGA.
—CUANDO LAS SOMBRAS CRUCEN.
La llama negra se contrajo.
—PERO UNO DE LOS DOS DEBERÁ MORIR.
El corazón del director se detuvo por un instante.
—¿Cuál…?
—susurró.
El fuego estalló con violencia, apagándose de golpe.
—ESO AÚN NO HA SIDO DECIDIDO.
—EL DESTINO OBSERVA.
—NO INTERFIERAS.
Las sombras se disiparon.
El círculo quedó inerte.
El director permaneció en el suelo, temblando, con una sola certeza clavada en el alma: No debía quitarles los dones.
Y el futuro… ya había comenzado a cobrarse su precio.
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