Destino equivocado - Capítulo 14
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
14: capitulo 14:Aisha frente a julieta 14: capitulo 14:Aisha frente a julieta Elizabeth respiró hondo y dio un paso atrás.
—Bueno… chicas —dijo, forzando una pequeña sonrisa—.
No me siento muy bien ahora.
Las veo luego, en clase de Potencias de Hechizos.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se alejó por el pasillo.
Su andar era tranquilo, pero había algo en sus hombros tensos que delataba tristeza.
Estela se acomodó los lentes y chasqueó la lengua.
—¿Viste eso?
—dijo—.
Dramático nivel novela mágica.
Algo le pasa, y no es cualquier cosa.
Aisha frunció el ceño.
—¿Qué crees que sea?
Estela se inclinó un poco hacia ella, bajando la voz como si compartiera un secreto prohibido.
—Yo creo que Elizabeth está enamorada del tonto de tu hermano.
—Hizo una pausa y añadió—: Y el tonto de tu hermano no se da cuenta de absolutamente nada.
Nunca.
Aisha suspiró.
—Lo sé… yo también lo noté.
—Miró en la dirección por donde Elizabeth había desaparecido—.
Y lo peor es que Elizabeth es una persona increíble.
Única.
Bella, inteligente, leal… Adriel no sabe lo que se está perdiendo.
Estela asintió con firmeza.
—Totalmente.
Aisha entrecerró los ojos, pensativa, y de pronto una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—¿Y si lo averiguamos ahora mismo?
Estela la miró intrigada.
—¿Cómo piensas hacer eso?
—¿Cómo piensas hacer eso?
Aisha se encogió de hombros con naturalidad.
—Muy fácil.
Mis espíritus son mis amigos.
Conozco un pequeño hechizo.
—Bajó la voz—.
Esta noche les pediré que vigilen los pensamientos de Elizabeth… y de paso, los de la serpiente venenosa de Julieta.
Los ojos de estella se abrieron de par en par.
—Guau.
Eso es increíble.
—Sonrió—.
Bueno, tus tres dones son increíbles, pero ese… ese me encanta.
Aisha soltó una pequeña risa.
—Entonces está decidido.
Estela se levantó y estiró los brazos.
—Pero antes, vamos por un café.
Tanto drama me está volviendo loca.
Ambas rieron y se alejaron tomadas del brazo, rumbo a la cafetería mágica, sin saber que lo que estaban a punto de descubrir cambiaría por completo la forma en que veían a Adriel… y a Julieta.
Al otro lado del patio, Adriel compartía un picnic con Julieta.
El ambiente parecía tranquilo: mantas extendidas sobre el césped, frutas cortadas con cuidado, risas suaves que fingían naturalidad.
Hablaban de cosas simples, de clases, de profesores, de lo que suelen hablar las parejas cuando todo aún parece fácil.
Julieta jugueteó un momento con una uva entre los dedos antes de mirarlo fijamente.
—Ahora que somos pareja —dijo con voz dulce—, hay algo que quiero pedirte.
Adriel sonrió, relajado.
—Claro.
¿Qué deseas?
—preguntó—.
Sabes que puedes decirme lo que sea.
Julieta inclinó un poco la cabeza y sonrió, como si dudara.
—Es un capricho… pero importante para mí.
—Dime —respondió él sin sospechar nada.
Ella respiró hondo.
—Quiero que dejes de ser amigo de Elizabeth.
El aire cambió.
Adriel parpadeó, confundido.
—¿Qué…?
¿Elizabeth?
Pero si solo somos amigos.
Julieta suspiró, bajando la mirada.
—Lo sé.
Sé que no hay nada entre ustedes —dijo—.
Pero ahora que somos pareja, me incomoda que tengas amigas mujeres.
—Hizo una breve pausa—.
A Estela ni la menciono, vive en otro mundo… no es una rival para mí.
Adriel frunció ligeramente el ceño.
—Es raro que me pidas eso —admitió—.
Elizabeth y yo nunca hemos sido más que amigos.
Tú y yo somos pareja, eso es distinto.
Julieta alzó la mirada.
Sus ojos brillaban, cargados de una tristeza cuidadosamente medida.
—Lo entiendo… de verdad —susurró—.
Pero tú eres mi novio.
—Se acercó un poco más—.
Y cuando quieres a alguien, quieres sentir que es solo tuyo.
La duda atravesó a Adriel como una sombra.
Algo dentro de él se tensó, pero no supo ponerle nombre.
—Está bien… —dijo al final, inseguro—.
Lo intentaré.
Todo por ti.
Julieta tomó su mano con suavidad.
Sonrió.
Pero no era una sonrisa de alivio.
Era una sonrisa de victoria Semanas pasaron, y para Aisha los espíritus se habían vuelto casi una compañía constante.
Le hablaban con naturalidad, como viejos conocidos, pero esta vez sus voces no eran tranquilas.
Le advirtieron sin rodeos: las intenciones de Julieta no eran buenas, y Elizabeth… Elizabeth estaba sufriendo en silencio.
Un día, mientras Aisha estudiaba para una prueba de hechizos —aunque era excelente, la ansiedad nunca la abandonaba del todo—, un sonido la hizo detenerse.
Un sollozo.
Suave, ahogado.
Venía del baño de mujeres.
Aisha cerró su libro lentamente y se levantó, siguiendo el sonido hasta una de las puertas cerradas.
Se acercó con cuidado.
—Hola… —dijo en voz baja—.
¿Quién está ahí?
¿Estás bien?
Hubo un silencio breve, como si la persona al otro lado dudara.
—Aisha… —respondió una voz quebrada.
Aisha reconoció la voz al instante.
El corazón se le apretó.
—¿Elizabeth?
—preguntó, alarmada—.
Elizabeth, ¿qué te pasa?
¿Estás bien?
La puerta se abrió apenas un poco.
Elizabeth estaba sentada en el suelo, con los ojos rojos, las manos temblorosas y el maquillaje corrido.
Intentó sonreír, pero no lo logró.
—No… no pasa nada —murmuró—.
Solo estoy cansada.
Aisha se arrodilló frente a ella sin pensarlo.
—No me mientas —dijo con suavidad, pero firme—.
Te conozco.
Esto no es solo cansancio Elizabeth apretó los labios.
Sus ojos se llenaron otra vez de lágrimas.
—Él ya no me habla —susurró—.
Me evita… como si yo hubiera hecho algo terrible.
Y no entiendo qué hice mal.
Aisha sintió un nudo en el estómago.
Las palabras de los espíritus resonaron en su mente.
—Elizabeth… —dijo, tomando sus manos—.
Tú no hiciste nada mal.
Nada.
Elizabeth soltó un sollozo, esta vez sin intentar contenerlo.
—Yo solo quería seguir siendo su amiga —confesó—.
Eso era todo.
Aisha la abrazó con fuerza, cerrando los ojos.
En ese instante lo supo con certeza: esto no era casualidad, ni un malentendido.
Alguien estaba moviendo las piezas.
Y Julieta no era solo una chica celosa… era una amenaza silenciosa.
Las palabras de Elizabeth cayeron como un golpe seco.
—¿Sabes qué es lo peor?
—dijo entre sollozos—.
Julieta… me pegó.
Algo en Aisha se quebró.
No gritó.
No lloró.
Pero sus ojos cambiaron.
—¿Qué te hizo… Que ?
—preguntó despacio, con una calma peligrosa.
Elizabeth asintió, limpiándose las lágrimas con la manga.
—Me advirtió que si no me alejaba de él… —tragó saliva— que tenía que romper todo vínculo con Adriel.
Dijo que si no, haría todo lo posible para que él jamás volviera a hablarme.
Y… —su voz tembló— dijo que podía lastimarme.
Elizabeth bajó la mirada.
—Tengo mucho miedo, Aisha.
Ella es de la Casa del Sol… como yo.
Pero no se siente así.
Es como si fuera del Eclipse.
Oscura.
Fría.
No sé qué hacer.
Aisha se puso de pie lentamente.
—Bien —dijo con voz firme—.
Yo sí sé qué hacer.
Extendió la mano.
—Ven.
Vamos a tu cuarto.
Elizabeth dudó, pero la tomó.
Caminaron juntas hacia la Casa del Sol.
Las miradas no tardaron en clavarse sobre ellas.
Murmullos, susurros, cejas fruncidas.
Un Eclipse entrando al territorio del Sol era algo prohibido.
Pero Aisha no se detuvo.
Ni una sola vez.
Llegaron al cuarto de Elizabeth.
Aisha cerró la puerta con un gesto suave, casi maternal.
—Ahora descansa —dijo—.
No pienses en nada.
Estás a salvo aquí.
Elizabeth la miró, confundida y asustada a la vez.
—¿Pero… tú qué harás?
Aisha sonrió.
No era una sonrisa dulce.
Era una sonrisa antigua, sabia… peligrosa.
—Una verdadera maga —dijo en voz baja— no revela sus trucos.
Se giró hacia la puerta, y antes de salir añadió: —Pero te prometo algo, Elizabeth.
Nadie vuelve a ponerte una mano encima.
Nadie.
Cuando la puerta se cerró, los espíritus susurraron a su alrededor.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com