Destino equivocado - Capítulo 15
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15: capitulo 15:El precio de defender 15: capitulo 15:El precio de defender Aisha caminaba con pasos rápidos y firmes por los pasillos del colegio.
La rabia le hervía en la sangre y apenas sentía el suelo bajo sus pies.
En el camino se encontró con Leo, el hermano de Elizabeth, quien la observó con curiosidad.
—Señorita Aisha, ¿a dónde vas tan rápido?
—preguntó con su típica sonrisa ladeada.
—Leo, no tengo tiempo ahora —respondió sin detenerse—.
¿Sabes que tu hermana está mal?
La sonrisa de Leo desapareció.
—Sí —dijo con seriedad—.
Por culpa de Adriel.
No sé qué le ve a ese tipo… y no te lo digo por ofender, sé que es tu hermano y todo eso del Ravenhood, pero igual.
Aisha se detuvo por fin y lo miró de frente.
—¿Quieres acompañarme?
—le dijo—.
Estoy a punto de hacer algo, y quiero que todo el colegio lo vea.
Los ojos de Leo brillaron con interés.
—Por supuesto —respondió con entusiasmo—.
Dame un minuto.
Mientras Leo se encargaba de llamar a los estudiantes, Aisha se dirigió directamente al comedor.
Allí estaban Adriel y Julieta, sentados juntos, comiendo y tomados de la mano como si nada ocurriera.
Cuando Aisha entró, el murmullo comenzó a crecer.
Para ese momento, gran parte del alumnado ya se había reunido.
Leo alzó la voz con una sonrisa peligrosa: —¡Atención!
La señorita Aisha está a punto de hacer algo épico.
Las miradas se clavaron en ella.
Adriel fue el primero en levantarse al verla llegar, notando su expresión furiosa.
—Aisha… ¿qué pasa?
¿Estás bien?
—preguntó preocupado.
—Ahora no es contigo, hermano —respondió ella con frialdad—.
Julieta, querida.
Julieta inclinó la cabeza, fingiendo dulzura.
—Aisha, cuñada… ¿en qué puedo ayudarte?
—Suelta la mano de mi hermano —ordenó Aisha, alzando la voz.
Confundida, Julieta obedeció y dio un paso al frente.
Aisha se acercó lentamente hasta quedar frente a ella.
—Escúchame bien, serpiente venenosa —dijo entre dientes—.
¿Quién te crees para dañar a mis amigos?
Eres una villana barata disfrazada de conejita enamorada.
El comedor entero quedó en silencio.
—Más te vale que no vuelvas a molestar a Elizabeth —continuó—, o te juro que te arrancaré los ojos.
Un murmullo de asombro recorrió a los estudiantes.
Algunos profesores se giraron al escuchar el alboroto.
Entre la multitud, Hades Valdemar observaba en silencio, sorprendido.
Julieta dio un paso atrás y, con voz temblorosa, se hizo la víctima.
—¿De qué hablas?
Yo nunca le hice nada a Elizabeth… Eso fue suficiente.
—¡No me mientas!
—gritó Aisha.
La tomó del vestido y la empujó contra la pared.
—Te vas a disculpar con Elizabeth, quieras o no.
Y sin darle tiempo a reaccionar, Aisha le dio una cachetada.
El sonido seco resonó en todo el comedor.
Julieta, por primera vez, dejó caer la máscara.
—¿Cómo te atreves, estúpida?
—escupió con rabia—.
¿Crees que porque eres una Ravenwood tienes derecho a pegarme?
¿Y todavía te atreves a llamarme por mi apellido?
Aisha la miró con desprecio.
—Entonces eres más estúpida de lo que pensaba.
Se alejó unos pasos, firme, sin miedo.
El silencio se volvió pesado.
Aisha levantó ambas manos y habló con voz clara, fuerte y decidida: —¡Vis!
El hechizo estalló en el aire.
Una oleada de energía pura salió disparada directamente hacia Julieta.
Era un hechizo poderoso, uno que provocaba una explosión mágica capaz de derribar al enemigo y dejarlo inconsciente durante varios minutos Julieta abrió los ojos con horror.
No tenía su varita.
No podía defenderse.
No podía usar magia sin las manos… como Aisha.
La explosión la golpeó de lleno, lanzándola contra el suelo.
Su cuerpo quedó inmóvil.
El comedor entero quedó paralizado.
Aisha bajó lentamente las manos, respirando hondo.
Una leve sonrisa, fría y peligrosa, apareció en su rostro.
En ese instante, Adriel corrió hacia Julieta y se arrodilló junto a ella, desesperado.
—¡¿Cómo te atreves?!
—le gritó a Aisha—.
¿Por qué le hiciste eso?
¡No era la manera!
Aisha lo miró como si no lo reconociera.
—¿No era la manera?
—repitió, con la voz temblándole de rabia—.
¿De verdad eso es lo único que tienes que decir?
Adriel se levantó, aún protegiendo el cuerpo inconsciente de Julieta.
—Aisha, te pasaste.
Esto no tenía que llegar a esto.
Podías haber hablado conmigo.
Aisha dio un paso al frente, los ojos encendidos.
—¿Hablar contigo?
—rió, sin humor—.
¿Cuándo, Adriel?
¿Cuando decidiste dejar sola a Elizabeth?
¿Cuando le diste la espalda?
¿O cuando permitiste que esa cosa la golpeara y la amenazara?
Adriel se quedó en silencio.
—Elizabeth estaba llorando en el baño —continuó Aisha, cada palabra como un golpe—.
Tenía miedo.
Miedo de tu novia.
Y ¿sabes qué es lo peor?
Que ese miedo existe por tu culpa.
—¡No digas eso!
—protestó Adriel—.
Yo no sabía que Julieta… —¡Siempre hay excusas contigo!
—lo interrumpió—.
No viste porque no quisiste ver.
Porque fue más fácil creerle a ella que escuchar a tu amiga.
Que proteger a alguien que te necesitaba.
Aisha apretó los puños.
—¿Sabes cuántas veces Elizabeth te defendió cuando todos dudaban de ti?
¿Cuántas veces confió en ti sin pedir nada a cambio?
Adriel bajó la mirada.
—La hiciste sufrir —dijo Aisha, ahora más baja, más peligrosa—.
Y lo permitiste.
Eso es lo que más me duele.
No que yo haya lanzado un hechizo… sino que tú no hiciste nada cuando aún había tiempo.
—Yo… —intentó decir él.
—No —lo cortó—.
No me hables ahora.
No hasta que seas capaz deaceptar lo que hiciste.
Aisha se dio media vuelta.
—Hoy no fallaste como mago, Adriel —dijo antes de irse—.
Fallaste como persona.
Y como hermano.
Y se fue, dejando a Adriel de pie, rodeado de estudiantes, con Julieta inconsciente a sus pies… y una culpa que por primera vez no podía ignorar.
Aisha caminaba furiosa hacia la Casa del Eclipse.
Sus pasos eran rápidos, desordenados, como si el suelo no pudiera seguirle el ritmo a la tormenta que llevaba dentro.
Sentía el pecho arder, no solo por la rabia contra Julieta, sino por algo que dolía mucho más: Adriel.
—Idiota… —murmuró entre dientes—.
Ciego.
Injusto.
Quería ir directo a su habitación, cerrar la puerta y contarle todo a Estela, desahogarse, gritar si era necesario.
Pero antes de llegar, el aire cambió.
El frío se volvió espeso, familiar.
Los espíritus aparecieron frente a ella, sin forma definida, como sombras suaves flotando en la penumbra.
—Querida —dijeron con voces que parecían venir de muchos tiempos a la vez—, no debiste hacerlo de esa manera.
Aisha se detuvo en seco, respirando con fuerza.
—¿Defender a Elizabeth?
—respondió con rabia contenida—.
¿Eso fue un error?
Los espíritus se miraron entre sí, si es que eso era posible.
—Él es tu hermano —continuaron—.
Había otras formas.
Más astutas.
Más silenciosas.
Aisha apretó los puños… y luego, lentamente, los soltó.
—Tal vez —admitió—.
Pero no me arrepiento.
Hubo un breve silencio.
—Estamos orgullosos de ti —dijeron entonces—.
Actuaste desde la lealtad.
Desde la protección.
Aisha sonrió apenas, cansada.
—Gracias… —susurró—.
De verdad.
Todo esto me tiene agotada.
Mi hermano, Julieta, Elizabeth… el colegio entero parece una mentira mal construida.
Su expresión cambió.
Sus ojos se oscurecieron —Pero hay algo que no deja de perseguirme —añadió—.
La puerta roja.
Desde hace meses.
Desde siempre.
—¿Cuándo me dirán qué hay detrás?
Los espíritus quedaron en completo silencio.
Un silencio distinto.
Pesado.
—Podrás descubrirlo hoy —dijeron por fin—.
Esta misma noche.
Aisha levantó la cabeza de golpe.
—¿Hoy?
—Sí.
Pero no irás como eres ahora.
Deberás llevar tu varita… y vestir ropa de hombre.
Aisha frunció el ceño, confundida.
—¿Ropa de hombre?
¿Por qué?
¿Qué hay ahí?
Las voces se suavizaron, pero no se volvieron menos serias.
—Nosotros te guiaremos.
Te daremos protección y sabiduría.
—Pero lo que hay tras la puerta roja… no debe reconocerte.
Aisha tragó saliva.
Algo dentro de ella le decía que, después de esa noche, nada sería igual.
—Está bien —dijo al fin—.
Me prepararé.
Los espíritus comenzaron a desvanecerse.
—Prepara tus hechizos, Aisha Ravenwood —susurraron—.
—Esta noche, la verdad dejará de esconderse.
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