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Destino equivocado - Capítulo 17

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17: capitulo 17:preocupación de estela 17: capitulo 17:preocupación de estela —Te ayudaré —dijo Aisha con firmeza.

Josué la miró sorprendido y luego sonrió, apenas—.

Gracias… pero ¿cómo?

—Tendrás que disfrazarte como un mago de mi escuela, al menos por ahora.

Los espíritus podrán decirme dónde está tu hermana… o tendré que averiguarlo yo sola —respondió Aisha, pensativa—.

Pero creo que será mejor esperar hasta mañana, ¿sí?

Llevarte ahora sería demasiado extraño.

Que aparezca un estudiante nuevo al amanecer levantaría sospechas.

Esperaremos hasta la una de la tarde.

Josué asintió, agradecido.

—Sí… claro, supongo.

Aisha lo observó unos segundos más y añadió: —Debes tener hambre.

Traje comida por si acaso.

Abrió su bolso y sacó algunos dulces y una botella de agua.

Josué comió rápido, como si no hubiera probado nada en días.

—Gracias —dijo con una pequeña sonrisa—.

Me encanta esto.

El silencio volvió a envolver la habitación tras la puerta roja.

La luz tenue apenas iluminaba los muros antiguos, y el cansancio terminó por vencerlos.

Aisha se sentó junto a la pared, apoyando la espalda, aún alerta pero con los párpados pesados.

—Descansa —le dijo a Josué con voz suave—.

Aquí estás a salvo… por ahora.

Hablaron en murmullos: de su mundo, de cosas simples, de cómo era vivir sin magia y de lo extraño que era ese colegio incluso para ella.

Las palabras se fueron haciendo más lentas, más escasas, hasta que el sueño los alcanzó sin avisar.

Horas después, Josué despertó primero.

Por un momento olvidó dónde estaba.

Luego recordó todo: el portal, la puerta roja, la hechicera.

Giró levemente la cabeza… y la vio.

Aisha dormía a pocos pasos de él, sentada, con la cabeza apoyada contra la pared.

Su rostro, ahora tranquilo, parecía distinto sin la furia ni la determinación que había mostrado antes.

El cabello caía desordenado sobre sus hombros, y su respiración era lenta, serena, como si el mundo no pesara sobre ella por unos minutos.

Josué la observó en silencio.

No era solo bonita.

Había algo más: una calma extraña, una luz suave que no sabía explicar.

Nunca había visto a alguien así.

Alguien que pudiera crear fuego con la mano… y aun así dormir como cualquier chica de su edad.

Sintió algo apretarle el pecho.

Gratitud, quizá.

Admiración.

O simplemente la certeza de que, sin conocerla de antes, Aisha ya se había convertido en la persona más valiente que había conocido.

Sin querer despertarla, volvió a recostarse.

A la mañana siguiente, la luz del sol se filtró lentamente entre las cortinas de la casa del Eclipse.

Estela abrió los ojos con la sensación de que algo no estaba bien.

Se incorporó despacio y miró alrededor.

—¿Aisha…?

—murmuró.

No hubo respuesta.

La cama estaba intacta, fría, como si nadie hubiera dormido ahí en toda la noche.

Estela frunció el ceño.

Aisha jamás desaparecía sin avisar, no después de todo lo que había pasado últimamente.

Se levantó, revisó el cuarto, el baño, el pasillo.

Nada.

Pasaron las horas.

El desayuno terminó sin ella.

Las clases comenzaron y Aisha no apareció.

Los espíritus no dijeron una sola palabra, y ese silencio pesaba más que cualquier advertencia.

Estela empezó a inquietarse de verdad.

Caminaba de un lado a otro, con los brazos cruzados, mezclando molestia con preocupación.

—Esto no me gusta nada… —pensó.

Finalmente, tomó una decisión.

Buscó a Adriel en el patio principal.

Él estaba con Julieta, riendo como si nada hubiera ocurrido.

Cuando Estela lo vio, apretó los labios y se acercó sin saludar.

—Adriel —dijo con voz tensa—, tenemos un problema.

Adriel la miró sorprendido.

—¿Qué pasa ahora?

—Aisha no está —respondió ella, directa—.

No volvió anoche.

No fue a clases.

No dijo nada.

Y eso no es normal en ella.

El gesto de Adriel cambió apenas un segundo, aunque intentó disimularlo.

—Seguro exageras —dijo—.

Siempre hace cosas raras.

Estela lo fulminó con la mirada.

—No.

Esta vez no.

Y si algo le pasó, será porque tú estabas demasiado ocupado ignorando todo lo que ocurre a tu alrededor.

Se hizo un silencio incómodo.

Estela respiró hondo, más calmada pero claramente preocupada.

—Solo quería que lo supieras —añadió—.

Porque te guste o no… sigue siendo tu hermana.

Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta, dejando a Adriel con una sensación amarga que no supo explicar.

Como Adriel no le prestó atención, Estela decidió contárselo a Elizabeth, pero se detuvo antes de hacerlo.

Todo lo que había pasado últimamente, el daño que Julieta le había hecho, el miedo, la tristeza… sabía que eso podía afectarla aún más.

No quería ser ella quien le agregara otra preocupación.

Suspiró, frustrada.

—No… no a ella —se dijo en voz baja.

Entonces pensó en la única persona que le quedaba.

No le agradaba la idea, para nada.

Leo era bromista, exagerado, y muchas veces parecía no tomarse nada en serio.

Sus chistes solían ser pesados, y casi nunca daban risa.

Aun así, alguien tenía que ayudarla.

No podía quedarse sola con esto.

Así que decidió buscarlo.

Fue al comedor y, como era de esperarse, ahí estaba Leo, rodeado de varias chicas, contando una de sus bromas con gestos exagerados.

Todas reían, aunque Estela rodó los ojos al verlo Respiró hondo.

Hazlo por Aisha, pensó.

Caminó hasta él, le tocó el hombro y dijo con firmeza: —Leo, ¿podemos hablar?

Leo se dio vuelta lentamente, con una sonrisa burlona en el rostro.

—Vaya —dijo con sarcasmo—.

¿Hasta que la digna Estela se digna a hablarme después de tanto odiarme?

Estela cruzó los brazos.

—En serio, Leo —dijo, cansada—.

No empieces con tus bromas.

Leo dejó de sonreír poco a poco al ver la expresión de Estela.

Por primera vez, no hizo ninguna broma.

—…¿Qué pasó?

—preguntó más serio—.

No vienes a buscarme así porque sí.

Estela dudó un segundo, pero luego habló rápido, como si tuviera miedo de arrepentirse.

—Aisha no está.

No apareció en toda la mañana.

No volvió a la casa del Eclipse y nadie la ha visto desde anoche.

Leo frunció el ceño.

—¿Cómo que no está?

—dijo—.

¿Seguro que no está con tu grupo o con tu hermano?

—No —respondió Estela, negando con la cabeza—.

La conozco.

Ella nunca desaparece sin decir nada.

Algo no está bien.

Leo la miró en silencio unos segundos y luego suspiró.

—Está bien —dijo finalmente—.

Dejemos el drama y vamos a buscarla.

Sin decir nada más, comenzaron a recorrer los pasillos del colegio.

Miraron en la biblioteca, en las aulas vacías, en el patio, incluso cerca de la casa del Sol.

Estela preguntaba a cada estudiante que encontraba, pero todos respondían lo mismo: no la habían visto.

Mientras más pasaba el tiempo, más crecía la angustia.

—Esto no me gusta nada —murmuró Estela—.

Aisha nunca falta a clases… nunca.

Leo apretó los labios.

—Si no aparece pronto, esto ya no es una simple desaparición —dijo—.

Y si alguien le hizo algo… —no terminó la frase.

Siguieron caminando por los pasillos, cada vez más rápido, con la sensación de que el colegio, por primera vez, se sentía demasiado grande y demasiado silencioso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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