Destino equivocado - Capítulo 19
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19: capitulo 19:la verdad oculta 19: capitulo 19:la verdad oculta Adriel estaba en la enfermería, esperando a que Julieta despertara después del ataque.
La chica aún no abría los ojos, lo cual lo ponía cada vez más nervioso.
Quería usar su don, pero algo en su interior le decía que no era el momento.
De repente, la puerta se abrió y Estela entró con paso firme.
Al verlo, Adriel preguntó: —¿Qué haces aquí, Estela?
¿Pasa algo?
Ella lo miró de reojo, con una frialdad que le erizó la piel.
—Nada… nada que te importe —dijo con voz gélida.
Adriel supo de inmediato que algo serio ocurría.
—Dime, Estela, ¿qué pasa ahora?
—insistió.
Ella lo observó un momento más, y finalmente respondió: —Ve a verlo tú mismo.
Ve donde está Aisha… a ver si puedes ayudarla.
Confundido, Adriel replicó: —¿Pero de qué hablas?
¿Por qué no me lo dices tú?
Estela suspiró, como si cargara con un secreto demasiado pesado, y antes de irse agregó: —No soy la persona indicada para decírtelo, Adriel.
Así que mejor anda… o esto se pondrá peor.
Con eso, se marchó, dejándolo en un silencio que retumbaba en toda la enfermería.
Adriel dudó por un momento, pero finalmente decidió ir.
Dejó a Julieta inconsciente de lado y salió caminando por los pasillos del colegio hasta llegar a la casa del eclipse.
Tocó la puerta, y Aisha apareció frente a él, sorprendida de verlo allí.
—¿Qué haces aquí?
—dijo ella, fingiendo molestia—.
¿No te dije que no quería volver a verte?
Adriel respiró hondo y respondió: —Sí… no querías, pero Estela me dijo que algo estaba pasando y que fuera a verte.
No entiendo nada… ¿Dónde estabas?
¿Qué pasa?
¿Por qué nadie me dice nada?
Aisha claramente no quería decirle la verdad.
En su mente, ocultaba lo que había pasado: que detrás de la puerta roja había encontrado a un humano, que el director escondía algo más, y todo lo que estaba relacionado con ese misterio.
Pero el don de Adriel se activó.
Sus ojos se tornaron amarillos, y por un instante toda su presencia parecía más intensa.
Luego se apagaron, y él cerró los ojos un segundo antes de abrirlos de nuevo.
—Aisha —dijo con voz firme—, ya dime.
Dime tu secreto.
Mi don… me lo ha dicho.
No sé cómo, pero es efectivo.
Así que me lo dices ahora o me lo dices.
Aisha suspiró, sabiendo que no podía seguir ocultándolo.
—Bien —dijo—, pero no podrás verlo… no por ahora.
Te lo contaré, pero debes ser muy discreto.
Adriel frunció el ceño, confundido.
—Bueno… pero ¿qué tanto secreto?
¿Qué pasa?
Aisha tomó aire, intentando controlar la ansiedad.
—¿Te acuerdas de la puerta roja?
Adriel asintió.
—Sí… —Bueno —continuó Aisha—, fui a ver lo que sucedía allí porque los espíritus me dijeron que era hora.
Ellos me guiaron, me abrieron la puerta… y encontré a un humano.
Los ojos de Adriel se abrieron como platos.
—¿Qué?
¿Un humano?
¿Qué quieres decir con eso?
Aisha respiró hondo y dijo: —Sí… se llama Josué.
Me contó que mataron a sus padres, les quitaron sus corazones y, dependiendo de si eran buenos o malos, los ponían en cada casa para que la magia siguiera creciendo.
Hizo una pausa, dejando que la información calara en Adriel.
—Tengo una teoría —continuó—.
El corazón de los humanos es más fuerte que el de un hechicero.
Su amor, su felicidad, su tristeza, su maldad… todo eso es más poderoso.
Y con eso, el poder y la magia mantienen viva la escuela y, de alguna forma, a toda la ciudad.
Adriel se quedó en shock.
Sus ojos se abrieron y su cuerpo se tensó.
No sabía qué decir.
—¿Cómo es posible?
—susurró, incrédulo—.
Con razón… sentía algo extraño desde el día en que el director… Aisha lo interrumpió suavemente.
—Si quieres saber más… Josué tiene nuestra misma edad y está buscando a su hermana, Antonieta.
A ver si tú puedes descubrir algo.
Adriel respiró hondo y preguntó: —¿Me dejas ver a Josué?
Aisha lo miró, con los brazos cruzados, firme.
—No —respondió—.
Aún estoy molesta contigo.
Además, está durmiendo y no quiero que lo molesten por ahora.
Adriel sonrió con resignación.
—Bueno… si eres así de terca, está bien.
Pero intentaré averiguar todo sobre el paradero de su hermana y tu teoría.
Te avisaré cuando sepa algo.
—Genial, así me gusta —dijo Aisha, con una sonrisa traviesa—.
Ah, y si en verdad quieres que te perdone… dale una disculpa a Elizabeth.
Adriel suspiró, cansado y resignado.
—No ahora… —murmuró—.
Todo el colegio habla de mí.
Todos apoyan a Julieta o a Elizabeth, están divididos.
¿Qué quieres que haga?
Aisha lo miró con firmeza, aunque divertida.
—Bien —dijo—.
Si no te disculpas con Elizabeth, no te dejaré ver a Josué ni averiguarás nada.
Solo lo haré yo.
Adriel frunció el ceño, pero asintió.
—Está bien, lo haré… pero dame un tiempo.
Necesito pensar, ¿sí?
Adiós.
Se dio la vuelta y se marchó, dejando a Aisha sola.
Ella sonrió, complacida.
Sabía que Adriel siempre le hacía caso en todo, y tenía la certeza de que lograría que se disculpara muy fácilmente.
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