Destino equivocado - Capítulo 23
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23: capitulo 23:la grieta entre dos mundos 23: capitulo 23:la grieta entre dos mundos Aisha comenzó a sentirse extraña.
El cansancio la golpeó de repente, como si su cuerpo ya no pudiera sostenerse.
Su visión se volvió borrosa, los sonidos lejanos, distorsionados.
Intentó mantenerse en pie, pero ya no tenía energía.
Y entonces, se desmayó.
—¡Aisha!
—gritaron Elizabeth, Estela, Leo y Adriel al mismo tiempo, corriendo hacia ella.
—¡Despierta, Aisha!
—dijo Estela, sacudiéndola con desesperación.
Leo se agachó rápidamente y la examinó con su don.
Su rostro se tensó al instante.
—Se quedó sin energía —dijo con gravedad—.
Necesitamos darle más o no volverá a su estado normal.
Levantó la mirada hacia Adriel.
—Creo que puedo hacer eso —respondió él, decidido—.
Vamos, llevémosla a su habitación Rápido.
Leo extendió la mano y usó su poder.
El cuerpo de Aisha comenzó a elevarse suavemente en el aire, flotando mientras todos se dirigían a la Casa del Eclipse.
Al llegar, la recostaron con cuidado sobre su cama.
Josué estaba allí, sentado, y al verla inconsciente se levantó de inmediato.
—¿Qué le pasó?
—preguntó, preocupado.
—Hizo algo épico —respondió Leo—.
Siempre ha tenido un aura muy poderosa, pero esta vez fue demasiado… se quedó sin energía.
Josué bajó la mirada, pensativo.
—¿Así funcionan aquí… en su mundo?
—Sí —respondió Estela—.
Por eso es mejor darle energía ahora.
Si no, en pocos días no despertará.
Además, usó magia extrema.
Adriel se acercó lentamente a la cama.
Miró a Aisha dormida, pálida, tan quieta que parecía irreal.
Le tomó la mano y cerró los ojos.
De sus manos comenzó a surgir una luz amarilla, cálida y brillante.
La energía fluyó lentamente, envolviéndola, y entró en el cuerpo de Aisha a través de su respiración.
Estela observó la escena y le susurró a Leo: —¿Crees que la encontrará en el vacío… y la traerá de vuelta con su energía?
Leo no apartó la mirada.
—Tiene que ser así —respondió con firmeza—.
Sin ella… no somos nada.
La luz siguió brillando, mientras el destino de Aisha pendía entre la oscuridad y el regreso.
Elizabeth cerró los ojos e intentó entrar en la mente de Aisha.
Su expresión cambió de inmediato.
—Está muy lejos… —murmuró—.
Su mente está completamente negra.
No piensa nada.
Es como si no existiera allí.
Leo apretó los puños.
—Demonios… Si esto no funciona, el director nos castigará.
Y no será un castigo menor.
Josué se acercó lentamente a la cama y miró a Aisha con preocupación.
—En mi mundo —dijo con voz baja—, cuando una persona se desmaya, despierta en horas… no días.
Estela se puso pálida.
—Eso es terrible… —susurró, nerviosa.
Miró a Adriel, desesperada.
—¿Ya la encontraste?
Adriel frunció el ceño, concentrándose con todas sus fuerzas.
La luz seguía fluyendo desde sus manos, pero algo no estaba bien.
—No… —respondió—.
Algo no me deja llegar a ella.
La luz entra en su corazón, pero ella no está ahí.
Hay algo maligno que la atrapó.
Abrió los ojos, preocupado.
—Vamos a necesitar más recursos.
Yo solo… no podré.
Las palabras cayeron como un golpe.
Estela comenzó a respirar rápido, su cuerpo tembló y el miedo la superó.
—No… no… —murmuró, antes de perder el equilibrio.
Se desmayó.
Leo lo notó de inmediato.
—Genial —dijo con ironía tensa—.
Ahora tenemos dos trabajos.
Gracias.
—¿Alguien puede ayudarme aquí?
—añadió, sin apartar la mirada de Aisha.
Elizabeth se acercó rápidamente a Estela y comenzó a revisarla, mientras la habitación se llenaba de silencio y una sensación oscura se apoderaba del lugar.
Aisha seguía inmóvil.
Y algo, en algún lugar desconocido, no pensaba dejarla ir.
Estela finalmente logró hablar.
Pero no dijo una frase.
Solo un nombre.
—Erevan Blackwood.
El silencio cayó como una losa.
Adriel frunció el ceño, confundido.
—¿Quién es él?
Estela tragó saliva.
Su voz temblaba, pero sus ojos estaban fijos, como si aún viera algo que los demás no.
—No lo sé del todo… pero él dijo algo.
Algo que no deja de repetirse en mi cabeza.
Hizo una pausa.
—No confíes en la luz.
Elizabeth se cruzó de brazos, pensativa.
—¿Es algo maligno?
—No —respondió Estela de inmediato—.
No exactamente.
Y eso es lo peor.
Es un humano.
Un humano que vivió hace muchos años, en una familia obsesionada con el ocultismo: cultos, rituales, magia prohibida, brujería.
Todos escuchaban en silencio.
—Cuando era niño —continuó—, podía ver cosas que los humanos normales no podían.
Sombras.
Grietas entre mundos.
Personas que aún no existían… y muertos que no se habían ido.
Pero nunca pudo usar magia.
Solo observarla.
Adriel apretó los puños.
—Cuando creció, participó en un ritual humano para robar magia.
El ritual salió mal.
No le dio poder… pero rompió algo más grave: la red entre mundos.
Leo abrió los ojos con horror.
—Ahora no pertenece ni al mundo humano ni al mágico —dijo Estela—.
Su cuerpo aún existe, pero su conciencia vaga.
Solo puede manifestarse en sueños, visiones y en estados de debilidad mágica.
Su mirada cayó lentamente sobre Aisha, inconsciente.
—Como ahora.
El aire se volvió más pesado.
—Aisha tiene un aura enorme… y descontrolada —añadió—.
Erevan se alimenta del exceso de energía.
Si ella no despierta, puede atraparla en el vacío.
Respiró hondo.
—Y mientras yo duerma… yo soy la puerta.
Él quiere usarme para tomar ambos mundos.
—No puede ser… —susurró Josué, pálido—.
Yo conozco ese nombre.
Es muy famoso en mi mundo.
Mi familia hablaba de él.
Decían que practicaba brujería… aunque él nunca quiso usarla.
Levantó la mirada, aterrado.
—Decían que el diablo se lo llevó.
Adriel habló por fin: —¿Eso significa que volvió?
—Quizás nunca se fue —respondió Estela—.
Pero es probable que ahora quiera entrar definitivamente al mundo mágico.
Miró a Aisha.
—Y para eso necesita un cuerpo con un aura inmensa… y a alguien que abra el paso.
Elizabeth negó con la cabeza.
—Si lo logra, el equilibrio entre los dos mundos se romperá.
Los humanos empezarán a tener visiones.
La magia dejará de ser un secreto.
Leo no dijo nada.
Pero el miedo en su rostro lo decía todo.
Josué rompió el silencio: —Debemos despertarla ahora.
En todas las historias que mis padres me contaron… Erevan Blackwood nunca miente.
Hizo una pausa.
—Pero jamás dice toda la verdad.
Miró a Aisha, inconsciente.
—Es extremadamente peligroso.
—Es —susurró— el mismo diablo en persona.
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