Destino equivocado - Capítulo 26
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
26: capitulo 26:Amenazas 26: capitulo 26:Amenazas La conversación terminó y cada uno volvió a su respectiva casa.
Isaac regresó a la Casa del Sol, mientras Aisha caminó hacia la Casa del Eclipse, sin imaginar que esa noche marcaría un antes y un después.
Todo parecía en calma.
La luna iluminaba los pasillos, las fogatas ardían con normalidad y el silencio reinaba en el colegio.
Adriel ya dormía profundamente en su habitación cuando, de pronto, un grito desgarrador rompió la quietud.
Adriel abrió los ojos de golpe.
Al instante notó que algo no estaba bien: las luces parpadeaban sin control y las fogatas del pasillo se agitaban como si un viento invisible las empujara.
El fuego crecía y se encogía de forma violenta, antinatural.
Se levantó de un salto.
—Esto no es normal… —murmuró.
Sin perder tiempo, corrió primero hacia la habitación de Leo.
Lo sacudió con fuerza.
—¡Leo, despierta!
Algo está pasando.
Mira el fuego… se mueve demasiado rápido.
Leo abrió los ojos con dificultad, aún medio dormido, pero al ver las llamas danzando de forma errática, su expresión cambió por completo.
—No… esto no es normal —dijo, incorporándose—.
El fuego no se comporta así solo.
Adriel no esperó más y fue directo a despertar a Elizabeth.
—Elizabeth, despierta.
Mira las fogatas… algo anda mal.
Ella se sentó en la cama, observó por unos segundos y frunció el ceño.
—Esto parece un ataque provocado por un don —dijo con voz seria—.
Pero… ¿quién podría estar causando esto?
Entonces abrió los ojos, como si una pieza encajara de golpe.
—Isaac.
Leo negó de inmediato.
—No.
Eso no tiene sentido.
Los dones no atacan a su propio portador.
Él los controla… siempre.
Adriel respiró hondo.
—Aun así, debemos asegurarnos de que esté bien.
Vamos a su habitación.
Los tres caminaron rápidamente por los pasillos hasta llegar a la habitación de Isaac.
Antes de que pudieran tocar la puerta, esta se abrió sola, empujada por una ráfaga de aire.
La escena los dejó sin palabras.
Isaac estaba en el centro de la habitación, con las manos extendidas al frente, sudando y respirando con dificultad.
A su alrededor, los cuatro elementos giraban formando un círculo peligroso: el fuego de las velas crepitaba con furia, el agua del vaso flotaba y se agitaba como si hirviera, la tierra de la maceta se levantaba en fragmentos y el aire entraba por la ventana como un torbellino.
Adriel quedó paralizado.
Leo no supo qué decir.
Elizabeth dio un paso al frente.
—Isaac… ¿estás bien?
¿Qué está pasando?
Isaac levantó la mirada, claramente asustado.
—No lo sé —dijo con la voz temblorosa—.
Los elementos comenzaron a moverse solos… no me obedecen.
Es como si algo los estuviera forzando.
Trato de detenerlos, pero responden cada vez más fuerte.
Siento que quieren atacarme.
El fuego se acercó peligrosamente.
—No sé qué hacer… —susurró.
Adriel reaccionó de inmediato.
—Tranquilo.
No estás solo —dijo con firmeza—.
Te ayudaremos.
Cerró los ojos y extendió las manos al frente.
Una luz protectora surgió de él, formando un escudo que envolvió a Isaac.
Uno a uno, los elementos comenzaron a detenerse, hasta quedar completamente inmóviles.
El silencio volvió a la habitación.
Pero ninguno de los tres pudo ignorar la sensación que quedó flotando en el aire: esto no había sido un simple descontrol.
Algo —o alguien— había despertado.
Los cuatro permanecieron en silencio, completamente atónitos.
Ninguno encontraba palabras para explicar lo que acababan de presenciar.
Entonces ocurrió.
Un humo rojo comenzó a deslizarse por el suelo de la habitación, espeso, antinatural, como si respirara por sí mismo.
El aire se volvió pesado.
Se escucharon pasos, lentos, arrastrados… aunque no había nadie visible.
La puerta se abrió de golpe, sola.
Los elementos alrededor de Isaac volvieron a vibrar, pero esta vez no se atacaban entre sí.
Temblaban como si respondieran a algo más antiguo, más oscuro.
De pronto, una voz resonó en la habitación.
—La batalla final aún no llega… pero cuando lo haga, todos morirán.
La voz se multiplicó.
No era una sola.
Eran muchas, superpuestas, cada vez más fuertes, más cercanas.
Un tono masculino, desgarrador, lleno de odio y burla, retumbó en las paredes.
Elizabeth sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Isaac se llevó las manos a la cabeza.
Leo apretó los dientes.
Adriel reaccionó de inmediato.
—¡Escudo!
—gritó.
Extendió los brazos y una barrera de luz envolvió a los cuatro.
Pero esta vez no fue suficiente.
El humo rojo comenzó a filtrarse por las grietas del escudo, reptando como una herida viva.
Las paredes parecían manchadas de sangre, como si el propio colegio estuviera sangrando.
Las luces parpadearon con violencia, hasta volverse casi insoportables.
—Adriel… —dijo Leo, con la voz tensa—.
Creo que esto ya nos supera.
Tenemos que llamar a tu hermana.
Ella ha visto cosas así antes.
Esto no es normal.
Elizabeth asintió rápidamente.
—Hazlo.
Ahora.
Leo no lo dudó.
Salió corriendo de la habitación y atravesó los pasillos como nunca antes.
El fuego seguía descontrolado, el aire vibraba, y el colegio parecía contener la respiración.
Llegó a la Casa del Eclipse y empujó la puerta con fuerza.
—¡Aisha!
Aisha despertó sobresaltada.
Estela también se incorporó de golpe.
—¿Qué pasa?
—preguntó Aisha, aún desorientada.
Leo respiraba agitadamente.
—Tienes que venir ahora.
Algo… algo nos está atacando.
No es un don común, no es un hechizo.
Son voces.
Espíritus… o algo peor.
Aisha frunció el ceño al instante.
—¿No será Erevan Blackwood?
Leo negó, desesperado.
—No tengo la maldita idea de qué es, pero si no vienes, esto va a terminar en un caos.
Como la última vez.
Por favor.
Aisha no dijo nada más.
Se levantó de inmediato.
—Estela, vienes conmigo.
Estela, aún con sueño, se puso sus lentes y asintió sin protestar.
Algo en el aire ya le advertía que aquello no era una simple emergencia.
Las dos salieron corriendo junto a Leo hacia la Casa del Sol, sin saber que estaban a punto de enfrentarse a algo que no solo amenazaba el colegio…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com