Destino equivocado - Capítulo 3
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3: capitulo 3:noche de elección 3: capitulo 3:noche de elección En cuanto el carruaje se detuvo frente a las enormes puertas de la academia, el murmullo se alzó como un susurro colectivo.
Decenas de estudiantes aguardaban afuera, formando pequeños grupos silenciosos, observando con descaro cada carro que llegaba.
Algunos señalaban.
Otros simplemente miraban, reconociendo apellidos incluso antes de que las puertas se abrieran.
Los guardias de la academia, vestidos con armaduras negras grabadas con runas antiguas, avanzaron de inmediato.
Se inclinaron con respeto y abrieron la puerta del carruaje.
Primero descendió Lucius Ravenwood, erguido, impecable.
Luego Aida, elegante y severa, con los ojos brillantes de orgullo contenido.
Finalmente, Aisha bajó con paso firme, seguida de Adriel, que observó el lugar con atención silenciosa.
—Es un honor recibirlos —dijo uno de los guardias, inclinando la cabeza—.
Como pueden ver, esta es la Academia de Preparación de Magos de Primera Clase.
Esbozó una sonrisa medida.
—No tengo dudas de que sus hijos se convertirán en algunos de los mejores magos que hayan cruzado estas puertas.
Aida respondió con una sonrisa segura.
—Estoy convencida de ello —dijo—.
No dudo ni un solo instante de mis hijos.
Créame.
—Muy bien —continuó el guardia—.
Por favor, despídanse de ellos.
Permanecerán aquí durante varios meses.
En las vacaciones podrán regresar a casa.
Las normas ya les han sido enviadas.
Lucius asintió, satisfecho.
—Perfecto.
Se apartó del guardia y se acercó a Aisha y Adriel.
Su voz se volvió más grave, más íntima.
—Hijos —dijo—, necesito que se comporten como lo que son.
Ravenwood no es un apellido cualquiera.
Los observó con orgullo.
—Estoy seguro de que serán grandes magos y que pertenecerán a la casa que les corresponde.
Harán que todos hablen de su magia.
Aisha fue la primera en despedirse.
Lo abrazó con firmeza, sin titubeos.
Adriel hizo lo mismo, algo más contenido.
Lucius sonrió y volvió al carruaje.
Aida dio un paso al frente, visiblemente emocionada.
—Mis niños… —susurró—.
Cómo han crecido.
Les tomó el rostro con ambas manos.
—Ustedes nos superarán.
Serán mejores que nosotros.
Si ya hacen magia solo con mover las manos, imaginen lo que aprenderán aquí.
Cuídense, honren nuestro apellido… y no olviden quiénes son.
Los abrazó con fuerza.
—Te extrañaré mucho, madre —dijo Adriel en voz baja.
—Yo también —añadió Aisha, sin apartarse.
Aida respiró hondo y se recompuso.
—Recuerden algo —dijo con firmeza—: aquí no importa si eres bueno o malo.
Importa la astucia.
Nunca lo olviden.
Aisha sonrió, una sonrisa cargada de seguridad y poder.
—Eso lo tengo claro, madre.
Miró a Adriel.
—¿Verdad?
Él bajó la mirada.
—Claro… claro.
Aida asintió satisfecha.
—Muy bien.
Nos veremos pronto.
Luego se dio la vuelta y subió al carruaje sin mirar atrás.
Las ruedas comenzaron a moverse.
Aisha y Adriel quedaron allí, frente a la academia, mientras las enormes puertas se alzaban lentamente ante ellos.
El verdadero comienzo acababa de llegar.
Apenas cruzaron la entrada principal, los guardias comenzaron a guiarlos por el amplio corredor de piedra negra.
Antorchas flotantes iluminaban el camino con una luz verdosa, y símbolos antiguos parecían moverse lentamente sobre las paredes, como si la academia misma los estuviera observando.
Aisha avanzaba con la mirada encendida, absorbiendo cada detalle.
Aquello era exactamente como lo había imaginado… o incluso mejor.
Adriel, en cambio, caminaba con los hombros ligeramente tensos.
Su mirada se perdía entre las sombras altas del techo, y había algo en su expresión que no era miedo, sino un desánimo silencioso.
No tardaron en escucharse los murmullos.
—Mira quiénes son… —La familia Ravenwood.
—Dicen que son los magos más poderosos… y los más malvados.
—Nunca había visto estudiantes tan jóvenes aquí.
—Son iguales a sus ancestros, seguro.
Aisha captó cada palabra.
Lejos de incomodarla, los susurros la alimentaban.
Una sonrisa lenta y orgullosa se dibujó en su rostro mientras caminaba con la cabeza en alto.
Entonces se volvió hacia Adriel.
—¿Ves?
—murmuró—.
Nuestro apellido aquí es una leyenda.
Sus ojos brillaron con determinación.
—Por eso tú y yo debemos honrarlo.
Nada de amabilidad innecesaria.
Bueno… quizá un poco, pero necesito que— Adriel la interrumpió con voz baja.
—Perdón, Aisha, pero… —dudó— no me gustan estos lugares.
Ella frunció apenas el ceño.
—¿Por qué no?
Adriel miró a su alrededor: los estudiantes observándolos, las sombras, la piedra antigua.
—Son… aterradores —admitió—.
Todo aquí suena como si algo estuviera esperando que cometamos un error.
Aisha lo observó en silencio durante un segundo.
Luego sonrió, pero esta vez no fue una sonrisa cálida.
—Eso es lo que los hace perfectos —dijo—.
Solo los fuertes sobreviven aquí.
Adriel no respondió.
Continuó caminando a su lado, mientras la academia cerraba lentamente sus puertas detrás de ellos, sellando su entrada… y su destino.
El Gran Salón era aún más imponente de lo que Aisha había imaginado.
Columnas altísimas se alzaban hasta perderse en la oscuridad del techo encantado, donde constelaciones mágicas giraban lentamente.
Dos grandes sectores se extendían a cada lado del salón, separados por un pasillo central de piedra pulida.
A la izquierda, la Casa del Eclipse: tonos oscuros, miradas frías, presencia dominante.
A la derecha, la Casa del Sol: luz dorada, rostros abiertos, una calma que parecía casi irreal.
Aisha y Adriel eran los únicos que avanzaban por el centro.
El murmullo creció a su alrededor.
Algunos estudiantes observaban con asombro.
Otros bajaban la mirada, con temor.
Otros susurraban nombres y linajes que parecían leyendas.
Aisha caminaba con la espalda recta, disfrutando cada segundo.
Sin embargo, por primera vez, algo logró distraerla.
Giró ligeramente el rostro hacia la derecha.
La Casa del Sol.
Estudiantes de semblante amable, risas suaves, una energía distinta.
Y entonces… lo vio.
Un chico alto, de cabello rubio y ojos azules.
No apartó la mirada cuando ella lo observó.
Al contrario.
Sus ojos se suavizaron, como si la reconociera sin conocerla.
No había temor en su expresión, solo… interés.
Algo parecido al asombro.
Se miraron apenas unos segundos.
Pero para Aisha, fue demasiado.
Bajó la mirada, sintiendo un calor extraño subirle al rostro.
Adriel lo notó al instante.
—Qué irónico —murmuró con una sonrisa ladeada—.
Tú diciéndome que no debo mirar a nadie ni ser amable con los de la Casa del Sol… y mírate.
Aisha le dio un empujón leve en el brazo.
—Cállate.
—Ni siquiera voy a atreverme a hablar con ese tal chico que dices —añadió él, burlón.
Aisha no respondió.
Aceleró el paso.
Adriel soltó una risa baja y siguió caminando… hasta que algo captó su atención.
En una de las esquinas del salón, casi fundida con las sombras, había una chica de cabello negro y ojos verdes.
Llevaba delineado oscuro y ropa negra, como si ya perteneciera al Eclipse incluso antes de ser elegida.
Ella lo miró apenas un segundo… y luego se dio la vuelta.
Cuando pasó a su lado, sus miradas se cruzaron de nuevo.
Fue rápido.
Demasiado rápido.
Pero suficiente.
Aisha lo vio.
—Vaya… —murmuró, inclinándose hacia él—.
Parece que no soy la única que mira hacia el otro bando, ¿eh?
Adriel desvió la mirada, fingiendo indiferencia.
—No digas tonterías.
Pero Aisha sonrió.
Porque por primera vez, algo no estaba bajo su control.
Y el ritual de selección aún no había comenzado.
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