Destino equivocado - Capítulo 39
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39: capitulo 39:Anillo 39: capitulo 39:Anillo líquido plateado volvió a agitarse.
La esfera de memoria se abrió por segunda vez.
El salón era distinto.
Más íntimo.
Más oscuro.
Ada y Gael estaban solos.
Y esta vez… no había testigos.
—Si quieres casarte conmigo —dijo Ada con la voz firme pero temblando de furia—, no voy a permitir que una amiga, una duquesa sinvergüenza que roba maridos, venga a destruir mi casi matrimonio.
Gael apretó la mandíbula.
—Ada, tu ambición es tan grande que no soportas que yo mantenga una relación con Sonia.
—¿Relación?
—repitió Ada, incrédula.
—Relación política —corrigió él con frustración—.
¿Sabes los tratados que podríamos lograr?
¿Las alianzas?
Tú estás viendo celos donde hay estrategia.
Ada dio un paso hacia él.
—Yo soy tu futura esposa.
No Sonia.
Mételo en tu cabeza.
Gael elevó la voz.
—No hay nada entre Sonia y yo más que amistad.
—Entonces aléjate de ella —exigió Ada.
—No puedes darme órdenes.
Los ojos de Ada ardían.
—O te alejas de Sonia… o yo misma me encargaré de que no vuelva a pisar esta casa.
Y tú tampoco volverás a pisar su palacio.
Gael explotó.
—¿Sabes qué?
Tal vez lo mejor es que no nos volvamos a ver.
El silencio fue devastador.
—Sonia me entiende mejor que tú.
Siempre me apoyó.
En cambio tú… siempre exigiendo.
Siempre diciendo que debo ser más.
¿Dónde quedo yo, Ada?
Algo se quebró.
No en su orgullo.
En su corazón.
Ada caminó hacia la mesa lateral.
Sus dedos rozaron un cuchillo decorativo de cocina que había quedado allí tras la cena.
Lo tomó.
No con intención de matar.
Sino con intención de que la escuchara.
—Yo termino contigo —dijo con voz temblorosa de rabia.
Se quitó el anillo con fuerza.
Lo lanzó contra su pecho.
El metal golpeó el suelo de mármol y rodó varios metros.
—Toma tu mugre anillo.
Fuera de esta casa.
Gael dio un paso atrás, sorprendido por el cuchillo en su mano.
Ada lo señaló.
—Te vas a arrepentir de haberme tratado de esta manera.
Fuera.
Su voz no era histérica.
Era autoritaria.
Gael respiró agitado.
Quiso decir algo.
Pero no lo hizo.
Se dio la vuelta.
Y se fue.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Ada quedó sola.
Con el cuchillo aún en la mano.
Respirando como si el aire le quemara.
Y por primera vez… Sus ojos se llenaron de lágrimas.
El recuerdo comenzó a desvanecerse.
La esfera plateada volvió a abrirse.
Esta vez, el recuerdo emergió desde la mano de Adriel.
El aire era más frío.
Más oscuro.
Ada estaba en el suelo, junto a la chimenea apagada.
Su vestido desordenado.
El maquillaje corrido.
Las lágrimas no eran elegantes ni discretas.
Eran reales.
Elvira estaba arrodillada junto a ella, intentando sostenerla.
—Amiga… por favor.
Debes dejar de llorar mejor.
Ese hombre no te merecía.
Ada levantó el rostro lentamente.
Sus ojos estaban rojos.
—¿No me merecía?
—repitió con incredulidad rota—.
¿Se atreve a humillarme de esa manera?
Por primera vez me atrevo a decir que amo a un hombre… y mira cómo me traiciona.
Se llevó una mano al pecho.
—Nunca más me volveré a enamorar.
Elvira dudó.
Su expresión cambió.
Quería decir algo.
No era el momento.
Pero tampoco podía callar más.
—Ada… quizá no sea el mejor instante.
Estás frágil.
Destrozada.
Pero hay algo que debes saber.
Y no puedo seguir ocultándolo.
Ada dejó de llorar.
La miró fijamente.
—¿Qué pasa?
Elvira respiró hondo.
—Es sobre Sonia… y Gael.
Los ojos de Ada se transformaron.
Ya no había tristeza.
Había fuego.
—¿Qué tienen que ver esos dos conmigo?
Ya no forman parte de mi vida.
No vuelvas a mencionarlos.
Nunca.
Elvira tragó saliva.
—Creo que… ese momento va a tardar.
Silencio.
—Van a casarse.
El mundo pareció detenerse.
—¿Cómo sabes eso?
—preguntó Ada, con voz helada—.
¿Él te lo dijo?
—Desde que terminó contigo se les ha visto juntos.
Besándose.
Los rumores están por todo el pueblo.
Pero esta mañana el escriba del rey lo anunció oficialmente.
Sonia, sobrina del rey… y Gael… están comprometidos.
La boda será en dos semanas.
Ada no reaccionó al principio.
Ni gritó.
Ni lloró.
Solo se quedó inmóvil.
Luego sus labios temblaron.
—¿Cómo se atreve?
Se puso de pie lentamente.
—Sonia me ha tratado mal desde que éramos niñas.
Siempre burlándose.
Siempre fingiendo ser un ángel ante el pueblo.
Su voz se volvió amarga.
—Humilde.
Frágil.
Amada.
Pero solo famosa por pertenecer a la familia real.
No por ser una buena maga.
Sus ojos ardían.
—Yo sí lo soy.
Se llevó una mano al pecho.
—Y Gael… no sabes cuánto lo amé.
La traición se asentó en su rostro como una máscara.
—Esto no lo voy a perdonar tan fácilmente.
Elvira la tomó del brazo.
—Ada.
Sé que estás sufriendo.
Pero déjalos en paz.
No ganarás nada destruyendo su vida.
No será bueno para nadie.
Ni para futuras generaciones.
Si provocas un escándalo en su boda… podrías terminar muerta.
Ada se soltó.
Su postura cambió.
Ya no era una joven herida.
Era una Ravenwood.
—Mi venganza no será el día de su boda.
Su voz fue baja.
Peligrosamente baja.
—Podrá tardar años.
Siglos.
Pero vendrá.
Caminó hacia la ventana, mirando hacia el palacio a lo lejos.
—Porque esos estúpidos no quedarán sin ser vengados.
Se giró lentamente.
—Mi nombre es Ada Ravenwood.
Y yo no perdono.
El recuerdo se desintegró como ceniza.
Aisha y Adriel volvieron al presente.
El frasco ya estaba casi vacío.
Adriel susurró: —Aquí empezó todo.
Aisha respondió en voz baja: —No… aquí empezó el juramento.
Y todavía queda un recuerdo más.
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