Destino equivocado - Capítulo 5
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5: capitulo 5:Entre miradas 5: capitulo 5:Entre miradas El primer día había terminado.
Con el ritual concluido, los estudiantes comenzaron a dispersarse por los pasillos y patios de la academia.
Por primera vez, las casas podían mezclarse.
Risas, murmullos y miradas curiosas llenaban el aire nocturno.
Aisha no perdió tiempo.
Buscó entre la multitud hasta encontrar a su hermano.
—Adri —dijo en cuanto lo alcanzó, bajando la voz—.
¿Qué acaba de suceder?
Adriel se detuvo.
Su expresión era apagada, como si todavía no terminara de aceptar la realidad.
—No es que me moleste que seas… bondadoso —continuó Aisha, midiendo sus palabras—.
Puro de corazón, noble, todo eso.
Pero a nuestros padres no les va a gustar.
Nada.
Adriel apretó los labios.
—Lo sé —respondió con tristeza—.
Por eso esto es gravísimo.
Alzó la vista, confundido.
—¿Cómo pasó?
Toda nuestra descendencia ha sido Eclipse.
¿Cómo… cómo terminé siendo Sol?
Aisha frunció el ceño.
—No tengo ni la menor idea —admitió—.
Pero esto tiene que resolverse.
Esto debe ser un error.
Lo miró con dureza, pero también con algo nuevo: preocupación real.
—No lo comprendo —añadió—.
Tú Sol y yo Eclipse… no encaja.
Respiró hondo.
—Escúchame bien.
Vas a tener que cuidarte más que nadie.
Nuestro apellido está manchado ahora.
Adriel bajó la mirada.
—Y no es tu culpa —continuó ella—, pero los estudiantes se van a burlar.
Y tú… —dudó— eres más vulnerable.
Debes aprender a protegerte.
Tienes que demostrar que te pusieron en la casa equivocada.
Adriel no respondió de inmediato.
Porque, en el fondo, una parte de él sentía que pertenecía a la Casa del Sol.
Pero no lo dijo.
—Claro —mintió—.
Tienes razón.
En ese momento, cuatro chicas pasaron junto a ellos.
Una era alta, de cabello negro y mirada afilada.
Las otras tres, rubias, la seguían riendo.
Se detuvieron frente a Adriel, bloqueándole el paso.
—Qué lástima… —dijo la chica de cabello negro, con una sonrisa cruel—.
Una de las familias más importantes, sangre pura, un linaje legendario… Lo miró de arriba abajo.
—Y terminas siendo un Sol.
Las otras rieron.
—No hay humillación más grande que esa —añadió.
Aisha dio un paso al frente sin pensarlo.
—Si tienes algún problema —dijo con voz firme—, dímelo a mí.
Sus ojos azules brillaron con amenaza.
—A mí no me vas a intentar humillar.
La chica la observó con desdén.
—No te sientas especial, niñita —respondió—.
Mi familia también es importante.
Y soy Eclipse.
Igual que tú.
Aisha sonrió.
Pero no era una sonrisa amable.
Se acercó un poco más.
—Sí —dijo con calma venenosa—.
Pero eres más tonta que yo.
Las risas se apagaron.
—No te conozco —continuó—, pero no aparentas ser una hechicera de primera clase.
Solo eres alguien que pretende ser algo que no es.
Inclinó la cabeza, evaluándola.
—He visto muchos magos como tú… y ya ni siquiera me sorprenden.
La chica apretó los dientes.
Aisha dio el golpe final.
—Y escúchame bien —susurró—.
Si se te ocurre hacerle la vida imposible a mi hermano… Sus ojos se oscurecieron.
—Yo acabaré con la tuya.
El silencio fue absoluto.
Las cuatro chicas retrocedieron lentamente.
Aisha se volvió hacia Adriel.
—Vámonos.
Y mientras se alejaban, quedó claro algo para todos los que habían presenciado la escena: Adriel podía pertenecer a la Casa del Casa del Sol.
Pero Aisha Ravenwood seguía siendo Eclipse hasta la médula.
Caminaban hacia sus habitaciones con el ceño fruncido.
El pasillo principal estaba abarrotado de estudiantes; risas, empujones y voces se mezclaban en un caos difícil de atravesar.
Aisha y Adriel avanzaban con dificultad, aferrados del brazo para no perderse entre la multitud.
—No te sueltes —murmuró Aisha—.
Aquí cualquiera puede separarnos.
—No pienso hacerlo —respondió Adriel.
Pero entonces ocurrió.
Un golpe seco entre la gente los desestabilizó.
Un chico chocó con ellos de frente, y el empujón fue suficiente para que Aisha perdiera el equilibrio y cayera al suelo.
—¡Aisha!
—exclamó Adriel, intentando sujetarla, demasiado tarde.
El ruido alrededor pareció apagarse por un segundo.
—Lo siento mucho —dijo una voz masculina, apresurada—.
¿Estás bien?
Aisha alzó la vista, molesta, preparada para responder con furia.
Y se quedó inmóvil.
Era él.
El chico rubio que la había observado en la entrada de la academia.
El mismo que no había apartado la mirada ni un segundo desde que ella cruzó el umbral.
Sus ojos claros estaban ahora llenos de preocupación, fijos en ella, como si el mundo alrededor no existiera.
—Sí, claro —respondió Aisha con frialdad—.
Fíjate mejor por dónde caminas.
Intentó incorporarse sola, pero el chico ya se había inclinado frente a ella, ofreciéndole la mano.
—De verdad, fue culpa mía —insistió—.
Déjame ayudarte.
Aisha dudó un segundo.
Aceptó.
Cuando tomó su mano, sintió un leve estremecimiento recorrerle el brazo, algo breve pero extraño, como un chispazo que no supo explicar.
El chico la ayudó a ponerse de pie con cuidado, sin soltarla de inmediato.
—Gracias —dijo Adriel, algo tenso, observándolo con recelo.
El chico levantó la mirada hacia él por primera vez, como si recién notara su presencia.
—No fue nada —respondió, aunque sus ojos volvieron enseguida a Aisha.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué miras tanto?
—preguntó, desafiante.
El chico parpadeó, sorprendido, y luego sonrió apenas.
—Nada —dijo—.
Solo… quería asegurarme de que estuvieras bien.
Aisha apartó la mano con rapidez.
—Ya lo estás viendo.
Estoy perfecta.
El chico asintió lentamente, pero antes de irse añadió: —Ten cuidado.
Estos pasillos no perdonan a nadie el primer día.
Y desapareció entre la multitud.
Aisha se quedó mirándolo unos segundos de más.
—¿Lo conoces?
—preguntó Adriel.
—No —respondió ella, retomando el paso—.
Y no pienso conocerlo.
Pero mientras avanzaban hacia las habitaciones, Aisha no pudo evitar sentir algo incómodo en el pecho.
Como si ese choque no hubiera sido un accidente.
Como si, de alguna forma, el destino acabara de rozarla.
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