Destino equivocado - Capítulo 6
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6: capitulo 6:Lo que pasa en el Eclipse 6: capitulo 6:Lo que pasa en el Eclipse Los pensamientos de Aisha se disiparon poco a poco mientras seguían avanzando.
El murmullo de los estudiantes quedó atrás hasta que llegaron a un gran salón dividido en dos alas opuestas.
En una de las puertas se leía, grabado con letras doradas: Casa del Sol.
Un sol resplandeciente estaba tallado en el centro, rodeado de pintura blanca que parecía brillar por sí sola.
Al otro lado, la entrada de la Casa del Eclipse imponía silencio: un símbolo oscuro, un eclipse perfecto, marcado con trazos profundos y manchas de pintura roja que recordaban antiguas batallas.
Aisha se detuvo en seco.
Adriel observó ambos símbolos con atención y luego suspiró.
—Supongo que aquí nos separamos —dijo, señalando las puertas—.
Esta es nuestra habitación… ¿no?
Aisha asintió con claridad, aunque algo en su expresión se endureció.
—Sí.
Hubiese deseado que estuvieras conmigo —admitió—, pero no te preocupes.
Sé cómo mentirle a nuestros padres.
Estoy segura de que no se darán cuenta.
Bajó la voz.
—Ellos no tienen que saber todavía que perteneces a la Casa del Sol.
Adriel dudó un instante y luego asintió.
—Muy bien —respondió—.
Que así sea.
Se miraron por un segundo, compartiendo un silencio cargado de cosas que ninguno se atrevía a decir.
—Será mejor que entres a tu casa —añadió él—.
Así te adaptas más rápido… y bueno, yo también haré lo mismo.
Aisha levantó el mentón, recuperando su seguridad habitual.
—Por supuesto.
Es lo mejor.
Sin mirar atrás, dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta del Eclipse.
Antes de cruzarla, sintió algo extraño, como si al separarse de Adriel se rompiera un equilibrio invisible.
Aun así, empujó la puerta.
La Casa del Eclipse la recibió en silencio.
Casa del Eclipse Apenas Aisha cruzó el umbral de la Casa del Eclipse, el aire cambió.
Las puertas se cerraron a su espalda con un golpe seco, sellándose con un hechizo antiguo.
El interior estaba envuelto en tonos negros y morados profundos, como si la noche hubiese decidido habitar aquel lugar.
La sala principal se abría imponente: sillones enormes tapizados en terciopelo oscuro, mantas bordadas con símbolos arcanos, escaleras gigantes que se bifurcaban hacia pisos superiores y joyas incrustadas en las paredes que reflejaban una luz tenue y misteriosa.
Aisha alzó ligeramente el mentón.
Aquello sí era digno de ella.
Había varios estudiantes reunidos, observándola sin disimulo.
Algunos murmuraban, otros la analizaban como si ya estuvieran midiendo su poder.
Entre todos ellos, una chica se adelantó.
Tenía el cabello blanco como la ceniza, la piel trigueña y ojos marrones intensos.
Era alta, de rasgos finos, con una presencia elegante pero firme, como alguien acostumbrada a mandar… o al menos a ser escuchada.
—Tú debes ser Aisha Ravenwood —dijo con una sonrisa contenida, claramente emocionada—.
Estoy encantada de tenerte aquí.
Por fin en la Casa del Eclipse.
Aisha la observó con atención, evaluándola en silencio.
—Oh, qué tonta soy —añadió la chica, algo nerviosa—.
Soy Estela Mortis.
Y sí… tú eres la Aisha Ravenwood.
He esperado este año con muchas ganas.
Aisha sonrió apenas, una sonrisa afilada.
—Mortis… —repitió—.
Tu familia es importante, ¿verdad?
Los ojos de Estela brillaron.
—Claro.
Mis padres trabajan para el Comité de Magia.
Ayudan a personas que no pueden canalizar hechizos por sí mismas.
—Hizo una breve pausa—.
Tenemos dinero, sí… aunque no necesito ser igual de talentosa que ellos.
Aunque, sinceramente, lo dudo.
Aisha soltó una leve risa, casi imperceptible.
—Interesante.
—Ven —dijo Estela, recuperando el entusiasmo—.
Déjame mostrarte la casa.
Te va a encantar.
Y mientras comenzaban a caminar por la sala oscura, Aisha supo una cosa con absoluta certeza: Había llegado al lugar donde pertenecía.
Mientras recorrían los pasillos de la Casa del Eclipse, Aisha notó un alboroto cerca de la escalera central.
Un chico alto, de cabello rojo intenso y ojos azules afilados como vidrio, se burlaba sin pudor de otro estudiante de cabello castaño ondulado y mirada baja.
—No sé qué haces aquí —decía el pelirrojo entre risas—.
No perteneces a esta casa.
Tu apellido no vale nada.
No eres digno del Eclipse.
El chico, Axel, apretaba los puños, pero no respondía.
Aisha frunció apenas el ceño.
—¿Quién es él?
—preguntó en voz baja a Estela.
Estela suspiró.
—Hades Valdemar.
El más popular… y el más insoportable.
Hace bullying a casi todos, sobre todo a quienes no tienen un apellido importante.
Conmigo no se atreve mucho por ser Mortis, pero a otros… no los deja en paz.
Aisha observó al tal Hades con atención.
—Idiota —murmuró—.
Aunque debo admitir que es atractivo.
Pero eso no impresiona.
—Créeme, no vale la pena —respondió Estela—.
Y cuidado… ya viene hacia aquí.
Hades se acercó con una sonrisa ladeada.
—Tú debes ser Aisha Ravenwood —dijo, evaluándola—.
La chica cuyo hermano terminó en la Casa del Sol.
Qué humillación.
Las risas lo siguieron.
Aisha levantó el mentón.
—No pronuncies mi apellido con esa boca —respondió con frialdad—.
Mi hermano estará donde deba estar, y aun así será más poderoso que muchos aquí.
En cambio tú… burlarte de quienes no tienen apellido solo demuestra lo pequeño que eres.
Hades entornó los ojos.
—¿Y tú quién crees que eres para hablarme así?
—Alguien a quien vas a respetar.
Él rió, irritado.
—No me importa que seas una Ravenwood.
Yo mando aquí.
Aisha dio un paso al frente.
—Lo dudo.
Un idiota no lidera nada.
Antes de que pudiera reaccionar, el sonido seco de una bofetada resonó por toda la sala.
El Eclipse entero guardó silencio.
Estela, que observaba unos pasos atrás la escena se llevó la mano a la boca.
—Dios mío… —susurró—.
Por todos los dioses.
Aisha sostuvo la mirada de Hades un segundo más.
No había rabia en sus ojos, sino algo peor: desprecio absoluto.
Luego habló, con voz firme y cortante, lo suficientemente alta para que todos la oyeran.
—Respétame.
No soy cualquiera.
Dio un paso atrás, erguida, orgullosa.
—Soy Aisha Ravenwood, hija de Aida Ravenwood y Lucius Ravenwood.
Mi linaje es uno de los más puros y antiguos entre los hechiceros.
No tienes idea de a quién intentaste humillar.
Lo miró por última vez, con una sonrisa fría.
—Idiota.
Y se dio la vuelta.
Hades abrió la boca para responder, pero no salió ningún sonido.
Por primera vez, no tenía palabras.
La Casa del Eclipse quedó sumida en un silencio sepulcral.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
En ese instante, todos entendieron una sola cosa: Aisha Ravenwood acababa de marcar su lugar en el Eclipse.
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