Destino terra: El camino de Yui - Capítulo 29
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Capítulo 29: Escudo impenetrable
Antes de cruzar al piso dieciséis, el grupo se permitió algo que no había ocurrido desde que comenzaron el ascenso: relajarse de verdad.
Se sentaron cerca del umbral, algunos apoyados contra la pared húmeda del descanso, otros directamente en el suelo. El ambiente ya no estaba cargado; el silencio había sido reemplazado por conversaciones suaves y risas ocasionales.
—Tengo que decirlo —comentó Sofía, estirando los brazos—. Si Valerian no hubiera encontrado ese pergamino eléctrico, estos últimos pisos habrían sido muchísimo más molestos.
Valerian se acomodó las gafas con una sonrisa modesta.
—Fue pura suerte. Estaba entre pergaminos viejos que nadie quería revisar.
—Pues bendita suerte —agregó Arnold—. Y ya que estamos, también quiero resaltar algo.
Giró hacia Misa.
—Tu control del agua fue impecable. Sin eso, los sapuls nos habrían hecho sudar mucho más.
Misa se ruborizó apenas.
—S-solo hice lo que podía…
Áugust, que había estado escuchando en silencio, apoyó los codos en las rodillas y miró a Yui de reojo.
—Y no olvidemos la ayuda de nuestra novata —dijo, con un tono claramente burlón—. Nada mal para alguien que se unió hace poco.
Yui parpadeó, confundida.
— ¿Novata… yo?
Las risas no tardaron en aparecer.
—Cada vez que dices algo nos dejas descolocados —dijo Arnold entre carcajadas—. Eres un pozo infinito de sorpresas.
Sofía, aprovechando el ambiente distendido, inclinó la cabeza hacia Yui.
—Hablando de eso… ¿Qué nivel eres?
Yui se quedó en silencio.
—Eh… no lo sé.
El grupo se congeló.
— ¿Cómo que no sabes? —preguntó Sofía, incrédula.
— ¿Cómo puedo saber eso? —Respondió Yui con total honestidad—. Solo sé que se actualiza al salir del laberinto… o después de batallas o entrenamientos, pero…
Las expresiones fueron un espectáculo digno de verse. Ojos abiertos, bocas entreabiertas, incredulidad absoluta.
Arnold fue el primero en reaccionar.
—No, no, no —repitió exageradamente—. Esto ya es demasiado. Demasiado.
Áugust se pasó una mano por el rostro, conteniendo una risa incrédula.
—Cada minuto que pasa, me interesa más seguir conociéndote, Yui.
Valerian y Misa hablaron al mismo tiempo.
— ¿Pero sabes para qué sirven los niveles?
— ¿Conoces tus estadísticas al menos?
Yui negó despacio.
—No estoy segura. Sé que al subir de nivel uno se vuelve más fuerte… aunque, siendo sincera, yo siempre me sentí igual.
Arnold se llevó una mano al pecho como si hubiera recibido un golpe mortal.
— ¡Claro que te sientes igual! —exclamó—. ¡Porque probablemente nunca subiste de nivel!
—Pero, la hemos visto aprender una habilidad nueva, no puede ser que se sienta igual—Dijo sofia
—Tal vez sus habilidades están mejorando hasta el punto que sus estadísticas lo permiten y chocan con su límite—Dijo Arnold
Las risas estallaron de nuevo.
Áugust levantó una mano.
—Bien, basta. Voy a explicarlo desde cero antes de que mi cabeza explote.
Se aclaró la garganta y adoptó un tono más serio, pero paciente.
—La cosa funciona así: todos nacemos con estadísticas base. Ataque básico y mágico, defensa básica y mágica, aura normal y elemental, velocidad y percepción… eso depende de cada persona. Algunos nacen con números altos, otros no tanto. Es algo natural.
Por ejemplo yo me baso en ataques básicos y velocidad así que mi orientación con el equipamiento es por ese lado además de que mi entrenamiento y mi forma de combate se basan en mejorar estos números.
Yui escuchaba con atención absoluta.
—Esas estadísticas pueden crecer un poco con el tiempo —continuó—. Entrenamiento, combate, equipamiento, incluso algunos objetos especiales ayudan. Pero ese crecimiento… es mínimo.
Hizo un gesto con los dedos, indicando algo pequeño.
—Existe una estadística extra: la experiencia. Esa experiencia no mejora directamente tu cuerpo, sino que se acumula en tu nivel. Pero ese nivel no sube solo.
—Tienes que actualizarlo —agregó Sofía—. Romper el límite.
Áugust asintió.
—Exacto. Eso lo puede hacer un dios… o el gremio, que posee esa habilidad gracias a Calipso. Cuando eso ocurre, tu nivel aumenta y tus estadísticas se disparan. Todo queda reflejado en tu licencia.
Se inclinó hacia Yui.
—A lo que voy es esto: si todo lo que nos has contado es cierto —y no tengo razones para dudarlo—, y todavía eres nivel uno, sin marca de dioses, sin armas… entonces solo hay dos posibilidades.
El silencio volvió.
—O estarás absurdamente rota cuando actualices tu nivel —dijo Sofía sin rodeos
—O tu nivel está subiendo sin que lo sepas —añadió Valerian—. Lo cual sería… extremadamente raro.
—Yo apuesto por la primera —concluyó Sofía.
Yui bajó la mirada, un poco avergonzada.
—Gracias por explicarlo. Mi maestro me dijo algo similar, pero nunca tuve tiempo de confirmarlo
—Cuando actualices tus números, queremos estar presentes —dijo Valerian con una sonrisa. Además creo que tengo razón y tus niveles suben sin que lo sepas.
Áugust se levantó de golpe y aplaudió una vez.
—Bien. Tema cerrado por ahora. Si sigo pensando en esto, no voy a poder concentrarme.
Se giró hacia el umbral.
—Como ya saben, el piso dieciséis es territorio de golems de hielo. Grandes, resistentes, y con una particularidad molesta: pueden cambiar su metabolismo a estado líquido.
Arnold asintió de inmediato.
—O sea, antes de derretirse cambiar a estado liquido para salvarse.
—Exacto —continuó Áugust—. Por eso, Arnold va al frente con fuego constante. Si intentan escapar en forma líquida, Misa y Valerian cierran el juego congelando o electrificando el entorno.
Luego miró a Yui.
—Yui… te encargo al mago de hielo. Es quien crea a estas criaturas. Si cae, el resto pierde coordinación.
Yui afirmó con seriedad.
—Entendido.
El grupo se puso de pie, ya con otra energía, rumbo al piso 16.
El piso dieciséis los recibió con un frío seco, distinto al de los niveles anteriores. No era una humedad constante, sino ráfagas heladas que parecían nacer de las propias paredes. El entorno estaba formado por grandes bloques de hielo azulado y roca cristalizada, con vetas blancas que recorrían el suelo como grietas congeladas.
—Mantengan la formación —indicó Áugust con calma—. Arnold al frente.
Arnold avanzó un paso, apoyando el escudo contra el suelo. El metal emitió un sonido sordo al entrar en contacto con el hielo, y una tenue aura rojiza comenzó a rodearlo.
No tardaron en aparecer.
Desde los extremos del corredor, las figuras de los golems de hielo comenzaron a formarse. Primero eran masas amorfas, casi líquidas, que se elevaban lentamente hasta adoptar cuerpos humanoides de más de dos metros de altura. Sus superficies brillaban con reflejos azulados, y el aire a su alrededor se enfrió aún más.
—Contacto visual —dijo Sofía—. Tres al frente, dos más atrás.
Arnold no respondió. Su atención estaba completamente fija en el primer golem que avanzaba.
El aura de su escudo se expandió, aumentando su tamaño como si el metal se estirara más allá de sus límites naturales. El calor comenzó a hacerse visible, distorsionando el aire frente a él.
Cuando el primer golem embistió, Arnold dio un paso firme al frente.
El impacto resonó como una explosión contenida.
El golem se desintegró al contacto, su cuerpo de hielo evaporándose en una nube de vapor caliente. Sin detenerse, Arnold giró el escudo y lo estrelló contra el suelo.
Desde el centro del metal, una llamarada se expandió en forma de arco, arrasando con los dos golems que se aproximaban por el flanco izquierdo.
—Avanza sin abrir huecos —indicó Valerian, levantando su grimorio—. Refuerzo activo.
Un aura dorada se proyectó sobre Arnold, reforzando su resistencia y estabilidad. El escudo respondió con un pulso más intenso.
Yui, unos pasos detrás, cerró los ojos por un instante. El viento comenzó a concentrarse alrededor de Arnold, no como una ráfaga descontrolada, sino como corrientes dirigidas.
—Ajusto el flujo —dijo con neutralidad.
El fuego respondió al instante.
Las llamas se expandieron, ganando alcance y envolviendo un área mucho mayor. Los golems que intentaban reformarse en estado líquido fueron interceptados por el calor antes de completar el proceso, evaporándose por completo.
—No están logrando adaptarse —observó Sofía—. Los está neutralizando antes de que reaccionen.
El avance continuó.
En cada nuevo encuentro, el patrón se repetía. Los golems aparecían, intentaban rodearlos o cambiar de forma, y Arnold los contenía sin esfuerzo aparente. Su escudo no solo bloqueaba, sino que golpeaba, empujaba y liberaba fuego con una precisión constante.
Áugust observaba en silencio desde la retaguardia.
Recordó una imagen antigua: Arnold, aún niño, sosteniendo una tapa de barril como si fuera un escudo real, plantado frente a otros chicos del barrio.
“Voy a ser el mejor escudo de Akron”, había dicho entonces, con una convicción que había parecido ingenua.
Ahora, viendo cómo el fuego avanzaba delante del grupo, cómo ninguna criatura lograba superar su defensa, Áugust sintió una presión leve en el pecho.
No era tensión.
Era orgullo.
—Mantengan el ritmo —ordenó, recuperando la compostura—. Arnold está abriendo el camino.
Un nuevo grupo de golems emergió desde el suelo, esta vez en mayor número. Sus cuerpos se alargaron, intentando rodear al grupo por ambos lados.
Arnold dio un paso más.
Clavó el escudo en el suelo y liberó toda el aura acumulada.
El fuego explotó hacia adelante, impulsado por el viento de Yui, formando una ola incandescente que recorrió el pasillo de extremo a extremo. El hielo crujió, se resquebrajó y finalmente colapsó.
Cuando el vapor se disipó, no quedaba nada.
—Área despejada —informó Valerian.
Arnold bajó el escudo lentamente. Su respiración era estable.
Áugust se acercó y apoyó una mano en su hombro, dándole una pócima de aura.
—Lo estás logrando —dijo, con voz neutra, pero firme—. Tal como dijiste.
Arnold no respondió de inmediato.
Cuando el último rastro de vapor se disipó y el pasillo volvió a quedar en silencio, Yui bajó lentamente la guardia. Observó el entorno con atención, buscando algo más que restos de hielo derretido.
—Áugust —dijo con tono neutro—, ¿y el mago de hielo?
Áugust recorrió el área con la mirada antes de responder.
—No estoy seguro —admitió—. Con tanto fuego, es posible que haya sido eliminado sin que lo notáramos… o que directamente no haya aparecido en este piso.
Se agachó y tocó el suelo aún tibio.
—Los golems se movían de forma tosca. Ataques simples, sin variaciones. Si hubiera habido alguien controlándolos, lo habríamos sentido. Tenían un comportamiento demasiado básico.
Yui asintió en silencio, aceptando la explicación.
Sofía fue la siguiente en hablar.
—Propongo que descansemos un poco antes de seguir.
Arnold giró el cuello, como si recién entonces recordara que había estado al frente todo el tiempo.
—No hace falta —dijo—. Estoy bien.
—Eso dicen siempre los que más cargan —respondió Sofía sin elevar la voz.
Arnold abrió la boca para insistir, pero Yui se adelantó un paso.
—Igual deberías descansar —dijo con calma—. El fuego que usaste no fue poco. Es mejor entrar al siguiente piso en condiciones óptimas.
Arnold la miró unos segundos y luego asintió.
—De acuerdo.
El grupo se acomodó cerca del umbral. Nadie habló demasiado. Misa revisó pequeñas heridas invisibles con magia suave, Valerian mantuvo los refuerzos activos a baja intensidad y Arnold apoyó el escudo contra la pared, cerrando los ojos unos instantes.
Áugust observó la escena sin decir nada.
El descanso fue breve, pero suficiente.
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