Destino terra: El camino de Yui - Capítulo 32
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Capítulo 32: Encuentro inesperado
Áugust se acercó hacia Yui.
Sin decir nada, extendió una poción hacia Yui.
—Tómala.
Ella levantó la vista, aún de rodillas.
—Ya han gastado demasiado en mí.
Con un movimiento tranquilo, abrió su inventario y extrajo dos frascos propios.
—También tengo provisiones.
Destapó ambas botellas y bebió una tras otra. La energía regresó gradualmente a su cuerpo.
Sofía cruzó los brazos.
—Somos un grupo. Ya se dijo antes. Si es por el grupo, no es un problema.
Yui negó levemente.
—Aun así, no me sentiría cómoda.
Misa soltó una risa suave.
—No sería un desperdicio para alguien que limpió un piso completo.
El grupo de August estaba totalmente relajado.
Fue entonces cuando el sensor de Yui se activó.
Una vibración tenue en su percepción.
Algo estaba allí.
Bajo tierra.
Entre rocas partidas.
—Hay algo más —dijo con seriedad.
El grupo se tensó de inmediato.
— ¿Dónde? —preguntó Arnold.
Yui señaló una zona a unos metros, donde el suelo estaba irregular.
—Debajo.
Arnold avanzó con cautela, escudo en alto. Se acercó al punto indicado.
Nada reaccionó.
Miró hacia atrás.
— ¿Segura?
—Hay una presencia —confirmó Yui—. No es monstruo.
Sofía no esperó más. Dio un paso al frente y lanzó su lanza blindada con precisión quirúrgica.
El arma impactó el suelo con fuerza.
La tierra se fracturó.
Y algo emergió.
Un objeto rectangular, cubierto por una capa mimética que imitaba la roca.
Valerian lo reconoció al instante.
—Es un ataúd de camuflaje.
Arnold que nunca había visto el objeto.
— ¿Para qué sirve eso?
—Para almacenar objetos valiosos —explicó Valerian—. Se ocultan para recuperarlos después.
Yui miró el objeto con atención.
— ¿Por qué no guardarlos en el inventario?
Valerian bajó la mirada.
—Probablemente pensaron que no saldrían con vida. Si mueres, pierdes lo que cargas. Si lo escondes… alguien podría recuperarlo. Pero normalmente es que no estaban seguros si saldrían o avanzarían con vida.
El silencio cayó sobre el grupo.
Áugust se acercó y apoyó la mano sobre la tapa.
La abrió con cuidado.
Dentro…
Había una persona.
Un joven.
Sus ojos se abrieron de golpe ante la luz.
Su respiración se aceleró.
— ¿Cómo…? —murmuró—. ¿Cómo me encontraron?
Áugust lo observó con firmeza.
—La pregunta es por qué estás aquí.
El joven recorrió al grupo con la mirada. Vio armas, mucha gente, amenazas…
Arnold bajó el escudo ligeramente.
—No tienes de qué preocuparte.
El muchacho intentó incorporarse. Su pierna cedió.
Salió del ataúd con dificultad.
—Marcus… Marcus Malem —dijo con voz apagada—. Miemb… ex miembro de Nova.
La palabra “ex” se quebró en su garganta.
Áugust señaló una roca cercana.
—Siéntate. Relájate.
Notó la herida profunda en su pierna.
—Misa.
La maga ya estaba a su lado.
Yui observaba en silencio.
Su mirada era distinta.
Fría.
Penetrante.
—Explica porque tu grupo te hizo esto —dijo.
El tono fue directo.
Todo el grupo giró hacia ella.
Sofía observó a Yui nerviosa.
—No saquemos conclusiones apresuradas.
Misa, concentrada en la curación, añadió:
—Es cierto. No debemos precipitarnos.
Marcus miró a Yui.
— ¿Cómo… lo supiste?
Ella sostuvo su mirada.
—Es evidente.
No elaboró más.
Misa terminó el primer pulso de curación. La herida comenzó a cerrarse lentamente.
Marcus respiró más estable.
Y entonces habló.
Misa terminó el primer pulso de curación. La herida comenzó a cerrarse lentamente.
Marcus respiró más estable.
Y entonces habló.
—No estoy seguro si en Akron nos conocían lo suficiente… —comenzó, con la voz todavía frágil— pero éramos un grupo reconocido incluso en la ciudad de Urano.
Tragó saliva antes de continuar.
—Nova no era un equipo cualquiera. Teníamos capital, recursos, equipamiento de primera. Estábamos equilibrados en combate, estrategia y magia. Durante un tiempo… funcionábamos como si nos conociéramos de toda la vida, éramos una familia.
Sus dedos se cerraron sobre la tela de su pantalón.
—Pero cuando la fama empezó a crecer… algo cambió.
Su mirada se volvió opaca.
—La gente comenzó a hablar de nosotros. A señalarnos en las calles. A pedirnos historias. Y mis compañeros… empezaron a creérselo demasiado.
Inspiró profundo.
—Se volvieron arrogantes. Egocéntricos. Su humildad cayó como si nunca hubiera existido.
El grupo escuchaba en silencio.
—Éramos siete. Y poco a poco comenzaron a recriminarme que no daba el suficiente apoyo. Que debía mejorar. Que solo ellos hacían el trabajo pesado.
Su voz se tensó.
—Decían que yo solo estaba allí para completar.
Misa bajó la mirada.
—Solo una persona… —continuó Marcus— mi amiga de la infancia… mantenía su forma de ser de siempre. Intentaba mediar. Intentaba frenar esos comentarios. Pero ni siquiera ella podía detenerlos cuando se juntaban.
Sus labios temblaron levemente.
—No quería ser una carga.
Levantó la vista, y por primera vez apareció un destello distinto en sus ojos.
—Así que comencé a entrenar.
Su respiración cambió.
—En secreto.
Su voz ganó intensidad.
—Cada día. Antes del amanecer. Después de cada misión. Cuando todos dormían, yo seguía.
Yui lo observaba sin interrumpir.
—Me exigí más de lo que creía posible. Mi cuerpo no daba más, pero continuaba. Mi mente me decía que no podía, pero seguía.
Una leve sonrisa amarga cruzó su rostro.
—Y entonces ocurrió.
Sus ojos brillaron ligeramente.
—Desperté una afinidad elemental.
Hizo una pausa, como si reviviera el momento.
—Rayo, en secreto me acerqué al gremio quien me lo confirmó.
Su voz vibró con emoción contenida.
—Fue durante un entrenamiento nocturno. Mi espada… comenzó a chispear. Al principio creí que era fatiga. Pero cuando la bajé con fuerza contra el suelo… un relámpago surgió de la hoja.
Su respiración se aceleró apenas al recordarlo.
—No fue grande. No fue espectacular. Pero era el fruto de mis esfuerzos, mi recompensa.
Su expresión mostraba orgullo, sus ojos brillando casi como si estuviera por caer una gota.
—Entrené esa chispa hasta convertirla en descarga. Mejoré mi técnica con la espada. Comencé a sentir que podía aportar lo que ellos me pedían
Miró al suelo.
—Mi amiga me descubrió una noche. Pensé que se burlaría… pero no.
Su voz se suavizó.
—Se sentó conmigo. Me ayudó a canalizar mejor el aura. Me enseñó a sincronizar respiración y descarga. Fue ella quien me dijo que no necesitaba probarle nada a nadie.
El silencio era absoluto.
—En las misiones en Urano… —su tono volvió a decaer— nunca tuve oportunidad de demostrarlo.
Sus dedos se tensaron.
—Ellos querían mostrarse individualmente. Cada combate era una competencia. Cada jefe era una vitrina.
Su mirada se nubló.
—No… —negó con la cabeza— no querían demostrar su fuerza.
Su voz se quebró.
—Parecían querer demostrarme que yo no valía.
Misa detuvo un instante su hechizo, pero continuó sin interrumpirlo.
—Volvieron a decir que no aportaba nada. Que debía aprender magia de soporte o me iría del grupo, era una decisión totalmente tomada.
Apretó los dientes.
—Yo lo estaba dando todo pero…
Respiró con dificultad.
—Mi amiga intervino. Se puso delante de ellos. Dijo que si alguien debía irse, sería ella también.
Su garganta se cerró por un momento.
—Eso los hizo retroceder.
Continuó, más bajo:
—Pasamos mucho tiempo en Urano. Practiqué hechizos de soporte. No eran buenos… no al principio. Pero ella… potenciaba mis conjuros sin que los demás lo notaran. Ajustaba el flujo. Corregía mi entonación. Me hacía repetirlos hasta que funcionaran.
Levantó la vista con una mezcla de gratitud y dolor.
—Gracias a ella… hasta el día de hoy pude sostenerme.
Su expresión cambió abruptamente.
—Luego apareció esa misión.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Un mercader del piso 21. Un objeto para alguien de fuera. Una fortuna por traerlo.
Su respiración se volvió irregular.
—Solo cinco bajamos al laberinto. Mi amiga y otra compañera se quedaron. Era un trabajo sencillo.
Apretó los puños.
—Al llegar al piso… un ejército de esos humanoides comenzó a concentrarse.
El grupo de Áugust intercambió miradas.
—Algo no encajaba. Los ataques de mis compañeros… eran torpes. Descoordinados. Como si no les importara.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Cada vez aparecían más. Nos superaban. Corrimos hacia la entrada del piso veinte.
Golpeó el suelo con el puño.
—Algo que no tenía sentido. Deberíamos haber retrocedido antes.
Respiró con dificultad.
—No me di cuenta en el momento.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—El líder… utilizó su habilidad de corte.
Se llevó una mano a la pierna ya curada.
—Contra mí.
El silencio se volvió denso.
—Caí.
Su voz se quebró completamente.
—Antes de cruzar al siguiente piso… se detuvieron.
Sus labios temblaban.
—Se voltearon.
Una lágrima descendió por su mejilla.
—Y rieron.
El sonido salió como un susurro roto.
—Rieron.
Su respiración se volvió inestable.
—Yo… yo no entendía. Intenté levantarme. Les pregunté por qué.
Las palabras salían entrecortadas.
—Me dijeron que el grupo no tenía espacio para un lastre como yo.
Apretó los dientes con fuerza.
—Que al menos mi sacrificio distraería a los monstruos.
Otra lágrima cayó.
—Y se fueron.
El silencio en el grupo de Áugust era absoluto.
Marcus bajó la cabeza.
—Estaba solo.
Su voz se volvió más baja, más cruda.
—Ya estaba muerto. No había escapatoria.
Respiró con dificultad.
—Lancé un muro eléctrico. Descargué un rayo entre las rocas para crear un agujero, saqué el ataúd de mi inventario en ese sector
Sus manos imitaban el movimiento inconscientemente.
—Hice colapsar el muro para bloquear la visión. Y entré.
Su voz temblaba.
—No quería morir.
Sus dientes crujieron.
—Descansaría… y luego pensaría qué hacer. De alguna forma debía volver.
Levantó la mirada, ahora cargada de algo más oscuro.
—No quería dejar a mi amiga sola con ellos.
Su voz se endureció.
—Y tampoco quería que creyeran que tenían razón.
Su puño se cerró con fuerza.
—Quiero volver.
El dolor dio paso a odio contenido.
—Quiero demostrarles que sí valía algo.
Su respiración era pesada.
—No sé cuánto tiempo pasó. Me desmayé dentro del ataúd.
Miró al grupo.
—Y luego… ustedes lo abrieron.
El eco de sus palabras quedó suspendido en el aire, cargado de traición, esfuerzo, humillación y una voluntad que, pese a todo, no había sido extinguida.
Miró uno por uno a los miembros del grupo.
—No sé cómo agradecerles… —dijo finalmente—. De verdad. Me sacaron de algo que… —tragó saliva— no tenía salida.
Su mirada se detuvo en Misa.
—Especialmente a ti. No solo me curaste… gastaste tiempo y aura en alguien que ni siquiera conoces.
Misa sonrió con suavidad.
—No era negociable —respondió con tono tranquilo—. Estabas herido. Eso es suficiente razón.
El resto del grupo no compartía esa serenidad.
Arnold tenía el rostro impregnado en furia.
Sofía apretaba con fuerza el asta de su lanza.
Valerian mantenía los labios tensos, claramente disgustada.
Áugust, en cambio, tenía la mirada baja… pero su mandíbula estaba rígida.
—Dejar a alguien así —murmuró Arnold— Son unos cobardes, son basura.
Sofía asintió sin decir nada.
El aire alrededor del grupo estaba cargado, pesado.
Fue Yui quien rompió el silencio.
—Si esas porquerías pasaron el piso 20 —dijo con voz firme—, nosotros también podemos llegar al 21.
No lo dijo como desafío.
Lo dijo como una conclusión.
Marcus levantó la cabeza de golpe.
—No —respondió casi de inmediato—. Ya hicieron demasiado. No quiero meterlos en esto.
Su expresión mezclaba gratitud con culpa.
—Lo importante sería regresar. Los pisos de regreso no son sencillos. No quiero que alguien más termine como yo.
Áugust levantó la vista.
—Nuestro objetivo inmediato es el siguiente piso —dijo con neutralidad controlada—. Llegaremos al 19 como planeamos.
Hizo una pausa.
—Después decidiremos si seguimos al 20.
Sus ojos se endurecieron apenas.
—Pero quiero conocer a ese grupo de mierda que abandona a uno de los suyos por placer.
El silencio se tensó.
Arnold golpeó su escudo contra el suelo con fuerza. El sonido retumbó en la cueva.
—Estoy de acuerdo.
No gritó.
No hizo un discurso.
Pero el impacto fue claro.
Valerian intervino con voz más racional.
—Antes de pensar en el piso 20… tenemos que recomponer fuerzas.
Miró a Yui.
—Y tú te quedaste sin espada. Otra vez.
Era cierto.
Su as bajo la manga había desaparecido.
Marcus dudó un segundo, luego habló.
—En mi inventario… me quedaron unas dagas.
Todos lo miraron.
—Planeaba regalárselas a mi amiga… como agradecimiento por todo lo que hizo por mí.
Su voz bajó levemente.
—Pero ahora prefiero que alguien les dé uso en un momento tan crítico.
Yui negó casi de inmediato.
—No puedo aceptar algo así. Tienen un significado.
Marcus sostuvo su mirada.
—Precisamente por eso.
Hubo un silencio breve.
—Ella… —respiró hondo— ella querría que las usaras si eso significa ayudar a alguien.
Yui se quedó pensando.
No era una espada.
No era su estilo.
Pero tampoco era momento de orgullo.
Misa intervino con suavidad.
—Sabes Yui, si esas dagas ayudan a que estos amigos puedan volver a reunirse… —miró a Marcus— creo que harías muy feliz a ambos.
La frase quedó suspendida.
Marcus bajó la vista unos segundos, luego abrió su inventario.
Dos dagas emergieron en sus manos.
Eran elegantes, equilibradas, con filo limpio y guarda sencilla. No ostentosas, pero bien trabajadas.
Yui las observó con respeto.
Se acercó lentamente y las tomó.
El peso era distinto al de una espada.
Más ligero.
Más cercano.
—No sé usarlas bien —admitió con honestidad—. Pero lo averiguaré.
Levantó la vista hacia Marcus.
—Y te las devolveré. Para que puedas regalárselas.
Marcus asintió,
Su expresión no era de angustia.
Era de esperanza.
Arnold exhaló con fuerza.
—Entonces es oficial —dijo—. Ahora tenemos un motivo extra.
Sofía ajustó su agarre en la lanza.
—No será una bajada normal.
Valerian cerró su grimorio con decisión.
—Ni un regreso sencillo.
Áugust observó a todos.
—Descansamos. Reorganizamos formación.
Su mirada pasó por Yui, luego por Marcus.
—Y cuando avancemos… lo haremos juntos.
El ambiente ya no estaba contaminado por la indignación.
Ahora había algo más peligroso.
Determinación.
Ansiedad.
Una energía contenida que anticipaba lo que vendría en los pisos superiores.
Yui giró una de las dagas entre sus dedos, probando el equilibrio.
Una leve sonrisa, pequeña pero decidida, apareció en su rostro.
—Entonces… —dijo con calma— siguiente piso.
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