Destino terra: El camino de Yui - Capítulo 36
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Capítulo 36: Día de playa
Una brisa suave entró por la ventana abierta.
Un rayo de sol cruzó la habitación y se posó sobre el rostro de Yui.
La elfa frunció apenas el ceño antes de abrir los ojos lentamente. No había sobresaltos. No había tensión. Solo una claridad tranquila que contrastaba con los días anteriores.
Giró la cabeza.
Sofía dormía boca abajo, un brazo colgando fuera de la cama.
Valerian permanecía inmóvil, como si estuviera meditando incluso dormida.
Misa abrazaba la almohada con expresión satisfecha.
Yui sonrió levemente.
Se levantó de la cama con cuidado y se dirigió al pequeño baño del cuarto. El agua fresca terminó de despejar su mente. Se cepilló los dientes, acomodó su cabello y observó su reflejo unos segundos.
Al salir, comprobó que todas seguían descansando profundamente. Era temprano. No quiso molestarlas.
Bajó hacia la sala del gremio con pasos ligeros.
La recepcionista levantó la vista.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Yui—. Quisiera confirmar la ubicación de un punto específico de la isla.
Le explicó brevemente lo que buscaba.
La mujer asintió.
—Playa este. Hay un pequeño puesto con un bote. Ellos suelen llevar a quien lo solicita.
Yui escuchó con atención.
Y entonces sonrió.
—Perfecto.
Antes de irse, pidió algo más.
—¿Podría dejar una nota para el grupo de Áugust? Solo para que sepan dónde estoy.
La recepcionista aceptó.
Yui escribió brevemente y salió hacia la playa.
La arena del lado este era más tranquila. Menos concurrida. Las olas rompían con suavidad.
Allí estaba.
Una pequeña cabaña de madera junto a un bote sencillo, acostumbrado al vaivén constante del agua.
Al acercarse, una anciana levantó la vista.
— ¿Buscas llegar a esa pequeña porción de tierra?
Yui asintió y dejó dos monedas de oro sobre la mesa improvisada.
La mujer las observó.
—Mirash —llamó hacia la cabaña—. Tenemos trabajo. Y han pagado muy bien para no hacerlo.
Un hombre mayor salió desde una pequeña bodega lateral, limpiándose las manos.
—Siempre estoy listo para trabajar.
Subieron al bote.
El anciano sumergió una mano bajo el agua.
El viento respondió, burbujas comenzaron a salir, luego a moverse.
Una corriente constante empujó la embarcación con velocidad estable, sin sacudidas bruscas.
Yui lo observó con atención.
— ¿Es… o era aventurero?
El hombre rió bajo.
—¿Solo preguntas eso porque puedo crear un poco de magia?
Yui negó con la cabeza y una mirada precavida.
—No es solo eso. Cuando me acerqué a su cabaña, mi sensor reaccionó. Como si algo dijera… ten cuidado.
El anciano la miró sorprendido.
—Es una habilidad interesante, va más allá que un simple instinto.
Guardó silencio unos segundos antes de hablar.
—Mi nombre es Mirash. Y mi esposa en el puesto es Dalia. Fuimos aventureros de renombre hace muchos años.
Yui escuchó en silencio.
—Algo ocurrió —continuó él— y decidimos retirarnos. Venir aquí, vivir tranquilos. No es mala vida. Transportar a quien ama el mar. Tenemos una casa en el centro de la isla.
Sonrió levemente mientras sentía la briza por delante.
—Pero nuestros nombres son un secreto. Te pediré discreción.
—No se preocupe —respondió Yui—. Gracias a este encuentro también confirmé que mi sensor ha mejorado.
Mirash asintió, satisfecho.
—Ya estamos llegando. Mira… ya se ve el roble y sus ramas.
Yui lo vio.
Y recordó.
Cuando llegaron al piso veintiuno, había notado algo extraño: ninguna presencia similar al roble del piso 11.
Y ahora…
Lo tenía enfrente.
La pequeña porción de tierra era apenas una elevación rodeada de agua. En el centro, el roble.
Era similar al anterior.
Pero no igual.
Las raíces parecían más gruesas. El tronco más oscuro. Las hojas no eran verdes brillantes… sino de un tono más profundo, como si hubieran absorbido más energía del entorno.
Yui descendió del bote.
Se acercó con respeto.
Colocó la mano sobre el tronco.
Cerró los ojos.
Sintió.
La diferencia fue inmediata.
En el piso once, el aura elemental que absorbía el roble era estable y leve.
Este…
Era más denso, la concentración elemental era superior algo que Yui suponía.
Yui repitió las mismas acciones que en el piso 11. La canalización. El pequeño corte preciso.
La rama que cayó no solo era más oscura.
Pesaba un poco más.
No por masa, por energía.
Al tomarla, Yui sintió como la energía aun se estabilizaba. El aura contenida era mayor.
Mirash observó en silencio.
Sus ojos se abrieron apenas.
—La última vez que vi al roble brillar así… fue con un aventurero que hoy yace en Urano. Es reconocido allí.
Miró a Yui.
—Puedo ver que podrías ser alguien como él.
Yui sostuvo la rama con ambas manos.
En el piso once, aquel fragmento había sido un recurso.
Aquí…
Notaba la diferencia, apenas pero era una mejora tangible.
—Gracias por traerme —dijo con sinceridad.
Mirash sonrió levemente.
—Los pisos evolucionan. Los recursos también. Pero lo más importante… es si quien los toma también lo hace.
Yui guardó el recurso en el inventario y se prepararon para volver.
El bote avanzaba con la misma suavidad con la que había llegado.
El viento, obediente a la magia de Mirash, empujaba la embarcación con ritmo constante. El mar estaba calmo. Demasiado calmo.
—Dime algo —preguntó el anciano sin apartar la vista del horizonte—. ¿Qué clase de aventurera quieres ser?
El agua golpeaba suavemente la madera.
Yui, que iba sentada de espaldas giró apenas la mitad del rostro.
Solo lo suficiente.
—No tengo planeado ser nada de eso.
Su voz no era alta.
No era dramática.
Era fría.
—No planeo jugar a nada.
El viento pareció perder un poco de calidez.
—Me haré fuerte. Haré sufrir a quienes me arrebataron todo. Los mataré. Y les haré pedir perdón mientras lloran frente a mí.
No había odio descontrolado en su tono.
Había determinación absoluta en su destino.
—A mi familia. A mi aldea élfica. Yo solo vivo para hacerle justicia a Eldoria.
Mirash sintió algo.
No era miedo.
Pero sí la presencia de algo que no se detenía.
En el rostro de la joven pudo ver, por un instante, la sombra de un monstruo. Uno que arrasaría sin titubeos con cualquier cosa que se interpusiera en su camino.
En su voz no había duda.
No había vacilación.
Era alguien que no se frenaría ante nada ni nadie.
El anciano guardó silencio unos segundos.
—Te guardaré el secreto entonces, niña… Nunca me dijiste tu nombre.
—Yui. Yui Cronos.
Mirash abrió los ojos apenas más de lo normal.
Algo en ese apellido resonó.
Pero no preguntó.
—Te guardaré el secreto.
—No hace falta —respondió ella, volviendo la mirada al frente—. Se lo haré saber a todo el mundo.
No era una amenaza si no la promesa de que cumpliría.
El bote tocó la orilla.
Y el ambiente cambió por completo.
En la costa, un grupo se movía entre risas.
Misa estaba arrodillada, completamente concentrada en un enorme castillo de arena con torres exageradamente detalladas.
Valerian, bajo una sombrilla improvisada, leía un libro con expresión tranquila, aunque su sombrero la protegía del sol.
Sofía, Arnold, Áugust y Marcus estaban formando un círculo, lanzándose un balón sin dejar que tocara el suelo.
—¡Eh! —gritó Sofía— ¡No vale usar magia, Marcus!
—¡No usé magia!
—¡Eso vibró sospechosamente!
Risas.
Misa fue la primera en notar el bote.
—¡Yui!
Corrió hacia la orilla.
Yui descendió.
Y entonces…
Se dio cuenta.
Sofía llevaba un traje de baño deportivo, práctico, sin exageraciones.
Valerian uno de dos piezas elegante pero sobrio.
Misa uno sencillo, cómodo.
Pero cuando levantó la vista hacia los chicos
Arnold estaba sin camiseta.
Marcus y August igual.
ui se congeló.
—¿Q-qué… qué están haciendo así?
Misa parpadeó.
—¿Así cómo?
Yui señaló vagamente.
—¡V-vestidos así! ¡Mostrando… mostrando tanto…!
Levantó la mirada apenas un segundo.
Volvió a bajarla.
Se cubrió el rostro con ambas manos.
—¡N-no miren hacia aquí!
Sofía soltó una carcajada.
—¿Pero si tú eres la que nos está mirando?
—¡No estaba mirando!
Valerian cerró el libro con calma.
—Yui… es una playa.
La anciana Dalia se acercó con una sonrisa suave.
—¿Nunca has estado en un río o playa para disfrutarla?
Yui negó con nerviosismo.
—En mi aldea… los lagos estaban en esquinas opuestas. Mujeres y hombres no se cruzaban. Solo parejas o quienes estaban destinados a casarse podían compartir.
Se puso aún más roja.
—Yo… solo iba cuando estaba sola o con mi madre.
Sofía cruzó los brazos.
—Bueno… aquí es normal entre amigos.
Misa se acercó con entusiasmo.
—¡No tienes que tener vergüenza! Además…
Sacó algo detrás de su espalda.
—Te trajimos esto.
Yui miró.
Un traje de baño.
Se puso roja como un tomate.
—¡¿P-por qué pensaron en eso?!
Valerian sonrió con picardía.
—Entiendo. Te estás guardando para el chico que te guste… o con quien creas que te vas a casar.
Yui hizo un ruido extraño, mezcla de protesta y vergüenza.
—¡N-no es eso!
Sofía intervino.
—Es normal entre amigos. Hasta ese punto y no más.
Dalia asintió.
—No te preocupes. Tengo uno que te gustará más.
Las chicas prácticamente escoltaron a Yui hacia la cabaña cercana.
Ella iba rígida.
—¿De verdad es necesario…?
—Sí —respondieron al unísono.
Minutos después, Yui salió.
El traje era de dos piezas, pero cubría a la perfección lo que ella quería cubrir, en la parte inferior una falda no tan transparente y en la superior una tela que tapaba de manera suelta. Ajustado pero no revelador.
Se miró en un espejo, su pelo atado de costado.
—Es… cómodo y bonito.
Movió los brazos.
—Incluso podría usar algo así para pelear.
Las chicas estallaron en risas.
—¡Es una playa, no un campo de batalla! —dijo Sofía.
Regresaron hacia los chicos.
Los tres levantaron la vista.
Silencio breve.
Marcus sonrió.
—Te queda muy bien.
Arnold asintió.
—Para nada es algo revelador.
Áugust inclinó la cabeza.
—Estás muy hermosa.
Yui cerró los ojos con fuerza.
—G-gracias…
Misa susurró:
—Se acostumbrará.
—Claro que sí —añadió Valerian.
Y así comenzó el famoso capítulo de playa.
Jugaron con el balón.
Arnold lanzó demasiado fuerte y terminó corriendo tras él al agua.
Sofía empujó a Áugust sin previo aviso.
Marcus intentó hacer equilibrio en la orilla y terminó salpicando a todos.
Misa defendía su castillo como si fuera una fortaleza real.
Yui, al principio rígida, comenzó poco a poco a relajarse.
Primero se sentó en la orilla.
Luego entró hasta los tobillos.
Luego hasta las rodillas.
El agua era fresca.
El sol cálido.
Las risas constantes.
En un momento, Sofía la tomó de la mano y la arrastró un poco más adentro.
Yui soltó un pequeño grito… que terminó convirtiéndose en risa.
Compartieron variedad de frutas deliciosas.
Se tumbaron en la arena.
Valerian explicó teorías absurdamente complejas sobre corrientes marinas que nadie pidió.
Marcus intentó competir en quién aguantaba más bajo el agua.
Arnold ganó.
El sol comenzó a descender.
El cielo se pintó de naranja y rosa.
El mar reflejaba la luz como oro líquido.
Yui observó el horizonte, no, todo el grupo junto
—Sabes esta idea me la dio tu nota—Dijo August.
—Pero yo solo les escribí que iría a una isla y que disfrutaran el día sin mí. —Susurró Yui
—Yo quería venir a la playa y tú estabas por aquí, entonces todos nos pusimos de acuerdo para que saliera de esta manera—Afirmó Misa
—Nos queda un pendiente antes de volver, así que llegaremos a la posada, nos alistamos y saldremos. Hay un concurso que ganar—Dijo August
El sol comenzaba a ocultarse en el piso 21 pero la noche recién comenzaba para ellos.
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