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Destino terra: El camino de Yui - Capítulo 37

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Capítulo 37: VALErian de por vida

El regreso a la residencia fue más tranquilo que la ida.

La arena aún se colaba entre los dedos de los pies, el cabello seguía con olor a sal y el cansancio agradable de un día al sol pesaba en los hombros. Nada que ver con el agotamiento brutal del piso veinte.

Cada uno tomó un baño en su habitación. El agua tibia terminó de quitar cualquier resto de arena, y la vestimenta ligera que el gremio les proporcionaba reforzaba la sensación de estar en una zona diseñada para el descanso.

Camisas cómodas, pantalones livianos, telas frescas.

Cuando estuvieron listos, se reunieron en el centro del pasillo.

Arnold cruzó los brazos mirando a su hermano.

— ¿Qué es eso del concurso?

Áugust sonrió con ese aire a misterio que tanto le gustaba usar.

—Ayer, cuando me estuve haciendo el misterioso… encontré un muy buen lugar para comer y beber a gusto.

Arnold alzó una ceja.

—Vaya… y yo justo estoy con demasiada hambre.

—Entonces este será el lugar indicado —respondió Áugust con teatralidad.

Marcus ajustaba los puños de su camisa.

— ¿Dónde es exactamente?

Áugust le explicó la ubicación con precisión.

Marcus asintió.

—Iré luego. En la playa comí demasiado, no tengo tanto apetito ahora… además hay un hechizo que quiero practicar antes.

Yui, que había escuchado eso, giró de inmediato.

— ¿Un hechizo? ¿Cuál? ¿Puedo verlo? Tal vez pueda ayudarte a—

No terminó la frase.

Sofía la tomó del brazo derecho.

Valerian del izquierdo.

Misa empujó suavemente por la espalda.

— ¡Eh! ¡¿Qué hacen?! —protestó Yui mientras era arrastrada.

—Nada de hechizos ahora —dijo Sofía—. Hoy es noche de para relajarse.

—Pero podría ser interesante observar la estructura mágica si es de rayo—

—No —respondieron las tres al unísono.

Arnold y Áugust intercambiaron miradas divertidas.

Yui intentó clavar los pies en el suelo.

— ¡Solo cinco minutos!

—No —repitió Sofía.

— ¡Tres!

—No.

— ¡Uno!

—Tampoco.

La arrastraron hasta la salida.

Marcus levantó una mano con resignación.

—Nos vemos allá.

Misa se giró.

—Y no te atrevas a perderte los tragos.

Marcus sonrió.

—Claro que no.

El bar estaba aún más animado que la noche anterior.

Música suave, mesas casi llenas, un murmullo constante de conversaciones y risas.

El cantinero levantó la vista apenas entraron.

— ¡Áugust! —Exclamó con entusiasmo—. Estaba esperando que llegaras con tu grupo.

Áugust estrecha su mano como si se reencontrara con un amigo de toda la vida.

— ¿Cómo no hacerlo? Vine a ganar tu concurso.

El hombre rió con ganas.

—Cinco equipos contando al tuyo. Cerramos inscripción con ustedes.

—Perfecto.

—Reservé una mesa cerca del centro para ustedes.

Los condujo hacia allí.

Áugust bajó la voz.

—Luego llegará otro compañero. Se está preparando para unos buenos tragos.

El cantinero guiñó un ojo.

—Ese es el ánimo que me gusta.

Se retiró para atender otras mesas.

Yui observó el lugar con atención. Las decoraciones, el movimiento del personal y los grupos distribuidos en el bar.

Se inclinó levemente hacia Áugust y murmuró:

—Así que estas eran tus verdaderas intenciones.

Él no la miró directamente.

— ¿A qué te refieres?

—Viniste ayer para reconocerlos.

Silencio breve.

—Y para confirmar que estarían aquí hoy.

—No podía simplemente confiar en que el destino los pusiera frente a nosotros.

—Y tampoco querías arruinar la noche del grupo con eso.

—Exacto.

Yui apoyó la espalda en la silla.

—Entonces hoy no es solo un concurso.

—No —respondió él con una sonrisa apenas visible—. Pero tampoco es una confrontación. Aún no.

Ambos entendían.

No necesitaban decir más.

Un mesero pasó dejando una ronda de tragos gratuitos.

—La primera siempre es gratis para los amigos—. Dijo el mesero

Todos alzaron sus vasos.

Antes de que Yui pudiera tomar el suyo, Sofía lo interceptó.

—Eso estuvo cerca.

— ¿Eh?

—Tú no puedes beber todavía, aún no sabemos que nos depararía el futuro si eso sucediera.

Yui presto atención sorprendida pero dándole la razón.

— ¿Qué tan potente puede ser el alcohol?

Arnold respondió con calma y experiencia.

—Lo suficiente para noquear a cualquier ser vivo.

Yui observó el líquido con curiosidad científica.

—Pero si solo parece una infusión concentrada como cualquier otra—

Sofía ya lo había cambiado por uno más suave.

—Bebe eso.

Yui lo probó con cautela.

—Está… dulce.

—Exacto, por ahora comenzaras con algo liviano —respondió Valerian con una sonrisa.

La conversación derivó rápidamente hacia el concurso.

— ¿Qué tipos de comida habrá? —preguntó Misa, apoyando el mentón en las manos.

—Si hay algo con carne asada, yo gano —declaró Arnold.

—Eso no es cómo funciona un concurso —le recordó Sofía.

—Debería serlo.

Valerian observó alrededor con discreción.

Sus ojos se detuvieron apenas un segundo en otra mesa.

Cuatro personas.

Riendo.

Mirando de reojo.

Uno de ellos murmuró algo mientras sonreía con superioridad.

Valerian inclinó apenas la cabeza hacia Áugust.

—Nos observan.

Áugust ni siquiera giró.

—Déjenlos ser por ahora.

Arnold entendió de inmediato.

No era momento, no aún.

El grupo continuó hablando sobre comida, especulando qué platos podrían aparecer, bromeando sobre quién comería más.

El murmullo del bar fue bajando de intensidad cuando el cantinero subió a una pequeña tarima improvisada detrás de la barra.

Golpeó una cuchara contra una jarra.

— ¡Atención, atención!

Las conversaciones cesaron poco a poco.

—El concurso está por comenzar. Las mesas en juego son las de color rojo. Es todo lo que puedan comer. Iremos cambiando de plato a medida que caigan participantes… hasta que solo quede uno.

Señaló las mesas cubiertas con manteles rojos intensos en el centro del local.

—La bebida será la que quieran. Gratis.

El público aplaudió.

Entonces levantó la voz con teatralidad:

— ¡Pero recuerden algo muy importante! ¡EL GRUPO DE LOS PERDEDORES PAGARÁN!

Una mezcla de risas y gritos emocionados recorrió el bar.

Cinco mesas. Cinco equipos.

Cuatro integrantes por mesa.

Excepto la de Áugust.

Ellos eran seis.

—Eso es ventaja —murmuró Sofía.

—Eso es estrategia —respondió Áugust.

El cantinero levantó el brazo.

— ¡Primer plato! ¡La deliciosa pizza de la casa!

Y llegaron.

Bandejas enormes.

La masa era dorada, ligeramente crujiente en los bordes y flexible en el centro. El queso burbujeante se estiraba en hilos blancos y brillantes. La salsa de tomate tenía un aroma dulce y ácido perfectamente equilibrado, con toques de albahaca fresca y aceite de oliva.

Había versiones clásicas con mozzarella abundante, otras con pepperoni especiado que soltaba pequeñas gotas de grasa brillante, algunas con vegetales asados que desprendían vapor aromático.

El olor invadió el aire.

Yui tomó su primera porción con manos casi reverentes.

Mordió.

Se quedó congelada.

Un viento cálido la había abrazado.

El queso se estiró, la masa crujió apenas antes de ceder con suavidad, la salsa explotó en sabor cálido y envolvente.

Sus ojos se abrieron.

—Esto… esto es…

Dio otro bocado.

—He encontrado la comida de mi vida.

Sofía se rió.

Yui masticaba con una expresión casi espiritual.

—La textura… el equilibrio… el queso fundido que abraza la lengua… esto es arte.

Mientras tanto, los otros equipos comían con concentración feroz.

La primera en caer fue Misa.

Apoyó la frente en la mesa después de terminar apenas su primera pizza completa.

—No debí comer tanto en la playa…

Quedó oficialmente fuera.

Aplausos y risas.

Áugust resistió hasta trece porciones.

Bajó la última con dignidad.

—Vaya… este es mi límite. Pero me divertí.

Levantó la mano en señal de retirada.

En las otras mesas nadie parecía tambalear aún.

Arnold comía en silencio, mecánico.

Sofía mantenía ritmo constante.

Yui seguía comiendo con devoción.

Valerian avanzaba sin prisa, elegante incluso en una competencia de glotonería.

Cuando el cantinero anunció el cambio de plato, retirando las bandejas de pizza—

Yui soltó un pequeño grito.

— ¡¿Qué hacen?! ¡No pueden quitarla! ¡Es la mejor comida del mundo!

Extendió los brazos dramáticamente hacia las bandejas que se alejaban.

— ¡Devuélvanla! ¡Aún no le di las gracias como corresponde!

El público rió.

Sofía le dio una palmada en la espalda.

—Tranquila, exagerada.

— ¡No es exageración! ¡Es amor verdadero!

El cantinero anunció el siguiente plato.

— ¡Hamburguesas especiales de la casa!

Llegaron torres jugosas de carne asada, queso fundido cayendo por los lados, pan suave ligeramente tostado, lechuga fresca crujiente, tomate brillante, cebolla caramelizada que desprendía un aroma dulce e intenso.

Algunas llevaban salsa especial espesa, otras bacón crujiente.

El sonido del primer mordisco colectivo fue casi sincronizado.

Yui mordió.

Cerró los ojos.

—Es… diferente… pero igualmente celestial…

La carne era jugosa, el pan absorbía los jugos sin deshacerse, el contraste entre lo crujiente y lo suave era perfecto.

Pero el ritmo comenzó a pasar factura.

Uno de los otros equipos perdió a su primer integrante.

Luego otro.

Yui, tras terminar una hamburguesa y media, dejó caer la suya con expresión trágica.

—Es… deliciosa… pero…

Yui antes de caer termina su hamburguesa y el público respetando a la elfa comienza a corear su nombre por el esfuerzo y el espectáculo que brindó.

En cada mesa, un participante más cayó.

Ahora quedaban cinco equipos.

Tres integrantes cada uno.

El cantinero alzó la voz.

— ¡Siguiente plato! ¡Bolas de pollo frito con salsa especial!

Pequeñas esferas doradas, crujientes por fuera, jugosas por dentro. El aroma a especias envolvía el aire. La salsa era espesa, ligeramente picante, con un toque dulce al final.

Yui miró el plato con ojos brillantes… y lágrimas.

—Quiero probarlo…

Intentó estirar la mano.

Misa veía como un cadáver quería volver a la vida pero le era imposible.

El público seguía riendo con Yui.

Siguió llorando de forma trágica mientras veía a los demás comer.

Sofía resistió algunas porciones, pero finalmente dejó caer su tenedor.

—Perdí porque alguien no nos avisó del concurso antes de la playa.

Miró directamente a Áugust.

Él llevó la mano al pecho como si una lanza lo hubiera atravesado.

—Lo siento…

La mesa estalló en risas.

En las otras mesas, uno más cayó por equipo.

Ahora quedaban dos por mesa.

El ambiente se tensó.

El cantinero sonrió con dramatismo.

—¡Señoras y señores! ¡La competencia está reñida! ¡Siguiente plato… carne asada!

Grandes cortes jugosos, sellados por fuera, rosados en el centro. El aroma ahumado era profundo y tentador. La grasa chisporroteaba aún sobre las tablas.

El grupo entero miró a Arnold.

—Victoria asegurada —dijo Sofía.

—Este es tu momento —añadió Áugust.

—Lo estabas esperando —murmuró Marcus.

Arnold tomó un trozo con calma.

Lo llevó a la boca.

Masticó.

Se quedó inmóvil.

Tragó.

Bebió agua.

Y levantó la mano.

—Me retiro.

Silencio absoluto en la mesa.

— ¿¡QUÉ!? —gritaron al unísono.

Arnold parpadeó.

—Estoy lleno.

— ¡Pero es carne! —protestó Sofía.

—Justamente por eso lloraré.

Áugust lo miró como si acabara de traicionar una profecía.

El público rió al ver la reacción exagerada del grupo.

Uno por equipo quedó finalmente en pie.

Cinco finalistas.

El cantinero alzó ambas manos.

— ¡Último plato de la noche!

El bar entero coreaba.

— ¡Ramen!

Los tazones llegaron humeantes.

Caldo profundo, de color ámbar oscuro, con aroma a soja, ajo y especias. Fideos largos y brillantes flotando suavemente. Láminas finas de carne tierna, huevo marinado con yema cremosa, brotes frescos, algas y cebolla verde.

El vapor envolvió las mesas.

Todos en la mesa de Áugust estaban sin poder creer que perdieron y que su as bajo la manga había caído, pero se escuchó una frase que retumbó en sus oídos:

—Excelente. Mi comida favorita.

Todas las miradas se dirigieron hacia Valerian.

Ella levantó la vista con serenidad.

— ¿Qué?

Tomó los palillos.

Probó el caldo primero.

Cerró los ojos un segundo.

—Está bien logrado.

Mientras los otros finalistas comenzaban con intensidad, Valerian mantenía un ritmo constante y elegante.

Sorbo de caldo.

Bocado de fideos.

Pequeña pausa.

Respiración controlada.

En una mesa, un competidor comenzó a sudar.

En otra, uno tosió.

La tensión crecía.

El público animaba.

— ¡Vamos!

— ¡No se rindan!

Uno cayó.

Luego otro.

Quedaban tres.

Valerian seguía igual.

Serena.

Disfrutando.

Un finalista intentó acelerar.

Error.

Dejó caer los palillos.

Solo dos.

Valerian y un joven con un equipo de aventurero dorado del otro equipo.

Ambos frente a frente.

El público gritaba.

Áugust golpeaba la mesa.

— ¡Vamos, Valerian!

Sofía saltaba.

— ¡Eres un monstruo silencioso!

Yui miraba con ojos brillantes.

El joven intentó el último esfuerzo.

Levantó el tazón para beber directamente el caldo restante.

Valerian lo observó.

Sonrió apenas.

Tomó su tazón.

Y, con calma absoluta, terminó hasta la última gota.

Dejó el recipiente sobre la mesa.

El joven, a medio sorbo, se detuvo.

Bajó lentamente el tazón.

Levantó la mano.

—Me rindo.

El bar explotó.

Gritos.

Aplausos.

El cantinero levantó el brazo de Valerian.

— ¡Tenemos ganadora!

Su expresión apenas cambió.

—Fue entretenido.

El grupo la rodeó en euforia.

— ¡Una nueva glotona a nacido! —gritó Sofía.

—Es equilibrio —respondió ella con calma.

Yui la miraba como si hubiera presenciado una hazaña épica.

El cantinero no solo le dio una insignia a Valerian si no que afirmó que podría comer gratis uno de los platillos servidos en la noche cada día por el resto de su vida.

—Tendré que venir más al laberinto por Ramen. —Dijo Valerian

El bar seguía celebrando.

Y la mesa roja, ahora victoriosa, era el centro de todas las miradas.

El concurso había terminado.

Y la más tranquila del grupo…

Había sido la última en pie.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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