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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 65

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Capítulo 65: CAPÍTULO 64 (T2):

Al día siguiente, el entierro de Haru se llevó a cabo bajo un cielo denso, cubierto de nubes bajas que parecían aplastar el pequeño cementerio. La nieve caía con una suavidad engañosa, silenciosa, acumulándose sobre los hombros de los asistentes, sobre las coronas marchitas, sobre la madera aún fresca del ataúd.

El aire era gélido.

Pero el dolor lo era más.

Soleia lloraba sin intentar ocultarlo. Rane mantenía la cabeza inclinada, los labios tensos, luchando por sostener la compostura que su oficio le había enseñado a fingir. Algunos vecinos murmuraban oraciones; otros simplemente observaban en silencio, con esa tristeza pesada que solo dejan las pérdidas irreparables.

Y allí, entre todos, Arika.

La niña permanecía inmóvil frente a la tumba. Sus manos pequeñas colgaban a los costados de su abrigo oscuro. Su rostro era una superficie serena, intacta, sin lágrimas, sin temblor, sin quiebre.

Demasiado intacta.

Las miradas comenzaron a desviarse hacia ella.

—¿Ni siquiera llora…?

—Qué niña tan extraña…

—Haru la amó como a una hija…

Los susurros se deslizaron entre la gente como viento helado.

—Parece que no le importa…

—Da escalofríos…

Arika no reaccionó.

Entre sus dedos sostenía una flor morada, protegida del frío dentro de su puño cerrado.

Las horas transcurrieron lentas, dolorosas, hasta que uno a uno los asistentes se despidieron. El crujir de la nieve bajo sus pasos se fue apagando, dejando atrás un silencio vasto.

Cuando ya no quedó nadie, Arika avanzó.

Se arrodilló con calma frente a la tumba. Depositó la flor sobre la tierra recién removida, donde el blanco de la nieve contrastaba con el marrón húmedo.

Sus labios se entreabrieron, pero ninguna palabra salió.

Solo permaneció allí unos segundos más.

Luego se levantó y se marchó.

Durante algunos días, Arika permaneció en la casa de Rane y Soleia. El hogar, antes cálido y lleno de rutinas suaves, se sentía ahora frágil, cargado de una tristeza silenciosa. Rain e Iris se mantenían siempre cerca de la niña, como si percibieran la grieta invisible que comenzaba a crecer a su alrededor.

Hasta que llegó una llamada.

El sonido del teléfono quebró la quietud de la tarde.

Rane atendió y el color abandonó su rostro.

Su único hijo, viviendo en otro país, había sufrido un accidente grave.

Debían viajar de inmediato.

Las decisiones se precipitaron con una crueldad implacable. No hubo tiempo para procesar, solo para actuar. Los perros fueron dados en adopción. La casa, vendida apresuradamente. Los muebles, los recuerdos, los años compartidos… todo reducido a cifras y urgencias.

Y Arika fue llevada al orfanato del pueblo.

El día de la despedida amaneció cubierto por una nevada espesa.

Rane se inclinó frente a ella, intentando sonreír.

—Debes cuidarte mucho, pequeña.

Sus ojos, cansados y húmedos, la recorrieron como si quisieran memorizar cada detalle.

—Y recuerda… puedes ir a la casa de Haru cuando quieras. Él te la dejó. Nadie puede quitártela.

Arika asintió lentamente.

Soleia, incapaz de contenerse, cayó de rodillas frente a la niña. Sus manos temblaban al tomar las de Arika.

—Perdóname…

La voz se le quebró.

—Quisiéramos llevarte con nosotros… pero el viaje… el dinero…

Las palabras se disolvieron en lágrimas.

La abrazó con fuerza desesperada.

—Nunca te olvidaremos. Nunca.

El abrazo fue largo, doloroso e irremediable.

—Gracias… por todo —susurró Arika con su calma intacta.

Aquella serenidad, aquella ausencia de emoción visible, desgarró aún más el corazón de Soleia.

Caminaron hacia la parada del autobús.

La nieve caía más fuerte.

Soleia subió primero, cubriéndose el rostro entre sollozos. Rane se detuvo antes de entrar. Giró la cabeza.

Arika seguía allí, sola.

Pequeña figura inmóvil en medio del blanco infinito.

Rane murmuró, apenas audible:

—Haru… amigo mío… lo que vi, lo que supe… morirá conmigo.

Su mandíbula se tensó.

—Nadie sabrá jamás de esa niña.

Y subió.

El autobús partió, alejándose poco a poco.

Arika lo observó hasta que desapareció entre la neblina helada.

Cuando ya no quedó nada.

Se dio media vuelta y caminó hacia el orfanato.

El tiempo pasó.

Arika aprendió a vivir entre rutinas rígidas, horarios estrictos y sonrisas que nunca le pertenecieron. Los niños la evitaban. Algunos la temían sin saber por qué. Otros la despreciaban con la crueldad inconsciente de la infancia.

Solo encontraba consuelo en dos lugares.

La casa de Haru y las breves visitas a Rain e Iris.

Entonces, de repente apareció Esmeray.

Una niña luminosa, de cabello castaño claro que caía en suaves ondas desordenadas, ojos color miel llenos de curiosidad y una energía imposible de contener. Su presencia era cálida, insistente, como un rayo de sol empeñado en atravesar nubes densas.

—¿Puedo sentarme contigo?

—¿Por qué siempre estás sola?

—¿Quieres que seamos amigas?

Su voz, dulce y alegre, rompía el silencio que solía envolver a Arika. No había timidez en ella, ni miedo al rechazo; hablaba como si ya conociera las respuestas, como si la distancia de Arika fuera apenas un detalle sin importancia.

Arika, fiel a su costumbre, respondió con palabras cortas, casi susurros. Pero Esmeray no se rindió. Se sentaba a su lado cada día, compartía historias pequeñas, sonrisas fáciles, preguntas interminables. Y sin que Arika lo notara, aquella niña incansable comenzó a ocupar un espacio silencioso pero profundo en su rutina.

No hubo un momento exacto o un gesto evidente, solo pequeños cambios: Arika aguardaba sin saber que aguardaba, su mirada buscaba sin admitirlo y el silencio ya no pesaba igual cuando Esmeray estaba cerca.

Hasta que Esmeray enfermó.

Fue repentino y brutal en su rapidez.

Una mañana no bajó al comedor. Y al día siguiente ya no podía levantarse de la cama.

Después, el murmullo de los adultos se volvió denso, cargado de palabras que los niños no comprendían, pero intuían.

El orfanato, siempre ruidoso, se llenó de una quietud incómoda. Y de manera rápida e injusta, Esmeray falleció en pocos días.

Durante la ceremonia, el dolor se transformó en rabia. Cuando Arika apareció, un niño rompió el silencio.

Se abalanzó sobre ella.

—¡Es tu culpa!

Sus manos golpearon su abrigo.

—¡Desde que llegaste todo es desgracia!

Las voces comenzaron a elevarse.

—Si Esmeray no se hubiera acercado a ti, ella tal vez aun…

Una cuidadora intervino con firmeza.

—¡Basta!

Separó al niño.

Luego miró a Arika, con incomodidad.

—Será mejor que te retires.

Los murmullos regresaron.

Más crueles y venenosos.

Arika bajó la mirada, y sin replicar se marchó.

Esa noche, regresó sola al cementerio.

El cielo estaba cubierto por nubes pesadas, apenas rasgadas por una luna opaca. El viento silbaba entre las lápidas, colándose por los abrigos, arrastrando hojas secas que crujían como susurros inquietos.

Arika caminaba despacio.

Cada paso parecía más difícil que el anterior, como si el suelo mismo intentara retenerla.

Se detuvo frente a la pequeña tumba de Esmeray.

Las flores marchitas temblaban bajo el viento nocturno.

—Perdón…

La palabra escapó de sus labios en un susurro frágil que se disolvió en la oscuridad sin encontrar respuesta.

Su pecho se tensó, pero no hubo lágrimas.

Solo ese vacío punzante, esa presión silenciosa que dolía más que cualquier herida.

Después caminó hacia el río.

Las aguas negras avanzaban lentas, densas, reflejando una luz pálida y enferma. El murmullo de la corriente rompía el silencio con una constancia casi cruel.

Arika sostuvo el collar.

El metal frío descansaba en su palma como un peso insoportable.

Su único vínculo y su única identidad.

La última pieza que la conectaba con algo que alguna vez se sintió como hogar.

Sus dedos se movieron apenas.

—Haru… te equivocaste…

Su voz era apenas un hilo roto, apenas audible incluso para ella.

—No hay nada especial en mí… solo… ruina

El viento respondió con un gemido largo.

—Todo lo que toco… se rompe…

Recordó los murmullos.

Las miradas.

Las palabras envenenadas.

“Monstruo.”

Recordó a Esmeray.

A Haru.

A todos los que había perdido.

Su respiración se volvió irregular.

—Tal vez… la desgracia también cayó sobre ti por mi culpa…

Una pausa.

—Tal vez por eso enfermaste… y te fuiste…

El silencio fue absoluto. Sus manos se cerraron con fuerza alrededor del collar.

—Tal vez… siempre fui esto…

Su cuerpo tembló ligeramente.

—Sin origen, ni propósito… nada

Sus ojos se cerraron y cuando habló de nuevo, su voz ya no temblaba.

Era hueca.

Rendida.

—Tal vez yo… soy eso…

Una breve pausa.

—Un “monstruo”.

Repitió la palabra sin énfasis.

Como algo aprendido.

—Algo que no debería existir…y que no merece nada.

Sus dedos se abrieron y el collar cayó.

Un pequeño destello dorado antes de desaparecer en la corriente oscura.

El río lo tragó sin resistencia. Como si nunca hubiera existido, como si Arika nunca hubiera pertenecido a nada.

Arika observó cómo la corriente lo arrastraba. Luego, se giró lentamente y caminó hacia la oscuridad. Sola.

Mientras el río continuaba su curso, indiferente, tragándose su pasado.

El recuerdo se quebró y el presente regresó violentamente.

Las palabras crueles, las tumbas, el río… todo giraba en su mente como un torbellino insoportable. La culpa, la soledad, el miedo antiguo comenzaban a desgarrarla desde dentro.

Hasta que…

Unos brazos la envolvieron.

Firmes, cálidos y reales.

Era Koen.

El caos se quebró en un instante.

Arika ya no estaba sola.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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