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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 66

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Capítulo 66: CAPÍTULO 65 (T2):

Arika temblaba.

Su respiración era corta, entrecortada, como si el aire no fuera suficiente. Sus ojos se movían sin fijarse en nada, desorientados.

—No… no… esto no… —murmuraba, perdiéndose en sus propias palabras.

Koen la miraba, con el pecho apretado. Nunca la había visto así.

—Arika… —susurró, avanzando un paso hacia ella.

Ella reaccionó de inmediato.

—¡No! —retrocedió bruscamente—. ¡No te acerques!

Sus manos se alzaron, no para defenderse… sino para detenerlo.

—Es peligroso… —su voz se quebró—. Hay algo mal… no está bien…

Se abrazó a sí misma, inclinándose levemente, como si algo dentro de ella la estuviera desbordando.

—¿Y si estoy infectada? —continuó—. ¿Y si es diferente… algo que no conocemos…?

Koen sintió que el corazón se le partía. Quiso decir algo, pero sus palabras murieron en su garganta. No sabía qué pasaba… también tenía miedo, pero sabía que no podía dejarla sola en ese estado.

—Arika, escúchame. —dio otro paso—. Mírame. Soy yo.

Ella negó con la cabeza, con rapidez.

—No lo entiendes… —su voz se volvió más inestable—. No puedo… no puedo controlarlo… ¿y si dejo de ser yo?

Su respiración se rompió en un jadeo.

—¿Y si… si me convierto en una de esas cosas?

Sus ojos, finalmente, se fijaron en él.

Había algo en ellos, algo que no encajaba.

—No quiero… hacerte daño…

Entonces, Koen apretó los dientes y simplemente corrió hacia ella. Ignorando sus palabras, y sin pensarlo dos veces, la tomó del brazo y la atrajo hacia él, abrazándola con fuerza, como si con ese gesto pudiera detener el mundo.

—¡Suéltame! —gritaba ella, luchando contra él—. ¡Si estoy infectada, podrías…!

—¡No me importa! —la interrumpió, sosteniéndola con más fuerza.

Su voz tembló, pero no cedió.

—No voy a dejarte… ¿me oyes? No voy a dejarte sola.

Apoyó la frente contra la suya, obligándola a quedarse.

—No estás infectada… esto no es así… —dijo, más bajo—. No tienes ninguna herida… ninguna mordida… esto no es eso.

Arika forcejeó unos segundos más, pero poco a poco la calidez de Koen, su voz firme, y el latido constante de su pecho lograron calmarla. Su respiración, que al inicio era agitada, fue acompasándose. Sus dedos dejaron de temblar.

Pasaron varios minutos así, en el silencio más íntimo. Koen aun la sostenía con un abrazo, como si pudiera impedir que se desmoronara.

Finalmente, Arika recobró el control. Su mirada seguía turbia, pero al menos había regresado.

Koen la soltó un poco y le tomó las manos con suavidad.

—Sigues siendo tú. Aún eres humana. Lo que sea que esté pasando, lo resolveremos juntos. No tienes que cargar con esto sola.

Arika tragó saliva, aun temblando, pero finalmente asintió, rendida ante la seguridad de sus palabras.

—…Está bien —cedió al final—. Pero… ¿y si alguien más se da cuenta?

Koen negó levemente.

—Entonces nos adelantaremos. Pero por ahora, nadie necesita saberlo. Solo complicaría todo.

Arika asintió, aunque la inquietud no desapareció del todo.

En ese momento, el sonido de pasos interrumpió la calma, acercándose desde el pasillo.

Koen reaccionó al instante.

—¡Mierda…! —susurró.

Corrió hacia la puerta y echó el seguro justo cuando la manija giró desde el otro lado. Esta vez, no se detuvo de inmediato.

—¿Koen? —la voz de Reize sonó con un dejo de extrañeza—. ¿Por qué está cerrada?

Koen se quedó inmóvil un segundo.

Demasiado rápido. Tenía que responder ya.

—Eh… —improvisó, mirando alrededor—. Está atascada. La manija se trabó, creo.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Atascada? —repitió Reize, desconfiado—. Déjame intentar.

La manija volvió a girar, esta vez con más fuerza.

Koen tensó la mandíbula.

—¡No! —se apresuró a decir, suavizando el tono enseguida—. Digo… no hace falta. Ya casi termino aquí.

Otra pausa.

—Estoy limpiando la herida de Arika —añadió, más firme—. Hay sangre por todos lados. No creo que quieras ver esto ahora mismo.

El intento de abrir cesó.

—…Está bien —dijo finalmente Reize—. Pero no tardes.

Los pasos se alejaron poco a poco. Koen no se movió hasta que el sonido desapareció por completo.

Entonces soltó el aire.

El silencio volvió a reinar en la habitación.

Arika bajó la mirada, como si algo dentro de ella se hubiera reactivado.

—Para que no sospechen… —murmuró, casi para sí misma—. Tengo que hacer la herida otra vez…

Koen frunció el ceño.

—Arika—

Pero ya era tarde, ella había tomado un objeto filoso. Y antes de que Koen pudiera detenerla, ya lo tenía apuntando hacia su brazo.

—¡¡¿Qué haces?!! —Koen cruzó la distancia en un instante y le arrebató el objeto con fuerza—. ¡¿Estás pensando siquiera lo que haces?!

—¡Es la única forma! —replicó ella, con la voz quebrada, los ojos brillando—. Si no tengo heridas, lo van a notar… ¡van a empezar a hacer preguntas!

Su respiración se aceleró.

—Y cuando eso pase… me van a ver diferente. Como si fuera algo… como si fuera—

—Un monstruo —terminó Koen, con firmeza—.

Arika se quedó en silencio.

Koen negó con la cabeza.

—No. No eres eso. Y no voy a dejar que te hagas daño para demostrar lo contrario

Pero Arika no retrocedió, y Koen lo entendió. Sin decir nada más, miró el objeto en su mano… y tomó una decisión. El filo cruzó su propia palma, y la sangre apareció de inmediato. Arika abrió los ojos, horrorizada.

—¡¿Qué acabas de hacer?!

Koen cerró la mano con fuerza, dejando que la sangre corriera.

—Esto —dijo, con voz firme—. Es suficiente.

Le tendió la mano.

—Usa mi sangre. Haz que parezca real.

Arika lo miraba, sin poder procesarlo del todo.

—Estás… estás mal de la cabeza…

—Probablemente —respondió él, sin apartar la mirada—. Pero tú no vas a lastimarte. No por esto. ¿Qué pasa si esta vez no sana? No vale la pena arriesgarlo.

El silencio se instaló entre ambos.

Más denso. Más profundo.

Arika bajó la vista lentamente hacia su mano herida y la tomó con cuidado, como si temiera hacerle más daño.

—No tenías que hacer eso…

Koen soltó un leve suspiro.

—Tal vez no.

Direccionó su mirada hacia ella.

—Pero si con esto puedo evitar que te hagas daño… entonces sí, lo haría otra vez.

Arika apretó los labios, conteniendo algo que no terminó de salir.

Chasqueó la lengua, intentando recomponerse.

—Sabes que eres un tonto, ¿verdad?

Koen sonrió.

—Sí… lo soy.

Por un instante, el aire entre ellos se suavizó. La tensión no desapareció del todo, pero algo en esa pequeña normalidad —en ese intercambio casi cotidiano— logró mantenerla a raya.

Arika bajó la mirada hacia la herida abierta en la palma de Koen. La sangre seguía brotando, lenta pero constante.

—Idiota… —murmuró, esta vez sin fuerza.

Rápidamente tomó una de las vendas y la presionó contra su mano, envolviéndola con cuidado, como si temiera hacerle más daño del necesario. Sus dedos ya no temblaban tanto, pero aún había cierta rigidez en sus movimientos.

—Aprieta aquí —le indicó en voz baja.

Koen obedeció sin protestar, observándola en silencio. Había algo distinto en ella ahora: seguía asustada, sí, pero ya no estaba al borde de romperse.

Cuando terminó de vendarlo, Arika tomó otra tela limpia… y luego dudó.

Sus ojos se posaron en la sangre.

Por un segundo, demasiado largo para ser normal.

Koen lo notó.

—Arika… —la llamó con cuidado.

Ella parpadeó, como si saliera de un pensamiento del que no quería formar parte.

—…Lo siento —susurró de inmediato, apartando la vista—. Solo…

No terminó la frase.

Koen no insistió.

En lugar de eso, acercó un poco más la mano ensangrentada hacia ella.

—Hazlo rápido —dijo, con suavidad—. Antes de que Reize vuelva.

Arika asintió. Esta vez no dudó. Presionó la tela contra la herida de Koen, empapándola lo suficiente, y luego comenzó a aplicarla sobre su propio brazo y muslo, simulando una lesión reciente.

Se aseguró de que la sangre quedara visible, imperfecta, creíble.

—Debería bastar… —murmuró, más para sí misma que para él.

El silencio regresó, pesado pero distinto al de antes.

Arika se sentó en el borde de la cama y le indicó a Koen que se sentara con ella. Tomó su mano, la trató con cuidado, y le puso una venda.

—No vuelvas a hacer eso —le dijo en tono suave pero firme—. Así como tú no quieres que me haga daño… yo tampoco quiero verte hacerlo.

Koen asintió.

—Lo recordaré.

—Más te vale.

Koen miró su mano vendada y suspiró.

—Deberíamos ocultarlo. Si alguien lo nota, va a ser un problema.

Arika se levantó, fue hasta su mochila y rebuscó un momento. Al cabo de unos segundos, sacó un guante oscuro y se lo entregó.

—Usa esto. Si descubren tu herida, todo lo que hiciste sería en vano. No podemos arriesgarnos.

Koen sonrió y asintió.

—Tienes razón.

Arika se acercó para ponerle el guante con cuidado. Mientras lo hacía, Koen la observaba en silencio. En su mente, no podía evitar pensar lo fuera de lugar que parecía alguien como ella en un mundo así. Tan frágil y fuerte a la vez. Una chispa de esperanza en medio del colapso de su mundo.

Arika alzó la mirada de repente y se encontró con sus ojos.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así?

Koen apartó la vista de inmediato.

—No es nada…

Ella lo estudió un segundo, confundida, pero al final su expresión se suavizó.

Se puso de pie y le tendió la mano.

—Vamos. Será mejor no hacerlos esperar.

Koen, por un instante, se quedó mirando su mano extendida, perdiéndose en la calidez de ese gesto, en la imagen de ella frente a él. Algo que no quería perder, naciendo una promesa silenciosa en su mente: No dejaré que este mundo te corrompa. No voy a permitirlo. Té voy a proteger, incluso si tengo que arder junto a él.

—Si — dijo tomando su mano con firmeza y se levantó.

Al levantarse, Koen y Arika llegaron juntos a la puerta de la habitación. Arika tomó la manija, pero se detuvo, dudando si abrirla o no. Koen, de pie justo detrás de ella, colocó su mano sobre la suya con suavidad.

Arika extendió la mano hacia la manija de la puerta, pero se quedó inmóvil.

Sus dedos temblaban levemente.

Koen, que estaba justo detrás, notó su duda. Sin decir nada, colocó su mano sobre la de ella.

—Tranquila —murmuró, en un tono suave pero firme—. Todo va a salir bien. Si pasa algo… estoy aquí contigo. ¿Sí?

Arika giró lentamente el rostro hacia él. Sus ojos se encontraron, tan cerca que sus respiraciones se entrelazaban. Por un segundo, el mundo se detuvo. Ninguno de los dos se movió. Solo se miraron.

—Gracias… —susurró ella, con una sonrisa débil, casi culpable.

Koen la sostuvo con la mirada un instante más, como si algo lo empujara a decir algo más. Pero en lugar de eso, apartó la vista con torpeza, bajando la mano.

—Deberías cojear un poco —dijo, rascándose la nuca—. Apóyate en mí. Así parecerá más creíble.

Arika asintió, respirando hondo.

—Buena idea.

Tomó aire, giró la perilla con lentitud y abrió la puerta. Se apoyó en el brazo de Koen y comenzaron a caminar por el pasillo en dirección a las escaleras.

—¿Estás bien? —preguntó ella al notar una sonrisa en su rostro.

—¿Yo? Sí… claro—dijo él, intentando borrar la expresión—. Solo… no esperaba que el día empezara así.

—¿Así cómo? —preguntó Arika, ladeando la cabeza.

Koen la miró de reojo, con un deje de humor.

—Bueno… contigo apoyándote en mí.

Arika dejó escapar una pequeña risa.

—No te acostumbres.

—Qué lástima…—respondió él, aunque sonreía

Siguieron caminando, dejando que el silencio volviera, pero esta vez no era incómodo. Era… tranquilo.

El sonido apagado de sus pasos sobre la madera llenaba el pasillo, constante, casi reconfortante.

Arika lo miró de reojo. Su brazo era cálido y firme. Sintiendo que, por un momento, el mundo fuera de esas paredes no importaba tanto.

Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, ambos lo sintieron: algo entre ellos acababa de empezar a cambiar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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