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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 68

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Capítulo 68: CAPÍTULO 67 (T2):

Todos se reunieron en la sala para desayunar. Elion y Stella habían preparado unas galletas untadas con mantequilla y un poco de té. Todos comían agradecidos, en un ambiente cálido, acompañado de algunas conversaciones ligeras y sonrisas compartidas.

Cuando terminaron de comer, Delma se levantó primero. Fue a buscar su mochila sin decir mucho. Elion hizo lo mismo, revisando su equipo con atención, mientras Ethan apuraba el último sorbo de té con una sonrisa tranquila.

Reize se acercó a él sin decir palabra. Llevaba en las manos un par de trozos de cartón, recortados y doblados con cuidado. Ethan la observó curioso, pero no se movió. Ella se paró a su lado y comenzó a envolverle los antebrazos, asegurando el cartón con una cinta adhesiva.

—Por si te topas con uno de esos —murmuró, concentrada en su tarea—. No es tan fuerte como una armadura… pero almenas detendrá una mordida.

Ethan la miró en silencio por un instante, con una expresión suave.

—Gracias, Reize.

Ella asintió sin mirarlo, murmurando que regresara a salvo. Al terminar, se puso de pie, pero Ethan no la dejó escapar tan fácil.

—Oye… —dijo, con tono travieso—. Si vuelvo sin un rasguño… ¿me darás una respuesta sobre lo que hablamos ayer?

Reize se quedó congelada por un segundo. Luego bajó la cabeza, y una pequeña sombra roja le tiñó las mejillas.

—No seas tonto… —murmuró, dándose la vuelta—. Solo me preocupo por el equipo. Si te pasa algo será un problema para todos.

Ethan sonrió, divertido. Pero justo cuando ella se alejaba, Reize se detuvo en el umbral de la cocina. No lo miró, solo habló al aire, con voz temblorosa.

—Pero si lo haces… si vuelves bien… tal vez te diga algo.

Y sin esperar respuesta, salió de la sala. Ethan la siguió con la mirada, aun sonriendo, pero en sus ojos había algo más. Una mezcla de esperanza y ternura.

—¿Estás listo? —preguntó Elion, acercándose.

Ethan asintió.

En ese momento, Delma bajó las escaleras con paso firme. Su chaqueta estaba cerrada hasta el cuello y llevaba una mochila al hombro. No dijo nada, pero su presencia lo decía todo: estaba lista.

Cuando los tres estuvieron preparados, se dirigieron a la puerta trasera de la casa. El sol ya estaba alto, aunque apenas se colaba entre las nubes grises. Afuera, el mundo seguía siendo incierto, peligroso.

Koen los esperaba allí. Cruzó los brazos, observándolos uno por uno. Luego, sin decir nada más, dio un paso al frente y puso una mano en el hombro de Ethan.

—Cuídense. Los tres.

—Volveremos antes del atardecer —respondió Ethan.

Arika, junto a él, añadió con una sonrisa apenas perceptible:

—Los esperaremos.

Stella se acercó en ese momento, con una pequeña hoja doblada en la mano. Se la tendió a Delma.

—Es un croquis —explicó—. Con suerte no lo necesitarán, pero si se pierden, esto los puede guiar de vuelta.

Delma la tomó, asintiendo en silencio.

Entonces, una figura bajita se acercó desde el pasillo, abrazando con fuerza a un cachorro peludo entre los brazos. Era Althea, con Max pegado a su pecho. Caminó con pasos pequeños hasta Delma, alzó la mirada y habló en voz bajita:

—Vuelve bien… ¿sí?

Delma se agachó de inmediato, hasta quedar a su altura. Le acarició el cabello con ternura, y sonrió con suavidad.

—Voy a volver. Te lo prometo. No vamos a separarnos otra vez.

Althea asintió, aun abrazando al cachorro con fuerza.

Detrás de ella, medio escondido, estaba Hael. Su mirada seria no se apartaba de Elion. No dijo nada de inmediato, pero cuando Elion se giró para mirarlo, Hael respiró hondo y soltó con voz firme:

—Vuelve entero.

Elion sonrió, enternecido. Dio un paso hacia él e intentó alzar una mano para revolverle el cabello, como hacía siempre.

—Por supuesto, hermanito.

Pero antes de tocarlo, Hael dio un paso atrás, frunciendo el ceño.

—No hagas eso —dijo, con tono seco—. No soy como Althea… no necesito esas cosas.

Althea, que aún estaba junto a Delma, bufó al oírlo.

—¡Oye! ¿Qué se supone que significa eso?

—Lo que oíste —respondió Hael, cruzándose de brazos.

—¡A veces eres un viejo amargado!

—¡Y tú una bebe!

La tensión de la partida se diluyó de golpe, sustituida por risas contenidas. Todos los presentes, incluso Delma y Koen, esbozaron sonrisas al ver a los pequeños discutir. Max ladró suavemente en los brazos de Althea, como si también quisiera opinar.

El ambiente, por un instante más, volvió a sentirse como un hogar.

Y finalmente, tras una última ronda de miradas y promesas silenciosas, Delma, Elion y Ethan cruzaron la puerta.

El mundo los esperaba.

Y la casa, una vez más, se quedó atrás.

El silencio después de la partida del grupo fue breve. Pronto, la casa recuperó un poco de su ritmo tranquilo.

Hael y Althea, sin mucho que hacer y visiblemente aburridos, comenzaron a buscar algo con lo que entretenerse. Max estaba con ellos, en brazos de Althea, aferrado con tranquilidad mientras recorrían la casa. Revisaron cajones, estantes y rincones olvidados, hasta que finalmente encontraron lo que buscaban en la habitación que compartían Delma y Althea: un pequeño montón de hojas de colores y unas tijeras guardadas en un cajón.

La puerta había quedado abierta.

Koen, que pasaba por el pasillo, los vio desde fuera.

—¿Qué están haciendo? —preguntó, apoyándose en el marco.

Althea alzó las hojas con entusiasmo, acomodando a Max en sus brazos.

—¡Vamos a hacer figuras!

Antes de que Koen pudiera responder, Hael lo tomó del brazo, y entre él y Althea prácticamente lo jalaron hacia dentro de la habitación.

—Ven, ven —insistieron.

Koen soltó una pequeña risa, aunque aún dudaba.

—No soy muy bueno en eso…

—No importa —dijo Althea—. Solo hazlo con nosotros.

Koen suspiró, pero terminó cediendo.

—Está bien…

Minutos después, estaban instalados. La luz del sol entraba a través de las cortinas, iluminando con suavidad los colores vivos del papel.

Koen estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, rodeado de recortes torpes y pedazos arrugados. Intentaba doblar el papel en forma de animales, pero ninguno le salía como debía. Un conejo parecía un murciélago, un zorro había terminado pareciendo un zapato, y su intento de ave se deshacía al menor movimiento.

—Eres terrible en esto —comentó Hael sin rodeos, sentado a su lado mientras, sin esfuerzo, daba forma a una figura impecable entre sus dedos.

Koen soltó una risa baja, rascándose la nuca.

—Es mi primera vez. Ten algo de compasión.

—¿Primera vez? —repitió Hael, incrédulo—. Hasta mi hermano sabe hacer esto. Lo hacíamos en la escuela cuando llovía. ¿Nunca hiciste algo así?

Koen dudó apenas un segundo.

—No… en realidad no. En mi casa esas cosas se consideraban una pérdida de tiempo. Todo era estudiar, entrenar… cumplir expectativas.

Hael dejó de doblar papel. Lo miró de reojo, curioso.

—Eso me recuerda a un chico que conocí en la primaria. Casi no hablaba con nadie, siempre estaba serio. Cuando intentábamos invitarlo a jugar, decía que no podía perder el tiempo, que tenía que estudiar… y un día simplemente dejó de venir. Después dijeron que era por problemas familiares, pero también corría el rumor de que era de una familia muy rica y que seguiría estudiando en casa.

Koen soltó una pequeña risa.

—Sí… suena bastante familiar.

Hael alzó las cejas.

—Espera… ¿tú también eres de esos?

Koen asintió sin rodeos.

—Sí. Mi apellido es Howard.

El efecto fue inmediato.

Althea, que hasta entonces estaba tranquila, meciendo a Max en sus brazos mientras este dormía, levantó la mirada de golpe.

—¿Howard? ¿Como los de Zenthera?

Koen asintió con calma.

—Sí. Es la empresa de mi familia. Eventualmente… me tocará hacerme cargo.

Hael se incorporó de un salto.

—¡¿Hablas en serio?! ¡Zenthera es gigantesca!

—¡Eso es increíble! —añadió Althea, sorprendida.

Koen sonrió, pero sin entusiasmo real.

—Desde fuera, tal vez. Desde dentro… no tanto.

Bajó la mirada un instante.

—Era… exigente. Apenas veía a mi madre. Y mi abuelo solo se interesaba por resultados. Nada más.

Hael lo observó en silencio, pensativo. Luego bajó la mirada a la figura que tenía en las manos.

—Ya veo… Debió ser pesado —murmuró—. Pero bueno… seguro hiciste cosas increíbles, ¿no?

Koen asintió con un gesto tranquilo.

—Supongo. Pero siempre me pregunté cómo sería hacer cosas normales… como esto —dijo, levantando su torpe figura de papel arrugado con una sonrisa divertida.

—Pues vas muy mal —bromeó Hael.

—¡Hael! —protestó Althea—. ¡No seas grosero!

—No pasa nada —respondió Koen, riendo con sinceridad esta vez—. Aunque, para ser justo, tengo mejores recuerdos haciendo otra cosa.

—¿Como qué? —preguntó Althea, curiosa.

—Cuando era niño, mi madre y yo hacíamos piezas de arcilla. Solo de vez en cuando… pero me gustaba.

—¡Entonces debes ser bueno con las manos! —dijo Althea, animada—. ¡Seguro puedes mejorar!

Koen los miró, un poco sorprendido por el entusiasmo.

—Quizá…

—Claro que sí —añadió ella—. Nosotros te enseñamos.

Koen los miró a ambos, cálidamente.

—Gracias… me encantaría.

—Pero primero —dijo Hael, señalando con el dedo—. Quítate los guantes. Así no vas a poder doblar bien nada.

Koen bajó la mirada a sus manos enguantadas. Dudó un instante.

—Está bien así —respondió—. Me siento más cómodo con ellos puestos.

—¿Por qué? —preguntó Althea, ladeando la cabeza.

Koen respiró hondo, fingiendo tranquilidad.

—Tengo misofobia. Me incomoda tocar cosas que puedan estar sucias o contaminadas. Me siento más tranquilo así.

Los niños guardaron silencio. No sabían bien qué decir. No lo juzgaron, solo asintieron.

Los niños intercambiaron una mirada breve.

—Ah… —dijo Hael—. Está bien entonces.

Pero frunció el ceño.

—Aunque ayer no los llevabas.

Koen tardó apenas un segundo en responder.

—Los había perdido. Encontré estos después..

Mintió con tranquilidad. No podían saber la verdad. No podían ver la herida que ocultaba debajo del guante derecho.

Hael lo observó por un momento más, pero no insistió. Simplemente tomó otra hoja de papel y se la tendió.

—Toma. Intenta hacer un zorro esta vez.

Koen sonrió, aliviado.

—Haré mi mejor intento.

Y así, sin más preguntas, los tres siguieron jugando. Max respiraba tranquilo en los brazos de Althea, las risas suaves llenaban la habitación, y por un rato, la guerra allá afuera pareció lejana.

La sala estaba en calma. Afuera, el cielo gris comenzaba a abrirse, dejando pasar una luz tenue que se filtraba por las ventanas. El murmullo de otras habitaciones apenas llegaba, lejano, casi inexistente.

Arika y Reize estaban sentadas frente a frente, con vasos de agua entre las manos. Max dormía en algún rincón de la casa, y desde el cuarto contiguo se colaban risas infantiles mezcladas con la voz de Koen.

—Ahora que estamos tranquilas —comenzó Reize, rompiendo el silencio con suavidad—, tal vez podamos hablar con calma de lo que pasó esa tarde… cuando te encontré bajo la lluvia.

Arika bajó la mirada, apretando un poco el vaso.

—Te vi rodeada de esas criaturas —continuó Reize, su voz era suave pero firme—. Había cuerpos por todas partes. Sé que eres fuerte, pero estabas herida y aun así lograste vencerlos sola… ¿qué pasó exactamente?

—Cuando te fuiste… —empezó Arika, con un hilo de voz—, apareció uno. Lo maté, pero después vinieron más. No sé cuántos… solo recuerdo pelear. Uno me hizo caer y me lastimé la pierna, pero seguí… no sé por cuánto tiempo. Supongo que fue la adrenalina.

—¿No tuviste… otro dolor de cabeza? —preguntó Reize, estudiándola con atención—. Como esa vez cuando estabas confundida.

Arika negó con la cabeza lentamente.

—No… no pasó nada más.

Reize la observó un instante. Luego entornó los ojos.

—¿Estás segura, Arika? ¿No me estás ocultando algo?

El corazón de Arika dio un vuelco. Apretó los dedos alrededor del vaso y forzó una sonrisa.

—¿Ocultarte algo? ¿Yo? Jamás podría hacer eso contigo.

La mentira salió.

Y esta vez… no pasó desapercibida para ella. Algo dentro de su pecho se apretó con fuerza, como si esa simple frase hubiera quebrado algo frágil. No era solo culpa. Era más intenso, más crudo. Una punzada que le recorrió el cuerpo, acompañada de una sensación inquietante… como si se estuviera alejando, poco a poco, de sí misma.

Nunca le había mentido a Reize. Nunca había tenido que hacerlo. Y ahora… lo había hecho sin detenerse lo suficiente. Eso fue lo que más le dolió. La facilidad. Como si en algún punto, sin darse cuenta, hubiera cruzado un límite invisible. El silencio que siguió pesó más que cualquier palabra.

Arika bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos. Sentía que, si lo hacía, Reize podría verlo todo: la herida, la fuerza, ese vacío extraño en su memoria… y esa presencia que aún no sabía cómo nombrar. Todo lo que intentaba ocultar parecía latir bajo su piel, esperando salir.

No podía decirlo. Porque ni siquiera ella lo entendía. Porque le aterraba ponerlo en palabras. Y, sobre todo… porque tenía miedo.

Miedo de perderla.

Miedo de que la mirara con desconfianza.

Miedo de que dejara de verla como hasta ahora.

Antes de que el silencio se rompiera, unos pasos se acercaron al salón. Stella apareció con una manta doblada entre los brazos, el cabello recogido con cuidado. Al verlas, sonrió con suavidad.

—¿Interrumpo? —preguntó, aunque ya se estaba sentando en el sofá de al lado.

Reize apartó la mirada de Arika, relajando un poco la expresión.

—Para nada. Solo hablábamos un poco de lo que pasó… nada importante.

Luego se giró hacia Arika, como si se diera cuenta de que no las había presentado.

—Ah, cierto. Stella… te presento oficialmente a Arika. —hizo un gesto leve—. Arika, ella es Stella. Ayer compartimos habitación y… nos ayudó mucho.

Arika alzó la vista y forzó una pequeña sonrisa.

—En serio… gracias.

Stella asintió con elegancia.

—Ya había oído hablar de ti, Arika. Ethan te menciona seguido —comentó con una sonrisa amable—. Parece que te has ganado el respeto de varios aquí.

—Ojalá pudiera decir que lo merezco… —murmuró Arika, sin pensar.

—Lo mereces —dijo Reize de inmediato, con convicción.

Sus palabras llegaron rápidas. Seguras. Sin rastro de duda.

Y eso… hizo que el nudo en el pecho de Arika se apretara aún más.

El silencio que siguió fue distinto. No incómodo, pero sí denso, como si algo invisible se hubiera instalado entre ellas. Ninguna habló.

Las tres bajaron la mirada casi al mismo tiempo, enfocándose en el centro de mesa, como si en ese pequeño punto pudieran esconder todo lo que no se estaban diciendo.

Desde las habitaciones cercanas, el sonido de pasos interrumpió la quietud. Hael y Althea corrían por el pasillo, sus risas ligeras llenando el aire por un instante. Más atrás, la risa suave de Koen se escuchó, lejana… despreocupada.

Un contraste demasiado marcado.

Arika inhaló despacio, como si necesitara aferrarse a algo más simple, más seguro.

—¿Siempre ha sido así de tranquila esta casa? —preguntó al fin, intentando cambiar el tema.

—No siempre —respondió Stella, cruzando las piernas con gracia—. Hubo días peores, antes de llegar a este escondite. Pero con el tiempo… aprendimos a sobrevivir. Y a disfrutar momentos como este.

Reize asintió con una sonrisa cálida.

—Nos lo merecemos.

Dejó que su cuerpo se hundiera un poco en el sillón, relajándose.

Por otro lado, la situación con el grupo que habían salido era diferente.

La estación de bomberos no estaba lejos, pero el trayecto aún tenía sus riesgos. Afortunadamente, los tres llegaron sin problemas. Delma fue la primera en acercarse al portón oxidado, que estaba entreabierto. El chirrido que hizo al empujarlo resonó en la calle silenciosa como una alarma.

—Entren con cuidado —murmuró, desenvainando su cuchillo.

Ethan y Elion asintieron. Los tres cruzaron la entrada y comenzaron a recorrer el lugar con paso firme pero silencioso. Dentro, el aire olía a humedad, ceniza y algo más… algo rancio. Un par de infectados merodeaban cerca de la zona de los casilleros. Se lanzaron con gruñidos al verlos, pero no fue difícil neutralizarlos. Delma se movía como una sombra, precisa y rápida. Ethan usó su pistola solo cuando fue necesario. Elion, por su parte, aseguraba las puertas detrás de ellos.

—Limpio —dijo Delma, tras revisar la última habitación.

—Entonces empecemos —respondió Ethan, dirigiéndose hacia una vieja sala de mapas.

En cuestión de minutos, Ethan encontró un par de planos colgados en la pared y algunos enrollados en un estante empolvado. Los examinó, seleccionó los que parecían más útiles y los guardó con cuidado. Mientras tanto, Elion y Delma revisaban una sala de comunicaciones. Allí encontraron dos radios antiguos, aún funcionales.

—Podrían servirnos para comunicarnos si alguien se separa —comentó Elion, metiéndolos en su mochila.

—Si es que no se cortan como la vez pasada —murmuró Ethan, desconfiado.

Con todo lo necesario en su poder, decidieron marcharse. Pero apenas salieron del edificio, el sonido de pasos y gruñidos los alertó: un grupo numeroso de infectados bloqueaba el camino de regreso.

—Maldición —susurró Ethan, agachándose tras una pila de escombros.

Delma analizó rápidamente la zona.

—Déjenmelo a mí. Iré por la derecha, desde allí podré ver una mejor ruta y avisarles por radio cuál es el mejor camino. Esperen mi señal.

—¿Estás segura? —preguntó Elion.

—Claro. Confíen en mí.

Se desvaneció entre las sombras antes de que pudieran decir algo más. Ethan y Elion esperaron tensos. Pasaron unos minutos hasta que escucharon la voz de Delma por la radio.

—Hay un callejón estrecho a su izquierda. Rodeen el edificio de la farmacia. Con cuidado, están dispersos, pero no los han visto aún.

Siguieron las instrucciones de inmediato, moviéndose con rapidez. Durante varios minutos lograron avanzar sin ser detectados. Pero de pronto, la comunicación se cortó.

—¿Delma? —Elion presionó el botón del radio—. ¿Delma, me copias?

Nada.

Frunció el ceño.

—Avancemos. Tal vez fue una interferencia.

Siguieron caminando, pero no tardaron en ser descubiertos por otro grupo. En cuestión de segundos, los gruñidos y pasos acelerados los forzaron a separarse para sobrevivir.

Elion corrió hacia un edificio semiderruido, y se escondió entre los escombros. Desde allí intentó comunicarse con los otros, sin éxito. El pulso le retumbaba en los oídos.

—¿Ethan? ¿Delma? ¿Me escuchan?

El silencio era más pesado que el aire.

Entonces, desde un callejón oscuro, emergió una figura. Elion apuntó de inmediato con su arma, hasta que reconoció el rostro. Era Ethan.

—¡Por fin! —dijo Elion, aliviado—. ¿Estás bien?

Ethan asintió con una sonrisa agotada. Tenía una herida en el rostro, un corte que cruzaba su mejilla izquierda.

—Solo un rasguño… —murmuró, limpiándose la sangre con la manga—. Me tope con un grupo grande quedándome sin balas. Tuve que usar el cuchillo. Uno de esos malditos me empujó contra una pared… y terminé cortándome yo mismo. Pero logré acabar con él.

Elion lo miró de arriba abajo y rió.

—Con esa cicatriz, pareces un matón de película.

Ethan soltó una carcajada, cansado.

—Estoy exhausto. No sé cómo esa chica, Arika, pudo derribar a tantos usando solo un tubo de fierro…

—Debe tener una buena condición física —dijo Elion, aún sonriendo—. No veo otra explicación.

—Cuando volvamos, le preguntaré dónde entrena. A ver si me da el secreto para esa fuerza sobrehumana.

—Buena idea. Eso nos vendría bien a todos.

Ethan asintió, luego preguntó, con la voz más seria:

—¿Y Delma? ¿Sabes algo?

Elion negó.

—No. Desde que hubo la interferencia no la he podido contactar.

Antes de que pudiera decir algo más, una voz familiar los sorprendió desde lo alto.

—Vaya, así que aquí estaban —dijo Delma, apoyada en el borde de un tejado—. ¿Los dos jugando a perderse?

Ethan alzó la vista, aliviado.

—¿Dónde estabas? ¡Estábamos preocupados!

—Divirtiéndome por ahí —respondió con una sonrisa burlona—. Vi a unos cuantos y no pude evitar entretenerme un poco.

Elion la regañó entre risas.

—¿Y no nos invitaste? Qué mala amiga.

Los tres rieron. El tono tenso de hace un momento se desvaneció. Delma bajó con agilidad por una escalera lateral, se reunió con ellos y, sin más palabras, retomaron el camino de regreso.

Debían darse prisa. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de naranja. Pronto anochecería, y todos sabían que las noches no perdonaban.

El grupo avanzó por las calles cubiertas de hojas secas y charcos viejos. Las sombras seguían creciendo entre los edificios abandonados, y con ellas, el peligro latente.

—Casi no llegamos antes del anochecer —murmuró Ethan, llevando una mano a su costado adolorido.

—Tranquilo, ya falta poco —le respondió Elion, guiándolo por una calle secundaria—. Ya puedo ver la casa.

Delma iba detrás, atenta, con los ojos fijos en los tejados. Aunque sonreía, su mano no se apartaba del mango de su cuchillo. El camino de regreso no había estado libre de sobresaltos. Aunque habían esquivado lo peor, sabían que un solo descuido podía cambiar todo.

Cuando por fin doblaron la esquina y entraron al callejón, vieron la puerta trasera de la casa, todos soltaron el aliento contenido.

—Ahí está —dijo Delma.

Ethan tocó la puerta trasera con los nudillos, un ritmo acordado, esperando a que su hermano le abriera la puerta como siempre.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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