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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 70

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Capítulo 70: CAPÍTULO 69 (T2):

La cocina estaba impregnada del aroma de hierbas y vegetales recién cortados. Aunque el sol aún no se ocultaba del todo, la luz comenzaba a apagarse, tiñendo el espacio de un gris suave. La lámpara colgante, con su luz amarilla y cálida, pero aun tenue, bañaba el lugar con una falsa sensación de calma, como si por un instante el mundo exterior dejara de existir.

Arika se encontraba de pie junto al mesón de madera, concentrada en la tarea que ella misma había insistido en realizar. Había convencido a Stella de que quería ayudar con la cena, asegurando que se sentía mucho mejor. Stella, algo dudosa, había aceptado bajo la condición de que no se exigiera demasiado, y dejó la cocina en sus manos mientras subía junto a Reize para encargarse de bañar a los niños.

La casa estaba tranquila. Solo se escuchaba el chapoteo suave del agua y risas lejanas desde el baño. Una paz tensa, pero real. Sin embargo, dentro de Arika, algo se removía.

Con una mano firme, sostenía el cuchillo sobre una zanahoria, cortándola en rodajas delgadas y uniformes. Su respiración era controlada, medida… al menos en apariencia.

—¿Por qué? —susurró en voz baja, apenas audible.

Dejó el cuchillo sobre la tabla y lo observó, hipnotizada por el reflejo del acero pulido.

—¿Qué me está pasando?

Había algo en su cuerpo, en su mente… algo que la asustaba más que los infectados. Pensamientos que no eran suyos, impulsos que surgían de la nada. Recordó el momento en la lluvia, como perdió el control, desconociéndose asi misma. No había heridas en su cuerpo después de aquello. Ninguna. Solo un agotamiento profundo, como si algo invisible le hubiera drenado la energía.

Y ahora… ese vacío. Esa duda persistente que no la dejaba en paz.

Sin pensarlo demasiado, deslizó el cuchillo contra su dedo índice. Un pequeño corte, limpio. El dolor fue mínimo. Se quedó mirando con atención, esperando.

Uno… dos… tres segundos.

Nada.

El corte no desaparecía. Seguía ahí, rojizo, con un hilo delgado de sangre deslizándose lentamente por su piel.

—¿No está sanando…?

Entonces, escuchó pasos acercarse. Se tensó. Demasiado tarde.

—¿Arika? —la voz de Koen rompió el silencio justo al entrar a la cocina—. ¿Estás—?

Se detuvo en seco al ver la gota escarlata caer al suelo.

—¡¿Qué hiciste?! —dijo, acercándose de inmediato.

Ella apartó la mano por instinto, pero él ya la había visto.

—Koen… yo… —titubeó—. Solo quería comprobar si… si volvería a sanar como antes.

La expresión de Koen cambió. Ya no era solo preocupación, sino una mezcla de impotencia y tristeza.

—Me prometiste que no te lastimarías.

—Lo sé, pero… —bajó la mirada, con un dejo de culpa en la voz—. No puedo ignorarlo. Algo me está cambiando, Koen. Y necesito entender qué es.

Él no respondió de inmediato. En lugar de eso, buscó entre los cajones de la cocina hasta encontrar un trozo de algodón, algo de cinta adhesiva y envolvió con cuidado el dedo herido.

—Hay formas de obtener respuestas, Arika —dijo mientras trabajaba—. Pero esta no es la manera. No si te lastimas a ti misma para entenderlo.

Ella apretó los labios, sintiendo cómo le temblaban los hombros. No por el dolor físico, sino por la sensación de vulnerabilidad. Nadie la había tratado con esa calma antes… con tanta paciencia.

—Lo siento—dijo en voz baja y acachando la cabeza

Koen alzó su rostro con una mano suave, obligándola a mirarlo.

—Te ayudaré a descubrir qué te pasa. No estás sola en esto… pero no vuelvas a hacer algo así. ¿Está bien?

Arika asintió, conmovida.

—Gracias.

—Ahora, déjame ayudarte con la cena. Cortar verduras al menos es algo que puedo hacer sin arruinar.

Ella sonrió, suavemente.

—No hace falta…

—Insisto. O me arriesgo a que termines cortándote otra vez.

Ambos rieron, y el ambiente se volvió más ligero. Koen tomó otro cuchillo y comenzó a ayudarla, siguiendo sus indicaciones. Los minutos pasaron sin prisas, y juntos fueron preparando el guiso con cuidado y sin hablar demasiado, disfrutando de una pequeña pausa. Poco a poco, el ambiente se llenó del olor del guiso que cocinaban, un aroma hogareño, cálido… casi suficiente para olvidar todo lo demás.

Una hora más tarde, cuando los platos ya estaban casi listos y el aroma de la cena llenaba la casa, Arika notó que su venda se había manchado por la humedad y el calor de la cocina. Fue al fregadero y con cuidado comenzó a retirarla para cambiarla.

Pero al retirar el último trozo de cinta… se quedó inmóvil.

No había herida.

Nada. Ni siquiera una marca.

Solo piel lisa, perfecta, como si jamás se hubiera cortado.

—No puede ser…

En ese momento, Koen se acercó a ella por detrás, sosteniendo los cubiertos para la mesa.

—Arika, ¿dónde están las…?

Se interrumpió en seco al ver el dedo de Arika. El vendaje colgaba flojo en su otra mano. Su expresión se tensó, comprendiendo de inmediato lo que significaba.

—Tu dedo… —susurró.

Ella lo miró, igual de sorprendida.

—Solo lo paso un corto tiempo… ¿cómo es posible?

Koen se acercó y tomó su mano con delicadeza. Giró su dedo entre los suyos, inspeccionándolo. No había rastro de sangre, ni siquiera una línea.

—Esto es… —comenzó a decir, pero entonces se escuchó el golpe sordo de la puerta trasera cerrándose.

Ambos se congelaron.

—Han vuelto —dijo Koen, soltando su mano—. Luego hablamos de esto.

Arika asintió, todavía aturdida, pero forzando su rostro a mantenerse sereno.

Los dos salieron de la cocina, justo cuando las risas y las voces cansadas de los que habían salido comenzaban a llenar de nuevo la casa.

Sin embargo, algo invisible flotaba en el aire entre ellos.

Una verdad que ninguno comprendía del todo, pero que ya no podían ignorar.

Arika lo sabía. Y Koen también.

Al llegar a la sala se encontraron con una escena de bienvenida para los que habían vuelto.

Hael los recibió con una expresión de genuino alivio. Detrás de él, Althea se asomó con Max en brazos, y bajando las escaleras estaban Reize y Stella.

—¡Volvieron! —dijo Althea, con una sonrisa alegre.

—Y enteros —añadió Koen, acercándose al grupo y bajando la voz al ver el rostro herido de Ethan—. Bueno… casi.

—¿Qué te pasó? —preguntó Althea, acercándose.

Ethan se encogió de hombros.

—Una herida de guerra. Pero nada grave.

Delma pasó al frente y le revolvió el cabello con una sonrisa burlona.

—Se cortó solo. Un talento raro el suyo.

—¡Oye! —protestó Ethan—. Estaba rodeado. ¡No era tan fácil como parece!

—Claro, claro… —murmuró Delma, quitándose la mochila.

Entonces, la pequeña Althea, con Max todavía en brazos, se acercó a Delma. La miró con esos ojos grandes y sinceros.

—Me alegra que volvieras… prométeme que la próxima me llevaras contigo.

Delma se agachó hasta quedar a su altura. Le acarició suavemente el cabello despeinado.

—Por supuesto —respondió en voz baja.

Reize se acercó en ese momento, lanzando una mirada a Ethan.

—Más te vale volver entero la próxima vez.

Ethan soltó una carcajada, aliviado por el tono más ligero.

—Eso espero.

Detrás de todos, Hael cruzó los brazos y lanzó una mirada seria a Elion.

—Elion, la próxima vez que salgan… no se te ocurra volver como Ethan.

Elion rió, contagiado por la energía del momento.

—Lo prometo.

—¡Oigan! —protestó Ethan, fingiendo estar ofendido—. ¡Éramos muchos contra uno! Dense por satisfechos de que regresé con todo en su sitio.

Con un suspiro dramático, se dejó caer en el sofá.

—¿Y bien? ¿Qué me perdí por aquí?

—Koen haciendo animales de papel —intervino Hael con una sonrisa maliciosa—. Aunque eran más feos que los infectados.

Koen resopló, rodando los ojos.

—Tú espera. Algún día haré uno que vuele.

—Cuando eso pase —dijo Hael, señalándolo con solemnidad—, te aplaudiré con las orejas.

—¡Eso quiero verlo! —rió Althea, abrazando con fuerza a Max.

La sala estalló en risas. Poco a poco, todos comenzaron a acomodarse, compartiendo anécdotas y bromas mientras afuera el sol terminaba de esconderse. Pronto sería hora de encender las lámparas, revisar los mapas y planear los siguientes pasos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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