Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 71
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Capítulo 71: CÁPITULO 70 (T2):
La mesa estaba lista. Los platos servidos despedían un aroma delicioso que llenaba la casa con un calor reconfortante, muy distinto al frío que aún golpeaba las ventanas. Las velas encendidas sobre la mesa lanzaban una luz suave, temblorosa, creando un ambiente íntimo.
Uno a uno fueron tomando asiento. Ethan dejó su mochila apoyada junto a la pared con un suspiro y una sonrisa cansada. Delma se desplomó en la silla como si llevara encima todo el peso del día. Elion fue el último en llegar al comedor, luego de dejar sus cosas a resguardo. Saludó con una sonrisa tranquila, aunque sus ojos recorrían el rostro de cada uno como si se asegurara de que estaban bien de verdad.
Reize se ubicó frente a los niños, que ya estaban en la mesa cenando, limpios, peinados, con el cabello aún húmedo. Althea se había sentado entre Koen y Arika, y Hael junto a Elion, aunque sin mirarlo mucho. Max, tranquilo y dormido, se había acomodado sobre una manta.
Fue recién entonces que Ethan frunció el ceño, observando con más atención a los niños.
—Espera… ¿cuándo se bañaron estos dos?
—Y huelen a jabón —añadió Delma, inclinándose un poco hacia ellos—. ¿Siempre huelen así de bien después de una jornada en ruinas?
—Recién se dan cuenta —murmuró Reize, sonriendo apenas—. Cuando llegaron estaban tan hechos polvo que no notaron nada.
—Encontramos algo de ropa en uno de los cuartos —explicó Arika, sirviéndose un poco más de guiso—. Un armario cerrado, con suéteres y pantalones pequeños, como si alguien los hubiera guardado para más adelante.
—Y también jabón, asique calentamos un poco de agua que había en un balde—añadió Hael, sin levantar la vista—. Max también se bañó.
—¿Y yo aquí oliendo a sudor y polvo de edificio viejo? —bromeó Ethan, fingiendo indignación—. Qué injusto.
—Puedes bañarte mañana, si no ocurre nada malo antes —dijo Delma, dándole una palmadita en el hombro.
Rieron todos, incluso Elion, que soltó un suspiro al dejarse caer en la silla.
—Se ve delicioso —comentó Ethan, sirviéndose—. No sabía que alguien aquí sabía cocinar así de bien.
—Arika lo hizo —anunció Koen, con aire de orgullo exagerado—. Yo solo fui su torpe asistente.
—No exageres —murmuró Arika, dejando escapar una risa ligera—. Fuiste de gran ayuda… aunque perdiste algunas papas en el intento.
Las risas continuaron, ligeras, sinceras. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía como si realmente fueran un grupo unido… una pequeña familia.
—Entonces, ¿cómo les fue? —preguntó Reize, mientras ayudaba a servir agua a los niños.
Delma estiró los brazos y bostezó.
—Encontramos mapas. Varias rutas marcadas desde antes del brote… y algunas que parecen haber sido actualizadas a mano. No sabemos por quién.
—Y también radios —agregó Elion—. Tres que funcionan. Al menos hasta que se les acabe la batería.
—¡Eso es genial! —exclamó Reize.
—Sí, aunque casi no volvemos —añadió Ethan, apoyando los codos sobre la mesa—. A veces parece que la ciudad misma intenta tragarte.
—¿Estás bien? —preguntó Stella con una nota de preocupación.
—Lo suficiente como para pedir doble ración —bromeó él, guiñándole un ojo.
—Por suerte, Delma dio con nosotros antes de que siguiéramos desviándonos—añadió Elion, mirándola de reojo.
—Más bien me los encontré—corrigió Delma, encogiéndose de hombros con una sonrisa tranquila—. No me culpen si me divierto un poco mientras limpio el camino.
Koen frunció una ceja, pero no dijo nada.
—¿Y ustedes aquí? —preguntó Ethan, masticando—. ¿Qué hicieron además de hacer figuras de papel?
—Jugamos un poco, cuidamos a Max, ayudamos en la cocina… —resumió Koen.
—Fue una tarde tranquila, en realidad —añadió Stella, con una mirada sutil hacia Koen.
Delma observó la dinámica del grupo con más atención de la que parecía. Notó cómo Elion desviaba la mirada cuando Hael lo observaba. Cómo Koen y Arika compartían silencios. Cómo Reize miraba a Arika con atención, y su ceño se fruncía apenas al ver la venda aún en su brazo.
Cuando todos terminaron de comer, Ethan se estiró otra vez con un largo suspiro.
—Deberíamos tener cenas como estas más seguido.
—Si sobrevivimos esta semana —murmuró Delma.
—No digas eso —protestó Althea—. Vamos a estar bien. De eso estoy seguro.
—Tienes razón, pequeña —dijo Elion, pasándole una servilleta—. Vamos a estar bien.
Después de unos minutos los platos comenzaron a apilarse en la cocina. Entonces Ethan se ofreció a lavarlos sin dudar.
—Déjenmelo a mí —dijo, alzando las mangas—. Cocinaron ustedes, lo justo es que yo lave.
—¿Seguro? —preguntó Delma, ya de pie.
—Sí. Ve a descansar, general —bromeó él, dándole un guiño.
Mientras algunos comenzaban a dispersarse, Reize se acercó a Arika, que aún estaba sentada junto a la mesa. Le puso una mano suave en el hombro.
—Vamos, deberías descansar. Te ayudaré a subir y a cambiarte las vendas, ¿sí?
Arika se quedó quieta un instante. Su sonrisa se detuvo apenas, como si no supiera cómo reaccionar. Parpadeó despacio antes de responder.
—Ah… está bien — dijo, en un tono bajo, sin mucha variación.
Reize comenzó a ayudarla a ponerse de pie, sujetándola con cuidado del brazo sano. Justo en ese momento, Koen apareció desde el pasillo, con los ojos sobre ellos.
—¿A dónde van? —preguntó, intentando sonar casual.
—Arriba —respondió Reize—. Arika necesita descansar. Iba a ayudarla con sus heridas.
Arika alzó la vista hacia Koen. No dijo nada, pero su mirada se detuvo en él un segundo más de lo normal. Koen captó el mensaje al instante.
—Yo lo hago —dijo enseguida, acercándose y tomando el otro brazo de Arika—. Arika es pesada… quiero decir, sería difícil para ti subirla, yo me encargo de ella.
—¿Pesada? No digas tonterías —refutó Reize con un leve puchero—. Es liviana como una pluma. Y aunque no lo fuera, soy su amiga, ayudaría igual.
Koen tragó saliva. Tenía que sacarla de ahí como fuera. Entonces, recurrió a lo único que se le ocurrió.
—Ethan te estaba buscando. Creo que necesita ayuda con algo en la cocina… lo dijo hace un rato.
Reize lo miró de reojo, con expresión sospechosa. Se acercó un poco más a él, bajando la voz.
—¿Qué estás tramando?
Koen dudó un segundo. Y luego, susurró apenas:
—Quiero estar a solas con ella… para acercarme más. Ya sabes.
Reize entrecerró los ojos. Lo escaneó como si quisiera leerle la mente. Finalmente suspiró.
—Podías haberlo dicho desde el principio, romántico mal disimulado.
Luego miró a Arika y posó una mano en su hombro.
—Descansa, ¿sí? Luego me cuentas si este tonto fue amable contigo.
Y se marchó hacia la cocina.
Koen esperó a que sus pasos se alejaran antes de soltar el aire contenido. Después, se inclinó un poco hacia Arika y habló en voz baja.
—Todavía no podemos relajarnos. Finge que sigues herida… al menos hasta llegar a la habitación.
Arika lo miró un segundo y asintió.
Con cuidado, él pasó su brazo por su espalda y la ayudó a sostenerse. Ella fingió el peso en su cuerpo, cojeando levemente mientras avanzaban. Subieron las escaleras despacio, manteniendo la apariencia, hasta llegar a la habitación.
Una vez dentro, Koen cerró la puerta con seguro y soltó el aire con fuerza, apoyando la espalda contra la madera. Por un instante, dejó caer su peso allí, como si la tensión se le escapara de golpe.
—Eso estuvo cerca… —murmuró.
Arika encendió una vela y la colocó sobre la mesa. Luego se sentó en la cama con calma, apoyando las manos a los lados.
—Casi nos descubren… —murmuró, con voz baja y serena—. ¿Qué le dijiste para que no sospechara?
Koen se apoyó sobre sus rodillas, mirándola.
—Solo dije que quería pasar más tiempo contigo.
Arika se quedó en silencio unos segundos, como si necesitara procesar la respuesta. Parpadeó despacio y desvió la mirada.
—Ya veo… —murmuró—. Otra mentira. Parece que ya es algo… habitual.
Koen dejó escapar una leve sonrisa, pero algo en su mirada la contradijo. Se sentó junto a ella en silencio, y en su mente, una verdad se deslizó como un susurro:
Aunque… no todas son mentira.
Arika bajó la mirada y comenzó a retirar las vendas del brazo, pero sus manos se movían despacio, con poca precisión.
Koen se inclinó hacia ella, deteniéndola con suavidad.
—Espera… yo lo hago.
Tomó las vendas con cuidado y empezó a quitarlas, despacio, procurando no lastimarla. Luego hizo lo mismo con su pierna. La tela estaba húmeda y su piel se veía irritada.
Koen frunció ligeramente el ceño.
—No te pongas vendas nuevas esta noche —dijo en voz baja—. Tu piel necesita respirar. Han estado demasiado tiempo presionando… por eso está así.
Arika tardó un poco en responder.
—¿Y si alguien entra…? —preguntó, en un tono plano.
—Asegura la puerta —respondió Koen—. Nadie va a entrar.
Ella asintió despacio.
El silencio se mantuvo entre ellos. Koen sostuvo su mano con cuidado, observando su dedo una vez más. No había ninguna señal de la herida.
—Tus heridas no sanan igual —murmuró—. Las más leves desaparecen rápido… las otras tardan, pero también se cierran.
Arika lo miró, sus ojos moviéndose despacio, como si intentara comprenderlo.
—Pero… —dijo tras una breve pausa—. ¿Cómo puede ser posible algo así? No tiene sentido.
Koen exhaló suavemente.
—También lo era todo esto —respondió con calma—. Lo que está pasando afuera… los infectados… nada de eso debería ser posible.
Hizo una breve pausa.
—Y aun así, es real.
Arika bajó la mirada, en silencio.
—…Se siente extraño —murmuró—. Como si no fuera parte de mí.
Koen negó levemente.
—Pero lo es, tal vez solo no lo entiendes aún —dijo con tranquilidad—. Pero lo vamos a descubrir. Vamos a encontrar la razón.
Sus palabras fueron firmes, pero suaves.
—No tienes que hacerlo sola.
Arika permaneció en silencio unos segundos, asimilándolo poco a poco.
—…De acuerdo.
Koen asintió levemente.
—Por ahora, descansa —añadió finalmente, levantándose con calma—. Mañana pensaremos mejor las cosas.
Arika lo acompañó hasta la puerta, sus pasos suaves, medidos. Cuando él cruzó el umbral, ella se quedó allí, con la mano sobre el picaporte.
—Gracias… Koen —murmuró—. Buenas noches.
Koen se giró hacia ella, sosteniendo su mirada bajo la luz tenue. Sonrió levemente.
—Buenas noches, Arika.
Ella cerró la puerta con cuidado y puso el seguro. Se quedó quieta unos segundos, con la mano sobre la madera.
Algo en su pecho cambió en ese momento. Un latido más rápido, más marcado. No era miedo… pero tampoco sabía qué era. Solo una sensación nueva, difícil de nombrar, que permanecía incluso cuando él ya no estaba frente a ella.
Sus labios se curvaron apenas, en una sonrisa casi imperceptible.
Es bueno haberte conocido, Koen.
Luego se apartó, apagó la vela y se recostó. El cansancio llegó sin resistencia.
Koen, aún del otro lado de la puerta, permaneció un instante más, escuchando sus pasos… y luego el silencio. Cerró los ojos con una sonrisa leve.
—Descansa, Arika…
Se dio la vuelta y comenzó a caminar por el pasillo. Sus pasos eran lentos, casi distraídos, mientras subía las escaleras sin apuro.
Aun así, algo no terminaba de calmarse dentro de él. Su corazón latía con más fuerza de lo habitual… constante, insistente, como si ese momento se hubiera quedado grabado más de lo que quería admitir.
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