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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 72

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Capítulo 72: CAPÍTULO 71 (T2):

Mientras tanto, en la cocina, Reize entró y vio a Ethan junto al fregadero, absorto en su tarea, con las manos llenas de espuma y un tarareo suave que apenas rompía el silencio.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó ella, apoyándose en el marco de la puerta.

Ethan giró la cabeza y sonrió.

—Bueno… no me vendría mal una ayudita.

Reize se acercó, se remangó la chaqueta y comenzó a lavar en silencio a su lado. El agua salpicaba entre sus manos mientras ambos compartían un momento tranquilo, casi doméstico. El sonido de los platos y la espuma llenaba el aire.

Casi al terminar, Reize levantó la vista y fijó los ojos en la herida que Ethan tenía en el rostro.

—¿No te duele?

Ethan se encogió de hombros con una media sonrisa.

—Esto no es nada.

Cuando todo estuvo limpio y seco, Reize fue hasta un pequeño estante donde solían guardar las cosas de primeros auxilios. Sacó un frasquito de alcohol, un poco de algodón y cinta. Notó que alguien ya lo había usado hacía poco… el frasco estaba abierto y el algodón algo desordenado. Aun así, no le dio importancia.

—Siéntate en la banca —le indicó.

—No es necesario, Reize. Estoy bien.

—Siéntate —insistió ella, esta vez sin mirarlo.

Ethan obedeció, algo resignado, y se sentó. Reize trató su herida con cuidado, aplicando el alcohol con suavidad. Luego, sacó de su bolsillo una pequeña curita decorada con dibujos de gatos.

—¿Llevas eso siempre contigo? —preguntó Ethan, alzando una ceja con curiosidad.

—Soy algo torpe. Siempre termino con heridas en las manos —respondió, mientras colocaba la curita en su rostro con cuidado—. Nunca está de más estar preparada.

—Parece que te gustan mucho los gatos —dijo Ethan, tocándose la curita con una sonrisa divertida.

—Siempre quise tener uno —admitió Reize, bajando un poco la mirada—. Pero vivía en un cuarto muy pequeño… no podía permitírmelo.

Ethan la miró un momento, con una expresión más suave.

—Yo podría darte uno —dijo—. Pero eso depende de tu respuesta.

—¿Qué? ¿Qué respuesta? —preguntó Reize, girándose rápidamente para alejarse del tema.

Ethan se levantó y la sujetó por el brazo, impidiendo que escapara.

—Esta vez no vas a huir —dijo con firmeza, abrazándola por la cintura—. Sabes muy bien a qué me refiero.

Reize se quedó rígida un segundo, mientras Ethan, sentado en la banca, alzaba la vista hacia ella, mirándola directamente.

—Dijiste que, si volvías sin ningún rasguño, te lo diría. Pero volviste lastimado, así que no cuenta —dijo ella, esquivando su mirada.

Ethan soltó una risa suave, sin soltarla.

—¿En serio? No estoy tan grave. Lo importante es que volví. Así que dime… ¿cuál es tu respuesta?

Reize lo miró de reojo.

—No vas a soltarme hasta que lo diga, ¿verdad?

—Exactamente —respondió él, sonriendo.

El silencio cayó por unos segundos. Ethan aflojó un poco el abrazo, como si pensara que ya era hora de rendirse.

—Bueno… tal vez en otra oportunidad—

No terminó la frase.

Reize se agachó ligeramente, bajó la cabeza y le dio un beso. Un contacto suave, pero directo. Ethan se quedó perplejo, completamente sonrojado. Sus ojos abiertos, como si su cerebro no supiera procesarlo del todo.

Reize se separó apenas, dejando su rostro cerca del suyo.

—Esto… es suficiente como respuesta, ¿no?

Ethan asintió lentamente, sin dejar de mirarla.

—Más que suficiente.

Y esta vez, fue él quien acortó la distancia para besarla.

Cuando finalmente se separaron, el silencio volvió a envolverlos, más cálido que antes. Afuera, la noche había avanzado sin que lo notaran.

La luna ya se encontraba en lo más alto cuando la casa comenzó a aquietarse. Poco a poco, uno a uno, todos se retiraron a sus habitaciones para descansar.

Solo desde el tercer piso se escapaban voces lejanas, risas suaves y fragmentos de conversación: los chicos aún seguían hablando, resistiéndose al sueño un poco más.

En el segundo piso, Reize y Stella ya estaban en sus cuartos. Stella descansaba sin dificultad, pero Reize permanecía despierta, mirando el techo, incapaz de dejar de pensar en lo que había ocurrido en la cocina.

En otra habitación, Arika dormía profundamente. Su respiración era tranquila, como si, por primera vez en mucho tiempo, su mente le hubiera dado un respiro.

Un poco más allá, Althea acomodaba las cobijas con cuidado sobre la cama, alisándolas una y otra vez, como si ese gesto le diera algo de control. A su lado, Delma terminaba de cambiarse cuando, de pronto, se sentó en el borde del colchón y habló en voz baja.

—Althea… hay algo que tengo que decirte.

Althea se incorporó de inmediato, alerta por el tono.

—¿Qué pasa?

Delma bajó la mirada, tomó aire y luego habló con calma contenida.

—Esos hombres de antes… los que te buscaban. Aún lo hacen.

Althea sintió un frío recorrerle el pecho.

—¿Qué… qué quieres decir?

—Todos estos días —continuó Delma, mirándola ahora— los he estado desviando. Cada vez que se acercaban, los confundía, los llevaba por otro lado… lejos de ti. Pero no puedo seguir haciéndolo por mucho más tiempo. Pronto… nos encontrarán.

El silencio se tensó entre ambas.

—¿Entonces…?

Delma sostuvo su mirada un instante antes de responder.

—Tenemos que separarnos del grupo. Irnos antes de que sea tarde. Cuanto más rápido nos alejemos, mejor… y cuando hagan la siguiente salida, ese será el momento. Aprovecharemos y nos iremos sin llamar la atención.

Los dedos de Althea temblaron levemente sobre las cobijas.

—¿De verdad es necesario? —susurró—. Yo… ya me encariñé con todos aquí. No quiero dejar a nadie.

Delma extendió la mano y la apoyó con suavidad sobre la suya.

—Lo sé. Pero si nos quedamos, ellos también corren peligro. No podemos permitirlo.

Althea tragó saliva. El peso en su pecho no desapareció, y las lágrimas amenazaron con salir, pero solo asintió en silencio.

Delma apagó la vela. La oscuridad llenó la habitación, apenas atravesada por la luz tenue de la luna que se filtraba por la ventana. Se acomodaron en la cama, espalda con espalda.

A un lado, sobre una pequeña manta en el suelo, Mian dormía acurrucado, respirando con suavidad, ajeno a todo lo que se decía.

Althea giró ligeramente la cabeza y lo miró en la penumbra. Sus ojos se suavizaron apenas.

—No quiero irme, Mian… —susurró, casi sin voz.

El pequeño perro no se movió, apenas un leve movimiento de su pecho al respirar.

Poco a poco, el cansancio fue pesando más que sus pensamientos… hasta que, sin darse cuenta, el sueño terminó por alcanzarla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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