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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 73

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Capítulo 73: CAPÍTULO 72 (T2):

Días antes, en la vecindad…

Había pasado apenas un día desde que Elion y los demás huyeron. El lugar, que antes estaba lleno de voces y movimiento, ahora parecía detenido en el tiempo: puertas entreabiertas, ventanas oscuras y manchas de sangre extendiéndose por el suelo y las paredes, como huellas de algo que ocurrió demasiado rápido para ser comprendido. La noche lo cubría todo, dándole al ambiente una quietud incómoda.

Desde el callejón, una figura apareció tambaleándose entre las sombras. Era Enzo. Su respiración era pesada, irregular; la ropa, rasgada en varios puntos, dejaba ver golpes y cortes recientes. Su brazo izquierdo colgaba con cierta rigidez, como si cada movimiento le costara. Había luchado… y había sobrevivido por poco.

Al alzar la vista y reconocer la vecindad, una sombra de alivio cruzó su rostro.

—…Al fin —murmuró, casi sin voz.

Pero al cruzar la entrada, ese alivio se desvaneció.

El silencio lo envolvió de inmediato. No había voces. No había pasos. Solo ese olor metálico suspendido en el aire, pesado, imposible de ignorar.

Avanzó con cautela, la mirada recorriendo cada rincón… hasta que algo lo detuvo.

Un cuerpo.

Aslan.

Yacía en el suelo, inmóvil. La sangre seca se extendía a su alrededor en un rastro oscuro. Pero no era solo eso. Su piel estaba pálida, manchada, con venas oscuras marcándose bajo la superficie. Su rostro había quedado rígido, deformado… como si la infección lo hubiera alcanzado antes de morir.

Había sido uno de ellos.

Enzo se detuvo frente a él, observándolo en silencio durante unos segundos. Ladeó ligeramente la cabeza, como si lo analizara.

—…Mira nada más —murmuró—. Ni siquiera así lo lograste.

Una leve sonrisa, vacía, cruzó su rostro.

—Terminaste como uno de ellos… y aun así no serviste para nada.

Se quedó un instante más, sin rastro de pena, y luego apartó la mirada como si no valiera más que el resto.

Continuó avanzando entre las manchas de sangre que marcaban el suelo. Bajo sus pasos, algunas zonas crujían ligeramente, secas; otras aún conservaban una humedad oscura.

Entonces, un sonido rompió la quietud.

Un golpe seco. Luego otro. Irregular. Insistente.

Enzo se detuvo. Su cuerpo se tensó apenas, y su mirada se deslizó lentamente hacia una de las ventanas.

Allí estaban.

Los abuelos… o lo que quedaba de ellos.

La ventana ya estaba destrozada. Solo quedaban restos de vidrio adheridos a los bordes y los fierros expuestos, ligeramente doblados, como si hubieran cedido bajo la fuerza de los golpes. A través de ese hueco irregular, los cuerpos de los infectados se agitaban, chocando contra las barras con movimientos torpes y desesperados.

Sus manos se aferraban a los fierros, deslizándose entre ellos, intentando alcanzar algo que ya no estaba al otro lado. Sus rostros deformados se asomaban entre los espacios, la piel tirante, los ojos opacos… pero fijos en él.

Lo habían detectado.

Un gruñido bajo, áspero, escapó de sus gargantas.

El sonido se volvió más constante, más molesto. Golpeaban contra los fierros, los sacudían, arañaban lo poco que quedaba del marco, como si quisieran arrancarlo.

Enzo los observó unos segundos en silencio. No había miedo en su expresión. Ni duda. Solo una leve irritación que tensó su ceño.

—¿En serio…? —murmuró, dejando escapar un suspiro pesado—. Ni muertos se quedan quietos.

Uno de ellos logró sacar medio brazo entre los fierros, agitándolo torpemente en su dirección.

Eso bastó.

Enzo alzó el arma con firmeza y disparó dos veces.

Los disparos resonaron secos en el aire.

Impacto directo.

Las cabezas de los infectados se sacudieron con violencia. Sus cuerpos quedaron atrapados un instante entre los fierros, tensos… antes de aflojarse y caer sin vida hacia atrás, desapareciendo en la oscuridad del interior.

El eco se expandió por la vecindad y luego se apagó, dejando tras de sí un silencio aún más pesado.

Pequeños fragmentos de vidrio suelto cayeron con un leve tintineo.

Enzo bajó el arma lentamente, exhalando por la nariz.

—Qué molestia…

Observó un segundo más los cuerpos inmóviles, pero esta vez no avanzó de inmediato. Algo no encajaba. Ese silencio… era demasiado limpio.

Entonces lo sintió.

Movimiento.

Giró de golpe hacia la entrada. Varias sombras se deslizaban en la oscuridad. Por un instante, creyó reconocerlas.

—¡Por fin! —alzando la voz—. ¿Dónde demonios estaban? ¿Qué mierda pasó aquí?

No hubo respuesta.

Las figuras avanzaron. Lentas. Firmes.

La luz de la luna reveló lo suficiente para borrar cualquier duda. No eran los suyos.

Eran dos hombres.

El primero era alto, de complexión delgada pero firme, con el cabello oscuro peinado hacia atrás. Su rostro era afilado, inexpresivo, casi frío. Vestía ropa táctica oscura y sostenía su arma con una naturalidad que hablaba de experiencia.

El segundo era más robusto, de hombros anchos, con el cabello claro y corto y una barba ligera marcando su mandíbula. Sus ojos tenían algo inquietante, una calma extraña, como si disfrutara el momento. Una leve sonrisa se insinuaba en su rostro.

Ambos avanzaban sin prisa.

El cuerpo de Enzo se tensó. Dio un paso atrás.

—¿Quiénes son ustedes? —exigió—. Deténganse ahí.

No obedecieron.

Siguieron avanzando.

Enzo levantó su arma, pero no fue lo suficientemente rápido.

Un disparo seco cortó el aire. La bala impactó directamente en su arma, arrancándola de sus manos y lanzándola lejos. El golpe le recorrió el brazo, haciéndolo perder el equilibrio.

Cayó.

Antes de que pudiera reaccionar, los dos hombres ya estaban sobre él. Lo sujetaron con precisión, inmovilizándolo sin esfuerzo.

—¡Suéltenme! —forcejeó—. ¡¿Quiénes son?! ¡No los conozco!

No respondieron.

Solo lo ataron.

—¡Oigan! ¡Se equivocaron! ¡No tengo nada! —insistió, ahora con desesperación—. ¡No soy quien buscan!

Nada. Ni una palabra.

Lo levantaron sin cuidado y lo arrastraron fuera de la vecindad. Afuera, un auto oscuro los esperaba con el motor encendido. Lo empujaron dentro. Las puertas se cerraron de golpe.

Uno tomó el volante. El otro se sentó en el asiento del copiloto.

El motor rugió y el vehículo comenzó a avanzar.

El conductor tomó una radio.

—Tenemos al objetivo —dijo con voz fría—. Vamos de regreso.

El corazón de Enzo se aceleró.

—¿Objetivo? —repitió—. ¿De qué están hablando? ¡Yo no tengo nada!

El hombre del copiloto giró lentamente la cabeza hacia él.

Sonrió.

Una sonrisa helada.

—Tranquilo… —dijo en voz baja—. Pronto lo sabrás.

Un escalofrío recorrió la espalda de Enzo mientras el auto se perdía en la oscuridad, dejando atrás la vecindad… silenciosa, manchada de sangre y completamente vacía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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