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Ecos en un Mundo Caido - Capítulo 74

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Capítulo 74: CAPÍTULO 73 (T2):

La noche caía sobre el bosque como un manto espeso. El viento arrastraba las hojas secas y entre los árboles resonaban pasos apresurados.

Dos siluetas emergieron de la penumbra: Arika y Reize corrían sin mirar atrás, jadeando, con la respiración entrecortada.

—¡Sigue! —dijo Reize, volviendo la vista brevemente—. ¡Ya casi…!

Ambas estaban cubiertas de tierra y sudor. Las ramas les arañaban la ropa, pero no se detenían. Finalmente, agotadas, se apoyaron contra un tronco grueso.

—Ya no escucho nada —murmuró Reize, aguzando el oído—. Tal vez… los perdimos.

Arika, aún con el corazón desbocado, negó con la cabeza.

—No lo sé… —respondió en voz baja.

Fue entonces cuando algo llamó su atención. A lo lejos, una delgada línea de humo se alzaba hacia el cielo nocturno. Apenas visible entre las sombras.

—Reize… mira —susurró, señalando—. Allá. ¿Lo ves?

Reize entrecerró los ojos.

—Sí… podría ser un fuego. ¿Crees que haya sobrevivientes?

—Solo hay una forma de saberlo.

Caminaron hacia la dirección del humo con cautela, agazapadas entre los árboles. Justo cuando estaban por acercarse al claro, un crujido entre los arbustos las hizo detenerse de golpe.

—¡Alto ahí! —gritó una voz masculina.

Un hombre de rostro endurecido, con barba rala y mirada aguda, salió de entre la maleza empuñando un arma. El cañón apuntaba directamente a ellas.

—¿Quiénes son? ¿Qué hacen aquí?

Reize levantó las manos, sorprendida.

—¡No dispare! No estamos armadas.

Arika dio un paso al frente con calma.

—No estamos infectadas. Solo… buscamos refugio.

El hombre las miró de arriba abajo, sus ojos evaluando cada gesto, cada respiro.

—Eso dicen todos —dijo, sin bajar el arma.

—Revísanos, si quieres —dijo Arika, firme—. No tenemos mordidas. Ni fiebre. Solo estamos agotadas.

Hubo un tenso silencio. Luego, el hombre bajó el arma, aunque sin dejar de mirarlas con recelo.

—Soy Sebastián —dijo finalmente—. Síganme. Pero si hacen algo sospechoso, no dudaré en echarlas.

Las guió por un sendero oculto entre los árboles, hasta que llegaron a un pequeño claro. Allí, camuflado entre arbustos y ramas, se alzaba un improvisado campamento. Unas diez personas se refugiaban en tiendas de tela y madera. Niños y adultos con rostros cansados, miradas desconfiadas.

—Desde que ese maldito virus se esparció —comentó Sebastián—, logramos mantenernos ocultos aquí. Lejos de las rutas, lejos del caos.

En ese momento, una pequeña figura salió corriendo hacia él desde el interior del lugar.

—¡Papá!

Era una niña de no más de seis o siete años, de cabello oscuro y algo desordenado, que le caía sobre los ojos en mechones rebeldes. Su ropa estaba gastada, un poco grande para su tamaño, pero limpia dentro de lo posible. Sus mejillas, ligeramente sucias, contrastaban con la vivacidad de su expresión, y sus ojos… brillaban con una inocencia que parecía resistirse a desaparecer, incluso en medio de todo aquello.

Sebastián sonrió por primera vez y la cargó en brazos.

—¿Ya comiste?

La niña asintió, acurrucándose contra él.

—Ella es mi hija —dijo, volviéndose hacia las recién llegadas—. Grisel.

Arika se inclinó levemente.

—Mucho gusto, Grisel. Tienes un padre muy valiente.

La niña la miró con curiosidad, pero no respondió.

Algunos en el campamento se acercaron, observando a las recién llegadas con recelo.

—¿Más bocas que alimentar? —susurró una mujer mayor.

—¿Cómo sabemos que no traen el virus encima?

—Podrían ponernos en peligro…

Sebastián frunció el ceño.

—Ya basta. Están limpias. Nadie más hablará de esto.

El murmullo se apagó. Uno a uno, los refugiados regresaron a sus tiendas, lanzando miradas de desconfianza.

—Vamos —dijo Sebastián—. Les ayudaré a instalarse.

Grisel insistió en ayudar y, entre los tres, armaron una tienda sencilla. Cuando todo estuvo listo, Sebastián se despidió.

—Descansen. Mañana hablaremos mejor.

Reize cerró la entrada y se volvió de inmediato hacia Arika.

—¿Te duele? —preguntó con preocupación.

Arika se subió la manga. La venda aún estaba ahí. Reize se apresuró a quitarla.

—No… no puede ser…

La herida había desaparecido. No quedaba rastro.

—Esto es… muy raro —susurró Arika, bajando la vista—. No han pasado ni un dia desde…

—Shhh —la interrumpió Reize—. No pienses en eso. Lo importante es que estás bien. Pero no digas nada. Si se enteran…

—Lo sé —dijo Arika—. Lo esconderé.

Pasaron varios días. Arika, Reize y Sebastián salían juntos a buscar provisiones. Sebastián confiaba en ellas. O al menos, lo intentaba.

Hasta que una tarde, mientras huían de un infectado, Arika fue herida. Sebastián, preocupado, improvisó una venda.

—Es solo un rasguño —murmuró Arika, apretando los dientes.

Al regresar, Reize limpió la herida con cuidado. Al día siguiente, Arika despertó sin una sola marca. Como si jamás hubiese sucedido.

Esa misma noche, una de las refugiadas, Clara, entró sigilosamente en la tienda. Rebuscaba entre las pertenencias, buscando algo que demostrara que no eran de fiar.

Arika despertó al oír el ruido, sobresaltada, todavía a medio camino entre el sueño y la realidad.

—¿Reize? — murmuró, incorporándose con pesadez.

Clara se volvió, nerviosa. En ese instante, la venda cayó del brazo de Arika.

No había herida.

Los ojos de Clara se abrieron de par en par, llenándose de miedo. Dio un paso atrás.

—Tú… —balbuceó—. Estabas herida… yo lo vi… ¿cómo es que…?

Su voz tembló.

—Acaso estas infectada…

Arika reaccionó de inmediato y se levantó, dando un paso hacia ella.

—¡No estoy infectada! —dijo, intentando mantener la calma—. Escúchame, por favor… no es lo que crees—

Pero la mujer salió corriendo.

—¡Todos! ¡Despierten! ¡Esa chica está infectada!

En cuestión de segundos, todo el campamento se reunió. Las voces comenzaron a superponerse, confusas, tensas. Reize llegó primero, seguida de Sebastián, que miraba alrededor intentando entender qué estaba pasando.

—¡Eso es mentira! —gritó Reize, colocándose frente a Arika—. ¡Ella no está infectada!

—¡La vi! —insistió Clara, señalando con mano temblorosa—. ¡Tenía una herida ayer! ¡Y hoy no hay nada! ¡Eso no es normal!

Sebastián frunció el ceño y miró a Arika directamente.

—Arika… —dijo con seriedad—. ¿Es cierto?

El silencio cayó por un instante.

Arika sostuvo su mirada. No intentó esquivar la pregunta.

—Sí… —respondió finalmente, en voz baja—. Es cierto.

Un murmullo recorrió al grupo como una ola.

—¿Lo ven? —exclamó alguien—. ¡No es normal!

—¡Es una mutación!

—¡Puede ser peor que los infectados!

—¡Podría matarnos a todos mientras dormimos!

—¡Escúchenme! —alzó la voz Sebastián, intentando imponerse—. Ella ha estado con nosotros todos estos días. No ha atacado a nadie. No ha mostrado síntomas.

—¡Eso no importa! —replicó otro—. ¡Eso la hace más peligrosa!

Reize dio un paso al frente, furiosa.

—¡Están hablando sin saber! ¡No tienen idea de lo que dicen!

Pero ya nadie escuchaba. El miedo había tomado el control.

Sebastián apretó los dientes, mirando a su alrededor, intentando encontrar una forma de calmar la situación. Pero cada voz, cada mirada… le dejaba claro que no había vuelta atrás.

Bajó la mirada por un segundo.

Cuando volvió a hablar, su voz ya no tenía la misma firmeza.

—…Tienen que irse.

El silencio cayó, pesado.

Reize lo miró, incrédula.

—¿Qué…?

—No puedo arriesgarlos a todos —dijo, con evidente dolor—. Si se quedan… esto va a empeorar.

Arika no dijo nada al principio. Solo bajó la mirada.

Lo entendía.

Era inevitable.

—Lo entiendo —respondió finalmente, con voz apagada.

Sebastián negó suavemente, frustrado.

—Lo siento… si dependiera solo de mí—

—No es tu culpa —lo interrumpió Arika, apoyando una mano en su hombro—. Hiciste más de lo que cualquiera habría hecho. Gracias… por todo.

En ese momento, Grisel apareció corriendo y se aferró a las piernas de Arika.

—¿Te vas? —preguntó, con la voz quebrada.

Arika se agachó y acarició su cabello con suavidad.

—Sí, pequeña… pero estaré bien. Tú cuida mucho a tu papá, ¿sí?

La niña asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

Reize y Arika recogieron sus cosas en silencio. Nadie más se acercó. Nadie dijo nada.

Sebastián las acompañó hasta el límite del campamento.

—Cuídense allá afuera —murmuró, con la voz cargada de pesar—. Ojalá… nos volvamos a ver.

Arika se giró una última vez.

—Yo también lo espero.

No añadió nada más.

Se dio la vuelta y, junto a Reize, comenzó a internarse en el bosque, dejando atrás el único lugar que, por un instante, había sentido como un hogar.

Las sombras de los árboles las rodearon con rapidez, envolviéndolas en una penumbra espesa. El crujido de las hojas bajo sus pasos marcaba su avance, constante y silencioso. El aire, frío y cargado de humedad, llevaba consigo un leve rastro de humo que aún parecía perseguirlas.

Ninguna habló.

Detrás de ellas quedaban las miradas, el miedo… y todo aquello que nunca llegó a ser.

—¿Y ahora? —preguntó Reize después de un rato, rompiendo el silencio—. ¿A dónde vamos?

Arika no se detuvo. Caminaba con paso tranquilo, casi sereno, como si ya conociera el camino.

—Ya encontraremos algo —respondió—. Por ahora, lo mejor sería ir hacia la autopista. Tal vez encontremos algún vehículo para alejarnos de aquí.

Reize asintió, pero su ceño seguía fruncido. Después de unos segundos más de caminar, soltó un bufido y habló:

—No es justo, ¿sabes? Que nos traten así… Después de todo lo que hicimos.

Arika bajó un poco la cabeza.

—Lo siento —dijo en voz baja—. Fue por mi culpa que nos echaron.

Reize se detuvo, le puso una mano en el hombro y la obligó a mirarla.

—No vuelvas a decir eso. No fue tu culpa, Arika. Ellos… simplemente tenían miedo. Un miedo estúpido.

—Aun así…

—Mira —la interrumpió con una media sonrisa—. Esas señoras ya me tenían harta con sus comentarios maliciosos y esas miraditas. En el fondo… creo que me alegra no tener que seguir aguantándolas.

Hizo una pausa, y bajó la mirada. Su tono se suavizó.

—Pero sí voy a extrañar a Sebastián… y a Grisel. Ellos sí confiaron en nosotras. Nos trataron bien desde el principio.

—Yo también los voy a extrañar —murmuró Arika.

Siguieron caminando unos metros más. Reize iba a decir algo cuando, de pronto, Arika la tomó del brazo y la empujó suavemente hacia unos arbustos. Reize iba a protestar, pero Arika le tapó la boca con la mano y le hizo una señal clara: silencio.

Unos segundos después, el sonido de pasos lentos y arrastrados se acercó. Desde detrás de las ramas, vieron pasar a un infectado. El rostro desfigurado, las ropas rotas, y una mancha oscura cubriéndole el pecho. Caminaba con torpeza, pero su respiración era áspera, fuerte.

Pasó de largo, sin notar su presencia.

Cuando se alejó lo suficiente, Arika bajó la mano. Reize soltó un largo suspiro.

—Demonios… —susurró.

Se asomaron con cuidado. Pero no era solo uno.

—Mira —murmuró Arika, señalando hacia adelante.

Al menos una decena de infectados caminaban en la misma dirección. Todos avanzaban, lentamente, entre los árboles. Pero la dirección era clara.

—Van hacia el campamento —dijo Reize, con voz tensa.

Se miraron, ambas comprendiendo lo mismo al instante. Reize se levantó de golpe.

—Tenemos que llegar a la autopista. ¡Ya! Si los infectados llegaron hasta aquí, puede haber más en la zona.

Pero Arika no se movió. Miraba hacia la dirección por la que habían venido, con el rostro serio.

—¿Y no vamos a hacer nada?

—¿Cómo que “nada”? —Reize frunció el ceño—. ¡Nos echaron! Nos trataron como si fuéramos una amenaza. ¿Y tú quieres volver a ayudarlos?

Arika la miró directamente.

—¿Y Sebastián? ¿Y Grisel? ¿Ellos también merecen eso?

Reize abrió la boca, pero no supo qué responder. Bajó la vista, mordiéndose el labio.

—Estoy segura de que podrán arreglárselas —murmuró.

—No dijiste tú que debíamos ser empáticos con los demás?

El silencio se hizo pesado entre las dos. El viento sopló entre los árboles, como recordándoles que el tiempo corría.

—Tienes razón… —susurró Reize finalmente, con una sonrisa resignada—. A veces parece que tú entiendes esto mejor que yo, Arika.

Arika la observó, parpadeando despacio, como si procesara la idea.

—¿Eso crees? —respondió con calma—. Solo hago lo que creo que es correcto.

Reize dejó escapar una pequeña exhalación, asintiendo.

—Eso ya es más de lo que muchos pueden decir.

Hubo un breve silencio.

Arika desvió la mirada hacia la oscuridad del camino.

—Vamos a salvarlos entonces.

—Esta bien… —Reize respiró hondo—. Solo espero que lleguemos a tiempo.

Y sin perder más tiempo, ambas corrieron de vuelta hacia el refugio. La noche se abría delante de ellas, llena de peligro… pero también de propósito.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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