El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 27
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Capítulo 27: Capítulo 27: La Gruñona
La mañana empezó mal.
Muy mal.
Lola abrió los ojos y, sin razón aparente, todo le molestó. La luz que se colaba por las cortinas. El calor del cuerpo de Damián pegado al suyo. El sonido de los pájaros afuera. Su propia respiración.
—¿Lola? —la voz de Damián, recién despertado, sonó cerca de su oído.
Ella gruñó.
Literalmente gruñó.
Un sonido ronco, profundo, que no parecía salir de su garganta. Damián se apartó tan rápido que casi cae de la cama. La miró con los ojos abiertos de par en par.
—¿Qué…?
—Nada —respondió ella, con una voz que no era la suya. Más grave. Más cortante.
Se levantó de la cama sin mirarlo. Fue al baño y cerró la puerta de un golpe.
Damián se quedó allí, sentado en el borde de la cama, paralizado.
¿Qué acaba de pasar?
Cuando Lola salió del baño, ya vestida, su expresión era un puñado de nubes negras a punto de descargar un trueno.
—Bajo a desayunar —dijo, y salió sin esperar respuesta.
Damián se vistió en tiempo récord. Ni siquiera se peinó. Salió detrás de ella como un perro perdido.
En el comedor, todos estaban sentados.
Konstantin, con su periódico. Elena, con su sonrisa perpetua. Valeria, con su café y su cara de fastidio habitual. León, bromeando con Elara como siempre.
Lola entró y se sentó en su lugar.
No saludó.
No miró a nadie.
Solo tomó la taza de café y bebió en silencio.
—Buenos días, Lola —dijo Konstantin con amabilidad.
Ella gruñó.
Otro gruñido. Bajo, pero perfectamente audible.
El silencio cayó sobre la mesa como una losa.
León dejó el tenedor a medio camino de la boca. Elara abrió los ojos como platos. Valeria arqueó una ceja con interés. Elena mantuvo su sonrisa, pero sus ojos se entrecerraron ligeramente.
—¿Lola? —preguntó Elara con cuidado, como quien se acerca a un animal salvaje—. ¿Estás bien?
—Estoy bien.
Su tono dejaba claro que no estaba bien. Que nada estaba bien. Que el mundo entero estaba en su contra y ella estaba a punto de declararle la guerra.
Damián entró en ese momento. Se sentó a su lado con la cautela de quien coloca una bomba. Miró a los demás con expresión de “no preguntéis”.
—Buenos días —dijo, intentando romper la tensión.
Nadie respondió. Todos miraban a Lola.
Ella siguió bebiendo su café como si no existieran.
El desayuno fue un campo de minas.
Lola *p*n*s comió. Respondió con monosílabos cuando le hablaban. Gruñó dos veces más. La primera cuando León hizo un chiste sobre el tamaño de las salchichas.
—Oye, Lola, ¿has visto qué salchichas más grandes han puesto hoy? Parecen…
Gruñido.
León se calló a medio chiste.
—Vale —murmuró—. Tema cancelado.
La segunda vez fue cuando Elara, con su torpeza habitual, derramó un poco de leche cerca de la taza de Lola.
—¡Ay, lo siento! —dijo Elara, buscando un trapo.
Gruñido.
Elara se encogió en su silla como si la hubieran regañado en el colegio.
Damián, a su lado, no sabía qué hacer. Intentó tomarle la mano. Ella se apartó.
—No —dijo.
—Lola…
—Que no.
Él retiró la mano como si hubiera tocado fuego.
León lo miró y, en un susurro que solo Damián pudo oír, dijo:
—¿Qué le pasa?
—No lo sé —susurró Damián de vuelta.
—¿Has hecho algo?
—¡No!
—Pues algo hiciste.
—¡Te juro que no!
Konstantin observaba la escena con una calma que solo los años dan. Dejó el periódico y carraspeó.
—Lola —dijo con su voz pausada—. ¿Has dormido bien?
Ella lo miró. Por un instante, su expresión se suavizó. Como si la Lola de siempre asomara la cabeza.
—No —admitió.
—A veces —continuó Konstantin—, el cuerpo tiene formas extrañas de decirnos que algo está cambiando. Es normal sentirse… irritable.
—¿Irritable? —repitió León—. ¿A esto le llaman irritable? Esto es nivel diosa griega enfadada.
Damián le lanzó una miada asesina.
—¿Qué? —dijo León—. Es un cumplido.
Lola gruñó otra vez.
León levantó las manos en señal de paz.
—Vale, vale, me callo.
El resto del día fue un infierno para todos.
Pero sobre todo para Damián.
Porque Lola estaba irritable con absolutamente todo.
Con la comida: —¿Esto qué es? —preguntó al ver el plato que le sirvieron.
—Pollo —respondió el sirviente.
—No me gusta el pollo.
—Pero si ayer comiste pollo y te encantó —señaló Damián.
Ella lo miró.
Solo lo miró.
Damián tragó saliva.
—Olvida lo que dije.
Con la ropa: —Hace calor —dijo Lola a media tarde.
—¿Quieres que baje la calefacción? —preguntó Damián.
—No.
—¿Que la suba?
—Tampoco.
—¿Entonces?
Ella lo miró otra vez.
Damián calló.
Con la temperatura de la habitación: —Hace frío —dijo cinco minutos después.
Damián, confundido, no supo si subir o bajar la calefacción. Optó por quedarse quieto y no decir nada.
Eso pareció funcionar.
Con el simple hecho de que Damián existiera: En un momento, mientras ella leía en el sofá, él entró en la habitación.
—Solo venía a buscar un libro —dijo rápidamente.
Ella no dijo nada. Pero su expresión era clara: no me molestes.
Damián cogió el primer libro que encontró (resultó ser uno de cocina) y salió tan rápido como pudo.
En el pasillo se encontró con León, que lo vio con el libro de cocina y arqueó una ceja.
—¿Desde cuándo cocinas?
—Cállate.
—¿Qué pasa? ¿La reina sigue de mal humor?
—No la llames así.
—¿Cómo quieres que la llame? ¿Su majestad la gruñona?
Damián le lanzó una mirada que helaría el sol.
—Una palabra más y te parto la cara.
León sonrió.
—Oh, esto es mejor que la tele.
El momento más tenso llegó después de comer.
Damián, desesperado por complacerla, tuvo la brillante idea de preguntarle qué quería hacer.
—¿Qué quieres hacer esta tarde? —preguntó con la mejor de sus sonrisas.
Ella lo miró.
Larga, intensamente.
—¿Qué quiero hacer? —repitió.
—Sí. Lo que tú quieras. Lo que sea.
—¿Lo que sea?
—Cualquier cosa.
Ella se levantó. Se acercó a él. Lentamente. Damián no supo si iba a besarlo o a matarlo.
—Quiero —dijo— que dejes de preguntarme qué quiero.
Damián parpadeó.
—¿Eso es lo que quieres?
—¡Sí! Quiero que dejes de preguntar. Que dejes de mirarme como si fuera a explotar. Que dejes de andar de puntillas a mi alrededor.
—Pero es que…
—¡No! No quiero peros. No quiero explicaciones. No quiero nada. Solo quiero silencio.
Damián calló.
Ella asintió, satisfecha, y volvió a su sitio.
León, que había aparecido en la puerta en algún momento, miró a su hermano con una mezcla de admiración y terror.
—¿Siempre es así? —susurró.
—Cállate —susurró Damián.
—No he dicho nada.
—Te conozco.
León sonrió. Damián lo fulminó con la mirada.
Pero no dijo nada.
Porque Lola había pedido silencio.
Esa noche, durante la cena, el ambiente era irrespirable.
Lola *p*n*s había hablado en todo el día. Pero sus gruñidos se habían convertido en parte de la banda sonora de la mansión.
Valeria, que había permanecido en silencio la mayor parte del tiempo, levantó la vista en un momento.
—¿Siempre es así? —preguntó, señalando a Lola con la cabeza.
Damián la miró con los ojos entrecerrados.
—¿El qué?
—Lo de los gruñidos. ¿Es algo de su loba o es personalidad?
Lola la miró.
Valeria, valiente o tonta, sostuvo la mirada.
—Es una pregunta legítima —dijo.
Lola gruñó.
Valeria asintió.
—Vale. Pregunta respondida.
Elena, la madrastra, intervino con su sonrisa.
—Querida, si estás incómoda, podemos cenar en otro lado.
—No —dijo Lola.
—¿No?
—Que no.
Elena mantuvo la sonrisa, pero sus ojos se tensaron.
—Como quieras.
Konstantin, el único verdaderamente tranquilo, observaba la escena con una pequeña sonrisa en los labios. Como si supiera algo que los demás no sabían.
—Lola —dijo con calma—. ¿Sabes qué está pasando?
Ella lo miró.
—No —admitió.
—¿Quieres saberlo?
Dudó.
—No —dijo al final.
—Muy bien. Cuando quieras, estoy aquí.
Ella asintió. Y por un momento, su expresión se suavizó.
Pero solo un momento.
Luego volvió a su ceño fruncido habitual.
Cuando por fin llegó la noche, Damián estaba agotado.
Se tumbó en la cama con el cuidado de quien se acuesta junto a una fiera dormida. Lola ya estaba en su lado, mirando el techo.
—¿Lola? —susurró.
—¿Qué?
—¿Estás mejor?
Silencio.
—Un poco —dijo al fin.
—¿Quieres que hablemos?
—No.
—¿Quieres que me calle?
—Sí.
Damián calló.
Pasaron los minutos.
—Damián.
—¿Sí?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por aguantarme.
—No es aguantar. Es quererte.
Ella se giró hacia él. En la penumbra, sus ojos brillaban con un destello rosa.
—¿Sabes lo peor? —dijo.
—¿Qué?
—Que ni siquiera sé por qué estaba tan irritable.
—No importa.
—Sí importa. Porque no quiero ser así. No quiero gruñirte. No quiero mirar mal a León. No quiero…
—Lola.
—¿Qué?
—Cállate y duérmete.
Ella lo miró.
Y por primera vez en todo el día, sonrió.
—Vale —dijo.
Se acurrucó contra él.
Y Damián, después de horas de infierno, sintió que todo había valido la pena.
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