El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 28
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Capítulo 28: Capítulo 28: El Despertar
La madrugada estalló en pedazos.
Damián dormía profundamente, agotado tras el largo día con Lola irritable, cuando un dolor agudo en el brazo lo arrancó del sueño. Algo afilado había rasgado su piel.
Abríó los ojos de golpe.
Lola estaba a su lado, pero no era la misma.
Se retorcía entre las sábanas, con el cuerpo arqueado y las manos aferradas a la almohada. Un gemido profundo, desgarrador, escapaba de su garganta. No era un gemido humano. Era algo animal, primitivo.
—¡Lola!
Damián se incorporó y alargó la mano hacia ella. Pero cuando sus dedos rozaron su hombro, ella gritó.
Un alarido que heló la sangre.
Su cuerpo se sacudió violentamente y Damián vio la marca en su cuello. Ardía. Literalmente ardía. Un resplandor rosado pulsaba desde la piel, iluminando la habitación con destellos irregulares.
Y entonces vio sus ojos.
Abiertos, desorbitados, pero no marrones. Eran de un rosa fucsia intenso, brillantes como faros en la oscuridad. Y cuando ella abrió la boca para otro grito, unos colmillos afilados brillaron bajo la luz de la luna.
—¡Lola, soy yo! ¡Damián! —intentó de nuevo.
Ella no parecía reconocerlo. Su mirada estaba perdida, en otro lugar, en otra dimensión. Un mechón de su cabello negro había cambiado de color: rosa intenso, como sus ojos.
—Duele —gimió—. Duele… mucho…
Era la primera palabra coherente en minutos. Pero antes de que Damián pudiera alegrarse, ella volvió a retorcerse, emitiendo gruñidos y gemidos que no parecían humanos.
Damián sabía que debía hacer algo. La marca. Tenía que tocar la marca. Tal vez así…
Extendió la mano hacia su cuello.
Pero en el instante en que sus dedos rozaron la piel ardiente, Lola reaccionó. Sus ojos se clavaron en él sin reconocimiento. Y con una fuerza que Damián jamás habría imaginado en ella, lo empujó.
El golpe lo levantó del colchón y lo lanzó contra la pared opuesta. Su espalda impactó con un ruido sordo y cayó al suelo, aturdido.
—¡Damián! —gritó alguien desde la puerta.
León irrumpió en la habitación, seguido de Elara. Detrás de ellos, Konstantin, Elena y Valeria asomaban con expresiones de horror.
—¿Qué pasó? —preguntó León, corriendo hacia su hermano.
Damián *p*n*s podía respirar. El golpe había sido brutal. Miró hacia la cama. Lola seguía retorciéndose, pero ahora sus gritos eran más agudos, más desgarradores. Sus manos arañaban las sábanas, dejando marcas.
—¡No se acerquen! —advirtió Konstantin con autoridad—. ¡Lejos de ella!
—Pero… —protestó Elara.
—¡Lejos!
Konstantin se acercó con cautela, observando a Lola con ojos expertos. La marca en su cuello palpitaba con luz propia. Los cambios físicos eran evidentes: los colmillos, el mechón rosa, el brillo animal en sus ojos.
—Está despertando —murmuró—. Pero algo va mal. No debería ser tan violento.
—¡Hay que ayudarla! —gritó Damián, intentando levantarse.
—¡No puedes! —Konstantin lo detuvo con un gesto—. Si te acercas ahora, puede matarte sin querer. No te reconoce. Su loba está forcejeando por salir y ella no la controla.
Lola soltó otro alarido. Esta vez, el vidrio de la ventana tembló.
—¡Alguien haga algo! —suplicó Elara, llorando.
Valeria, pálida como la cera, observaba desde la puerta sin atreverse a entrar. Elena se había cubierto la boca con las manos.
—Konstantin —dijo Damián, con voz rota—. Tú sabes de esto. Dime qué hacer.
Konstantin lo miró. Su expresión era grave.
—Solo hay una persona que puede ayudarla ahora.
—¿Quién?
—Selene.
Damián lo entendió al instante. Se volvió hacia León.
—¡Ve! ¡Tráela! ¡Corre!
León no necesitó que se lo repitieran. Salió disparado de la habitación, y segundos después se oyó el motor de un coche arrancando a toda velocidad.
Mientras tanto, Lola seguía retorciéndose.
Sus gritos se habían convertido en una mezcla de llantos y gruñidos. A veces parecía que iba a decir algo, pero las palabras se ahogaban en su garganta. Solo dolor. Solo confusión. Solo instinto.
Damián, aún en el suelo, intentó levantarse de nuevo.
—Damián, no —advirtió Konstantin.
—No pienso quedarme de brazos cruzados.
—Si te acercas, te matará.
—Pues que me mate.
Se levantó, ignorando el dolor. Dio un paso hacia la cama. Luego otro.
Lola lo sintió. Sus ojos se clavaron en él. Gruñó. Una advertencia clara y mortal.
—Lola —dijo Damián con voz suave—. Soy yo. El que te quiere.
Ella no respondió. Solo gruñó más fuerte.
Otro paso.
Y entonces, Lola atacó.
No con intención de matar, sino de alejar. Su brazo se extendió y su mano impactó en el pecho de Damián con la misma fuerza sobrehumana de antes. Esta vez, él salió volando hacia atrás, estrellándose contra la pared y cayendo inconsciente.
—¡Damián! —gritó Elara.
Konstantin se interpuso.
—¡Nadie más se acerca! —ordenó—. ¡Esperaremos a Selene!
Pasaron minutos que parecieron horas.
Lola seguía retorciéndose, emitiendo sonidos cada vez más desgarradores. Los que esperaban fuera de la habitación (pues Konstantin había obligado a todos a salir) escuchaban cada alarido como una puñalada.
Elara lloraba en silencio, abrazada a sí misma. León, recién llegado de traer a Selene, la sujetaba sin saber qué decir. Valeria estaba pálida, apoyada contra la pared, con una expresión que nadie supo interpretar. Elena mantenía su sonrisa, pero sus manos temblaban. Konstantin, impasible, esperaba.
Y Damián, aún inconsciente, yacía en el suelo con León velándolo.
Selene había entrado en la habitación y cerrado la puerta.
Nadie sabía qué pasaba dentro.
Pero todos lo oían.
Los gritos de Lola atravesaban las paredes. Eran humanos y animales al mismo tiempo. A veces parecía que decía algo, pero las palabras se ahogaban en gemidos de dolor. Luego, un gruñido profundo. Luego, un sollozo.
—No puedo más —susurró Elara—. No puedo oírla así.
—Tienes que poder —dijo Konstantin con firmeza—. Ella te necesita fuerte.
—¿Y si… y si no sale de esta?
Nadie respondió.
Porque nadie tenía respuesta.
Los minutos siguieron pasando.
Los gritos se intensificaron. Luego se calmaron. Luego volvieron más fuertes. Era como una tormenta que no terminaba de pasar.
Y entonces…
Un ruido diferente.
No un grito. No un gemido.
Un cristal rompiéndose.
Todos miraron hacia la puerta. Luego hacia la ventana de la habitación, que daba al jardín. Los vidrios estallaron en mil pedazos que cayeron al exterior.
—¿Qué…? —empezó León.
Pero no terminó.
Porque de la habitación no salió ningún otro sonido.
Silencio.
Un silencio absoluto, aterrador, que pesaba más que todos los gritos anteriores.
—¡Selene! —gritó Konstantin, golpeando la puerta—. ¡¿Qué pasa?!
Silencio.
Damián, que había recuperado la conciencia en algún momento, se levantó tambaleándose. Su mirada estaba fija en esa puerta. En esa habitación. En ella.
—Lola —susurró.
Y dio un paso.
La puerta seguía cerrada.
El silencio, intacto.
Y la ventana, rota.
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