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El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 29

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Capítulo 29: Capítulo 29: La Cacería

La puerta se abrió.

Selene apareció en el umbral con el rostro cansado pero sereno. Detrás de ella, la habitación estaba en silencio. Un silencio que pesaba más que todos los gritos anteriores.

—¿Dónde está? —preguntó Damián, adelantándose.

Selene lo miró con sus viejos ojos azules. Había algo en su expresión que heló la sangre de todos los presentes. Algo entre compasión y advertencia.

—Se fue.

—¿Cómo que se fue? —Elara dio un paso adelante, con la voz quebrada—. ¿Adónde? ¿Está herida? ¿Necesita ayuda?

—Su loba rompió el encierro —explicó Selene con calma—. La jaula ya no existe. Se convirtió en su forma verdadera y saltó por la ventana.

Damián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. La habitación dio vueltas por un instante. Tuvo que apoyarse en el marco de la puerta para no caer.

—¿Su forma verdadera? —repitió, como si las palabras no terminaran de tener sentido.

—Es una loba, Damián. Ahora es libre. Y cuando algo lleva tanto tiempo encerrado, lo primero que hace es correr. Correr sin mirar atrás. Correr hasta que el cuerpo no pueda más.

—¿Hacia dónde? —preguntó, con una urgencia desesperada en la voz.

—Al bosque. A toda velocidad. No mires por la ventana, ya no la verás. Cuando saltó, sus patas *p*n*s tocaron el suelo antes de desaparecer entre los árboles.

Konstantin intervino con calma, apoyando una mano en el hombro de su hijo.

—¿Puedes describirla? Para saber qué buscar cuando salgamos.

Selene asintió lentamente. Cerró los ojos un momento, como si estuviera recuperando una imagen grabada en su memoria.

—Es una loba grande. Muy grande. Más que cualquier otra que haya visto en mis años. Negra como la noche más profunda. Pero tiene un mechón rosa en el lomo, justo entre los omóplatos. Como si hubiera quedado marcada por el color que tomaron sus ojos. Y sus ojos… sus ojos brillan del mismo rosa fucsia que vieron antes. Como dos faros en la oscuridad. No pasará desapercibida, aunque ella quiera esconderse.

Damián ya se estaba moviendo. Dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el pasillo con paso firme.

—Voy a buscarla.

—Espera —lo detuvo Selene con una voz que, a pesar de ser cascada, tenía una autoridad innegable—. Antes de que vayas, hay algo que debes saber. Algo que cambiará la forma en que buscas.

Él se detuvo. Todos la miraron. El silencio se hizo tan denso que podía cortarse.

—El despertar de Lumina no fue accidental —dijo Selene, y sus palabras cayeron como piedras en un estanque—. Fue provocado.

—¿Por quién? —preguntó Damián, con los ojos entrecerrados.

—Por ella misma. Porque estaba lista. Porque el encierro ya no podía contenerla. Pero también porque algo la llamó desde fuera.

—¿Algo? ¿Qué clase de algo? —León dio un paso al frente, claramente preocupado.

—No lo sé con certeza. Pero lo sentí. En el momento exacto en que rompió la jaula, cuando su cuerpo se transformó por primera vez, hubo un eco. Como una respuesta. Como si algo en la profundidad del bosque supiera que ella estaba llegando.

El silencio cayó sobre todos. Incluso Elena, que hasta ese momento había mantenido su sonrisa falsa, parecía genuinamente preocupada.

—¿Es peligroso? —preguntó León, esta vez con voz más seria de lo habitual.

—Todo despertar lo es. Pero hay más. Mucho más. Lumina no es una loba común. Su linaje es antiguo. Poderoso. De esos que ya no se ven. Y cuando una loba como ella se libera después de tantos años encerrada, atrae la atención.

—¿De quién? —insistió Damián, apretando los puños.

—De los que cazan poder. De los que quieren controlarlo. De Kael, seguramente, que ya la ha estado buscando. Y de otros que ni siquiera imaginamos. Criaturas que vagan por el bosque y que no son lo que parecen.

Damián apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su cuello se marcaron bajo la piel.

—No me importa quién la quiera. No me importa quién la busque. No la van a tener. No mientras yo pueda moverme.

—Ese es el precio, Alfa. —Selene lo miró fijamente, con una intensidad que pocas veces se veía en sus viejos ojos—. Ahora que Lumina es libre, Lola también lo es. Pero eso significa que el mundo entero puede verla. Ya no está protegida por las paredes de esta mansión. Ya no está escondida tras su olor neutro. Y hay quienes prefieren a las lobas enjauladas. Dóciles. Controlables.

—Entonces los mataremos a todos —dijo Damián, y no había bravuconería en sus palabras. Solo un hecho. Una promesa.

Selene sonrió débilmente. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Esa es la respuesta de un verdadero compañero. Ahora ve. Pero ten cuidado. Lumina no te reconoce. Para ella, en este momento, eres un extraño más. Un depredador en su territorio. Y una loba recién liberada es impredecible. Puede huir. Puede atacar. Puede hacer cualquier cosa.

Damián asintió. Luego se volvió hacia los demás.

—León. Padre. Venid conmigo. Marcus —llamó al beta que esperaba en el pasillo—, contacta a los alfaz de confianza de la manada. Los que han demostrado lealtad. Los que saben controlarse. Que se preparen para buscar.

—¿Todos? —preguntó Marcus, ya sacando su teléfono.

—Todos los que puedan correr. Todos los que puedan seguir un rastro. Todos los que no duden en protegerme si la encuentro y algo sale mal.

Marcus asintió y comenzó a hablar por teléfono en voz baja, dando órdenes rápidas y precisas.

En cuestión de minutos, el jardín trasero de la mansión se llenó de sombras.

Marcus había hecho sonar la llamada. Y los alfaz de la manada Blackwood respondieron sin dudar. Aparecieron entre los árboles, uno a uno, en sus formas de lobo. Grandes. Poderosos. Listos para lo que fuera.

Damián salió al jardín y se quitó la ropa sin pudor. Su cuerpo, marcado por el golpe reciente contra la pared, brillaba bajo la luz de la luna. Moretones violáceos cubrían parte de su espalda, pero no parecía notarlos.

León hizo lo mismo a su lado. Konstantin, a pesar de su edad, también comenzó a desvestirse.

—No tienes que venir, padre —dijo Damián, mirándolo—. No es tu responsabilidad.

—Es mi futura nuera —respondió Konstantin con una media sonrisa que iluminó su rostro cansado—. Claro que vengo. Además, todavía puedo correr más que muchos de estos jóvenes.

Damián no discutió. Sabía que cuando su padre tomaba una decisión, no había forma de cambiarla.

Cerró los ojos. Un momento de concentración. Una respiración profunda. Y entonces su cuerpo comenzó a cambiar.

Huesos que se reacomodaban con crujidos secos. Piel que se cubría de pelo grisáceo. Mandíbula que se alargaba, colmillos que crecían. En segundos, un enorme lobo gris se alzaba donde antes estaba Damián. Sus ojos, dorados, brillaban con determinación en la oscuridad.

León lo siguió. Su lobo era más pequeño, más ágil, de un marrón rojizo que recordaba al barro seco. Konstantin se transformó en un lobo plateado, majestuoso, con la sabiduría de los años grabada en cada fibra de su cuerpo.

Los demás alfaz esperaban en silencio. Una docena de sombras silenciosas, con los ojos brillando en la noche. Lobos grises, marrones, alguno negro. Todos listos.

Damián alzó la cabeza y proyectó su voz mental, alcanzando a cada uno de ellos.

—Buscamos una loba negra con un mechón rosa en el lomo. Es Lola. No la asusten. No la ataquen bajo ninguna circunstancia. Solo encontrarla y avisar. Si alguien la ve, se queda quieto y me llama. ¿Entendido?

Unos gruñidos de afirmación respondieron al unísono. Era impresionante ver a tantos lobos moverse como uno solo.

—Vamos.

Y la manada se lanzó al bosque.

Elara observó desde la ventana de su habitación cómo las sombras desaparecían entre los árboles. Primero Damián, el enorme lobo gris. Luego León, el rojizo. Luego Konstantin, el plateado. Y detrás de ellos, una docena más, engullidos por la oscuridad en cuestión de segundos.

—Va a encontrarla —dijo, más para sí misma que para nadie.

No había nadie a su lado. Todos los hombres se habían ido. Las mujeres permanecían en la mansión, cada una en su lugar, cada una con sus propios pensamientos.

Detrás de ella, Valeria apareció en silencio. Ya no tenía esa expresión altiva de siempre. Ahora solo parecía una chica más, asustada y confundida.

—¿Crees que volverán? —preguntó, con una voz que *p*n*s era un susurro.

Elara se giró, sorprendida de que hablara. De que le hablara a ella.

—Sí —respondió con firmeza—. Tienen que volver. Y van a traer a Lola con ellos.

Valeria asintió lentamente. Por un momento, su expresión fue casi humana. Casi vulnerable.

—Yo también lo espero. Aunque no sé si ella querrá verme cuando vuelva. No he sido precisamente amable con ella.

—Lola no es rencorosa —dijo Elara—. Es de las que perdonan. Pero también de las que recuerdan. Si quieres cambiar las cosas con ella, vas a tener que demostrarlo.

Valeria la miró un largo momento. Luego asintió de nuevo y se alejó sin decir nada más.

Elara volvió a mirar el bosque.

La noche era profunda. La luna, brillante e inmensa, iluminaba las copas de los árboles con una luz plateada. Y en algún lugar, entre las sombras, una loba negra con un mechón rosa en el lomo corría hacia lo desconocido.

El bosque era una sombra gigante bajo la luna.

Los lobos corrían en silencio, sus patas *p*n*s rozando el suelo húmedo, sus hocicos levantados buscando un rastro, un olor, cualquier señal de la loba perdida. La noche envolvía los árboles centenarios como un manto oscuro, y solo los rayos de luna lograban colarse entre las ramas para iluminar el camino.

Damián iba al frente. Su lobo gris, enorme comparado con los demás, avanzaba con determinación. Pero por dentro, su mente era un torbellino de pensamientos que no lo dejaban en paz.

Lola. ¿Dónde estás?

El vínculo seguía ahí. No se había roto. Eso lo sabía con certeza. Pero era diferente. Más tenue. Como si ella estuviera muy lejos, o como si algo interfiriera entre ellos, una especie de niebla que no lo dejaba sentirla con claridad.

No podía percibir sus emociones. Solo una presencia difusa. Un calor lejano que a veces se intensificaba y a veces casi desaparecía.

Está viva, se repetía una y otra vez. Eso es lo único que importa.

A su lado, el lobo rojizo de León se acercó, casi rozando su costado.

—¿Algo? —preguntó con la mente, usando esa conexión especial que los hermanos compartían.

—Nada claro. El vínculo está débil. Como si ella estuviera detrás de un vidrio empañado.

—¿Puede que sea por la transformación? Tal vez su loba está bloqueando tus sentimientos.

—No lo sé. Pero no me gusta. Se siente… diferente.

El lobo plateado de Konstantin se unió a ellos, moviéndose con una agilidad que no parecía corresponder a su edad. Los años no habían mermado su capacidad para correr.

—Huelo algo —dijo, y su voz mental sonaba más grave que la de los demás—. A unos dos kilómetros hacia el norte. Un olor dulce. Familiar. Como miel y tormenta.

Damián aguzó el sentido. Dejó de pensar y se concentró solo en oler. Aspiró profundamente una, dos, tres veces. Ignoró los aromas del bosque, los otros lobos, la tierra mojada.

Y entonces lo sintió.

Era ella.

Ese olor a miel salvaje y a electricidad en el aire que tanto amaba. Pero ahora era más intenso. Más puro. Más… animal.

—Es Lola —dijo, y su voz mental tembló ligeramente—. Vamos. Todos en silencio. No quiero que se asuste.

La manada cambió de dirección, siguiendo el rastro con renovada energía.

El bosque se volvía más espeso cuanto más se adentraban.

Los árboles, centenarios, cerraban el paso de la luna con sus copas frondosas. Las sombras eran profundas, casi sólidas, moviéndose con el viento como criaturas vivas. Pero los lobos veían en la oscuridad como si fuera de día. Y el olor de Lola era cada vez más fuerte, más cercano.

Damián sentía el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. A través del vínculo, algo había cambiado. Ya no era solo una presencia lejana. Era como si ella también supiera que estaban cerca.

De repente, se detuvo en seco.

Los demás lo imitaron sin dudar. Diecisiete lobos congelados en el tiempo, esperando una orden.

Algo se movió entre los árboles.

Una sombra negra, más grande que cualquier lobo que hubieran visto. Se movía con una gracia felina, silenciosa, *p*n*s perturbando las hojas del suelo. Un destello rosa en el lomo, justo entre los omóplatos, brilló bajo un rayo de luna.

Y dos puntos brillantes, fucsias, como faros en la oscuridad, los observaban desde la espesura.

—Ahí está —susurró León mentalmente, y hasta en su pensamiento se notaba la impresión.

—Quietos todos —ordenó Damián con la mente, proyectando la orden con toda la autoridad de un Alfa—. Nadie se mueve. Nadie hace ruido. No la asustéis.

La loba negra los observaba. No se movía. No hacía amago de huir ni de atacar. Solo miraba. Su cuerpo, enorme y poderoso, estaba tenso como una cuerda de arco, listo para cualquier cosa.

Damián dio un paso adelante. Un solo paso. Lento. Cuidadoso.

Ella gruñó.

Un sonido profundo, gutural, que retumbó en el pecho de todos los que lo escucharon. Era una advertencia clara. Poderosa. Decía: no te acerques más.

Damián se detuvo. Pero no retrocedió.

—Lola —dijo con su voz mental, proyectando el nombre con toda la suavidad que pudo reunir—. Soy yo. Damián. El que te quiere. El que ha estado buscándote toda la noche.

La loba inclinó la cabeza ligeramente. Por un instante fugaz, sus ojos parecieron dudar. Como si algo en esas palabras le resultara familiar.

Pero luego gruñó otra vez. Más fuerte. Más amenazante.

No lo reconocía.

O tal vez sí, pero no confiaba. Su loba, Lumina, estaba al mando ahora. Y Lumina solo conocía el instinto. Solo conocía la desconfianza. Solo conocía el miedo a ser atrapada de nuevo.

Damián dio otro paso. Solo uno más.

Ella se tensó aún más. Sus patas traseras se flexionaron, lista para saltar. Para huir. Para atacar. Para lo que fuera necesario.

—No huyas —pidió él, y su voz mental sonó casi como un ruego—. Por favor. No te pido que confíes en mí ahora. Solo te pido que no huyas. Que me des la oportunidad de acercarme. De ayudarte.

La loba lo miró. Largo. Intenso. Sus ojos rosados recorrían cada centímetro de su lobo gris, cada detalle de su postura, cada movimiento de sus orejas.

Y entonces, ocurrió algo que nadie esperaba.

Ella olfateó el aire. Aspiró profundamente, llenándose de su olor. Y su expresión cambió.

No era reconocimiento. No exactamente. Era algo más primitivo. Más profundo. Algo que su loba, Lumina, recordaba de cuando aún estaba encerrada.

El nombre que había susurrado en la oscuridad de la habitación, sin saber por qué.

Ragnar.

Damián sintió un tirón en el pecho. No del vínculo. De su propio lobo. Ragnar había reconocido a Lumina en el momento en que la vio. Y ahora ella, de algún modo, también lo había reconocido a él.

La loba negra dio un paso adelante.

Solo uno.

Luego otro.

Damián no se movió. Contuvo la respiración, contuvo todo, incluso el latido de su corazón.

Ella se acercó lentamente, con cautela, moviendo la cabeza en círculos como si quisera abarcar todos sus ángulos. Hasta quedar a unos metros. Sus ojos rosados recorrieron su cuerpo, su lobo gris, su esencia.

Y entonces, ella habló.

No con palabras. Con un pensamiento. Débil. Confuso. Fragmentado. Como quien aprende a hablar después de años de silencio.

Ragnar…

—Sí —respondió Damián, y su voz mental temblaba de emoción—. Soy yo. Soy Ragnar. Y tú eres Lumina. Y dentro de ti está Lola, la mujer que amo.

La loba negra parpadeó. Por un instante, sus ojos perdieron el brillo salvaje. Por un instante, Damián juró ver a Lola detrás de ellos. Su mirada. Su forma de mirarlo.

Pero entonces, un ruido.

Una rama que se partió detrás de ellos. Uno de los lobos de la manada, joven e inexperto, se había movido sin querer y había pisado una rama seca.

El crujido resonó en el silencio del bosque como un disparo.

Lumina se tensó. Sus ojos se abrieron de par en par. El miedo volvió a ellos como una ola. Y antes de que Damián pudiera hacer o decir nada, giró sobre sí misma y salió corriendo.

—¡No! —gritó él mentalmente, con todas sus fuerzas—. ¡Lumina, espera! ¡Lola, no huyas!

Pero ella no esperó.

Desapareció entre los árboles como una sombra, veloz, imparable. Sus patas *p*n*s tocaban el suelo. Su cuerpo negro se fundía con la oscuridad. En segundos, no quedaba rastro de ella salvo el olor cada vez más lejano.

Damián se lanzó tras ella.

A su lado, León y Konstantin lo siguieron sin dudar. Toda la manada se movió como una sola unidad, saltando troncos caídos, esquivando ramas bajas, cruzando arroyos sin disminuir la velocidad.

Pero el bosque era grande.

Y Lumina, libre por primera vez en su vida, era más rápida que el viento.

Horas después, la manada se reunió en un claro cerca de un arroyo.

No habían vuelto a encontrar su rastro. El olor se había desvanecido como si ella hubiera cruzado el agua a propósito para borrarlo. Los lobos más expertos habían rastreado ambas orillas sin éxito.

—Desapareció —dijo León, jadeando en su forma humana mientras se dejaba caer sobre una roca—. Como si la tierra se la hubiera tragado. Nunca vi una loba tan rápida.

Konstantin, también en forma humana, asintió con gravedad mientras se sentaba en el suelo.

—No desapareció. Nos está evitando. Es más lista de lo que creíamos. Usó el arroyo para borrar su rastro. Eso no es instinto puro. Es inteligencia.

Damián seguía en su forma de lobo, con la cabeza gacha y la respiración agitada. No quería volver a ser humano. No quería aceptar que la había tenido tan cerca, que la había mirado a los ojos, que había escuchado su voz mental diciendo su nombre… y la había perdido.

León se levantó y caminó hacia él. Puso una mano en su lomo, sintiendo el pelo áspero bajo sus dedos.

—Hermano. Tienes que descansar. No vas a servir de nada si te desplomas. Mañana, con las primeras luces, seguiremos buscando. Pero ahora necesitas recuperar fuerzas.

Damián gruñó, un sonido bajo y frustrado. Pero sabía que tenía razón.

Con un esfuerzo sobrehumano, se transformó. Su cuerpo volvió a ser el de un hombre, desnudo, apoyado contra un árbol. Tenía moretones nuevos, rasguños en los brazos, y el agotamiento marcado en cada línea de su rostro.

—Estuvo tan cerca —murmuró, y su voz sonaba rota—. Me miró. Dijo mi nombre. Bueno, dijo el nombre de Ragnar. Pero fue ella. Fue Lumina. Y por un segundo, vi a Lola detrás de sus ojos.

—Te reconoció a ti —dijo Konstantin con calma, mientras le acercaba una manta que alguien había traído—. Pero su loba aún no confía. Ha pasado demasiado tiempo encerrada. Para ella, todo el mundo es una amenaza. Y Lola… Lola está en algún lugar dentro de ella, luchando por controlar su propio cuerpo. Pero no puede. No todavía.

—¿Y si no vuelve? —preguntó Damián, y era la primera vez que alguien lo escuchaba sonar tan vulnerable—. ¿Y si prefiere quedarse así? ¿Y si su loba es más fuerte y no la deja regresar?

—Volverá —respondió Konstantin con firmeza—. El vínculo sigue ahí. Yo lo siento, aunque no sea el mío. Todos aquí podemos sentir que algo los une todavía. Y su loba te llamó por tu nombre. Eso no es casualidad. Eso es un lazo que ni ella misma entiende.

Damián levantó la vista. Sus ojos dorados, ahora humanos, brillaban con una mezcla de esperanza y desesperación.

—¿Qué hago mientras tanto?

—Descansar. Comer. Beber agua. Recuperar fuerzas. Y al amanecer, seguiremos buscando. Pero ahora, cierra los ojos aunque sea una hora.

Damián asintió. Se envolvió en la manta y se recostó contra el árbol.

Pero en su interior, una sola idea lo consumía.

Te encontraré, Lola. Cueste lo que cueste. Aunque tenga que cruzar este bosque entero. Aunque tenga que pasar el resto de mi vida buscándote. Te encontraré.

En la mansión, Elara no había pegado un ojo.

Desde la ventana de su habitación, había visto pasar las horas. La luna recorriendo el cielo. Las estrellas apareciendo y desapareciendo. El silencio del bosque, que a veces se rompía con el ulular de un búho.

Ninguna noticia.

Ningún lobo había regresado.

Valeria apareció de nuevo en la puerta, con una bata puesta y el pelo revuelto.

—¿Sigues despierta?

—No puedo dormir.

—Yo tampoco.

Se quedaron en silencio un momento. Dos mujeres que no se soportaban, unidas por la misma angustia.

—¿Crees que la encontrarán? —preguntó Valeria.

—Tienen que hacerlo.

—¿Y si no?

Elara la miró. Por primera vez, no vio a la chica engreída que había llegado a la mansión. Vio a alguien asustado. Alguien que también había cambiado.

—Van a encontrarla —dijo con firmeza—. Damián no se detendrá hasta que lo haga. Y Lola es fuerte. Más de lo que creemos.

Valeria asintió lentamente.

—Espero que tengas razón.

Y se quedaron ahí, juntas, mirando el bosque.

Esperando.

Siempre esperando.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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