El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 30
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Capítulo 30: Capítulo 30: El Rastro
El bosque era una sombra gigante bajo la luna.
Los lobos corrían en silencio, sus patas *p*n*s rozando el suelo húmedo, sus hocicos levantados buscando un rastro, un olor, cualquier señal de la loba perdida. La noche envolvía los árboles centenarios como un manto oscuro, y solo los rayos de luna lograban colarse entre las ramas para iluminar el camino.
Damián iba al frente. Su lobo gris, enorme comparado con los demás, avanzaba con determinación. Pero por dentro, su mente era un torbellino de pensamientos que no lo dejaban en paz.
Lola. ¿Dónde estás?
El vínculo seguía ahí. No se había roto. Eso lo sabía con certeza. Pero era diferente. Más tenue. Como si ella estuviera muy lejos, o como si algo interfiriera entre ellos, una especie de niebla que no lo dejaba sentirla con claridad.
No podía percibir sus emociones. Solo una presencia difusa. Un calor lejano que a veces se intensificaba y a veces casi desaparecía.
Está viva, se repetía una y otra vez. Eso es lo único que importa.
A su lado, el lobo rojizo de León se acercó, casi rozando su costado.
—¿Algo? —preguntó con la mente, usando esa conexión especial que los hermanos compartían.
—Nada claro. El vínculo está débil. Como si ella estuviera detrás de un vidrio empañado.
—¿Puede que sea por la transformación? Tal vez su loba está bloqueando tus sentimientos.
—No lo sé. Pero no me gusta. Se siente… diferente.
El lobo plateado de Konstantin se unió a ellos, moviéndose con una agilidad que no parecía corresponder a su edad. Los años no habían mermado su capacidad para correr.
—Huelo algo —dijo, y su voz mental sonaba más grave que la de los demás—. A unos dos kilómetros hacia el norte. Un olor dulce. Familiar. Como miel y tormenta.
Damián aguzó el sentido. Dejó de pensar y se concentró solo en oler. Aspiró profundamente una, dos, tres veces. Ignoró los aromas del bosque, los otros lobos, la tierra mojada.
Y entonces lo sintió.
Era ella.
Ese olor a miel salvaje y a electricidad en el aire que tanto amaba. Pero ahora era más intenso. Más puro. Más… animal.
—Es Lola —dijo, y su voz mental tembló ligeramente—. Vamos. Todos en silencio. No quiero que se asuste.
La manada cambió de dirección, siguiendo el rastro con renovada energía.
El bosque se volvía más espeso cuanto más se adentraban.
Los árboles, centenarios, cerraban el paso de la luna con sus copas frondosas. Las sombras eran profundas, casi sólidas, moviéndose con el viento como criaturas vivas. Pero los lobos veían en la oscuridad como si fuera de día. Y el olor de Lola era cada vez más fuerte, más cercano.
Damián sentía el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. A través del vínculo, algo había cambiado. Ya no era solo una presencia lejana. Era como si ella también supiera que estaban cerca.
De repente, se detuvo en seco.
Los demás lo imitaron sin dudar. Diecisiete lobos congelados en el tiempo, esperando una orden.
Algo se movió entre los árboles.
Una sombra negra, más grande que cualquier lobo que hubieran visto. Se movía con una gracia felina, silenciosa, *p*n*s perturbando las hojas del suelo. Un destello rosa en el lomo, justo entre los omóplatos, brilló bajo un rayo de luna.
Y dos puntos brillantes, fucsias, como faros en la oscuridad, los observaban desde la espesura.
—Ahí está —susurró León mentalmente, y hasta en su pensamiento se notaba la impresión.
—Quietos todos —ordenó Damián con la mente, proyectando la orden con toda la autoridad de un Alfa—. Nadie se mueve. Nadie hace ruido. No la asustéis.
La loba negra los observaba. No se movía. No hacía amago de huir ni de atacar. Solo miraba. Su cuerpo, enorme y poderoso, estaba tenso como una cuerda de arco, listo para cualquier cosa.
Damián dio un paso adelante. Un solo paso. Lento. Cuidadoso.
Ella gruñó.
Un sonido profundo, gutural, que retumbó en el pecho de todos los que lo escucharon. Era una advertencia clara. Poderosa. Decía: no te acerques más.
Damián se detuvo. Pero no retrocedió.
—Lola —dijo con su voz mental, proyectando el nombre con toda la suavidad que pudo reunir—. Soy yo. Damián. El que te quiere. El que ha estado buscándote toda la noche.
La loba inclinó la cabeza ligeramente. Por un instante fugaz, sus ojos parecieron dudar. Como si algo en esas palabras le resultara familiar.
Pero luego gruñó otra vez. Más fuerte. Más amenazante.
No lo reconocía.
O tal vez sí, pero no confiaba. Su loba, Lumina, estaba al mando ahora. Y Lumina solo conocía el instinto. Solo conocía la desconfianza. Solo conocía el miedo a ser atrapada de nuevo.
Damián dio otro paso. Solo uno más.
Ella se tensó aún más. Sus patas traseras se flexionaron, lista para saltar. Para huir. Para atacar. Para lo que fuera necesario.
—No huyas —pidió él, y su voz mental sonó casi como un ruego—. Por favor. No te pido que confíes en mí ahora. Solo te pido que no huyas. Que me des la oportunidad de acercarme. De ayudarte.
La loba lo miró. Largo. Intenso. Sus ojos rosados recorrían cada centímetro de su lobo gris, cada detalle de su postura, cada movimiento de sus orejas.
Y entonces, ocurrió algo que nadie esperaba.
Ella olfateó el aire. Aspiró profundamente, llenándose de su olor. Y su expresión cambió.
No era reconocimiento. No exactamente. Era algo más primitivo. Más profundo. Algo que su loba, Lumina, recordaba de cuando aún estaba encerrada.
El nombre que había susurrado en la oscuridad de la habitación, sin saber por qué.
Ragnar.
Damián sintió un tirón en el pecho. No del vínculo. De su propio lobo. Ragnar había reconocido a Lumina en el momento en que la vio. Y ahora ella, de algún modo, también lo había reconocido a él.
La loba negra dio un paso adelante.
Solo uno.
Luego otro.
Damián no se movió. Contuvo la respiración, contuvo todo, incluso el latido de su corazón.
Ella se acercó lentamente, con cautela, moviendo la cabeza en círculos como si quisera abarcar todos sus ángulos. Hasta quedar a unos metros. Sus ojos rosados recorrieron su cuerpo, su lobo gris, su esencia.
Y entonces, ella habló.
No con palabras. Con un pensamiento. Débil. Confuso. Fragmentado. Como quien aprende a hablar después de años de silencio.
Ragnar…
—Sí —respondió Damián, y su voz mental temblaba de emoción—. Soy yo. Soy Ragnar. Y tú eres Lumina. Y dentro de ti está Lola, la mujer que amo.
La loba negra parpadeó. Por un instante, sus ojos perdieron el brillo salvaje. Por un instante, Damián juró ver a Lola detrás de ellos. Su mirada. Su forma de mirarlo.
Pero entonces, un ruido.
Una rama que se partió detrás de ellos. Uno de los lobos de la manada, joven e inexperto, se había movido sin querer y había pisado una rama seca.
El crujido resonó en el silencio del bosque como un disparo.
Lumina se tensó. Sus ojos se abrieron de par en par. El miedo volvió a ellos como una ola. Y antes de que Damián pudiera hacer o decir nada, giró sobre sí misma y salió corriendo.
—¡No! —gritó él mentalmente, con todas sus fuerzas—. ¡Lumina, espera! ¡Lola, no huyas!
Pero ella no esperó.
Desapareció entre los árboles como una sombra, veloz, imparable. Sus patas *p*n*s tocaban el suelo. Su cuerpo negro se fundía con la oscuridad. En segundos, no quedaba rastro de ella salvo el olor cada vez más lejano.
Damián se lanzó tras ella.
A su lado, León y Konstantin lo siguieron sin dudar. Toda la manada se movió como una sola unidad, saltando troncos caídos, esquivando ramas bajas, cruzando arroyos sin disminuir la velocidad.
Pero el bosque era grande.
Y Lumina, libre por primera vez en su vida, era más rápida que el viento.
Horas después, la manada se reunió en un claro cerca de un arroyo.
No habían vuelto a encontrar su rastro. El olor se había desvanecido como si ella hubiera cruzado el agua a propósito para borrarlo. Los lobos más expertos habían rastreado ambas orillas sin éxito.
—Desapareció —dijo León, jadeando en su forma humana mientras se dejaba caer sobre una roca—. Como si la tierra se la hubiera tragado. Nunca vi una loba tan rápida.
Konstantin, también en forma humana, asintió con gravedad mientras se sentaba en el suelo.
—No desapareció. Nos está evitando. Es más lista de lo que creíamos. Usó el arroyo para borrar su rastro. Eso no es instinto puro. Es inteligencia.
Damián seguía en su forma de lobo, con la cabeza gacha y la respiración agitada. No quería volver a ser humano. No quería aceptar que la había tenido tan cerca, que la había mirado a los ojos, que había escuchado su voz mental diciendo su nombre… y la había perdido.
León se levantó y caminó hacia él. Puso una mano en su lomo, sintiendo el pelo áspero bajo sus dedos.
—Hermano. Tienes que descansar. No vas a servir de nada si te desplomas. Mañana, con las primeras luces, seguiremos buscando. Pero ahora necesitas recuperar fuerzas.
Damián gruñó, un sonido bajo y frustrado. Pero sabía que tenía razón.
Con un esfuerzo sobrehumano, se transformó. Su cuerpo volvió a ser el de un hombre, desnudo, apoyado contra un árbol. Tenía moretones nuevos, rasguños en los brazos, y el agotamiento marcado en cada línea de su rostro.
—Estuvo tan cerca —murmuró, y su voz sonaba rota—. Me miró. Dijo mi nombre. Bueno, dijo el nombre de Ragnar. Pero fue ella. Fue Lumina. Y por un segundo, vi a Lola detrás de sus ojos.
—Te reconoció a ti —dijo Konstantin con calma, mientras le acercaba una manta que alguien había traído—. Pero su loba aún no confía. Ha pasado demasiado tiempo encerrada. Para ella, todo el mundo es una amenaza. Y Lola… Lola está en algún lugar dentro de ella, luchando por controlar su propio cuerpo. Pero no puede. No todavía.
—¿Y si no vuelve? —preguntó Damián, y era la primera vez que alguien lo escuchaba sonar tan vulnerable—. ¿Y si prefiere quedarse así? ¿Y si su loba es más fuerte y no la deja regresar?
—Volverá —respondió Konstantin con firmeza—. El vínculo sigue ahí. Yo lo siento, aunque no sea el mío. Todos aquí podemos sentir que algo los une todavía. Y su loba te llamó por tu nombre. Eso no es casualidad. Eso es un lazo que ni ella misma entiende.
Damián levantó la vista. Sus ojos dorados, ahora humanos, brillaban con una mezcla de esperanza y desesperación.
—¿Qué hago mientras tanto?
—Descansar. Comer. Beber agua. Recuperar fuerzas. Y al amanecer, seguiremos buscando. Pero ahora, cierra los ojos aunque sea una hora.
Damián asintió. Se envolvió en la manta y se recostó contra el árbol.
Pero en su interior, una sola idea lo consumía.
Te encontraré, Lola. Cueste lo que cueste. Aunque tenga que cruzar este bosque entero. Aunque tenga que pasar el resto de mi vida buscándote. Te encontraré.
En la mansión, Elara no había pegado un ojo.
Desde la ventana de su habitación, había visto pasar las horas. La luna recorriendo el cielo. Las estrellas apareciendo y desapareciendo. El silencio del bosque, que a veces se rompía con el ulular de un búho.
Ninguna noticia.
Ningún lobo había regresado.
Valeria apareció de nuevo en la puerta, con una bata puesta y el pelo revuelto.
—¿Sigues despierta?
—No puedo dormir.
—Yo tampoco.
Se quedaron en silencio un momento. Dos mujeres que no se soportaban, unidas por la misma angustia.
—¿Crees que la encontrarán? —preguntó Valeria.
—Tienen que hacerlo.
—¿Y si no?
Elara la miró. Por primera vez, no vio a la chica engreída que había llegado a la mansión. Vio a alguien asustado. Alguien que también había cambiado.
—Van a encontrarla —dijo con firmeza—. Damián no se detendrá hasta que lo haga. Y Lola es fuerte. Más de lo que creemos.
Valeria asintió lentamente.
—Espero que tengas razón.
Y se quedaron ahí, juntas, mirando el bosque.
Esperando.
Siempre esperando.
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