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El Alfa Que Odiaba A las Omegas - Capítulo 31

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Capítulo 31: Capítulo 31: El Rastro Perdido

El sol llevaba tres días iluminando el bosque sin que la manada encontrara nada.

Tres días desde que Lumina desapareció entre los árboles como un fantasma. Tres días de búsqueda incansable, de recorrer cada sendero, cada arroyo, cada claro donde pudiera haberse escondido.

Damián no había dormido. No había comido. Solo corría, olfateaba, buscaba.

León lo seguía a todas partes, preocupado por su hermano. Konstantin, a pesar de su edad, no se había rendido. Los demás alfaz se turnaban para descansar, pero Damián no.

No podía.

Cada vez que cerraba los ojos, veía a Lola. Su mirada perdida. Su cuerpo retorciéndose de dolor. Su loba negra huyendo de él.

—Tienes que descansar —dijo León, alcanzándolo mientras cruzaban un arroyo—. Vas a caer rendido.

—No puedo.

—Ella no va a aparecer porque te mueras de cansancio.

—No voy a morirme.

—Pero no sirves de nada así. Tu olfato falla. Tu juicio falla. Necesitas dormir aunque sea unas horas.

Damián se detuvo. Apoyó las manos en las rodillas, jadeando.

—¿Y si mientras duermo, algo le pasa? ¿Y si Kael la encuentra antes que nosotros?

—No sabemos si Kael la está buscando. No tenemos pruebas.

—Pero lo hará. Selene lo dijo. Todos los que cazan poder la van a querer.

León no supo qué responder.

Konstantin se acercó en ese momento, con el lobo plateado moviéndose con cansancio.

—Encontramos algo —dijo, y su voz mental sonaba diferente.

Damián se irguió de inmediato.

—¿Qué?

—Un rastro. No muy lejos de aquí. Pero es extraño.

—¿Extraño cómo?

—Huele casi como Lola. Casi. Pero hay algo diferente. Algo que no encaja.

Damián sintió un escalofrío.

—Enséñamelo.

El rastro los llevó hacia el norte, hacia una parte del bosque que ninguno conocía.

Los árboles se volvían más retorcidos. El suelo, más rocoso. El aire, más frío. Era como si hubieran cruzado una frontera invisible hacia otro territorio.

—Aquí —dijo Konstantin, deteniéndose—. Huele fuerte.

Damián olfateó. Y lo sintió.

Era el olor de Lola. Su miel, su tormenta. Pero había algo más. Algo metálico. Algo… falso.

—No es ella —dijo—. Es parecido, pero no es ella.

—¿Entonces qué es? —preguntó León.

—Un señuelo. Alguien quiere que sigamos este rastro.

—¿Para qué?

—Para alejarnos del verdadero.

La manada se quedó en silencio. Todos comprendieron lo que eso significaba.

Alguien más estaba en el bosque. Alguien que sabía lo que buscaban. Alguien que quería despistarlos.

—Seguimos el rastro —decidió Damián—. Hasta el final. Quiero saber quién está jugando con nosotros.

El rastro los condujo a una cueva.

La entrada era oscura, enorme, como la boca de una bestia gigante. Estaba oculta entre rocas y vegetación, difícil de ver si no se sabía exactamente dónde mirar.

Pero lo que llamó la atención de Damián no fue la cueva.

Fue la marca tallada en la piedra, justo sobre la entrada.

Un símbolo. Un lobo con tres garras.

—Esa marca —dijo Konstantin, y su voz tembló—. La conozco.

—¿Qué es? —preguntó Damián.

—El emblema de la familia de Kael. De su padre.

—¿Su padre?

—Murió hace años. Hace mucho. Pero su símbolo sigue siendo conocido entre los alfaz más viejos. Era un hombre cruel. Poderoso. Y su territorio llegaba hasta aquí.

Damián sintió que la sangre se le helaba.

—¿Qué significa que esté aquí? ¿Qué significa que hayan usado el olor de Lola para traernos?

—Significa que Kael nos está mirando. Que sabe lo que buscamos. Y que quiere que sepamos que él también está en esto.

León dio un paso hacia la entrada.

—¿Entramos?

—No —lo detuvo Damián—. No sabemos qué hay ahí dentro. Podría ser una trampa. Podría estar esperándonos. Necesitamos estar preparados.

—¿Y Lola?

—Si Kael la tiene, no va a lastimarla. No todavía. La quiere para algo. Y mientras tanto, nosotros vamos a prepararnos como es debido.

Se volvió hacia Marcus, que esperaba entre los árboles.

—Marcus. Ve a buscar al resto de la manada. Todos los que puedan venir. Trae armas, luz, todo lo que necesitemos para entrar ahí y salir con vida.

Marcus asintió y partió con otros dos lobos, desapareciendo entre los árboles.

Damián se quedó mirando la cueva. La marca. Ese símbolo que ahora odiaba sin conocer del todo su significado.

—Voy a entrar —dijo en voz baja—. Y voy a sacarla de ahí. Cueste lo que cueste.

León puso una mano en su hombro.

—Vamos a sacarla. Todos juntos.

(POV Lola)

El dolor fue lo primero que sintió al despertar.

No el dolor de la transformación. No el ardor de la marca. Era un dolor sordo, profundo, que recorría cada músculo de su cuerpo como si hubiera estado corriendo durante días.

Lola abrió los ojos lentamente.

Oscuridad. No total. Una luz tenue, como de antorchas lejanas, se colaba por algún lugar que no podía ver.

Intentó moverse y escuchó el ruido.

Metal.

Miró hacia abajo y vio las rejas. Una jaula. De acero. Fría. Sólida. Estaba encerrada como un animal.

El pánico comenzó a subir por su garganta, pero no tenía fuerzas ni para gritar.

Recordó fragmentos. La transformación. La carrera por el bosque. La voz de Lumina en su cabeza, confundida, asustada. Y luego… luego había logrado controlarla. Después de tanto tiempo, de tanto esfuerzo, finalmente había podido hacer que su loba retrocediera y dejar que ella, Lola, tomara el control.

Había sido en un claro. Recordaba la luz de la luna. Recordaba haber caído de rodillas, agotada, temblando, pero humana.

Y luego, una sombra. Un golpe. La oscuridad.

Ahora estaba aquí.

Miró su cuerpo. Alguien le había puesto un vestido. No era su ropa. Era un vestido blanco, sencillo, casi como un camisón. Limpio. Demasiado limpio para alguien que había pasado días en el bosque.

¿Dónde estoy? ¿Quién me trajo aquí?

Escuchó voces.

Lejanas al principio. Luego más cerca. Hombres hablando. Discutiendo. No entendía las palabras, pero reconocía el tono. Alguien daba órdenes. Alguien más respondía con sumisión.

Lola reunió las pocas fuerzas que le quedaban y levantó la cabeza.

Dos personas estaban frente a su jaula.

Un hombre. Alto, de cabello oscuro, vestido con ropas elegantes que no combinaban con una cueva. Su rostro le resultaba vagamente familiar, aunque no sabía de dónde.

Y una mujer.

Mayor. De unos cincuenta años. Cabello castaño con canas, recogido en un moño sencillo. Vestía con sencillez, pero había algo en su postura que hablaba de autoridad. De dolor. De años de espera.

La mujer la miraba fijamente.

Lola entrecerró los ojos, intentando enfocar mejor en la penumbra. Algo en ese rostro… algo en esos ojos… le resultaba conocido. No de ahora. De antes. De mucho antes.

Un recuerdo fugaz cruzó su mente. Una mano acariciando su cabello. Una voz cantando una canción de cuna. Un olor a hierbas y a hogar.

Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Mamá? —susurró, incrédula.

La mujer sonrió. Una sonrisa triste, llena de años de ausencia.

—Hola, hija.

Lola sintió que el mundo se detenía.

El hombre a su lado sonrió. Una sonrisa fría. Calculadora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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