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El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 12

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12: La Cueva 12: La Cueva Caminaba siguiendo el rastro del monstruo cuando escuché que algo se acercaba.

Todos mis sentidos se agudizaron y me puse en guardia, listo para pelear; si iba a morir, al menos daría batalla.

Sin embargo, al fijar la vista, me encontré con una criatura maltrecha.

Sus extremidades temblaban y sus movimientos eran erráticos.

Cuando se acercó más, vi una escena de horror: uno de sus ojos se salía de su cuenca, su cabeza estaba parcialmente aplastada y la sangre corría a chorros.

Una de sus manos estaba doblada en un ángulo imposible y el hueso blanco del antebrazo sobresalía de la carne.

Se tambaleó hacia mí como quien suplica un último rastro de ayuda.

Me apresuré y lo sostuve para luego acostarlo sobre el follaje; estaba claro que no pasaría de esa noche.

Lo único que pude hacer fue abrazarlo y acompañarlo en sus últimos momentos.

Daba pequeños gemidos de angustia mientras sus ojos se apagaban lentamente.

Murió luego de eso, no pude evitar que se me humedeciesen los ojos.

—Esto es demasiado —dije mientras apartaba la mirada.

Seguidamente cubrí su cuerpo con hojas y recé por su descanso eterno, por suerte no era uno de mis padres.

Me levanté y seguí mi camino, ahora sabía lo despiadada que era esa criatura.

Un rato después, el viaje terminó cuando divisé una cueva gigante a la distancia.

Al estar enfrente, admiré lo colosal de su entrada.

Medía más de seis metros; definitivamente, era su guarida.

—Podrían estar aquí…

—susurré, tragando saliva con dificultad.

Me asomé.

El interior apestaba a muerte: había huesos triturados y sangre fresca por todas partes.

Entré con el corazón en la garganta y, desde el fondo, escuché un chillido familiar.

Corrí hacia allá; era mi padre.

Estaba vivo, pero terriblemente rasguñado y cubierto de sangre.

Lo ayudé cargando parte de su peso sobre mis hombros y logramos salir de aquel matadero.

Una vez afuera, traté de preguntarle por mi madre, pero fue inútil.

Él no tiene conciencia humana; no puede entenderme.

Simplemente me agarró por el cuello con su boca, con ese instinto animal de protección, intentando llevarme a un lugar seguro.

Me zafé de él con brusquedad.

No podía irme.

No sin ella.

Mi padre se alejó al instante, perdiéndose en la penumbra.

—¡Maldito!

¡¿Por qué no me ayudas?!

—le grité, aunque sabía que era en vano.

Su instinto de supervivencia era más fuerte que cualquier lazo familiar.

Yo también debería haberme largado de allí, pero ese maldito Sistema me penalizaría otra vez si no terminaba la misión.

Volví a entrar, esta vez revisándola a fondo; aproveché que no había nadie.

Busqué entre lo que parecía ser el lecho de la bestia; el olor era nauseabundo.

Carne irreconocible en proceso de putrefacción, sesos y extremidades sueltas era lo que había.

Ese monstruo acumulaba restos de una forma que me recordaba a los informes sobre asesinos seriales que veía en las noticias de Estados Unidos; trofeos macabros de una carnicería sin sentido.

Seguí buscando pero no había rastro de mi madre.

¿Habría escapado?

¿Estaría en otra parte o…

ya se la habían comido?

—Cálmate, Samuel.

Estás empezando a divagar —me dije en un susurro—.

Seguramente está cerca.

Busca mientras el animal no esté.

Me pregunté qué estaría haciendo esa cosa en ese momento.

La respuesta llegó de inmediato.

¡PUM!

¡PUM!

¡PUM!

Unos pasos pesados y rítmicos hicieron vibrar el suelo de la cueva.

Me asomé con cuidado: era el monstruo.

Había regresado de cazar ¡Y yo estaba atrapado dentro!

¡Maldita sea mi suerte!

Me escondí en el rincón más oscuro que encontré.

El bicho se metió a la cueva, no parecía haberme visto; agradecí al cielo.

Ahora que estaba más cerca, pude detallarlo mejor: tenía la boca manchada de sangre fresca y dos colmillos enormes que sobresalían como los de un tigre dientes de sable.

Era robusto, con una fisionomía parecida a la de un oso, pero mucho más letal.

¿Acaso se estaba preparando para hibernar o algo lo había molestado para que cazara con tanta saña?

El animal soltó un gruñido sordo y se desplomó en su cama, listo para dormir.

Mi única opción ahora era esperar a que cayera en un sueño profundo para intentar escapar de este infierno.

Pasé un buen rato escondido hasta que, finalmente, el animal se durmió.

Salí con el mayor sigilo posible, pero de la nada, mi conciencia se desvaneció y todo se volvió negro.

[Penalización activa] [Has perdido el control de tu cuerpo debido al terror] Cuando abrí los ojos, veía mi cuerpo en tercera persona; en mi proyección astral.

Mi pelaje estaba completamente erizado y mi postura me hacía ver más grande de lo que era.

Entonces gruñí.

Al parecer, el instinto de supervivencia de este envase se había activado por el miedo primario de tener al monstruo cerca —¡Para, para!

¡Solo vete, maldita sea!

—empecé a gritar desde mi estado incorpóreo, pero era inútil; ese imbécil no escuchaba.

La bestia ni se inmutó al principio.

Pensé que ese estúpido se cansaría de fanfarronear y se largaría de allí, pero entonces soltó una especie de ladrido desafiante.

—¡No seas estúpido!

¡Vete!

¡Mierda, voy a morir otra vez!

¡Maldita penalización!

Aquel gigante se despertó por el ruido.

En cuanto mi organismo lo vio abrir los ojos, se encogió, transformándose de nuevo en un animal asustado.

Estaba a punto de morir…

otra vez.

Sorprendentemente, el miedo extremo hizo que reaccionara y echara a correr.

El monstruo se levantó de su letargo con un rugido que hizo que las piedras del techo se desprendieran, sacudiendo la cueva entera.

Empezó a perseguirme con una furia aterradora.

En ese momento, mi conciencia regresó de golpe.

Recuperé el control justo cuando sentí que el monstruo me mordía los talones.

Corrí con todas mis fuerzas, con los pulmones ardiendo y el corazón a punto de estallar.

No podía perder otra vida; no sabía si esta sería la última oportunidad que el destino me daría.

Corrí como nunca en mis tres vidas.

Es gracioso, cuando era humano era lo opuesto a atlético y ahora huyo por mi vida.

Los recuerdos cruzaron mi mente como ráfagas.

¿Será verdad lo que dicen?

¿Que antes de morir ves tu vida pasar ante tus ojos?

Bueno, qué más da; no hay tiempo para sentimentalismos.

Me escabullía entre las ramas y las rocas, pero el bicho seguía pegado a mis talones.

No se cansaba, y yo ya estaba llegando a mi límite físico.

“Mierda, que alguien me ayude”, supliqué en mi mente.

—¿Necesitas ayuda?

—Era esa voz otra vez, la que no pertenecía al Sistema.

—No.

Piérdete, no voy a confiar en ti —respondí con la respiración entrecortada.

—¿Estás seguro?

Ese animal es muy grande…

te va a comer.

—¡Que no!

No confiaré en alguien que se burla de mí y ni siquiera da la cara.

Decliné la oferta por segunda vez.

Quizás estoy loco, pero incluso en la desesperación, no puedo entregar mi cuerpo a un desconocido.

Que pase lo que tenga que pasar.

Justo en ese momento, mis patas fallaron: me tropecé y caí de bruces, tragando tierra y hojas secas.

—¡Mierda!

¡Ahora sí estoy perdido!

¡No quiero volver a sentir cómo me desgarran!

¡No otra vez!

— maldije, lamentándome y golpeando el suelo; me dolía el pecho al respirar por el cansancio.

La bestia se detuvo frente a mí y cerré los ojos, esperando el impacto final…

pero nada pasó.

Al abrirlos, vi algo surrealista: aquel gigante de tres metros retrocedía, temblando de puro terror.

Por un segundo quise reír.

“¿Me tiene miedo?”, pensé, envalentonado por una realidad distorsionada.

¿Sería una alucinación de mi cerebro para soportar el dolor?

Pero el miedo de la bestia era real; dio media vuelta y huyó despavorida.

¿Qué estaba pasando?

¿Qué había visto ese monstruo que yo no?

Si ese gigante estaba asustado, ¿qué diablos tenía yo a mis espaldas?

Me giré lentamente y me topé con algo que solo vería en un sueño febril o en un mal viaje de drogas.

Había algo aún más grande mirándome fijamente con ojos ancestrales.

¿Ahora qué carajos hago?

¡Esto cada vez se pone peor!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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