El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 21
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21: Duelo Accidental 21: Duelo Accidental Me dirigí hacia lo que parecía la salida de aquel lugar.
Mis piernas flaqueaban y mis párpados se cerraban solos; no iba a aguantar mucho más sin desmayarme.
Al salir de la sala, me encontré con un pasillo extenso que recorrí apoyándome en las paredes para no caer.
Finalmente, llegué a una pequeña habitación.
Estaba vacía, pero al fondo alcancé a ver una especie de cama.
Sin dudarlo, me eché allí e, inmediatamente, quedé profundamente dormido antes de que mi cabeza tocara la superficie.
No sé cuánto tiempo habrá pasado, pero desperté por la incomodidad de la superficie donde estaba acostado: era piedra sólida y fría como la nieve.
La fatiga había disminuido y mi cuerpo se había recuperado un poco después de tantos golpes.
—Debo escapar de este infierno —dije con dificultad mientras me sentaba en mi cama improvisada.
Me quedé mirando el suelo, como hipnotizado.
Habían pasado tantas cosas desde que me noquearon y me trajeron a este sitio: peleé contra un demonio, lo maté y me lo comí; sufrí una evolución dolorosa; maté a otro demonio; encontré a mis padres muertos de la peor forma; escapé de una horda; me encontré con el Rey Demonio; me lanzaron a un pozo de desechos y casi muero por una infección.
Definitivamente, este es el parque de atracciones perfecto.
[Misión secundaria iniciada] [Dale una lección al Rey Demonio] [Recompensa: desconocida] [Castigo: desconocido] Me salieron otra vez las letras, esta vez de un color naranja brillante.
¿Ahora tengo que darle una lección al Rey Demonio?
¿A ese bicho de cuatro metros?
¿Pero a qué se refiere exactamente con “lección”?
¿Algo filosófico o quiere que le dé una paliza?
Bueno, me voy más por el lado de lo filosófico…
No me quiero enfrentar a ese gigante, sería un suicidio.
También podría simplemente ignorarlo pero, según esto, el castigo es desconocido.
Podría ser cualquier cosa viniendo de este sistema.
—Después me preocupo por eso; ahora debo hallar una manera de salir de aquí —me puse de pie, estiré mi cuerpo y volví al pasillo, listo para lo que sea.
No he comido desde lo del primer demonio.
Mi cuerpo consumió todas las reservas que tenía para poder recuperarse; tengo hambre y sed otra vez.
¿Cómo voy a conseguir comida?
Tal vez por aquí haya una cocina para alimentar a ese Rey Demonio; voy a encontrarla y robar algo de alimento.
Recorrí aquel pasillo durante un buen rato; parecía interminable.
Había trayectos en donde bajaba y luego subía de forma empinada, hasta que llegué a lo que parecía ser el final.
Al salir, me di cuenta de que estaba de nuevo en la cámara donde mis padres fueron colgados.
Por alguna razón, esta vez la sala estaba vacía y los cuerpos ya no estaban allí.
Explorando el sitio, un olor hermoso se hizo presente: ¡era carne asada!
Mi estómago comenzó a rugir y no pude evitar que se me hiciera agua la boca.
Seguí el rastro del aroma y me adentré en otro pasadizo; caminé unos metros y entré en una habitación nueva.
Era inmensa y en el centro había una mesa igual de grande.
¿Podría ser el comedor del Rey?
Me daba igual; esa carne asada me estaba llamando.
Salté sobre la mesa y allí estaba: el santo grial.
Un plato de casi un metro de ancho, repleto de carne humeante.
No me importaron las consecuencias en ese momento y comencé a tragar como un cerdo, hincando mis nuevos dientes en aquella delicia.
—¡Qué rico está esto!
¡Dios!
—Le daba gracias al cielo por ese maravilloso banquete.
Sin darme cuenta, me lo había comido todo; tenía el estómago a punto de reventar.
De repente, sentí un bajón de energía.
—Creo que fue demasiada comida…
debo irme antes de que alguien me descubra.
Bajé de la mesa y me dispuse a escapar, pero unos pequeños temblores empezaron a sacudir el suelo.
Se escuchaban pasos pesados a lo lejos.
—¡TENGO MUCHA HAMBRE, JANETH!
¡DAME COMIDA AHORA MISMO!
—¡Mierda!
Era la voz del gigante y se dirigía exactamente hacia donde yo estaba.
—Debo esconderme —busqué desesperadamente un refugio y vi un hueco en una de las paredes; corrí hacia allí y me metí apenas a tiempo.
—Señor, su comida ya está servida en el comedor —respondió la voz suave de la mujer.
—¡MENOS MAL QUE TÚ SÍ CUMPLES!
—La puerta se abrió de par en par.
El coloso entró y se sentó, haciendo crujir la madera de la silla.
—¡¿DÓNDE ESTÁ LA COMIDA, JANETH?!
—bramó con furia un segundo después.
—Debería estar servida, mi señor.
Así me lo confirmó el chef —respondió ella, con un hilo de voz.
—¡AQUÍ NO HAY NADA!
—El golpe que le dio a la mesa hizo que yo saltara dentro de mi escondite.
—Lo siento, señor…
Iré de inmediato a ver qué ocurrió.
Luego de un rato, la chica volvió.
—Mi señor, al parecer alguien se ha comido su banquete.
Encontraré al culpable y lo haré pagar; el chef ya fue ejecutado —dijo ella, sin un ápice de compasión en su voz.
—¡ENCUENTREN A ESE MALDITO Y TRÁIGANLO ANTE MÍ!
—bramó el Rey.
—Tranquilo, señor.
Al parecer tenemos algunas ratas apestosas por aquí…
—Sentí cómo se acercaba a toda velocidad a mi escondite.
De un golpe seco, rompió la piedra de la pared y un tentáculo hecho de cabellos me sujetó con fuerza por el pie.
—Ya encontré a la rata, señor.
Al parecer, no era muy lista —me arrastró hacia el centro de la habitación y me mantuvo colgando boca abajo, cara a cara con ella.
—¿Cómo osas robar el alimento de nuestro soberano, maldita alimaña?
—Mientras me insultaba, no pude evitar fijarme en ella: era increíblemente atractiva.
No me culpen, sé que estoy a punto de morir, pero si ella fuera mi verdugo, no me importaría tanto.
Hacía una eternidad que no veía a una mujer así; medía casi tres metros, tenía la piel de un tono púrpura, una figura curvilínea, rostro de modelo y…
bueno, unos atributos frontales que me cautivaron.
—Qué chica tan linda y ruda —dije sin remordimiento, ignorando que estaba colgando como un trozo de carne.
—¡No estoy para halagos, maldito usurpador!
—escupió ella, apretando más su agarre.
—¿Ese no es el pedazo de basura que estaba en el salón del trono cuando llegué?
—preguntó el Rey, entornando sus enormes ojos—.
Al parecer te habías hecho el muerto.
—Bueno, como puede ver su majestad, estoy bastante vivo y en plena forma.
—¡Deja de faltarle el respeto a su majestad!
—Janeth parecía a punto de estrangularme con sus propios cabellos.
—Me gusta tu osadía, criatura inferior —dijo el Rey mientras le hacía una seña a la chica.
Acto seguido, Janeth me soltó y caí al suelo con un golpe seco.
—¿Cómo te llamas, pequeño ladrón?
—retumbó la voz del gigante.
—Soy Samuel, y estoy aquí para servirle —dije, hincándome ante él con una elegancia que ni yo sabía que tenía.
—¿Así que Samuel?
¿Y qué te trae por aquí?
No eres de este lugar, aunque noto que eres parte demonio.
—Sí, como puede apreciar su majestad; soy un Liva demoníaco.
—¿Un Liva demoníaco?
No me hagas reír.
¿Cómo uno de esos animalitos que se la pasan colgando pudo evolucionar para hablar y ser un demonio?
—dijo el Rey con sospecha—.
¿No serás un Enviado?
Otra vez eso de “Enviado”…
¿Qué es eso exactamente?
—No sé a qué se refiere con eso, mi señor.
Yo fui secuestrado y traído a este lugar.
Para sobrevivir tuve que comer carne de demonio y obtuve esta forma —solté la verdad de golpe, sin pensar en las consecuencias.
—¡¿Acaso sabes que comer carne de demonio es una blasfemia?!
—intervino Janeth, dando un paso al frente.
—¿Así que te atreviste a devorar a uno de mis súbditos?
—preguntó el Rey, mirándome fijamente con una seriedad que helaba la sangre.
Tragué saliva.
Por un momento olvidé en qué clase de nido de víboras estaba metido.
—Algo así, mi señor…
—respondí con las nueces en el cuello.
—¿O sea que quieres un duelo con nuestro señor?
—soltó Janeth con una sonrisa maliciosa.
“¿Cómo?
¿Qué yo qué?
¿Un duelo?
Ahora sí estoy jodido”, pensé mientras sudaba frío.
—¿Sabías que si otra raza muta a demonio es porque reclama el trono?
—preguntó el Rey, poniéndose de pie y luciendo más gigantesco que nunca.
—No tenía ni idea, mi señor.
Yo solo quería sobrevivir —respondí, tratando de que no me temblara la voz.
—¡ESO YA NO IMPORTA!
¡SI QUIERES UN DUELO, ESO TENDRÁS!
—gritó el Rey, haciendo retumbar las paredes.
¡Maldita sea!
Ahora sí me había metido en algo serio.
Janeth me agarró de nuevo por los pies y me arrastró hasta lo que parecía la entrada de una arena; luego, me arrojó dentro de una habitación pequeña y húmeda.
—¡Maldita alimaña fracasada!
Osar ir por el trono…
aunque no puedo negar que tienes valor —dijo ella con una sonrisa cínica—.
Aquí te puedes “preparar” para el duelo.
Espero que el Rey te despedace lentamente.
Con eso dicho, la chica se marchó, dejándome en la penumbra.
—¡Carajo!
¡Carajo!
Ahora sí me jodí, voy a morir.
Maldito sistema y sus misiones secundarias…
—Me derrumbé en el suelo; por un momento, solo quería llorar y huir de este lugar de locos.
Pasaron unos segundos de silencio.
Me obligué a respirar hondo.
—Bueno, ya da igual.
Si voy a morir, al menos será luchando.
Me preparé para mi posible muerte.
Dispuesto a todo, me puse de pie, apretando los puños y listo para enfrentar el reto más absurdo de mi vida.
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