El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 26
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26: El Secreto de los Persas 26: El Secreto de los Persas A la mañana siguiente, salí del castillo a buscar lo que me faltaba: pelo de animal, arcilla y arena (se me olvidaba esta última).
Pregunté en todos lados y me permitieron trasquilar a unas criaturas parecidas a cabras; prácticamente en todos lados hay arena, lo que no encontraba por ninguna parte era la arcilla.
Esta gente no construye con eso; simplemente buscan una montaña y tallan sus casas directamente en la piedra.
Tendré que ir al río.
Sé que la arcilla puede ser roja o gris, así que eso es lo que voy a buscar.
Bajando las montañas, lejos de la villa, hay una corriente de agua bastante grande; lo más probable es que ahí esté lo que busco.
El descenso es complicado; los pocos caminos que existen son peligrosos.
¿Cómo hace esta gente para viajar entre pueblos?
No creo que esos animales parecidos a los camellos puedan pasar por aquí.
Es lo que hay: debo tomar este camino o nada.
Así emprendí mi nueva aventura en busca de tierra para construir; suena un poco absurdo ahora que lo digo en voz alta.
Caminé un buen rato y el trayecto se puso difícil; al parecer, hubo un derrumbe y el noventa por ciento del sendero ha desaparecido.
Voy a tener que ir por la orilla y sujetarme de las piedras.
Por si no prestaron atención a los capítulos anteriores, o quizás no me expliqué bien: estoy en un lugar árido, caluroso y desértico.
La capital de Divon es difícil, por decirlo de alguna manera.
La villa entre acantilados está, literalmente, encajonada entre dos paredes de roca a muchísima altura; diría que a un kilómetro por encima del nivel del mar.
Las “carreteras” son empinadas y también las tallaron en las rocas, así que es normal caminar al lado de barrancos mortales.
¿No podían hacer la capital en un lugar más peligroso?
Como pude, pasé por el hueco y seguí.
Para un humano normal, ir por aquí todos los días sería un suicidio, pero yo no soy un humano.
Soy un Liva con piernas como resortes; es muy fácil ir saltando, aunque tengo que ir con calma.
Pasaron varias horas y logré bajar sano y salvo; ahora toca buscar mi premio.
Miré hacia el cielo y, desde aquí, el palacio se divisaba a lo lejos, incrustado en la montaña como todo lo demás por aquí.
Tendré que hacer caminos o algo para poder subir y bajar con seguridad; con mi intelecto y mi conocimiento de ingeniería, será pan comido.
—”Les recuerdo que Samuel no estudió nada más que programación; con suerte ha logrado sobrevivir hasta aquí” —el sistema se burló de mí, como siempre.
—¡Cállate!
¡Yo soy increíble!
—grité.
Escuché unos pasos y me puse en guardia.
—¿Así que ya te volviste un demente?
Sabía que estabas desquiciado —la voz de Janeth se burló a mis espaldas.
—¿También me seguiste hasta aquí?
¿No estarás enamorada de mí?
—volteé y le reclamé.
—¡En la vida estaría con un bicho tan feo!
Además, eres muy pequeño; soy tres veces más alta que tú.
Búscate un animal de tu especie.
—Tienes razón —dije resignado—.
Bueno, me voy al río.
Llegué a la fuente de agua y me dispuse a encontrar mi objetivo.
Anduve un rato en eso y no encontraba nada; creí ver algo, pero estaba en lo profundo.
Además, la vigilancia descarada de Janeth no ayudaba; se pasó todo el tiempo sentada debajo del único árbol cercano.
En medio de mi frustración, caminé un poco siguiendo el río y en la orilla me encontré con un montón de tierra roja.
“Esto debe ser”, pensé mientras me agachaba a tocarla.
Cuando metí mis dedos sentí que era pegajosa y parecía plastilina; definitivamente era lo que buscaba.
Traje conmigo una mochila de cuero que me dieron en el pueblo; se ve frágil, pero creo que aguantará.
No creo que sea tan pesada.
Coloqué la mochila en el suelo y lentamente la fui llenando de esta tierra hasta dejarla repleta.
La tomé con mis manos para cargármela a la espalda e, instantáneamente, se rompió.
¡Tris!
—¡Maldita sea!
—exclamé—.
¡Me cago en todo!
¡Ya casi lo conseguía y esta mierda se rompe!
—suspiré—.
¡Aaah!
Tendré que llevarlo con las manos o hacer algo para transportar esto.
—¿Qué te pasó?
¿Por qué maldices como un loco?
—Janeth se acercó.
—La mochila se rompió, voy a tener que buscar otra manera de llevar esto a la cima —estaba un poco decaído.
—¿Te refieres a esta tierra roja?
¿Para qué quieres algo tan inservible?
—se burló entre risas.
—¡Con esta “tierra inservible” voy a solucionar el problema de la comida en Bigue!
—respondí con furia.
—Está bien.
Si es así, supongo que puedo ayudar un poco.
Rápidamente movió su cabello como si fuesen tentáculos y extrajo un montón de arcilla de un solo golpe.
—¿Así está bien?
Mi ánimo se puso por las nubes.
¿Desde cuándo esta tipa morada se disponía a ayudarme?
—¡Sí!
Creo que será más que suficiente.
Su cabello estaba todo sucio, pero no parecía importarle en lo absoluto.
De pronto, Janeth se echó hacia atrás para tomar impulso y dio un salto increíble.
Cayó en medio de la subida y desde allí dio otro brinco; cuando menos me di cuenta, ella ya estaba en la cima.
Ahora entiendo por qué los caminos de este reino son tan pobres: los demonios son demasiado fuertes.
No necesitan carreteras si pueden recorrer un kilómetro como si nada.
—Ahora tengo que subir yo…
Quisiera tener tanto poder —murmuré mientras emprendía el camino de vuelta al castillo.
Varias horas después, llegué a mi destino.
Estaba exhausto y sentía que iba a morir; subir una montaña es agotador.
Lo positivo es que ya tenía todo lo necesario para mi experimento.
Janeth había dejado el barro afuera, así que saqué los materiales y comencé a hacer mi “magia”.
Lo primero fue hacer un hoyo de seis metros de profundidad y seis de diámetro; me ayudé de un palo y comencé a cavar.
Estuve lo que quedaba de la tarde realizando esto en soledad.
Cuando terminé, me puse a hacer la mezcla para el mortero “especial” con el barro, el aserrín, el pelo de animal y la arena.
Aunque estaba muy cansado, logré hacerla.
El agujero era muy hondo, así que salir para buscar mezcla y lanzarme de nuevo me estaba matando.
Poco a poco fui embarrando el piso y las paredes; las manos me dolían y el frío ya estaba haciendo efecto, pero pude concluir la base de mi gran obra de arte.
Les explico qué es lo que estoy haciendo.
La nevera primitiva (que en realidad se llama yakhchal) que construían en Persia hace dos mil años constaba de lo siguiente: Un domo gigante en forma de cono, cuya base es muy extensa y se vuelve más estrecha al subir.
En la punta se deja un agujero para que el aire caliente, que es menos denso, escape; mientras tanto, el aire frío, que es más denso, se mantiene atrapado abajo.
Esto permitirá conservar el hielo que vamos a traer de las montañas gracias al aislamiento térmico de estas gruesas paredes de adobe.
Así de fácil se puede tener hielo en medio de un desierto.
¡Síganme para más tutoriales!
¡Ba-dum, tss!
Qué increíble que todo esté saliendo bien; solo queda esperar a que esto seque y haré pruebas para ver que todo esté en orden.
Me duelen los brazos del esfuerzo y solo quiero dormir.
Pronto podré ir a las demás aldeas y avanzar con mi investigación para que este reino no se vaya a la mierda.
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