El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 27
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27: Dagas Gemelas 27: Dagas Gemelas Luego de un arduo día de trabajo, me fui a mis aposentos a descansar.
Al día siguiente, salí de vuelta al patio para ver si la estructura que hice ya había secado.
Cuando llegué al lugar, me encontré a dos niñas sentadas dentro del hueco de arcilla; estaban jugando con las manos entre ellas.
Medían más o menos mi estatura, tenían el cabello naranja, ojos grises, piel rosa y llevaban vestidos bastante maltratados; además, iban descalzas.
Eran idénticas la una a la otra, así que asumí que eran gemelas.
Me acerqué.
—Hola, pequeñas.
¿Qué hacen?
—pregunté con amabilidad.
—Cuidado, es el cucaracho.
No le dirijas la palabra —susurró una de ellas a la otra.
—Es como dijo el patrón: feo y animal.
Da asquito —respondió la otra.
—Escuché eso —solté, mientras ambas se quedaban calladas, sentadas y mirando a la nada—.
¿Pueden salir de ahí?
Están dentro de mi proyecto.
—¿Nos está hablando?
¿Qué hacemos con este acosador pervertido?
—Deberíamos llamar a las fuerzas del orden para que se lo lleven.
—Oigan, ¿sí saben que estoy aquí viendo todo, no?
—Las chicas se pusieron de pie al unísono.
—Deberías morir —dijo una de las niñas, señalándome y clavando su mirada fija en mí.
—Sí, al patrón no le gusta que estés aquí.
Dice que eres una molestia —la otra también me señaló con el dedo.
¿Por qué estas dos niñas estarían diciendo ese tipo de cosas?
La situación me daba escalofríos; no sabía cómo tomármelo.
Había algo en su tono monocorde y en la forma en que me señalaban que no parecía una simple travesura infantil.
—Como no le gustas al patrón vinimos a matarte —dijeron las dos a la vez.
Al instante me puse en guardia; sentí una sed de sangre real proviniendo de estas dos pequeñas.
¿Qué demonios estaba pasando?
Pestañeé un segundo y ya no estaban.
Miré hacia todos lados y no las encontraba, hasta que noté una sombra en el suelo que se hacía más grande a una velocidad absurda.
Alcé la mirada, pero fue tarde: una patada me azotó la cara, lanzándome con violencia al suelo.
¡PUM!
Sentí el sabor a metal inundando mi boca; como pude, me levanté.
Esa patada me había dejado aturdido, pero la adrenalina empezó a hacer lo suyo.
—¿Quiénes son?
¿Por qué me golpean?
—pregunté, tratando de recuperar el equilibrio.
—Eso no importa, porque vas a morir —las voces de las niñas se escuchaban como un eco lejano.
Recuperé la compostura justo cuando la misma sombra de antes se proyectó sobre mí.
Esta vez no me pillaron desprevenido: esquivé el impacto y, en un movimiento rápido, logré atrapar una de sus piernas.
Sin embargo, no tuve tiempo de celebrar; la otra apareció de la nada y me propinó un golpe seco en el estómago que me sacó todo el aire.
—¡No toques a Anastasia!
—gritó la que me golpeó.
La otra se zafó de mi agarre con una agilidad asombrosa y ambas se posicionaron a mi alrededor, cercándome como depredadores.
—¿Por qué siempre me pasan este tipo de cosas?
—pregunté de manera retórica.
En un instante, las dos se lanzaron al ataque de forma simultánea.
Una atacó por arriba y la otra barrió por debajo; logré bloquear el golpe superior, pero el impacto inferior fue certero y terminó por derribarme.
Mientras caía, una de ellas desenfundó una daga con un brillo letal e intentó clavármela en la cara.
Por puro instinto, rodé sobre el suelo y me puse de pie enseguida, sintiendo el aire del filo rozándome la mejilla.
—Ustedes son bastante fuertes —dije, jadeando y tratando de que mis patas recuperaran la estabilidad.
El sudor empezaba a bajar por mis antenas.
Esto ya no era un juego de niños; si me descuidaba un segundo, este par de gemelas me abrirían un agujero antes de que pudiera terminar mi nevera.
Nuevamente se abalanzaron contra mí; esta vez empezaron a correr en círculos a mi alrededor.
Me comenzaba a marear; resultaba casi imposible seguirlas con la mirada a esa velocidad.
Una se acercó y el filo de su daga me rasguñó la mejilla.
Sin embargo, en ese momento de peligro, algo despertó.
Con un instinto que solo un animal posee, detecté a la otra aproximándose por detrás.
Me moví más rápido de lo que creí posible en toda mi existencia: atrapé la cabeza de cada una con mis manos y las hice chocar entre sí con una fuerza bruta.
¡CRACK!
Fue un sonido seco y contundente.
Las gemelas se desplomaron al instante, completamente desmayadas.
—Carajo…
Ustedes sí que son problemáticas —me quejé, jadeando, mientras las dejaba tendidas en el suelo y me limpiaba la sangre de la cara.
—¿Vaya que te dieron problemas, eh?
—dijo una voz familiar.
Era Janeth.
—¿Estuviste observando todo este tiempo?
¿Por qué no me ayudaste?
—pregunté, notablemente molesto.
—¡Pero si te defendiste como todo un campeón!
—se burló mientras se acercaba—.
Quería ver si lo que pasó en la pelea con el rey no fue solo un golpe de suerte.
Se detuvo frente a las niñas y las miró con una mezcla de curiosidad y desprecio.
—Me llevaré a estas dos chiquillas; yo también tengo muchas preguntas.
Salté dentro del agujero recubierto de arcilla que hice la noche anterior y lo revisé; no vaya a ser que esas criaturas hubieran arruinado algo.
Al parecer todo estaba bien, así que preparé más mortero y comencé a levantar la parte superior del yakhchal.
Al cabo de unas horas ya estaba terminado; pude avanzar rápido porque era pequeño, al fin y al cabo, es solo para una prueba.
Ahora toca esperar hasta mañana para realizar el resto.
Mientras regresaba a mi habitación, una duda no dejaba de darme vueltas en la cabeza: ¿quién demonios habrá enviado a esas niñas?
¿Quién es el “patrón”?
¿Por qué siempre termino metido en cosas tan extrañas?
Supongo que esta vida es simplemente bizarra.
Llegué a mi destino y, al abrir la puerta, me sorprendí: las niñas estaban sentadas en mi cama, amarradas, y Janeth yacía recostada contra la pared, esperando.
—¿Qué se supone que está pasando aquí?
—pregunté, genuinamente preocupado.
—Estas mocosas dijeron que solo van a hablar si estás tú presente —respondió la gigantona con una sonrisa de suficiencia.
—Sí, solo nuestro futuro esposo puede conocer nuestras razones —soltó una de las nenas con total naturalidad.
Me quedé helado.
¿Cómo que esposo?
¿De qué trata esta broma?
¿Dónde está la cámara oculta para decir que caí?
—¿Cómo que esposo?
—logré articular.
—Al parecer, de donde vienen, si las vences en combate tienes que hacerte cargo de ellas casándote —explicó Janeth, soltando una carcajada—.
Es la ley de su tribu o algo así.
—¡Esto tiene que ser una broma!
¿Hacerme cargo?
¿Yo?
¿Esposo?
¡Son unas crías y no me gustan las niñas!
¡No soy un maldito pedófilo!
—reclamé, al borde de un ataque de nervios.
—Ahora son tu problema.
Habla con ellas —dijo Janeth con total tranquilidad mientras tomaba asiento, dispuesta a disfrutar del espectáculo.
¡Este maldito reino demoníaco y sus reglas extrañas!
Primero me salen con que si comes carne de demonio sin ser uno, estás reclamando el trono, y ahora resulta que si le gano a unas niñas, ¿me tengo que casar?
¿Qué sentido tiene todo esto?
—¡Oye, no nos mires así, das miedo!
—soltó una de las mocosas.
Al parecer, en mi ataque de pánico, había puesto una cara bastante extraña.
—¡Tampoco es que nosotras queramos estar con un animal feo que parece un cucaracho!
—exclamó la otra.
—¡Miren, niñitas de mierda!
Yo tampoco quiero estar en esta situación —dije, al borde del colapso.
Respiré hondo, intentando que el corazón no se me saliera por las antenas, tomé una silla y me senté frente a ellas.
—Empecemos desde el principio: ¿cómo se llaman?
—cuestioné con la mayor seriedad que pude reunir.
—¡Yo soy Anastasia!
—dijo una con una alegría que, dada la situación, no venía para nada al caso.
—¡Y yo Petra!
—la otra le siguió el juego con la misma energía.
—Ok…
¿Se puede saber por qué me atacaron?
—Ya te lo dijimos antes: al patrón no le gustas.
Dice que eres un estorbo —respondió Anastasia, encogiéndose de hombros como si matar a alguien fuera un trámite burocrático.
—¿Y se puede saber quién es ese dichoso patrón?
—¡Es nuestro salvador!
Nos ayudó cuando la guerra estalló y el tirano Zoran tomó a todos los pueblos para formar su reino —anunció Petra con orgullo.
Me quedé en silencio un momento, procesando la información.
Al parecer, el “patrón” no solo quería mi cabeza, sino que era el líder de algún tipo de resistencia o facción rebelde.
Para estas niñas, Zoran no era el rey imponente y razonable que yo conocí, sino el villano que destruyó sus hogares.
—¿Entonces ustedes me ven como un enemigo?
—pregunté, tratando de sonar calmado.
—¡Sí!
Eres el bicho feo que desafió al feo de Zoran, y al patrón no le gustó.
Además, dice que tu conocimiento es peligroso —sentenció Anastasia, clavando sus ojos grises en los míos con una frialdad que no encajaba con su rostro rosa—.
Y el patrón nunca se equivoca.
¿Mi conocimiento?
Me quedé helado.
¿Será que sabe algo de mi reencarnación?
Una sensación de vacío me recorrió el estómago.
¿Y si ese tipo también escucha las voces?
¿Será él uno de esos “enviados” de los que el rey Zoran y Uuk hablaban?
Tenía demasiadas preguntas y ninguna respuesta.
Si existía alguien más que entendiera de tecnología o que supiera que yo no pertenecía a este mundo, ya no solo estaba compitiendo contra el hambre de Divon, sino contra alguien que jugaba en mi misma liga…
y que quería eliminarme.
—Janeth, creo que estas preguntas son suficientes.
¿Te las puedes llevar?
—pedí, sintiendo el peso del cansancio mental.
—Sí, está bien.
Volverán al calabozo —respondió ella con un poco de emoción.
Con eso dicho, se marcharon de mi habitación.
Me quedé solo con el silencio y mis propios pensamientos.
¿Qué será de mí el día de mañana?
¿Podré terminar mis proyectos antes de que el mundo se me caiga encima?
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[Misión principal: matar al Leviatán] [Tiempo restante: 2 años, 10 meses y 10 días] [Misión secundaria: dale una lección al Rey Demonio] [Tiempo restante: ???]
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