El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 28
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28: Secreto en la Montaña 28: Secreto en la Montaña Y así pasó otro día más.
El yakhchal ya estaba casi completo; solo faltaba el hielo para terminarlo todo.
Ahora debo ir a las montañas a buscarlo y transportarlo hasta aquí.
El viaje tomará más o menos un día de ida y otro de regreso —dos días en total—, así que el transporte debe ser impecable.
Para eso tengo el aserrín, que es un muy buen aislante térmico.
Me llevaré una carreta con dos de esos animales parecidos a camellos; por cierto, me enteré de que se llaman Kaplas.
Un nombre bastante raro, si me lo preguntas.
Mandé a pedir todo lo necesario y me alisté para irme.
Cuando llegué a la entrada, todo estaba preparado; había una carreta que sería manejada por un demonio llamado Siro.
Se ve tranquilo y parece bastante bueno en su oficio.
El carro era inmenso, supongo que es lo normal, ya que la mayoría de demonios miden más de dos metros.
Me dirigí hacia atrás y abrí la puerta para subir.
Dentro había varios sacos de aserrín y las dos mocosas.
—¿Qué hacen aquí?
¿Ustedes no estaban presas?
—les pregunté confundido.
Ni se inmutaron.
—Prometieron quedarse tranquilas siempre y cuando estuviesen contigo —la voz de Janeth resonó desde atrás.
Me di la vuelta.
—¿O sea que me vas a dejar a estas dos niñas a mi cargo?
—Tranquilo, iré contigo.
Recuerda que debo vigilarte; además, el rey está en el castillo, así que todo estará bien por aquí —dijo la chica mientras se acomodaba dentro de la carreta.
—Este será un viaje muy largo —dije mientras intentaba subir.
Tuve que dar un buen salto, ya que soy pequeño.
Con todo listo, emprendimos nuestro camino hacia las montañas heladas.
Pasó una hora y todos estaban callados como muertos.
No sabía qué hacer para animar el ambiente y, sinceramente, yo tampoco tenía ganas de nada, así que me recosté en mi asiento y me quedé dormido.
—Despierta, cucaracho —escuchaba un susurro—.
¡Que despiertes, maldita sea!
—Un golpe seco me sacó el aire.
—¿Qué pasó?
—pregunté dolorido.
Al enfocar la vista, vi que Anastasia estaba a mi lado.
—La señora Janeth me mandó a despertarlo, señor Samuel.
—No era necesario el golpe en el estómago —me senté.
Ya era de noche; al parecer me dejaron dormir hasta la primera parada.
—Lo siento, es que usted no despertaba —dijo sorprendentemente apenada.
¿Quién diría que apenas ayer me quería matar?
—Está bien, salgamos.
Me puse de pie y salimos del coche; los demás estaban sentados alrededor de una fogata.
—Pudiste despertar al cucaracho pervertido.
¿Ahora quién sabe qué nos hará de noche mientras dormimos?
—le dijo Petra a Anastasia mientras esta se sentaba a su lado.
—¡Tú harás guardia por la noche mientras los demás descansan!
—gritó Janeth desde lo alto de un árbol.
—Sí, supongo que está bien.
Mientras caía la noche, todos se iban durmiendo hasta que solo quedamos el viejo Siro y yo.
Él se veía con ojos de sabiduría y, a la vez, cansados; tenía la piel azul y el cabello blanco por las canas.
Usaba una camisa que dejaba ver su torso, un sombrero de paja y unos pantalones cortos.
Se le veía bastante cómodo.
—Oiga, viejo Siro, desde hace rato está aquí y nada que habla con los demás.
¿Por qué no me cuenta algo de su vida?
—le pregunté.
—¿Qué quisiera saber, mi amigo animal?
—él respondió con una voz carrasposa.
—Usted parece ser alguien de bastante sabiduría, así que debe saber algo sobre la guerra que unificó a los pueblos.
Todos la mencionan, pero yo no tengo ni idea.
—Desde que los demonios tenemos conciencia hasta que morimos, llevamos dentro un instinto de guerra.
Durante más de mil años siempre estuvimos en conflicto, unos clanes contra otros —se puso serio—.
Hasta que un día, un demonio gigante llamado Zoran quiso parar ese caos primigenio.
Por cada lugar que pasaba, prometía una nueva era donde todos pudiéramos estar tranquilos y en paz, así que mucha gente se le unió.
Poco a poco fue conquistando todos los pueblos hasta que no faltara ninguno; luego de eso, fundó el Reino Demoníaco.
Esa es la historia de estas tierras.
—¿Así que así se hizo rey Zoran?
Muy interesante.
¿Usted peleó en esa guerra?
—tenía mucha curiosidad.
—Sí, yo luché codo a codo con su majestad.
Él nos inspiró mucho a nosotros, los bárbaros, para ser mejores personas y poder vivir de manera honesta sin matarnos unos a otros.
—Increíble.
¿De casualidad usted sabe algo acerca de alguien que se hace llamar “el patrón”?
—cuestioné.
—La verdad no —dijo el viejo pensativo—.
Por lo que sé, así le dicen a alguien que está en contra del Rey; solo sé eso —se quedó callado un momento—.
Bueno, me voy a dormir.
Mañana debo manejar, nos vemos.
El viejo se echó en el suelo.
Ahora todo cobraba sentido; por eso el rey es tan popular.
Todos estaban descansando y me quedé solo; de pronto, sentí algo moviéndose en las sombras.
Al instante me puse en guardia y miré a mi alrededor, pero no encontré nada.
—¿Así que tú eres ese tal Samuel?
—un susurro muy lejano se hizo presente.
—¡¿Quién eres?!
—grité, y parecía que nadie escuchaba.
Janeth y los demás ni se movieron.
—Eso lo sabrás pronto; de momento, sigue con tu aventura.
Nos vemos —la voz se esfumó.
¿Qué mierda?
¿Ya me había vuelto esquizofrénico?
¿Quién podría ser?
¿Alguien de parte del “patrón”?
Debo cuidarme más las espaldas.
Bueno, Janeth está conmigo, ella es superfuerte.
Aunque esto, igualmente, me da escalofríos.
El sol comenzó a salir y todos se levantaron, estaba exhausto.
No es sano sentirte acorralado por voces misteriosas.
¿Cuántas van ya?
¿Cómo 5?
¿Será que si estoy loco?
Quién sabe.
La gente se subió de nuevo a la carreta y seguimos nuestro viaje.
Al cabo de unas horas la temperatura bajó; habíamos llegado a nuestro destino.
—¡Bueno, ya estamos aquí!
¡Es hora de recolectar el hielo!
—anuncié entusiasmado—.
Si tienen mucho frío, es mejor que no salgan.
Abrí la puerta y el aire congelado me azotó la cara.
—¿Trajeron abrigos?
—las gemelas se me quedaron viendo confundidas.
Estaban temblando del frío.
—¿De verdad no trajeron nada para el frío?
Veníamos a unas montañas congeladas —pregunté, bastante ingenuo.
—Lo siento, no se nos ocurrió, señor Samuel —respondió Petra.
—Quédense aquí entonces, yo voy a salir.
Las gemelas se quedaron resguardadas en el carruaje.
Yo estaba bastante tranquilo; mi pelaje era más que suficiente para aguantar el clima, esas son las ventajas de ser un animal.
Salí y toqué la nieve; en mi vida de humano la había visto muchas veces, pero era raro volver a sentirla en mis pies.
Janeth me siguió y comenzamos a caminar; teníamos que conseguir una fuente de agua que estuviera congelada para extraer el hielo.
El viejo y la gigantona andaban como si nada en medio del páramo; al parecer, los demonios adultos son muy resistentes.
¿O quizás estos dos son de otra raza entre los demonios?
Siro nos dirigió hacia un lago congelado a pocos metros; llegamos en un santiamén.
Era inmenso, tanto que no podía ver dónde terminaba.
Le pedí a Janeth que le diera un puñetazo al suelo y lo hizo sin rechistar.
Luego, con su cabello, subió todos los pedazos de hielo al carruaje.
Obviamente los cubrí con el aserrín; no dejé ni un solo centímetro sin tapar, eso iba a ser crucial para que la mayoría llegara intacta.
Es normal que se derrita un poco en el camino.
Y así, la última parte de la nevera ya casi estaba completada.
Solo falta volver y listo.
El viaje de vuelta fue bastante tranquilo; la voz no volvió y todo estuvo normal.
Llegamos por la noche al castillo y las gemelas estaban muy cansadas.
Las mandé a dormir al calabozo, pero se opusieron; dijeron que querían dormir conmigo.
—¡¿Cómo que dormir conmigo?!
Eso sería raro —me opuse a la idea rotundamente.
—¡El cucaracho será nuestro esposo, así que es necesario que durmamos juntos!
—Anastasia reclamó.
—¡Ya dije que no!
¿Qué pensarán los lectores de mí?
—Todos se me quedaron viendo de manera extraña.
—¡No pensamos volver a dormir en ese calabozo!
Es frío y hay bichos.
Queremos dormir con usted —Petra estaba haciendo un berrinche.
—Está bien, pero en camas separadas y no quiero que hagan nada raro.
—Bien, muchas gracias, señor Samuel —las niñas se fueron a la habitación.
Yo fui a descargar el hielo y meterlo en el yakhchal.
Todo quedó listo; puse una taza con agua dentro y cerré la puerta de la estructura.
Si funciona y nada se daña, mañana tendríamos hielo fresco en medio del desierto.
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