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El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 31

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31: Cuenta Regresiva 31: Cuenta Regresiva Pasaron varias horas hasta que finalmente llegamos a nuestro destino.

El olor a salitre y agua salada ya se sentía en el ambiente, impregnándolo todo.

Recuerdo que la última vez que fui al mar en la Tierra casi me ahogo, así que no es que me haga especial ilusión estar aquí.

Durante el viaje, los demás se veían demacrados y sin ánimos; es normal después de todo lo que pasó.

No puedo evitar sentirme un poco culpable por haber estado “muerto” mientras ellos lo perdían todo.

—Bien, es hora de bajar, alimaña —dijo Janeth.

Se levantó y, usando su cabello, me cargó de forma sorprendentemente delicada.

Nunca se había portado así conmigo; por un segundo, me conmoví de verdad.

—No creas que hago esto por gusto —añadió de inmediato, recuperando su tono brusco—.

Es solo porque ahora mismo eres una carga.

Y ahí estaba de nuevo la Janeth de siempre.

Casi me sentí aliviado; no me gusta verla tan hundida.

Lo del Rey le dolió en el alma, ¡sé fuerte, amiga, tú puedes!

No mentían cuando dijeron que esta aldea estaba en plena costa.

Literalmente, las casas están construidas sobre el agua cristalina.

Menos mal que llegamos de día, porque el paisaje es una locura.

Las viviendas son de madera, con muchas ventanas y techos puntiagudos hechos de paja; curiosamente, parece que no tienen puertas.

Supongo que por aquí no roban; se nota que es un lugar pacífico.

Me encanta que la arena tenga un tono rosa sutil; le da un toque carismático y único.

Si todavía estuviera en la Tierra, querría vivir en un lugar así con mi familia…

¿Qué estarán haciendo ellos ahora?

Había unas diez personas esperándonos en la entrada.

Una anciana lideraba el grupo y el resto eran demonios corpulentos, pero muy distintos a los que conocía.

En la Aldea entre Acantilados, todos tenían tonos de piel variados, cabellos de colores y estaturas colosales.

Aquí es otra historia.

Tienen la piel de un azul muy claro y el cabello blanco como la nieve.

No puedo evitar pensar que son hermosos; no tiene sentido.

Estas personas serían supermodelos en mi mundo.

Tienen la piel sedosa, ojos de depredador y labios finos perfectamente definidos.

Además, todos llevan un delineado natural en los ojos que resalta su mirada.

Es ridículo lo bien que se ven.

—¡Bienvenida, señorita Janeth!

Hacía tiempo que no la veíamos; qué mal que nuestro reencuentro sea en estas circunstancias —la anciana nos dio la bienvenida con un tono solemne—.

Veo que viene con varias personas.

Vengan, aquí pueden descansar.

Entramos en el pueblo.

Si desde fuera se veía lindo, recorriendo sus calles se veía mucho mejor.

Parece el típico lugar de ensueño que te venden en los folletos de viajes de lujo; y recalco: no tiene sentido lo bellos que son todos.

Las mujeres son maravillosas; por un momento, le doy gracias al destino por no haberme dejado muerto y permitirme ver esto.

Llegamos a una de las chozas y nos hicieron pasar.

Janeth, con esa delicadeza extraña que estaba mostrando, me acostó en una cama que había en el rincón.

—¿La mascota duerme en la cama?

—preguntó de pronto uno de los hombres que nos acompañaba, ladeando la cabeza con curiosidad.

Me quedé helado.

¿Mascota?

—¿Qué mascota?

—solté, indignado.

—¡Vean!

¡Puede hablar!

—exclamó otro, retrocediendo un paso como si hubiera visto a un perro recitar poesía.

Janeth y las mocosas, que hasta hace un segundo estaban sumidas en la depresión, soltaron una carcajada al unísono.

Se estaban riendo de mí en mi propia cara.

Al parecer, para esta gente de piel azul, yo no era un guerrero, ni un enviado, ni un arquitecto de refrigeradores…

solo era el animal de compañía parlante del grupo.

—¡No soy una mascota!

¡Soy un ingeniero!

—rugí, o al menos eso intenté, porque terminé encorvado—.

¡Cof!

¡Cof!

—La tos me recordó que mis pulmones seguían hechos un desastre.

—Lo siento por la confusión —dijo el tipo que se veía más grande y fuerte del grupo—.

Es que en esta aldea solemos tener a los Livas como mascotas.

Casi como si lo hubieran invocado, un ejemplar de mi especie entró en la choza.

Era pequeño, de un color grisáceo, y tenía una cría en su bolsa; el tonto comenzó a dar vueltas por los pies de una chica y a ronronear como si fuera un gato.

Me quedé mirándolo con una mezcla de horror y lástima.

¡Ten un poco de dignidad, hermano!

—A ver, es que no sabíamos que podía hablar.

Eso no es normal por aquí —exclamó otro de los presentes, acercándose con curiosidad científica.

—Bueno, aunque este es más grande y tiene la piel púrpura…

¿Será una especie de mutación?

—preguntó una de las mujeres, entrecerrando sus ojos de depredador mientras me inspeccionaba.

—¡El señor Samuel no es una mascota!

—anunció de pronto una de las gemelas, inflando el pecho con orgullo—.

Es nuestro esposo.

El silencio que siguió fue sepulcral.

Janeth se quedó de piedra y yo sentí que prefería volver al vacío rosa antes que procesar esa frase.

—Jajaja, ¿esposo?

—El grandullón soltó una carcajada vibrante mientras se rascaba la barbilla—.

Eso sí que es raro, incluso para nosotros.

Pero bueno, aquí no juzgamos los gustos de nadie.

—¡No soy esposo de nadie!

—grité, encorvándome de nuevo por el esfuerzo—.

¡Cof!

¡Cof!

—Tosí con fuerza; esta vez, un hilo de sangre manchó mis labios.

—¡Eso es mentira!

¡El cucaracho pervertido nos tomó a las dos por la fuerza!

—exclamó Petra con una seriedad que asustaría a cualquiera que no la conociera.

¡Maldita sea!

¡Eso suena mil veces peor!

¡No ayudan diciendo esas cosas!

—Ya, niñas, cálmense.

Todos sabemos que quieren mucho a nuestra mascota —Janeth intervino para “tranquilizarlas”, aunque lo único que hizo fue echarle más leña al fuego.

“¡Maldita seas, Janeth!

¡Tú tampoco ayudas!”, la maldije en mi mente mientras intentaba recuperar el aire.

—¡Ya basta de esposos y tonterías!

—La voz de la vieja Mona retumbó al entrar en la choza—.

¡Necesito que dejen descansar a nuestra mascota parlanchina de una buena vez!

Me quedé con la boca abierta, ignorando el sabor metálico de la sangre.

¡¿Ella también?!

¿Incluso la madre del Rey se había unido al club de “Samuel es un animal doméstico”?

Definitivamente, el respeto es un concepto que no existe en este lado del mundo.

[Haz obtenido un nuevo título: La mascota Polígama] Del sistema si lo esperaba.

Todos salieron y me dejaron solo con Mona, ella se sentó a mi lado.

—Tienes bastante aguante, pequeño animalito —comenzó a decir la vieja, sentándose a mi lado con una parsimonia que me ponía los pelos de punta—.

Pero eso no bastó para salvarte.

Cuando te encontramos, ya estabas muerto; lo que te salvó fue que tu alma no escapó a tiempo de tu cuerpo.

Así que pude amarrarla y meterla de nuevo.

Se quedó en silencio un momento, escrutándome con esos ojos que parecían ver a través de mi piel púrpura.

—Al parecer tienes un alma atormentada.

Se veía un poco cansada, como si hubiera vivido mucho tiempo —sentenció, sin apartar la mirada—.

Eres un Enviado, ¿no?

Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con mis heridas.

Ella había descubierto mi mayor secreto, el que ni siquiera el Sistema me dejaba explicar del todo.

¿Qué se supone que debo hacer?

¿Si confieso me matarán?

¿O me usarán como un amuleto?

El pánico empezó a burbujear en mi pecho.

—Tranquilo, si no quieres, no me lo digas —dijo levantándose, como si mi respuesta no fuera tan importante como el hecho de que ella ya lo sabía—.

Pero quiero que sepas algo: pude salvarte, pero hubo un costo.

Solo te queda un año de vida.

La vieja se marchó, dejándome con el silencio y el peso de sus palabras.

¿Así que solo me queda un año?

Suspiré, tratando de no mover demasiado el torso.

Está bien, supongo que esta vez podré descansar de verdad cuando el plazo se cumpla.

Apenas recupere un poco de movilidad, iré directo a por el Leviatán; si voy a desaparecer, al menos quiero irme habiendo hecho algo épico, algo que deje una marca en este mundo que tanto me ha hecho sufrir.

Solo me queda una duda: ¿Volveré a reencarnar en otro cuerpo?

Lo único que deseo es que esta sea la última vez.

He tenido suficiente dolor desde el día en que puse un pie en este lugar.

Cerré los ojos, pero una luz familiar parpadeó en mi mente.

El Sistema no tiene respeto ni por los moribundos.

……………………………………………………………….

[Misión principal: mata al Leviatán] [Tiempo restante: 2 años, 8 meses y 1 día] [Misión secundaria: dale una lección al Rey Demonio] [Tiempo restante: ???]

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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