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El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 32

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  3. Capítulo 32 - 32 Lazos de Sangre
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32: Lazos de Sangre 32: Lazos de Sangre Ahora, con el tiempo en contra, no puedo permitirme perder ni un segundo más.

El problema es que mi cuerpo tiene otros planes; pide clemencia cada vez que intento hacer el más mínimo esfuerzo.

Las gemelas han estado ayudándome estos últimos días.

Me traen comida y, a veces, se quedan dormidas a mi lado.

Es extraño; aunque al principio querían matarme, ahora les he tomado un cariño inmenso.

Me recuerdan tanto a mi hijo…

Volver a sentir lo que es ser padre, aunque sea en estas circunstancias y en este cuerpo púrpura, es una sensación bastante bonita.

Me da algo por lo que luchar en este año que me queda.

Pero, por supuesto, la paz dura poco con ellas.

Uno de esos días, las mocosas entraron en mi habitación en mitad de una guerra campal.

—¡Eres una tarada!

—gritó Petra, irrumpiendo con la cara roja de furia.

—¡Fue culpa tuya!

—le respondió Anastasia, siguiéndola de cerca con los ojos llorosos.

Los gritos me sacaron de mi letargo.

Para este punto, ya era capaz de mantenerme sentado en la cama sin sentir que mis órganos se desparramaban.

—¿Qué pasa ahora, niñas?

—pregunté, todavía somnoliento y frotándome los ojos.

—¡Petra arruinó una sorpresa que le queríamos dar!

—anunció Anastasia, señalando a su hermana con indignación.

—¡Eso es mentira!

—saltó Petra de inmediato—.

¡Anastasia es una inútil que no puede cazar ni un simple pez!

—¿Me querían regalar un pez?

—pregunté, extrañado.

Nunca les he dicho que me gusten.

—Sí, algo así.

Es que vimos que a los Livas que tienen aquí les encantan los peces —dijo Anastasia con timidez, bajando la mirada.

—Y…

pensamos que tal vez a usted también le gusten —añadió Petra, perdiendo por un segundo su habitual armadura de frialdad.

En otro momento, esto me habría sacado de quicio.

Que me siguieran viendo como una mascota de compañía no me hacía ni pizca de gracia, pero ver que las niñas querían regalarme algo de corazón me frenó el estallido.

Cuando era humano en la Tierra, no acostumbraba a comer pescado; si acaso lo hacíamos una vez al mes.

En casa éramos más de carne de res o pollo, especialmente a mi esposa, a quien le encantaba la carne.

Sin embargo, recordé mis ratos libres…

Aquellas tardes en las que salía de pesca con mi muchacho.

Él era muy bueno en eso.

Claro que nosotros utilizábamos cañas de pescar e instrumentos modernos, nada que ver con lo que sea que usen estos demonios de piel azul.

No estoy seguro de si mis consejos les servirían de mucho aquí, pero verlas pelear por un pez fallido me hizo sentir que, después de todo, todavía tengo una familia a la que cuidar.

—Bueno —suspiré, tratando de no toser—.

Pescar no es solo cuestión de fuerza, niñas.

Es cuestión de paciencia y de conocer al enemigo.

¿Cómo intentaron atraparlo?

—¡Nos lanzamos al agua a atraparlos!

—exclamó Anastasia con un orgullo que me hizo dudar de su capacidad intelectual—.

Pero eso no funcionó; se me escapaban apenas me acercaba.

—¡Eso es porque estás gorda y no te quedas quieta!

—le gritó Petra, dándole un empujón.

—¡Tú eres una estúpida!

—le devolvió Anastasia, y antes de que pudiera parpadear, empezaron a forcejear delante de mí.

—¡Ya!

¡Niñas, cállense de una vez!

—rugí, lo que las dejó en un silencio sepulcral—.

Escuchen: si quieren cazar a un animal, necesitan paciencia e inteligencia.

Con eso pueden lograr que el animal caiga por su propia cuenta.

¿Por qué no prueban con una lanza?

Se quedan quietas dentro del agua, lanzan un poco de comida al agua para atraerlos y esperan.

Cuando el pez se acerque…

¡pum!, estocada limpia.

Quizás así dejen de dar lástima.

Las niñas me miraron fijamente, procesando mis palabras como si les acabara de revelar los secretos del universo.

Sus ojos se iluminaron al unísono y, sin decir nada más, se dieron la vuelta y salieron disparadas de la choza.

—¡Gracias por los consejos, señor Samuel!

—alcanzó a gritar Anastasia mientras se iban.

Me quedé mirando a la nada, otra vez solo con mis pensamientos.

Eso de saber que vas a morir en exactamente un año es un peso que no te deja dormir; es estresante conocer tu fecha de caducidad y sentir que no puedes hacer nada para retrasarla.

Tengo que moverme, como sea.

Al rato, Janeth entró a la habitación.

Se veía decaída, con los hombros caídos y la mirada perdida.

—Hola, mascota —me saludó, manteniendo ese tono despectivo casi por inercia.

—¡Que no soy una mascota!

—le grité, aunque ya sin tantas fuerzas.

—Sí, sí, lo que tú digas —se limitó a responder mientras se sentaba a mi lado—.

¿Ya te sientes mejor?

Hace un momento vi entrar a las gemelas bastante enojadas.

—Estaban peleando porque no podían atrapar un simple pez —respondí, soltando un suspiro.

—Últimamente se han vuelto muy cercanas a ti —comentó la gigantona, y por primera vez noté un atisbo de nostalgia en su voz.

—Sí, supongo que soy como su padre o algo así.

Es irónico, considerando que al principio querían matarme por órdenes de aquel Patrón.

Al mencionar ese nombre, el ambiente en la choza se volvió pesado.

Janeth apretó los puños sobre sus rodillas.

—Hablando de ese maldito…

—comenzó ella, bajando el tono de voz—.

Nunca te expliqué realmente qué fue lo que pasó mientras estabas ahí arriba, crucificado en esa piedra.

……………………………………………………………….

AQUÍ PASAMOS A LA PERSPECTIVA DE JANETH.

……………………………………………………………….

Estaba en la sala del trono, cumpliendo con mi guardia recurrente, cuando de repente un estruendo sacudió las paredes.

Provenía de la habitación de la alimaña.

Su Majestad me ordenó de inmediato que fuera a investigar.

Corrí por los pasillos y, al llegar, me encontré con una escena de caos: la ventana estaba hecha añicos y había estacas de madera clavadas por todas partes, como si un erizo gigante hubiera explotado allí dentro.

Anastasia y Petra estaban encogidas, escondidas debajo de la cama; apenas me vieron, salieron disparadas a abrazarme, temblando como hojas.

—¡Señorita Janeth!

¡Madre Karlota está aquí!

—gritó Anastasia, con la voz rota.

—¡Vino a buscarnos!

—añadió Petra, aferrándose a mí.

Recordé el momento en que el Liva las dejó fuera de combate y me las llevé al calabozo para interrogarlas.

En aquel entonces, todavía tenían esa mirada vacía de asesinas despiadadas.

Sin embargo, mientras las cuestionaba, noté que ambas llevaban unos extraños collares verdes que emitían un brillo tenue y enfermizo.

En cuanto se los arranqué, su actitud cambió por completo; fue como si despertaran de una pesadilla.

Pasaron de ser máquinas de matar a un par de niñas asustadas.

Al parecer, esos collares eran instrumentos de control.

Desde que se los quité, empezaron a cooperar, aunque salieron con la absurda idea de que, como el Liva las había derrotado, él tenía el derecho de desposarlas.

Fue entonces cuando me hablaron de esa tal “Madre Karlota”.

Ella no era solo su jefa; era su verdugo.

Fue ella quien les puso los collares y quien las sometía a torturas diarias para quebrar su voluntad.

—¿Dónde está Samuel?

—pregunté, escaneando la habitación en busca del sucio animal.

—¡Se lo llevó!

¡Lo atrapó con sus cuerdas y lo lanzó por la ventana!

—explicó Petra, señalando el vacío con ojos desorbitados.

Me asomé por el marco roto y lo divisé allá abajo, reducido a una pequeña mancha púrpura sobre el suelo.

Cayó desde una altura de cuarenta metros; había sangre a su alrededor y, milagrosamente, todavía intentaba arrastrarse.

Quise lanzarme de inmediato para ayudarlo, pero un estallido aún mayor hizo vibrar los cimientos del castillo.

Provenía de la sala del trono.

Maldije entre dientes.

Tuve que tomar una decisión en una fracción de segundo: dejé a las niñas en un lugar seguro y corrí de vuelta hacia Su Majestad.

Apenas irrumpí en el salón, mi corazón se detuvo.

El rey Zoran estaba recostado contra la pared, con su enorme hacha resbalando de su mano inerte.

Parecía como si una fuerza invisible lo hubiera golpeado y mandado a volar a través de toda la estancia.

¿Quién en este mundo sería capaz de hacerle eso a nuestro rey?

Zoran es un coloso, un guerrero de un poder inmenso, y ahí estaba…

derrotado en un abrir y cerrar de ojos.

—¡Huye!

¡Corre, Janeth!

—ordenó el Rey con una voz cargada de una urgencia que nunca antes le había escuchado.

—¡Vaya, vaya!

¿Miren quién está diciéndole a su subordinada de confianza que huya?

¿Dónde quedó tu honor, Zoran?

—Una voz familiar, una que no escuchaba desde hacía muchísimos años, resonó desde la entrada principal.

Un hombre cruzó el umbral.

Cuando lo vi de cerca, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

No podía ser.

Era Augusto, el hermano del Rey.

Aquello era un imposible, una burla del destino: él había muerto durante la cruenta Guerra de Unificación.

No alcanzaba a comprender cómo seguía respirando, y mucho menos por qué regresaba ahora para volverse en contra de su propia sangre.

Apreté los dientes y me planté frente a él, poniéndome en guardia lista para pelear.

No me importaba si era un fantasma o un milagro; ahora mismo era la amenaza.

—¡Lo voy a proteger, mi señor!

¡Levántese!

—rugí, intentando infundirle a Zoran una fuerza que yo misma estaba empezando a perder.

En un parpadeo, el tipo desapareció de mi vista.

El aire se volvió pesado y sentí, más por instinto que por visión, que un filo gélido se dirigía directamente a mi yugular.

Reaccioné de inmediato, moviendo mis tentáculos de cabello con una velocidad desesperada; logré desviar el golpe por un pelo.

Augusto nunca se había movido así; en el pasado era un guerrero fuerte, pero esto era otra cosa.

¿Qué clase de infierno habitó durante su ausencia para obtener tal poder?

Se detuvo a pocos metros, sosteniendo una espada negra que parecía absorber la luz de la estancia y que emanaba un brillo rojo pulsante, como si tuviera venas propias.

Era la primera vez que veía un arma tan siniestra.

—Zoran…

voy a matar a tu querida Janeth.

¿No te molesta?

—soltó Augusto, con una sonrisa ladeada, sin siquiera mirarme, dirigiendo su provocación directamente a su hermano.

—¡Ni se te ocurra ponerle una mano encima!

—rugió mi señor mientras, haciendo un esfuerzo sobrehumano, lograba ponerse de pie.

Ahora estábamos los dos, hombro con hombro, contra ese muerto viviente.

Nos lanzamos al ataque con una coordinación perfecta, nacida de años de batallas juntos.

El Rey cerró la distancia en un parpadeo y le propinó un golpe directo en la mandíbula, un impacto con toda su potencia que habría noqueado a un ejército.

De hecho, lo hizo trizas.

Vi con horror cómo la cabeza de Augusto salía despedida de sus hombros, pero antes de que el cuerpo tocara el suelo, una red de fibras rojas y oscuras brotó del cuello, atrapando la cabeza en el aire y volviéndola a encajar en su sitio con un crujido asqueroso.

Se regeneró en un segundo.

Yo no me quedé atrás; proyecté mi cabello como látigos de acero y logré inmovilizarle las manos y las piernas, tensando cada fibra para mantenerlo anclado.

Zoran aprovechó la apertura y descargó una serie de golpes contundentes, cada uno más violento que el anterior, destrozando su pecho y exponiendo sus órganos.

Pero el tipo ni siquiera intentaba defenderse.

El maldito solo se reía.

Se reía mientras sus entrañas eran despedazadas y su carne se volvía a tejer a una velocidad antinatural.

No podía dar crédito a lo que estaba presenciando; era como intentar apuñalar al agua o golpear el humo.

Estábamos dándolo todo, y él solo estaba disfrutando del espectáculo de su propia carnicería.

Augusto movió su brazo con una fuerza bruta.

Intenté mantener la tensión de mis tentáculos de cabello para inmovilizarlo, pero fue inútil; la potencia de su tirón fue tal que sentí cómo arrancaba parte de mi propio cabello.

El dolor fue agudo, pero el horror fue mayor al ver lo que hizo a continuación: con esa misma mano liberada, aferró el cuello de Su Majestad, lo levantó y comenzó a estrangularlo.

Ver al rey Zoran, el pilar de nuestra raza, siendo alzado en el aire y asfixiado como si fuera un juguete, era una escena que mi mente se negaba a procesar.

¡SHLUCK!

Sentí como una estaca se hundió en mi espalda, seguida de varias más que rasgaron el aire con un silbido siseante.

El impacto me obligó a soltar a Augusto por completo.

No sé qué clase de veneno o magia imbuía a esas estacas, pero sentí cómo mi fuerza vital se drenaba en segundos; mis músculos dejaron de responder y caí de rodillas, paralizada.

—Veo que se está divirtiendo, Patrón —una voz femenina, fría y cargada de una malicia antigua, se dirigió a Augusto desde las sombras de la entrada.

—Te dije que este reino iba a ser mío, Karlota.

Yo siempre cumplo mis promesas —respondió Augusto, sin soltar el cuello de su hermano, mientras una sonrisa triunfal se dibujaba en su rostro regenerado.

En ese momento lo comprendí todo: el hermano que creíamos muerto era el dichoso Patrón.

Él fue quien le lavó el cerebro a las gemelas y ahora venía a tomar el reino que Zoran había creado.

—¡Corre, Janeth!

—logró articular el Rey, su voz era un estertor agónico mientras Augusto seguía cerrando el puño alrededor de su garganta.

Karlota estaba demasiado cerca, saboreando su victoria.

En un último arranque de adrenalina pura, me obligué a levantarme.

El dolor de las estacas era un incendio en mi espalda, pero logré conectar un golpe seco y brutal en su estómago.

El impacto la dejó sin aire y perdió el conocimiento al instante.

No perdí tiempo; me abalancé sobre Augusto, pero él ni siquiera se inmutó.

Con un movimiento casual, como quien espanta a una mosca, me soltó un puñetazo que me mandó a volar por todo el salón.

—Veo que sigues siendo igual de terca —dijo el desgraciado, acomodándose el cuello—.

Pero esta vez, yo tengo el control.

Entonces, con una sonrisa sádica, el Patrón recogió su espada del suelo y, con una lentitud asfixiante, comenzó a hundirla en el pecho de su majestad.

Solo pude quedarme mirando; las estacas y el golpe me habían dejado débil.

El desgraciado no mató a mi señor; luego de atravesarlo, procedió a curarlo.

Solo quería quebrarlo.

Verlo así, siendo humillado y capturado por su propio hermano, me desgarró el alma.

Pero la orden de Zoran seguía resonando en mi cabeza.

Si me quedaba, solo sería un cadáver más.

Si huía, tal vez…

solo tal vez, habría una oportunidad de volver por él.

—Lo siento, mi señor…

Lo siento.

Volveré, se lo juro —balbuceé entre lágrimas mientras me obligaba a dar media vuelta y escapar del lugar.

En la salida me encontré con las niñas, que temblaban de miedo, y con Mona, que cargaba el cuerpo destrozado de Samuel.

Así fue como, derrotados y con nuestro Rey en manos de ese monstruo, terminamos ocultos en Bigue.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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