El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 33
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33: La Madre del Rey 33: La Madre del Rey VOLVEMOS A LA PERSPECTIVA DE NUESTRO PROTAGONISTA.
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Me quedé en silencio luego de que la gigantona me contara cómo pasó todo.
Cuando me lo dijeron la primera vez, me sorprendió que el reino cayera tan rápido y fácil teniendo a guerreros tan fuertes.
No podía creer que todo hubiera sido tan catastrófico; ese Augusto se ve que es muy fuerte.
Supongo que tendremos que enfrentarlo.
Tengo que devolver todo lo que el rey y Janeth me han dado, aunque al principio me trataran mal.
Ahora también entiendo el cambio repentino de personalidad de las gemelas: estaban siendo controladas cuando me atacaron.
Me pareció raro que cooperaran y se volvieran tan amables de repente, aunque eso de que seré su esposo sigue sin gustarme.
Janeth se puso de pie; se veía más ligera luego de sacar todo lo que tenía por dentro.
A veces es bueno hablar de los problemas.
Ella se fue y quise seguirla para ponerme a hacer algo de inmediato, pero mi cuerpo aún seguía muy dolorido.
Creo que en una semana ya podré caminar otra vez; va a ser difícil, pero voy a ayudar lo más que pueda.
Y así pasé ocho días sintiéndome inútil por estar acostado.
La anciana Mona venía a diario a revisar mi estado y dijo que hoy voy a poder ponerme de pie.
Este reposo me ha ayudado mucho; mis entrañas ya no gritan cada vez que me muevo y me siento cada vez más ligero.
Era mediodía cuando la vieja y las gemelas entraron en mi habitación.
—¡Oye, animalito!
Hoy va a ser el día en que vas a dejar de ser una carga —anunció Mona con su tono despectivo de siempre.
—¡Venimos a ayudar al señor Samuel!
—exclamó Anastasia también.
—¡Vamos a hacer lo que podamos!
—le siguió Petra.
Procedí a sentarme en el borde de la cama y mis pies tocaron el suelo.
Sentía las piernas débiles; las mocosas se sentaron a mi lado y me cargaron sobre sus hombros para ponerme de pie poco a poco.
Sentí cómo todo mi peso se sostenía en las plantas de mis pies.
Era horrible porque no podía ejercer fuerza; llevaba más de dos meses sin usarlas y ahora era doloroso.
Las niñas me soltaron y no pude mantenerme; caí de cara contra el suelo.
¡PUM!
—¡Miren, niñitas insolentes!
¡¿Por qué lo soltaron?!
—le gritó la vieja a las pequeñas.
—Pensamos que el señor Samuel podría mantenerse —dijo Anastasia al borde del llanto.
—¡Obvio que no se va a mantener, niñas tontas!
¡Lleva casi tres meses sin levantarse!
—otra vez la anciana las regañó—.
¡Levántenlo del suelo!
Las chicas se agacharon y me sostuvieron de nuevo.
—Gracias por la ayuda —susurré.
—Perdón, señor Samuel, somos inútiles —dijo Petra.
—Tranquilas, hacen lo que pueden.
Mona se quedó mirándome como si me examinara.
—Vamos a tener que acostumbrar a esas patas tuyas a que tengan fuerza otra vez —dijo la anciana—.
Por hoy acuéstate; las mocosas te tendrán que dar un masaje y estirar tus piernas.
—Si me quedara algo de maná o estuviésemos en el castillo, ya te habría curado hace tiempo —replicó Mona.
Anastasia y Petra me ayudaron a recostarme para luego empezar con el masaje.
Sospechaba que quizás en este mundo habría magia, la revelación de Mona me lo deja claro.
Cómo nunca he visto a alguien utilizarla pensé que no existía eso aquí como en la tierra.
Por lo que veo muy poca gente puede hacer uso de ella, quizás la anciana en el pasado era capaz de hacerlo.
—Señora Mona —la llamé; se veían sus intenciones de irse.
—¡¿Qué quieres, animal sucio?!
—la vieja se veía cansada.
—Antes de que se marche, tengo una pregunta.
¿Qué es eso del maná?
Antes lo mencionó —me hice un poco el tonto; obviamente conocía el concepto de maná, solo que no quiero hacer sospechar aún más a esta anciana amargada.
—¿De verdad quieres saber lo que es?
—se sentó a mi lado; extrañamente, se veía alegre—.
A casi nadie le interesa eso.
¿Por qué tu pregunta?
—Es que dijo que si tuviera eso me curaría enseguida.
Por eso me dio curiosidad.
—El maná es una energía de la naturaleza con la que todos nacemos —Mona se puso en materia—.
Algunos pueden llegar a este mundo sin nada y otros prácticamente pueden tenerla infinitamente.
Todo es cuestión de suerte.
Muy pocas personas han estudiado qué se puede hacer con ella; los que saben cómo son conocidos como magos.
Yo era una en mi juventud, mucho antes de que mi hijo juntara a todas las aldeas para hacer el reino demoniaco.
—Recuerdo la primera vez que usé la magia —continuó hablando—.
Tenía seis años; estaba en el río lavando la ropa de mi difunto padre cuando tuve un error y la piedra de lavado se me cayó al agua profunda.
Sin darme cuenta, moví mi mano con fuerza y la roca volvió hacia donde estaba.
—¡Increíble!
—las niñas y yo nos sorprendimos.
—Cuando le dije a mi difunta madre, ella se alegró porque había obtenido un talento único.
Mis padres me llevaron con el chamán para que me enseñara; con el tiempo aprendí de todo.
Desde cómo curar a los enfermos hasta crear bolas de fuego que destruirían a un ejército entero.
Pero, había algo que el chamán no me advirtió: a algunas personas que usan de más estas habilidades, con el paso del tiempo, se les puede agotar el maná —se quedó en silencio un momento—.
Eso fue lo que me ocurrió a mí.
Todos en la sala nos pusimos tristes.
—Pero no pasa nada, los demonios vivimos mucho tiempo.
Eso fue cuando tenía sesenta años; justo después conocí a mi difunto esposo.
Con él tuve dos hermosos hijos: Zoran, que se convertiría en el primer Rey demonio, y Augusto.
Él siempre fue un poco débil.
Me dolió cuando murió en la guerra; la verdad, no sé si creer que de verdad volvió a la vida y secuestró a Zoran.
Él nunca fue así.
La vieja estaba al borde del llanto.
—Creo que ya conté suficiente —dijo la señora secándose los ojos.
—Oiga, señora Mona, ¿qué edad tiene?
—preguntó Anastasia con inocencia.
—¡¿No te han dicho que eso nunca se le pregunta a una damisela?!
—regañó Mona a la niña—.
Pero si tienes curiosidad, tengo ciento ochenta y nueve años.
—¡¿Cómo es que ha vivido tanto?!
Por eso se parece a una uva pasa —me reí un poco para bajar la tensión.
—¡Animal insolente!
Pero tienes razón: los demonios normalmente vivimos ciento cincuenta años.
Yo soy un caso excepcional.
Las niñas terminaron sus masajes y estiramientos.
—Ya terminamos, señor Samuel y señora Mona —dijo Petra.
—Entonces ya acabamos por hoy; mañana te toca otra terapia —dijo la señora dirigiéndose a mí.
Luego se fue y las niñas la siguieron.
—Adiós, señor Samuel —dijo Anastasia mientras salía de mi cuarto.
Estar acostado como un inútil, al parecer, no era tan malo; me había enterado de muchas cosas de Priya.
Soy un extranjero por estos lares, así que es útil conocer el panorama.
Pronto mejoraré y saldré de aquí; no puedo esperar el momento de armarnos e ir a partirle la cara a ese tal Augusto.
Recuperaremos el reino y yo iré a terminar con mi misión de matar al Leviatán.
Quedándome solo un año de vida, lo tengo que aprovechar al máximo.
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