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El Alma que la Muerte Rechazó - Capítulo 37

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37: El Dragón Joven 37: El Dragón Joven La noche ya había caído.

Me distraje tanto hablando con Uuk que me olvidé por completo de los demás.

Janeth va a estar furiosa por dejarla esperando tanto tiempo, aunque supongo que su enfado se le pasará —o se convertirá en puro terror— cuando me vea llegar con un bicho de veinte metros.

Cualquiera se sorprendería.

—Oye, se me olvidó decirte…

—empecé con cautela—, vine con unas personas y las dejé esperando en mi antigua casa.

¿No te molestaría si las traigo aquí?

Uuk bufó, soltando una pequeña nube de vapor caliente.

—¿Son demonios?

No me llevo muy bien con ellos —respondió con desdén.

—A ver…

ellos son buena gente.

Una de ellas es la “gigantona amargada” de la que te conté.

Además, ellos me dijeron que tú eres un Gondra.

—¿Qué es un Gondra?

—preguntó ladeando su enorme cabeza, genuinamente confundido.

—Se supone que eso eres tú —le respondí, encogiéndome de hombros.

—Pero si yo soy un dragón —sentenció él como si fuera lo más obvio del mundo.

—¿Eh?

—Me quedé helado mirándolo de arriba abajo.

No tiene alas y su cuerpo parece más bien una montaña de escamas metálicas…

¿Qué clase de dragón es este?

Entonces, ¿qué rayos es un Gondra?

Al parecer, ha habido una confusión histórica.

—Yo soy un dragón joven —admitió Uuk con una naturalidad que me dejó mudo.

—Pero…

si me dijiste que tenías miles de años.

—Es verdad, tengo ocho mil años.

Los dragones somos muy longevos; a los quince mil nos salen las alas —explicó, como quien habla del clima.

¿Quince mil años para que te salgan las alas?

Me sentí diminuto.

Comparado con él, yo no era más que una mota de polvo en el viento.

Esos tres años que pasé a su lado no debieron ser nada para su percepción del tiempo, y aun así, me tiene en alta estima.

—¡¿En serio?!

¡¿Con ocho mil años eres “joven”?!

—exclamé incrédulo—.

Yo apenas tengo tres y ya me siento viejo…

Supongo que es normal.

—Me quedé callado un momento, sintiendo el peso de lo que estaba a punto de decir—.

Uuk, hay algo que olvidé contarte.

—Dime.

—Me queda un año de vida.

La vez que casi muero…

aquello condenó mi alma —dije, bajando la mirada hacia mis manos púrpuras.

—¿Solo un año?

—Uuk guardó silencio, y su aliento caliente rozó mi rostro—.

Eso sí que es poco.

Para mí, un año es apenas un parpadeo.

—Tú tienes esa suerte —respondí con una sonrisa amarga.

—Con más razón debo ayudar a mi único amigo en eones.

Trae a esos demonios; puedo tolerar su presencia por ti.

—Está bien, voy por ellos.

Salí del claro y me dirigí hacia donde estaban las gemelas y los demás.

Al llegar, los vi agrupados en la base de mi antiguo árbol; algunos dormían profundamente, mientras el viejo Siro montaba una guardia silenciosa.

—¡Ya llegué!

—anuncié, rompiendo el silencio del bosque.

—Hola, mi amigo Liva —me saludó Siro, incorporándose con un gemido de huesos viejos.

—Despierta a las demás.

Uuk aceptó que vengan conmigo a su refugio.

Entre el viejo y yo logramos despabilar a Janeth y a las mocosas.

Les expliqué brevemente la situación y nos pusimos en marcha.

Al cabo de unos minutos llegamos al claro, donde Uuk nos esperaba justo en la entrada, como una montaña de metal bajo la luz de la luna.

Apenas la gigantona lo vio, sus instintos de guerrera se dispararon.

Se puso en guardia al instante, con los músculos tensos y lista para lanzar un ataque desesperado.

—¡Tranquila!

¡Tranquila!

—me crucé en su camino agitando los brazos—.

No es un enemigo, Janeth.

Él es Uuk.

—¡¿De verdad este es Uuk?!

—soltó ella, sin bajar la guardia del todo pero visiblemente asombrada—.

No parece un Gondra…

se dice que ellos miden apenas dos metros.

Janeth fue relajando la postura poco a poco, aunque no podía dejar de mirar hacia arriba, perdida en la inmensidad de los ojos carmesí de Uuk que nos observaban desde las alturas.

—Ves, por eso no me gustan los demonios.

Siempre están dispuestos a atacar primero y preguntar después —explicó Uuk, soltando un resoplido de vapor que despeinó a Janeth—.

Se parecen a los “primates sin pelo” de las leyendas; se dice que, por su propia estupidez, terminaron matándose entre ellos hasta no dejar rastro.

Me quedé de piedra.

¿Primates sin pelo?

¿Se refiere a los humanos?

Mi mente empezó a trabajar a mil por hora.

Uuk hablaba de ellos como una fábula antigua, como algo extinto hace eones.

¿Acaso los humanos existieron aquí?

¿Es esto algo así como un mundo postapocalíptico donde la magia reclamó lo que la tecnología destruyó?

¿Qué clase de dios loco está escribiendo esta historia?

¿O solo será cosa del destino?

Tenía demasiadas preguntas y muy pocas respuestas.

—¡¿Primates sin pelo?!

—exclamé, tratando de sonar casual—.

¿Qué son esas cosas?

¿Eran animales raros?

—Son cuentos de los ancestros, Samuel.

Criaturas débiles con mentes complicadas —respondió Uuk, restándole importancia con un movimiento de su cola que hizo temblar el suelo—.

Ahora eso da igual, entren antes de que me arrepienta.

Todos entramos al claro.

Las niñas estaban boquiabiertas; es natural, no todos los días se tiene frente a frente a una criatura de esa magnitud.

El viejo Siro, en cambio, se mantenía más estoico de lo que esperaba; me sorprendió que no pareciera intimidado por mi amigote.

¿Qué clase de cosas habrá visto ese viejo en sus años de explorador?

Pusimos unas camas de hojas y ramas en el suelo y nos acomodamos para dormir, con el plan de partir a primera hora.

Quedaban tres días de camino para volver; llegaríamos justo a tiempo para el inicio de la reunión.

Ya me saboreaba la cara que pondrían esos amargados cuando vieran aparecer a Uuk tras de mí.

Las horas pasaron en un silencio sagrado hasta que el resplandor de los primeros rayos del sol iluminó el lugar, transformándolo en un paisaje de ensueño.

Las hojas se veían más verdes, los pajaritos cantaban melodías sinfónicas y el rosa azulado del cielo tenía un resplandor sublime.

No recordaba que todo fuera tan hermoso.

En mi otra vida, cualquier persona habría pagado millones por vivir en un sitio así, lejos del ruido ensordecedor de la ciudad y envuelto en la paz absoluta del campo.

Era el equilibrio perfecto.

Nos pusimos en pie.

El carruaje nos esperaba a doce horas de caminata, así que debíamos partir de inmediato si queríamos aprovechar la luz del día.

—¿Qué tan lejos está ese lugar al que nos dirigimos?

—preguntó el dragón, cuya voz hizo vibrar el aire matutino.

—Como a tres días y medio, más o menos —respondí, calculando el paso cansino de los Kaplas de Siro.

—No está tan lejos.

Podríamos llegar en un día si se suben a mi lomo —se ofreció Uuk, inclinando su cuerpo colosal hacia nosotros.

—¡¿De verdad?!

—exclamó Anastasia con los ojos como platos.

—¡Sería increíble ir encima de usted, señor Uuk!

—Petra saltaba de la emoción, olvidando por completo su miedo inicial.

—¿No es peligroso?

—intervino Janeth, siempre con la guardia en alto—.

¿Y qué pasará con nuestro carruaje?

—¡Después vendremos por él!

—exclamó Siro con un entusiasmo juvenil que no le conocía, mientras se acercaba a las patas de Uuk como si fuera a escalar una montaña—.

¡No podemos desperdiciar una oportunidad así!

Como siempre, la gigantona estaba amargada.

No entiende que hay momentos en los que solo debes disfrutar del paseo.

Después de todo, no todos los días un dragón de ocho mil años te invita a dar una vuelta.

—Bueno, quizás sí debamos parar en el carruaje para, al menos, liberar a los Kaplas.

Se van a morir si se quedan amarrados —opiné, pensando en los pobres animales.

—Tienes razón, pequeño Samuel —Uuk asintió, y su voz hizo vibrar la tierra—.

Nunca se debe dejar morir a un animal por nada.

Todos nos apresuramos a subir a su lomo.

Uuk se puso en marcha y, tras las indicaciones de Siro, llegamos al carruaje en apenas treinta minutos.

Liberamos a los Kaplas y rescatamos lo esencial de nuestras pertenencias.

Ahora sí, con todo listo, pusimos rumbo a la aldea costera de Bigue.

No sé qué es lo que está por pasar; todavía no tengo ni idea de cómo romper el vínculo entre Augusto y ese dios misterioso, pero sé que ahora llevamos la ventaja.

El “Patrón” va a caer.

Recuperaremos el reino de Divon y liberaremos al Rey; esta guerra ya ha cobrado demasiadas vidas inocentes y ha destrozado a miles de familias.

Solo me queda un año antes de morir…

quizás este sea mi último acto.

Últimamente, no puedo dejar de pensar: ¿Qué pasará si no mato al Leviatán?

¿Se molestará esa tal Diva conmigo?

¿Por qué demonios tengo que cumplir sus órdenes si, de todas formas, voy a fallecer?

No pasará nada si no cumplo, ¿verdad?

Si sigo vivo después de la guerra, lo intentaré.

Pero si veo que es demasiado difícil, simplemente moriré tranquilo.

Mi historia terminará tal como comenzó: con una muerte serena.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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